Bueno un capi mas largo que los demás esperando que lo disfruten, muchas gracias por sus alertas y mensajes.
Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer.
Cuando Edward salió de la estancia vio a Esme mirándolo desde un rincón.
– Está yendo demasiado rápido – le dijo, su voz viajando en la semioscuridad.
– No tengo tiempo para soportar las idioteces de nadie. La traje con el propósito más que conocido y no tengo intención de cambiar por ella o por nadie –
Esme, que si podía identificar los pensamientos de él, le hizo la pregunta que le cayó como acido en la piel… si hubiera sido humano.
– ¿No siente curiosidad por saber cuál es la razón por la que no puede manejarla como a las demás? –
Por supuesto que la tenía, pero no era algo a confesar en voz alta, que ella viera lo que quisiera en su mente, después de todo era lo más cercano a una madre que había tenido y sentía que con ella no podía tener secretos y no le importaba.
– Creo que debería intentarlo con ella –
Cuando Esme hacía referencia a intentar se trataba de enamorarse para que el hechizo que pendía sobre ellos desapareciera. Pero ya no había esperanza, para bien o para mal, estaban condenados a esa existencia para toda la eternidad. Negó con la cabeza respondiendo a la afirmación que ella hizo.
– Por más diferente que sea el resultado será el mismo y ambos lo sabemos. No veas esperanza donde no hay ninguna por que igual no harás tampoco que yo la vea. La tomaré la usaré por un tiempo y cuando será la hora de partir, ya que no puedo modificar su mente a mi antojo, le diré la verdad, le daré dinero y si quiere ir por ahí pregonando lo que somos será encerrada en el asilo más cercano y despojada de lo que yo le di. No le importaremos ni nos importará. Fin de la historia –
Fue tajante por que no creía. Pero Esme, al ser mujer, a pesar de ser Nosferatu sentía como una humana, esa era de las principales características que se había traído de su vida pasada y aun esperaba por ese milagro sagrado de amor que los salvaría del entresijo en el que estaban metidos.
– Hay que hacer algo con las cortinas – dijo Edward casualmente mientras pasaba por el lado de ella – No podemos arriesgarnos a que conozca esa debilidad –
Esme afirmó pensando en muchas posibilidades para evitar que la jovencita volviera a buscar la luz del sol.
Edward entró en su habitación y caminó hacia la ventana. Tomó entre sus claros y finos dedos la sedosa tela y la corrió un poco revelando los rayos mortecinos de sol. Sintió que, a pesar de ser vampiro, su pulso temblaba ligeramente. Su cuerpo le estaba pidiendo lujuria saciada y… sangre. Ese llamado era lo que hacía que consiguiera jovencitas. Pidió a su cuerpo calma hasta la noche, donde saciaría ambas. Extendió su mano y los rayos hicieron contacto haciendo que la piel comenzara a arderle. La dejó ahí pensando en cuanto tiempo hacia que no podía disfrutar de la luz del sol. Esta exposición era mínima. Si por algún motivo decidiera salir a la verdadera su cuerpo se desintegraría en segundos y aunque no moriría la recuperación seria lenta y dolorosa. Lo sabía porque todos ellos, los habitantes de la mansión, habían intentado suicidarse muchas veces y habían tratado de encontrar en el sol la paz que no podían hallar en sus tristes vidas, pero habían fracasado y continuaban ahí. Habitando ese sitio que, antes bello, ahora era un lugar macabro apenas hecho a la medida de los monstruos que eran ahora. Quitó su mano que se había enrojecido, quemada por las medianamente fuentes rayos del sol que en menos de un segundo quedarían cubiertos por las nubes. Miró su mano y la piel comenzó a blanquearse hasta quedar en su tono natural en un momento. Solo un segundo de escozor y después nada más. No podían morir a menos que alguien les clavara una estaca en el corazón, lo cual no pasaría por que eran lo suficientemente rápidos para escapar, para luchar y a diferencia de muchas leyendas, no dormían nunca, el eterno despertar… la sempiterna vigilia.
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Cuando Bella se despertó de su siesta la estancia estaba tan oscura como si fuera de noche. El corazón le saltó en el pecho ante lo que le esperaba pero había un reloj, antiguo en toda su extensión, sobre la chimenea que no había distinguido antes. En él se podía ver claramente que eran las tres de la tarde. Su estómago rugió de hambre pero sobre la mesa de frente había una bandeja plateada con una nota doblada encima de ella. Caminó hasta allí desprendiéndose de los últimos rastros de sueño y la tomó desdoblándola para identificar una caligrafía elegante y perfecta.
En esta decía que debía darse un baño y le daba las indicaciones para llegar a su habitación donde estaría esperándola dicho lujo.
Tomando su libro del sillón donde durmió salió temiendo nuevamente la inusitada oscuridad, pero caminó guiándose por la nota y cuando accionó la puerta de la derecha que esta indicaba dio de lleno en el cuarto donde haba despertado en la mañana.
En el centro de este había una bañera metálica que no había estado ahí antes, un biombo, varias toallas, el agua humeante y un vestido en la cama. Pasó los dedos por encima de la magnífica creación y pensó que ella misma no podía hacerle justicia a un ajuar semejante. Luego, la necesidad de aprovecharse del baño fue mayor que sus pensamientos sin autoestima. Era un lujo no porque nunca se bañara sino porque no era un baño de arrollo de agua fría como siempre le tocaba en su propia casa. Aunque le gustaba el agua estancada siempre había riesgo de ser observada o secuestrada. A sus hermanas no les importaba, según ellas habían sido víctimas de delicioso espionaje y se regocijaban en sus cuerpos dejando que otros los admiraran, pero Bella misma no era así y eso a ellas las sacaba de quicio, siempre se bañaba con camisola encima y siempre con cautela, mirando a sus alrededores esperando que nada pasara.
Pero ahí mismo, se daba cuenta de que el sentimiento era igual que si estuviera frente al arroyo, porque seguía sintiéndose observada. Intentó dejar de lado su natural cautela y se quitó su vestido lentamente y también la camisola debajo sintiendo el frio de la estancia hacer su piel chinita. Caminó hasta la bañera y se metió en ella soltando un suspiro de satisfacción. El agua estaba en su punto y los carbones calientes bajo la bañera harían que siguiera así por mucho tiempo. Se preguntaba si no podría quedarse ahí toda la vida hasta que toda ella misma pareciera una uva pasa pero el pensamiento le dio risa por lo absurdo. Tomó la pasta de jabón y se refregó toda pensando en porque quería estar limpia si no deseaba agradar.
Pero algo dentro de ella le decía que estando limpia o sucia nada detendría lo que su destino le aguardaba.
Se preguntaba por qué no estaba más nerviosa y la respuesta yacía en que no ganaba nada con estarlo. Tensionarse no haría su experiencia más llevadera…
Escuchó leves toques en la puerta y miró nerviosa esperando que quien estuviera tocando se identificará.
–Soy Esme –dijo la voz de mujer al otro lado.
– Adelante –
La mujer entró cargando con un balde completo de más agua caliente seguramente para el enjuague. Decidió aceptar la ayuda de la mujer para quitarse el jabón de encima. Le sorprendía que tan delgada y elegante como parecía ser cargaba los baldes de agua comí si le pesaran poco. Cuando estuvo lista y brillante salió y se secó envolviéndose en una pesada y suave toalla y cuando estuvo seca la mujer le dijo que se pusiera una batola que había puesto sobre la cama y se sentara frente a la chimenea que iba a encender el fuego.
Así lo hizo, tan perfecta y elegantemente como hacia todo lo demás. Una vez las llamas cobraron vida le pidió a Bella que se sentara frente al fuego y comenzó a cepillarle el cabello con parsimonia para que lo secara luego comenzó a darle forma lentamente. Bella sentía las manos frías de la mujer manipulando su cabello.
Por un segundo pensó en su madre muerta y en cómo le hubiera gustado que la peinara al fuego justo como en ese momento hacia Esme. Cuando terminó Bella sentía el cabello seco y tirante, seguramente le había hecho alguna especie de peinado complicado. No esperaba verse demasiado diferente así que no le puso demasiado cuidado. A lo que si le prestó atención fue al vestido que había sobre la cama y que no había reparado con exactitud antes. La creación, como la había llamado al principio y a la cual no haría justicia ni cambiándose de piel, brillaba tenuemente por su color rojo. Parecía ser de seda y se componía de varias capas en la amplia falda de encaje tan rojo como la tela de debajo. El escote estaba rodeado de piedras preciosas y las mangas caían al igual que la falda, en muchos pliegues. Demasiado elegante, demasiado… demasiado…
– No puedo ponerme eso – dijo Bella contrariada dando pasos hacia atrás y elevando su sencilla barbilla. No, una campesina como ella nunca saldría con algo como eso…Lo amaba, de hecho le gustaba y nunca había visto un vestido igual. Ni siquiera creía que con todo lo que su padre había llevado a la casa podría comprar alguna vez una creación así.
– Es el color favorito del señor, y usted está aquí para agradarle –
Eso no era del todo cierto pero el tono amenazante de la voz de la mujer le dijo a Bella todo lo que necesitaba saber. Seguramente las dos se reirían cuando ese vestido estuviera sobre su cuerpo. Bella se sentiría mal porque la otra mujer se riera y más adelante ella misma se burlaría de la imagen que presentaba.
La mujer le deslizó la enagua abombada que haría que las faldas del vestido se ampliaran dando apariencia de elegancia. Se lo ajustó a la cintura con un preciado corsé de tela fina que Esme no necesito apretar demasiado. Solamente amarrar pues el delgado cuerpo de Bella no necesitaba mayor sugestión. Una vez realizada esta faena le dijo que se calzara las medias y las amarró a las bragas. Con cuidado de no dañar el peinado y con manos seguras Esme deslizó el vestido por la cabeza y este cayó a los hombros dejando el escote al descubierto. Bella sintió que sus senos se iban a escapar del corsé porque este los realzaba de manera casi grotesca haciendo que el vestido se viera… francamente… sensual.
Nunca había deseado ser sensual pero si lo suficientemente bella para levantar pasiones como lo eran sus hermanas. Nunca pensó que quizá en eso también tenía que ver la manera de vestir. Esme ajustó un lazo en la cintura para terminar de ajustar el vestido y le afirmó las mangas y arreglo la caída de la falda. El frio del piso penetró por los pies descalzos de Bella haciéndola ser consciente de que la tarde estaba terminando de caer. Y que la noche, con los inexorables sucesos que se iban a ocurrir estaba llegando sin que nada la detuviera.
Esme no la dejó mirarse a un espejo porque al preguntárselo ella misma le aceptó que en esa casa no había espejos.
– ¿Por qué? – quiso saber Bella mientras la mujer la miraba fijamente, como si no pudiera acabar de creerse que estuviera frente a ella.
– Porque no nos gusta – laconismo, ese definitivamente era el rasgo de esa mujer.
Decidió no preguntar más, porque parecía que con cada pregunta que hacia la respuesta se hacía más escabrosa o extraña que la anterior. Esme señaló unos zapatos de botines con la parte superior al descubierto, de tacón bajo y con el mismo color rojo del vestido.
La ayudó a calzarse y una vez terminó la volvió a mirar de reojo.
– Sígame – dijo caminando esperando que Bella la siguiera. Esta trastabilló un par de veces pero logró mantenerse en pie caminando lo suficientemente relajada. No sabía a donde la llevarían sus pasos y no quería imaginar cómo terminaría la noche.
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Edward permanecía en la sala del despacho donde la había mordido por primera vez, llevaba demasiado tiempo en esa posición pero para la especie de él podía haber estado dos días así y a él, en su tiempo, le habría parecido minutos. Tal vez segundos.
La anticipación era algo a lo que estaba acostumbrado en esos momentos pero ahora lo era más, por fin podría saborear esa sangre de nuevo y su lengua catadora parecía no querer esperar.
"Vas a matarla" le decía ese monstruo que se apoderaba de su alma cuando el frenesí de vampiro lo acometía.
Iba a matarla, puede que fuera esa noche, puede que fuera la siguiente, pero el sabor de su sangre era lo que la llevaría a la muerte. Quizá no había buscado lo suficiente, quizá ella no era la única mujer que tenía una sangre tan sabrosa, pero no se pondría a averiguarlo, la mujer que llegara a ese hogar, fuera por la circunstancia que fuera, bien podía igualar o mejorar un sabor así.
Esa noche la observaría cenar, después de todo si quería tenerla por un poco más de tiempo debía alimentarla para que no muriera seca tan rápido. Tenía deseos de desdoblarse e ir con su otro yo a espiarla pero después cambio de opinión. No debía crear ningún vínculo con ella porque simplemente no se podía.
Escuchó los pasos casi imperceptibles de Esme y los más pesados y sonoros de la mujer. Seguramente si tuviera un corazón este habría comenzado a palpitar rápidamente pero solo tenía la cuenca vacía y el resto de sus instintos animales.
Tardaron cerca de dos minutos en llegar. Luego escuchó los golpes en la puerta de Esme. Hacia menos de un minuto él había arreglado la mesa del centro de la estancia con la silla para ella y con la cena enfrente. El olor de la comida le producía asco, pero más que eso una añoranza ciega por saborear los alimentos que hacia milenios no probaba. Pero ahora, por el deseo de sangre todos los recuerdos que tenia de su vida anterior se borraban ante ese nuevo fluido.
Esme abrió la puerta y entró segunda de la muchacha. Si hubiese sido humano hubiera puesto cara de sorpresa pero la habilidad de los vampiros de permanecer en la misma posición le fue de ayuda en ese momento evitando que ella se diera cuenta hasta qué grado le había afectado su presencia.
Se trataba de la misma mujer, si, campesina de piel lechosa, ojos castaños, cabello oscuro y rostro de rasgos desbalanceados, pero era evidente que las monas podían vestirse de seda y verse mejor. El vestido seguramente lo había escogido Esme, parecía uno de sus vestidos de soltera de temporada. Era elegantísimo y abiertamente seductor. Edward distinguía con sus especiales ojos la delicada y suave piel de su cuello y pecho que el vestido dejaba al descubierto. La tenue luz de las velas hacia brillar la line del escote que conectaba la piel con la tela de una manera casi que etérea. El rojo le hacía pensar en… sangre…
Cielos, que hambre tenia.
Ella no lo miraba, quizá estaba demasiado aterrorizada para hacerlo. Aunque habían tenido aquella impersonal conversación ella era una virgen aterrorizada. Quizá ni siquiera fuera tan inocente, las campesinas decidían empezar sus vidas sexuales antes que las recatadas mujeres de sociedad que tanto había conocido. Muchas de las mujeres que había decidido beber ya eran versadas en el asunto sexual y quizá esta no fuera la excepción, lo cual le venía bien para sus propósitos sexuales y alimenticios. La lujuria de vampiro era insoslayable y no pensaba reprimirse esa noche.
Los ojos gachos seguían ahí, pero él mismo si podía seguir admirando el cambio en ella. Al menos en su ropa.
– Gracias Esme, puedes irte – su ama de llaves lo miró y sabía que quería decirle algo mentalmente pero le negó el paso convencido de que tal vez intercedería por la muchacha en un evidente y repentino arranque de solidaridad de género. No tenía tiempo para eso.
Esme le susurró a Bella que se sentara en la mesa y comiera. La joven siguió con sus ojos bajos pero Edward pudo percibir que seguía la retirada de Esme con ojos clínicos.
Luego la observó caminar con dificultad, parecía que los botines le causaban problemas, también la extensión del vestido porque se lo sujetaba inexpertamente para no pisarlo y caerse. Cuando llegó a la silla, se obligó a usar velocidad humana para correr la silla y esperar que se sentara.
El olor de su piel penetró su nariz en el momento en que la superó en estatura. Su cabello recién lavado olía a limpio e inocencia. Se sintió como un profanador por unos segundos, pero esto quedó en segundo plano en el momento en que su lengua quiso catar el sabor de su piel para saber si era tan dulce como su sangre. Se relamió los labios inconscientemente tan secos como un desierto, su boca se llenó de ponzoña y sintió un leve mareo.
Ella se sentó y otra ráfaga de su olor fue absorbida por su sentido del olfato. De vampiro, más desarrollado incluso que el de un perro.
Transpiraba miedo y eso era evidente, la piel de su pecho estaba erizada al igual que el cabello que tenía tras el cuello que el peinado realizado dejaba al descubierto. Edward levantó la blanca mano de largos dedos y retiró la protección del plato de plata en donde estaba servida la cena.
Bella observaba ese silencioso ritual en silencio. Cuando la mujer se retiró la joven supo que se quedaría a solas con el amo para que hiciera con ella lo que quisiera y eso hizo que su sangre se helara de miedo.
Terror, sentía un sabor amargo en la boca y el olor a alimentos no hacía nada por mejorar la sensación. Vio la blanca mano levantar la tapa y dejar al descubierto un filete preciosamente adobado y cocinado cuyo humeante olor hizo que se le cerraran las vísceras, sentía deseos de vomitar por el miedo y no podría consumir nada.
– Come – dijo la macabra voz haciendo retumbo en el pecho de la joven. Negó suavemente con la cabeza pensando en si la forzaría incluso a comer.
–No puedo – dijo susurrando esperando haber sido escuchada.
– Debes hacerlo – dijo él estoicamente – Para lo que tengo en mente tendrás que estar bien alimentada – Sintió su voz en los oídos y supo que el continuaba cerca de ella, tan cerca que estaba…. Si, estaba completamente inclinado sobre ella con la cara muy cerca del alto peinado que había sido elaborado por el ama de llaves.
– Siento que… voy a vomitar – dijo sinceramente Bella percibiendo como el mareo estaba comenzando a nublarle la visión. Debía respirar profundo. Sabía que tenía, estaba a punto de darle una crisis de nervios, solo le había dado una vez en la vida. En el momento en que se había enterado de la muerte de su madre. Había sido la misma sensación de ahogo, el adormecimiento de las manos y las mejillas, la transpiración fría… Respiró hondo por que el médico del pueblo le había dicho que se trataba de la falta de oxigenación cuando aparecían los síntomas.
Edward sentía el pajarear del corazón, lo tenía al doble de la capacidad humana y eso le preocupó un poco. Evidentemente estaba a punto de desmayarse y no le convenía eso en ese momento.
– Tranquilízate –le dijo, aunque sabía que era completamente inútil, cuando estabas en esa tesitura la única persona que debía dar la orden de tranquilizarse era uno mismo, de nada servían los externos porque ninguno de ellos estaba dentro del pellejo de la persona en crisis como para saber que aconsejarle sobre qué sentir.
Bella cerró los ojos y respiró profundamente varias veces. Hasta que el adormecimiento fue retirándose y se sintió la persona más idiota. Acaba de revelar una de sus más estúpidas debilidades a esta persona que parecía alimentarse de las falencias de los demás.
– No puedo comer – dijo después de unos segundos cuando estuvo segura de que la voz no le iba a salir tan temblorosa.
– Al menos la carne – Edward se movió lentamente hacia la derecha y sacando otra silleta que estaba ahí se sentó mirándola de frente. Definitivamente la luz de las velas parecía hacer mella positiva en ella. Sus ojos se notaban brillantes aun a pesar de la tenue iluminación y su piel ligeramente transpirada le daban ganas de…. De clavarle lo dientes para saber qué tan jugosa era.
No era caníbal, pero sabía que detrás de esa piel se escondía el elixir que le daría vida a su cuerpo muerto.
Ella levantó los brazos y apartó las vistosas mangas delicadamente, tragó en seco y el movimiento de su garganta llamó profundamente la atención de Edward. El movimiento sobre la piel fue más de lo que podía soportar. Para no saltarle encima, aunque estaba seguro de que nada se lo podía impedir, se levantó apartando el taburete y caminó hacia la ventana. Como era de noche las cortinas estaban corridas y se podía distinguir a ventisca fuera. El fuego de la chimenea daba sombras casi que tenebrosas que le habrían asustado de tratarse de otra persona. Al fondo pudo distinguir seis figuras contra la fría nieve acerrada en el pasto.
Distinguió la elegante figura de Esme, el porte recto y recio de su esposo Carlisle (a quien consideraba lo más cercano a un padre desde que había llegado a trabajar con Esme). Jasper, quien solía ser hacia cientos de años su mozo de cuadra, casado con la bella y, en otros tiempos, vivaracha Alice la campesina que le había robado el corazón, a Emmet y la altiva Rosalie, ella, una señorita de sociedad había caído bajo el embrujo de lo que ellos llamaban amor (Edward lo llamaba la conexión entre bestias) había abandonado su vida de lujos por seguir al lado de otro mozo de cuadra que era Emmet. Todos ellos, al ser habitantes de sus tierras habían caído uno a uno bajo el embrujo que lo había atado a él. Todos ellos con la esperanza pintada en sus rostros desde tiempos inmemorables. Esta vez también los decepcionaría. Por qué no habría figura que se enamorara alguna vez de lo que era Edward.
Todos permanecían fuera del castillo porque sabían que en cuanto empezara a beber el olor de la sangre los llamaría a ellos también, aunque no en tan gran medida como a Edward. Ellos preferían beber sangre de animales por que se sentían menos salvajes al hacerlo así. Él era el único de todos ellos que había probado la sangre humana desde que los habían convertido. Y aunque les había ofrecido siempre se negaban. Ellos, todos ellos, los hombres habían sido quienes lo habían apartado de matar a la campesina cuando bebió su sangre.
Ellos lo querían, Edward sabia eso, tampoco habían perdido la esperanza de ser un día los humanos que una vez fueron. No entendía que veían de malo en ser lo que eran. Pero después de unas décadas esa vida de redivivo se volvía monótona. El no poder interactuar con alguien más…
Ella comió el filete lentamente como si saboreara cada pedazo que mascaba, pero la realidad era que Bella sentía que cada pedazo que se metía a la boca era como si estuviera comiendo las páginas del libro de su madre. Aparte de que nunca comía carne, no le gustaba, sentía la boca seca, como si de repente hubiera dejado de salivar. Pasar la carne por su garganta suponía un esfuerzo enorme pero se obligó a hacerlo para ganar un poco más de tiempo. Pero no sería para siempre. Observó la espalda rígida de Edward que continuaba mirando por la ventana como si lo que hubiera ahí fuera demasiado interesante y no quería distraerlo.
Cuando terminó la carne dirigió su vista a las frutas pero sabía que no podría tratar nada más. La hora se acercaba inexorablemente.
En el momento en que Edward escuchó que ella abandonaba los cubiertos en el plato se dio la vuelta lentamente intentando contenerse de no saltarle encima. Seguían ahí afuera pero en ese momento no iba a pensar en ellos, en otro momento quizá.
Dio los pasos que los separaban y el mismo olor a miedo de antes comenzó a brotar de ella. Olía igual que la nieve perseverante y eso hizo que la nariz le picara incómodamente. No podía decirle que no se asustara porque al no poder manipular sus recuerdos, en su mente permanecería todo lo que ocurriría esa noche, quizá en la primera noche hubiese funcionado, pero sabía, por lo poco que desvelaba de su mente, que ese truco no serviría nuevamente.
Bella lo vio avanzar y acercarse lo cual hizo que su pulso saltara en la cima de su garganta. Sintió que comenzaba a sudar frio y que se empezaba a quedar sin fuerzas. Pero no podía decaer, no le daría a ese hombre la satisfacción de ver que podía consumirla por el miedo que le inspiraba.
Vio que levantaba una mano de largos dedos y se la ofrecía para ponerla de pie. La joven contempló su propia mano caer en la de él solo que temblaba con fuerza. La palma estaba completamente congelada, sus dedos temblorosos parecían hacer eco en la piel misma de Edward. Ella se puso de pie y él se le acercó mucho más allá de lo que era humanamente correcto. Bella se sentía estudiada e incómoda desde la íntima posición.
Aun sentía en su mano la de él y le seguía sorprendiendo que estuviera tan fría como se sentía siendo que la chimenea parecía aportar un calor extra al natural de sus cuerpos. Entonces comenzó a percibirlo.
Al inicio pensó que era el susurro del viento o algún extraño sonido producto del miedo que sentía pero cuando fue consciente de lo que estaba pasando tuvo que reprimir él infantil deseo se apartarse como una virgen vestal. Él la estaba olfateando de alguna manera extraña y penetrante. Ese era el sonido que escuchaba. Las agudas inspiraciones sobre su cabello parecían teñidas de un oscuro anhelo que por un momento la joven sintió casi animal. El aire frio que soltaba al espirar hacia que los vellos de su nuca se erizaran sin control. Era como si ya no estuviera en la cómoda cercanía de la chimenea sino directamente en la fría nieve de fuera y la llevaron a preguntarse si ese extraño no sufriría de alguna enfermedad en la que su temperatura era como…la de un muerto.
No sabía cómo había llegado a esa conclusión siendo que lo más cerca que había estado de la muerte había sido cuando tenía que despescuezar algún pollo para la cena cuando no había otro tipo de alimento. Era la misma frialdad aunque era imposible. No podía tratarse de un muerto, quizá era una persona que era propensa al frio…
Los dedos de Edward rozaron la mejilla de Bella lentamente, ella sentía como si una bola de nieve estuviera deslizándose sobre su piel, no era incomodo pero tampoco era una sensación que disfrutara especialmente por la abierta intimidad de la misma.
Nunca había estado tan cerca de nadie del otro sexo a excepción de su padre, por un segundo pensó en si se había estado perdiendo de algo especial cuando miraba a sus hermanas dejar que las cortejaran con besos en la mano.
Los fríos dedos ahora se dirigieron hacia el cuello apartando los pocos mechones castaños que se habían escapado indomables del peinado. Bella cerró los ojos ante la embarazosa, y a la vez demasiado gustosa, sensación.
Se juzgaba demasiado libertina permitiéndole ese contacto pero algo dentro de ella, algo que no conocía, la hacía sentirse hambrienta de ese toque, eso debería decirle mucho acerca de su propia naturaleza.
Edward ante la cercanía de su sangre comenzó a hervir tanto como ella a enfriarse. Al estar cerca podía percibir mejor la esencia de su sangre que, apartando el olor del miedo, era infinitamente apetitosa.
Tocarla se volvió algo que no podía soslayar, era impresionante la manera en que sus dedos fríos pedían el contacto cálido que ella podía brindarle. Nunca le había servido de nada tener fuego a su disposición por que el calor del mismo no podía penetrar la fibra indestructible de la que estaba hecho su cuerpo. Pero tocar esa piel parecía hacer que de repente sintiera como si estuviera metido dentro de un horno a temperatura cómoda. La piel era sin macula, la sentía demasiado suave y tierna bajo sus pulpejos y solo deseaba hincarle los dientes.
Aparto su cabello para dejar al frio aire del ambiente la piel de su cuello donde más temprano que tarde esa noche la mordería.
Ella, inconscientemente o no, hizo el cuello a un lado como si de alguna manera estuviera disfrutando del contacto. Edward sentía que se comenzaba a desesperar con esa situación de no poder leerle el pensamiento, de hecho ardía en deseos de saber que era lo que estaba pasando por su cabeza en ese momento pero sabía que forzar sus barreras mentales era inútil, aun así lo intentó con poco éxito. Los ojos de la campesina permanecían cerrados y eso le dio la oportunidad de acercarse más. Sexo y alimentación iban de la mano y era mejor empezar de una vez por todas.
Copó el delgado cuello entre sus casi garras y le alzó el mentón lentamente hasta que estuvo a la altura de su boca. Era mucho más alto que ella por lo que su cabeza estaba casi en su totalidad echada hacia atrás. Por la ranura que dejaban los labios entreabiertos salía el aire en rápidas bocanadas lanzando su dulce aliento por su rostro, haciendo que el Nosferatu pugnara una vez más por su sangre. Sus pulgares trazaron la forma de su barbilla y después de sus mejillas.
Bella sentía que estaba bajo algún tipo de embrujo, no podía alejarse y aunque sabía que podía, también percibía que se estaba rindiendo ante la belleza inhumana de ese hombre sin escrúpulos. Su contacto le producía una serie de hormigueos en todo el cuerpo y aunque todo su ser parecía estarse negando a ese desconocido placer no podía moverse por que muy en el fondo no quería hacerlo. Quería, de hecho, saber por qué ese hombre tan perfecto la estaba tocando cuando seguramente en toda su vida había tocado mujeres más bellas y más deseosas pero ahí estaba, tocándola a ella. Su instinto le decía que había un trasfondo, pero no sentía curiosidad por este en ese momento, solo quería saber hasta donde la llevaría.
Con los ojos cerrados percibió que los fríos labios del señor de la mansión comenzaban a deslizarse lentamente por en medio de sus cejas y su nariz. Un contacto tenue, como el rose del ala de un ruiseñor. Pero no pudo evitar que su cuerpo temblara, sino de miedo, del frio que comenzaba a deslizarse por su rostro. Después el contacto frio, de lo que estaba segura de que eran sus labios, se deslizó por su mejilla derecha y después por la izquierda suavemente.
¿Era pecadora por desearla en sus labios? ¿Acaso aquellos traidores querían experimentar ese frio en la boca?
Cuando menos lo esperaba el contacto que secretamente estaba deseando llegó a su boca transmitiéndole ese frío que sabía que la esperaría.
Percibió como si alguna especie de rayo la atravesara desde sus labios hasta el resto de su cuerpo. Sus propios miembros parecían haberse vuelto masa pan y el único soporte que parecía encontrar era el que podía ofrecerle quien estaba frente a ella. Pero no podía. .. No debería pero al sentir que por el leve contacto se estaba quedando sin aire dio un suave traspié y acabó apoyada en el pecho duro como una piedra haciendo que los cuerpos de ambos encajaran de una extraña manera, como si a pesar de las notables diferencias entre ambos estuvieran hechos para eso...
Edward no había planeado besarla, de hecho era lo último que se le había pasado por la cabeza pero al tenerla tan cerca había sucumbido cual adolescente imberbe.
Casi nunca besaba a las mujeres con las que tenía contacto para la alimentación porque ninguna le había apetecido lo suficiente, sus sangres no parecían hablarle en un idioma tentador como lo hacía la de la hija del granjero. Por eso la había besado, porque le apetecía tanto como su misma sangre. Sus labios al igual que el resto de su cuerpo parecían estar al rojo vivo, o así era para él que estaba más frío que un muerto, pero podía delirar por ese calor porque aunque no lo quisiera le hacía sentirse un poco más humano.
Bella sentía que los labios se Edward comenzaban a moverse lentamente sobre los de ella y se preguntó si debía seguirlo en esa lenta y sensual provocación nunca a había besado a nadie ni había esperado hacerlo por lo que nunca había pensado en cómo lo llevaría a cabo. Decidió seguir los movimientos de él para intentar acoplarse. Era lento...deseable.
Sintió que no estaba respirando normalmente y se percibió mareada. Se apartó de ese efímero contacto y su frente fue a parar al pecho de Edward que, estaba seguro de que si fuera humano, se hallaría en la misma tesitura que ella.
Había mantenido los ojos abiertos aunque no tenía necesidad de parpadear, había contado las pecas de su nariz y de su frente y había memorizado el color de la raíz de su cabello, ella lo había besado de vuelta y eso le hacía pensar que no le era indiferente. Tal vez para ella la estancia en ese sitio no fuera tan mala. Bajo las manos de su cuello hasta su angosta cintura apretando contra su cuerpo de hierro. Ella levantó su arrebolado rostro para fijar su mirada en Edward que a su vez la miro impasible. Ver que no estaba tan afectado como ella hizo mella en la autoestima de Bella, pero sabía que era esperar demasiado.
La cercanía era algo que la estaba sacando de quicio pero no quería alejarse y no lo haría. Se daba cuenta en ese momento que haría lo que él le pidiera no porque la estuviera obligando, puede que así fuera en un principio pero en ese momento algo ocurría dentro de Bella.
Sus sueños nunca habían sido mayor cosa; quedarse con su padre solterona y después ayudando a criar a sus sobrinos no había vislumbrado algo más allá y en ese momento tampoco lo hacía. Sabía que se iba a quedar sola siempre y su cuerpo en ese momento le pedía que viviera el tipo de vida que el dueño de la mansión le estaba proponiendo, como su complaciente amante, porque ese era el único atisbo de vida diferente a todo lo que la rodeaba.
Quería. .. Muchas cosas pero poco las iba a conseguir.
Edward sentía, aún a distancia y solo mirándola a los ojos, que ella estaba pensando en algo y por el fruncimiento de su ceño era algo serio.
Ya no olía el miedo en ella, la rodeaba la esencia de miel de la incertidumbre mezclada con algo más que seguía sin poder describir. Quería que dejara de pensar así que le dijo lo primero que se le vino a la cabeza.
– Quítate ese vestido– como amo del sitio lo estaba exigiendo y por un momento creyó ver indecisión por parte de ella cuando dio dos pasos alejándose pero ella solo lo miró a la cara y sin un asomo de duda se bajó la hombrera derecha dejando al descubierto más de su blanca piel.
La decisión estaba tomada, pensaba Bella, mientras hacia los posible por qué el pulso no le temblara ni tampoco hesitara su nueva determinación aunque se sintiera más valiente ante sus pensamientos seguía siendo virgen y lo que sabía de las relaciones era lo que alguna vez había oído de labios de alguna comadrona en el pueblo y ninguna era demasiado específica en lo que eso consistía excepto por la parte en la que el hombre se "unía" a la mujer... Aunque nunca explicaban como era que lo hacían y Bella nunca admitió que siempre sintió curiosidad.
Bueno, primer paso quitarse el vestido tal y cómo él había ordenado el frío era casi insoportable pero siguió su camino dejando que le erizara la piel. Sentía que los pechos le dolían por el frío, sus pezones comenzando a erizarse dolorosamente. Se bajó la otra hombrera y finalmente sacó ambos brazos de las mangas e intentó empujárselo hacia abajo lográndolo lentamente cuando estuvo a sus pies dio un paso fuera portando con ella la camisola de debajo y las medias, aunque le costó un poco más salir de la enagua. El frío era aterrador y sentía que las manos estaban comenzando a entumecérsele y los ojos de él permanecían fijos en cada pedazo de piel que iba quedando al descubierto. No pensó que ella obedeciera con tanta rapidez, seguía demostrándole cuán diferente era de las demás mujeres con las que había estado. Sentía con cada poro de su indestructible piel que ella no estaba tan calma como aparentaba.
Y tenía razón Bella aún tenía dudas pero no iba a retroceder. Comenzó a quitarse la camisola temiendo en el último minuto pero finalmente dejándola caer a sus pies y quedando, por segunda vez en su vida, desnuda frente a ese hombre. Portando solamente el collar de la piedra roja que se alojaba cómodamente entre sus suaves pechos.
Edward la contemplaba en silencio, seguía analizándola como aquella primera vez y no encontraba nada diferente. .. Excepto que de alguna extraña manera le pareció adorable. No tenía grandes pechos, eso lo sabía, pero eran lindos coronados por aquellas puntas enrojecidas que parecían hacerle guiños. Tenían tenues reflejos rojos debido al juego de iluminación que tenían el rubí y el fuego de la chimenea.
Su piel era material de quimera, blanca, sin imperfección; por que no podía contar como defecto los lunares que se distribuían en su cuerpo ni las pecas en sus hombros.
Pero no se iba a poner a analizarlo en ese momento, se acercó a ella hasta que solo los separó un suspiro. Sus manos frías pasaron lentamente por los blancos hombros que se estremecieron instantáneamente.
Edward dirigió su vista hacia la chimenea y después de unos momentos las llamas comenzaron a arder más fuerte dando a Bella un poco de calor el suficiente para devolverle la mirada. Este se acercó más y comenzó a olfatearla nuevamente… luego sin más preámbulos comenzó a besarla con fuerza haciendo que los dientes de ambos chocarán. Inició un duelo con ella intentando seguir los movimientos de él y viceversa, las manos frías se deslizaron por sus hombros a su espalda.
Bella no sabía qué hacer con sus brazos así que los sacó de los lados de su cuerpo para enlazarlos en el cuello fuerte de Edward. Percibía la piel bajo sus dedos demasiado dura, nada parecida a la blanda de su padre. Eso la incómodo sólo por unos instantes los suficientes para percibir los de él cerrarse con más fuerza de la necesaria en sus nalgas apretándola contra su cuerpo y profundizando aún más el beso si es que era posible. Bella gimió impotente y su sonido fue capturado por la boca hambrienta del dueño de la mansión, la joven sintió que sus pies eran elevados de suelo y por instinto para no caerse enredó ambas piernas en la cintura de él. Parecía como si estuviera abrazando a un roble y no sabía a donde la estaba conduciendo hasta que sintió en su espalda el contacto de suave cojineria del mueble donde en algún momento durmió.
Él no se había despegado de su boca y Bella sentía que le comenzaba a faltar el aire, se separó y los labios de él la abandonaron para ir a parar al cuello donde se sumergió con algo que a ella le pareció un gruñido animal. Le recordó aquella noche oscura donde se había perdido en sus propias pesadillas pero intentó que el miedo no la invadiera.
Cerró los ojos para abrazar la sensación que esos labios de hielo le estaban prodigando en la piel de su cuello y parte del escote, sentía los pechos duros pero ya no estaba tan segura de que se tratara de frío solamente, era una sensación de miedo mezclado con algo más oscuro y peligrosamente adictivo que le agitaba las entrañas.
Edward por su parte estaba teniendo muchas dificultades para controlar el impulso de morderla y sólo lo hacía porque sabía que podría saborearla incluso mejor. Cuando la sangre de una mujer estaba excitada sabía mil veces mejor y sabía que la sangre de esta tendría un gusto más delicioso aún de lo que ya lo hacía.
Subió sus manos a sabiendas de que la frialdad de su piel siempre la incomodaría pero ella seguramente no estaría fatigosa mucho tiempo.
Cerró ambas manos en los turgentes senos que se acomodaron ellas como si hubieran sido especialmente hechos a la medida, sentía su blandura y el calor que desprendían. Bella gimió ante el incómodo efecto, no con dolor, pero si con ansias de algo que no sabía que era pero que estaba comenzando a atormentarla.
Edward reemplazó sus manos por su fría boca cerrando los labios alrededor de un rojo pezón paladeando con su lengua el sabor dulce de esa suave, aunque, dura piel. Bella sentía que ese era exactamente el contacto que la piel de sus pechos estaba pidiendo y gimió nuevamente sin poder evitarlo. En su campo de visión se hallaba el cabello cobrizo de Edward moviéndose lentamente al mismo ritmo que la lengua ayudaba a succionar su pecho derecho cómo haría un niño.
Era algo lascivo observarlo, sentía como una congestión en su vientre comenzaba a formarse lentamente como si fuera una pila de piedra comenzando a llenarse de agua.
Líquida se sentía ella y lo percibió cuando apretó las piernas y se sintió insoportablemente húmeda como nunca antes. No sabía cuánto tiempo llevaba él ahí, sentía que cambiaba de pecho constantemente mientras sus manos se deslizaban por su cintura y su vientre. Tenía miedo de que él la percibiera como se sentía, pero sin importar la manera quería abrazar esas sensaciones ya tendría tiempo de analizarlas luego.
Apretó las piernas una vez más presa de un terrible e incontrolable espasmo que la hizo comprimirse ella misma, no sólo a sus piernas, como sólo si un puño gigante estuviera atrapándola. No pudo conseguir capturar el grito que salió de sus labios convencida de que algo terrible había cambiado de repente dentro su cuerpo. Luego todo fue calma con estremecimientos de vez en cuando.
Sus manos soltaron lo que habían estado aferrando en medio de la tensión; el cabello de él que se sentía asombrosamente suave en comparación con toda su forma. Edward sentía como el cuerpo de ella se contraía, sabía que había mujeres sensibles, había conocido muchas y siempre era una experiencia gratificante saber que podía llevarlas a ese límite. Ella no era la excepción pero sin duda cuando llegaba al orgasmo era un espectáculo digno de verse, tan contenida y a la vez tan fuera de control. Bajó sus manos por su liso vientre y se encontró con su suave vello púbico, ahí se concentraba un calor al cual estaba comenzando a hacerse adicto, bajó sus dedos aún más pese a que la reacción natural de ella fue cerrarle el acceso con las piernas pero su vello al igual que todo allí abajo estaba húmedo. Sonriendo ladinamente se acercó a su boca y comenzó a besarla para distraerla. Las piernas se relajaron y pudo finalmente tocar su intimidad ardiente.
Bella quiso gritar ante el contacto de la parte oculta de su cuerpo, aún demasiado sensible para soportar ese toque y al mismo tiempo incapaz de detenerlo por el cosquilleo que le producía placer. No podía clasificarlo de otra manera, era placer en su máxima expresión y no se callaba nada, demandaba sentirse sin importar el resto de las consecuencias. Eran dedos curiosos, helados, pero su intimidad parecía transmitirle calor a estos y en unos momentos adquirieron una temperatura más templada, adaptándose naturalmente al calor que los recibiría. Movió los dedos sobre la suave carne buscando la entrada que lo albergaría pronto. Ella se removía incómodamente en la cama sintiendo vergüenza de sí misma. Edward seguía tocándola lentamente hasta que Bella sintió el dedo medio en su apretada entrada haciendo presión.
Algo la invadía.
Seguía recordando las palabras escuchadas ilícitamente de la comadrona diciendo a las que ayudaba a parir que esa parte de sus cuerpos nunca debían ser tocadas por nadie más que sus maridos o la misma comadrona al momento del parto, que era por ese medio por donde nacían los hijos para seguir preservando a la familia. A Bella nunca le importó esa parte de ella misma, pero en ese momento era la única en la que pensaba, hacia allá se dirigían todos sus sentidos mientras el dueño de la mansión seguía metiéndole el dedo hasta que percibió dolor. Cerró más las piernas por que no era algo agradable pero él volvió a besarla haciendo que se olvidara incluso de respirar.
Edward sentía la membrana de su virginidad, algunas mujeres con las que había estado no lo eran y el proceso para quitarla era bastante doloroso. Pero debía hacerse, ella no estaría plenamente excitada ni lo suficientemente distraída para morderla sin que percibiera lo que pasaba.
Metió un segundo dedo y comenzó a estirarla gradualmente sin cansarse de besarla y probar la piel, percibía la sangre corriendo bajo esta en todas direcciones, pero su vena yugular era la que más le llamaba la atención. Allí se concentraba toda la energía y lo estaba llamando inexorablemente.
Retiró el himen con los dedos. Bella seguía removiéndose en el amplio mueble aun con los dedos de él adentro. La comadrona nunca había mencionado incomodidad, pero la joven suponía que no todo podía ser color de rosa.
Siempre se había imaginado que había pasado en la noche de bodas de Elizabeth Bennett y el señor Darcy, y también en cómo habían consumado su matrimonio tantas de sus heroínas literarias, suponía que todo acababa así, nunca tendría nada con que compararlo y estaba bien, a pesar de la incomodidad en la parte intima de su cuerpo el movimiento de los dedos hacia que se sintiera bastante plena.
Edward consiguió lo que quería, sabía que era cuestión de paciencia, ahora podría penetrarla sin mucho dolor, su virginidad se había quedado en sus dedos y no quería pero tampoco podía evitar sentirse orgulloso, era como un instinto de macho tanto de hombres como de animales, ser el primero en la vida de cualquier hembra, y eso siempre le había llenado de orgullo.
Se subió sobre su cuerpo y ella abrió mucho los ojos al sentir la forma de él encima. No sabía en qué momento él se había quitado la ropa y no le importaba, era un terrible contraste entre el calor que prodigaba el fuego y la helada forma sobre ella. Levantó los brazos para aferrarlo del cuello y bajarlo para que siguiera besándola, al menos así podía olvidar que seguramente había llegado el momento de la "unión".
Edward accedió porque sabía que ella misma estaba buscando distracción. Era curioso, siempre pensó que como vampiro las erecciones habían pasado a un segundo plano, siendo que su cuerpo era casi el de un muerto pero los deseos lujuriosos siempre habían estado ahí. Nunca morían, ni con el tiempo se iban, sexo estaba conectado con alimentación. Tocó en una última oportunidad el sexo de la campesina, húmedo, hinchado y resbaladizo, luego tomó su erección y lentamente la acercó a ese cálido lugar entrando como sus dedos, con paciencia y lentitud pero sin detenerse.
El pasaje, como había imaginado, era el de una completa virgen, apretado y contrayente. Le agarró los pechos mientras ella gritaba y su miembro seguía el camino, todo hasta que tocó fondo.
Bella se sentía insoportablemente llena, como un pollo, como… sintió deseos de reírse histéricamente, quien diría que iba a terminar así. Se había imaginado como ama de llaves como tantas cosas menos eso. Edward tenía el cuerpo equilibrado sobre los codos para no asfixiarla, la joven tenía las pupilas dilatadas, las mejillas rosadas y una sonrisa hermosa en el rostro. Él se preguntaba de qué o quién estaba riéndose, pero las hormonas de vampiro mezclándose con las de la humana estaban creando el coctel de la lujuria, más concentrado que nunca, mas tentador que siempre. Empujó la primera vez haciendo que ella soltara otro desgarrador gemido, desapareciendo de su rostro la risa y convirtiendo eso en tensión.
Dolia, pensaba Bella descarriadamente mientras sus uñas cortas eran clavadas sin éxito en los duros hombros del dueño de la mansión. Pero era un dolor soportable
"Aguanta, tu misma te lo buscaste" él comenzó a moverse a un ritmo imparable lentamente al inicio, más rápido después, como perdiendo el control que había tenido antes. Era incomodo, pero no insoportable, sentía el roce de su piel ultrasensible contra la de él más dura, casi de piedra. Sus sexos se encontraban y se alejaban y a cada roce Bella se sentía más y más tensionada. Aquella sensación desconocía que había vivido momentos antes estaba comenzando a invadirla de nuevo. Aun le tenía miedo por lo intensa que era, temía no tenerla en ese momento, pero más temía vivirla. Quería pedirle que parara pero al mismo tiempo que siguiera.
Edward por su parte dejó que los olores combinados de ambos lo terminaran de poseer, sin consideración por lo que posiblemente eran gemidos de dolor comenzó a seguir el vaivén que los llevaría a ambos al umbral que alcanzaría para poder probar la sangre nuevamente. Sentía el miembro comprimido y congestionado, listo para liberarse, no habría procreación en su unión por que como Nosferatu era estéril. Podía vaciarse en ella como si nada. El orgasmo creció en su espalda, veía los senos de la joven saltar ante sus ojos por la fuerza con que estaba embistiendo contra ella. Tenía los ojos cerrados y por estos se deslizaban cristalinas lágrimas que el fuego avivado alcanzaba a iluminar. Bajo la cabeza y lamio su rostro llevándose en su lengua el sabor salado y a la vez dulce de ese fluido. Ella fruncía la frente con fuerza, como si estuviera conteniéndose. Era imposible, ninguno de los dos podría parar una vez la esencia de ambos terminara de mezclarse. Bajo su mano que tenía apoyada en el sofá para impulsarse y tocó el sexo resbaladizo buscando su punto del placer. Lo encontró segundos después, duro, húmedo y tensionado. Lo masajeo expertamente con el pulgar, suavemente, llevándose la humedad y dispersándola en ese delicado punto. Ella cerró las piernas con fuerza sobre las caderas de Edward sintiendo la inminente llegada de ese desconocido. Gritó nuevamente presa de la tensión y luego esta estallo en su vientre como aquello que los militares usaban traído de china, si, pólvora era la palabra.
Estaba en medio del orgasmo, pensó Edward sintiendo su propio placer disparase en respuesta al de ella, dejó caer su cuerpo para aprisionarla mientras sentía su miembro dolorosamente constreñido en la apretada vulva. El orgasmo que proporcionaba un vampiro era monumental y ella estaba completamente en las nubes, momento que aprovechó para sacar sus caninos y morderle un lado del cuello.
Vio estrellas, literalmente, cuando la sangre tocó su hambrienta lengua, era mucho mejor de lo que recordaba y más ahora que estaba en medio de un interminable clímax. Bebió con avidez saciando su hambre y sintiendo como ella lentamente bajaba de la montaña del clímax y agotada se quedaba dormida.
Bebió por dos minutos más hasta que se obligó a detenerse recordando las palabras de Esme, y por qué en el fondo no quería asesinarla, ella tenía algo que lo estaba afectando y tendría que saber que era. No podía hacer de esa campesina su debilidad por que al no tener ningún nadie nunca iba a arrancar nada de él. Pasó la lengua por las heridas del cuello que se cerraron inmediatamente, quedando solo dos puntos inflamados.
Se apartó para mirarla, dormía, pálida por la pérdida de sangre, con el cuerpo sudoroso del sexo y las piernas separadas sin fuerzas. Levantó el brazo donde la había mordido la antepenúltima noche y vio que tenía aplicado sobre la herida algún ungüento preparado por Esme. Esa herida, al no haber aplicado él mismo su ponzoña para curarla, duraría más tiempo. Era curioso que ella no hubiese comentado nada de ello, parecía no recordarlo, según los pensamientos de Esme, creía que se había tratado de la mordedura de alguna animal.
Debía dejarla ahí, pensaba mientras cogía su ropa y se vestía sin prisa observando el juego de sombras que el fuego hacía en la blanca piel. Tomando la camisola que traía bajo el vestido, la vistió lentamente y la tomó en brazos cargándola y caminando a velocidad vampírica hasta llegar a la habitación que le había sido asignada.
Una vez allí la dejó sobre la cama arropándola, con un movimiento de su mano la chimenea en la habitación se encendió y el calor cubrió la fría estancia. Paladeó en su lengua los remanentes de la dulce sangre. Se sentía… cálido, no había otra manera de describirlo, como si esa sangre que ella poseía le diera el calor humano que tanto echaba de menos.
– ¿Quién eres? – susurró para sí mismo volviendo a sentir esa indeseada curiosidad.
Decidió largarse de ahí desapareciendo a velocidad vampírica.
