Gracias por sus mensajes y alertas, nuevamente. Me hacen muy feliz y me ayudan en mi inspiración, quizá no actualice tan seguido debido a que empecé a trabajar en otro lado y no me ha quedado mucho tiempo para ello pero prometo hacerlo tan pronto pueda, espero no defraudarlas.
Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer.
Bella no estaba dormida, después de haber bajado de la cima de la lujuria había quedado momentáneamente noqueada pero el cansancio no le había permitido cerrar los ojos. Había sentido sobre ella la mirada de ese hombre que acababa de robarle su virtud. Aunque robarle no sería la palabra exacta ya que verdad o no se la había dado de buen grado. Quizá había sido demasiado intenso, voraz y un poco brusco pero aun a pesar de eso no se arrepentía de nada de lo sucedido. Es más, al recordarlo le daba una sensación extravagante y nada despreciable en todo el cuerpo.
Podía ver frente a sus ojos cada imagen que el fuego dejó traslucir, sus movimientos sobre ella, el hecho de que su respiración no se alteraba ni su expresión cambiaba, solo al final, cuando ella misma cayó en picado, ahí recordaba la feroz expresión que había inundado sus ojos, se había acercado a ella en ese momento y después las continuas explosiones en su vientre la habían hecho perder la conciencia. No sabía que se podía sentir tanto con un encuentro de esa categoría pero lo hacía. Era como lo primero que sintió cuando él la toco pero triplicado y seguido. Se arropó fuertemente con sus cobijas y esperó a que el sueño la venciera, este no tardó en llegar
Edward por su parte se fue a su habitación desplazándose como una sombra fantasmal por toda la mansión hasta llegar a su destino. A lo lejos escuchó los pensamientos casi silentes del resto de miembros de su servicio quienes retornaban a la casa, demasiado prudentes, como siempre lo habían sido. Frecuentemente se iban de la casa cuando él empezaba sus actividades, quizá porque no estaban de acuerdo. Nunca los cuestionó, ni ellos a él tampoco. Y lo agradecía, sin que ellos lo supieran los apreciaba como si fueran su propia familia.
Como no podía dormir, nunca lo hacía, su mente decidió divagar, a cualquier distracción, a cualquier recuerdo de los que aún conservaba pero inexorablemente esta se iba a lo que había pasado momentos antes. No podía dejar de retratarlo en su infinita memoria. Ella y su sabor eran algo del otro mundo, si es que algo así existía. Si, tenía algo que las demás no, por eso el sabor de su sangre era diferente y por eso las relaciones que había mantenido con ella, pese a no ser las mejores, habían sido las más ardientes y las que más recordaba.
Una vez saciado volvía a querer ese sabor en su sangre. Durante un momento su mirada se movió hacia el espejo que estaba cubierto a un lado de la puerta del guardarropa grande. Nunca se había visto reflejado en uno desde que fue convertido por que no podía hacerlo. Se veía en las mentes de los demás pero una vez frente al reflectante no había algo que le devolviera la vista.
Sacudió esos pensamientos nostálgicos y se dedicó a permanecer sobre su cama, mirando hacia el techo de su habitación, contando los minutos, más bien sintiéndolos pasar sin mayor dilación. Había ocasiones en las que se quedaba quieto y cuando miraba había amanecido nuevamente, a esa luz de sol a la que no podía acercarse pero que sin embargo extrañaba.
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Bella durmió como nunca, presa de un agotamiento que ya se le estaba comenzando a hacer extraño. Recordaba vagamente imágenes inconexas de sus sueños, todas ellas relacionados con un lugar lleno de fuego que en descripción bíblica sería el equivalente del infierno. Y sangre, litros de ella regándose a sus pies. Nunca era de las que recordaba lo que soñaba por lo que al amanecer no conmemoraba casi nada.
Se dio la vuelta bajo el cómodo y cálido interior que había creado con el calor de su cuerpo y soltó un gemido ahogado por el dolor que sintió en músculos que nunca había usado. Movió las piernas un poco y volvió a gemir dolorida mientras las dejaba quietas. Intentó incorporarse para hacer el más mínimo esfuerzo y cuando retiró las sabanas de su por demás desnudo cuerpo descubrió que en su habitación había ya preparado un baño con agua cuyo humo fluía sin parar hacia el techo. Parecía recién puesto ahí pero no recordaba haber oído nada antes y eso la desconcertó un poco. Apartó las sabanas y se puso de pie caminando hacia allá. El vapor del agua olía a sales medicinales que estaba segura de haber olfateado alguna vez en casa de su padre para sus jaquecas y dolores musculares y previó que quien había dejado ese lujo ahí sabía exactamente qué era lo que había estado haciendo la noche anterior. Sacándose la vergüenza de encima (en realidad sentía que no tenía derecho a estar avergonzada de nada después de todo) entró a la bañera sintiendo como el agua le escocia la piel pero una vez completamente dentro le brindaba una relajación y alivio especialmente en su intimidad, que, sin pensarlo demasiado, tocó con suavidad, sintiéndola excesivamente caliente, no por el agua, e inflamada. Sintió que toda la sangre afluía a sus ojos, afortunadamente nadie estaba ahí para ver su sonrojo.
Sonrió sintiéndose estúpida y apoyó la cabeza en el borde de la floreada bañera cerrando los ojos. Sabía que no podía quedarse remoloneando todo el día ahí pero lo disfrutaría tanto como el agua durara caliente.
Así la veía Edward, o su sombra caminante, recostado sin que ella lo supiera, en el borde de la ventana. Sin poder evitarlo su desdoblamiento había abandonado su quieto cuerpo en su habitación horas antes y había partido a la de ella a hacer sabia el diablo qué. Cuando había entrado por el resquicio de la puerta había percibido que la habitación entera había adoptado, de alguna extraña manera, la esencia de ella, y eso que no llevaba mucho tiempo ahí.
Era como entrar a una habitación llena de comida pero en versión humana. Se había puesto en la ventana con las cortinas corridas para evitar encuentros indeseables con el sol. Y se había dedicado a mirarla como si fuera algún tipo de enloquecido poeta.
La había vigilado durante horas hasta que había amanecido. Se removía más que cualquier otra persona que hubiese visto antes dormir, que no abarcaba mucho. Peleaba con lo que la cubría pero al parecer el frio la hacía consiente de que debía arroparse nuevamente. Y murmuraba cosas. Su superagudo oído era igual de efectivo en su forma desaparecida por lo que era capaz de captar cada una de las palabras que ella decía.
"Infierno… arde… en llamas… muerte… sangre" Y las repetía una y otra vez, en desorden pero siempre las mismas.
Intentó forzar la mente de ella pensando que tal vez el escudo se perdía cuando estaba durmiendo, quería entrar en su mente y ver por sí mismo las imágenes que incitaban esas palabras, pero todo era en blanco.
El amanecer llegó pronto. Mirándola parecía que el tiempo no transcurría. Durante esas horas no se cansó de hacerlo y se aprendió cada detalle de ese cuerpo menudo que había poseído horas antes.
Escuchó a lo lejos los pasos casi que imperceptibles de Esme, venia hacia la habitación. La observó mientras preparaba el baño para la muchacha, seguramente sabía que era lo que necesitaba pues el agua olía a sales medicinales. Nada más apropiado, seguramente la campesina se despertaría un poco dolorida. Las actividades sexuales tenían esas consecuencias en humanos y más en ella, cuya virginidad se había perdido.
A su mente perfecta vinieron los recuerdos de esa estrechez húmeda que lo había envuelto. Sacudió su cabeza y se dedicó a esperar a que Esme se terminara de alistar el baño y saliera de ahí.
Aproximadamente quince minutos después de que Esme se retirara, dejando convenientemente carbones para tener el agua caliente, la campesina comenzó a removerse hasta que finalmente despertó. Se movía lentamente y al parecer con dificultad, así que si era cierto lo de las partes doloridas. Luego se levantó y desnuda se deslizó dentro del agua sonriendo como una niña pequeña. Ser testigo de ese inocente gesto lo hizo sentirse incómodo. Ella no podía saber que la estaban espiando pero aun así sentía que estaba abusando de algo más.
Bella abrió los ojos un momento y percibió que la habitación estaba más oscura de lo que era habitual. Y se percató de que gran parte de los cortinajes de las ventanas con alfeizar estaban cerrados. Todas de hecho.
No recordaba haberlo hecho el día anterior antes de partir hacia lo que pasó después. Se frotó suavemente la piel descubriéndola altamente sensible, exactamente aquella que rodeaba a sus pechos y aquella escondida entre sus piernas. Parecía que las sales hacían lo suyo pero aun así cada vez que se rozaba le dolia sobremanera.
Una vez el agua se enfrió demasiado decidió salir de ella, levantándose y esperando que su cuerpo llevara hacia abajo toda el agua para no hacer demasiado desorden tomó la mullida tela que Esme, seguramente, había dejado para secarse y se envolvió en ella. Dejaba los blancos y pecosos hombros al descubierto pero por lo demás parecía servir a su propósito. Se frotó suavemente y caminó despacio hacia las puertas empotradas que había a varios pasos de su cama.
Debía ser el armario.
Cuando sacó su brazo de la tela mullida y levantó la mano para accionar el picaporte algo la alteró sobremanera. Sabía que hacia un momento estaba sola, o eso creía, pero algo se había movido hacia ella. O eso sentía. Si sus sentidos alocados no le fallaban alguien acababa de pasarle por detrás y le había tocado la piel de los hombros. El contacto era frio, como uno que recordaba bien, pero era estúpido porque estaba sola. De eso estaba segura…
Sola…
Se dio la vuelta lentamente y miró hacia toda la periferia que sus ojos permitían.
– ¿Quién está ahí? – dijo en voz baja sintiéndose estúpida, pero a la vez completamente asustada. El contacto se había sentido real y al ver que no era nadie… no podía ser.
Edward, o su desdoblamiento, estaba frente a ella, sabía que no lo podía ver pero de igual manera se hallaba completamente conmocionado. Los vampiros no podían entrar en estado de pánico, pero este vampiro en particular se hallaba al punto de colapso. Nunca, nadie, había sentido cuando eran rozados por su parte inmaterial, aquella que izaba para espiar sin ser visto ni asustar.
Cuando ella se había acercado al picaporte el deseo de tocarla se había apoderado de él. Como su verdadero cuerpo se hallaba a varios pisos y puertas de distancia, el contacto iba a tener que ser espiritual, impersonal. Sus hombros se veían tan suaves y cremosos como la noche anterior y sus dedos, así fueran esos dedos, se hallaban deseosos de tocarla. Había pensado que no se percataría. Ninguna de las mujeres con las que había estado desde que fue convertido lo había hecho. Pero nunca se habían vuelto, ni habían mirado a través de él como si realmente lo estuvieran viendo. Ni se habían estremecido de la manera en que ella lo había hecho como si de verdad hubiera sentido el contacto.
Se movió rápidamente frente a ella esperando que sus ojos lo siguieran pero era evidente que no podía verlo. Se movió detrás de ella y acarició nuevamente sus hombros sintiendo la piel. Ella se dio la vuelta inmediatamente respingando y con los ojos demasiado abiertos. Aferraba su cobertura y miraba en todas direcciones, como enloquecida.
– Por favor, basta – susurró. Cerró los ojos. Eso no podía estarle pasando a ella, no podía ser que los fantasmas, aquellos de los que había leído en algunos libros estuvieran persiguiéndola precisamente a ella, que no tenía deudas con la muerte de ningún tipo. ¿Podía ser eso? ¿Un fantasma? – Padre nuestro, que estas en los cielos… – sentía que aferrarse a su religión podía ayudarla.
Edward la contemplaba a unos pasos y seguía tan sorprendido como antes. Luego su mente animal lo llevó por recovecos menos inocentes que el hecho de la sorpresa en sí. Si ella podía sentir su contacto de esa manera…
Decidió que era suficiente, el abanico de posibilidades que se abrían ante tal descubrimiento definitivamente era algo intrigante. Y algo que merecía la pena ser descubierto. Algo que el mismo desentrañaría aunque se le fuera la vida en ello.
No ahora.
Se desplazó hacia su cuerpo y cuando llegó a este se incorporó en la cama mirando a la lámpara de gas de la mesa de noche que era el único punto de luz en la siniestra oscuridad.
Una sonrisa no pedida se apoderaba de su rostro. Definitivamente la campesina tenía algo, Esme y los demás habían estado en lo correcto al no haber dejado que la matara. El inconveniente era averiguar que era. Nunca se había preciado de ser un hombre paciente, al menos cuando era humano, con el vampirismo había desarrollado cierta pasividad pero en ese momento toda ella se estaba desvaneciendo a pasos agigantados.
Bella continúo rezando hasta que de alguna bizarra manera supo que ya no había nadie con ella en la habitación. Terminó de secarse con el pulso tembloroso y se preguntó qué tan prudente seria comentarle a Esme lo que había vivido. Posiblemente la tildara de loca y esa fuera la manera de escaparse, que la devolvieran a su padre por haber perdido la razón, pero después de eso ni siquiera su padre le creería y terminaría en un sanatorio por sentir presencias que no se veían. No, no podía decir nada especialmente si todo se trataba de algún juego de su mente. Siempre había tenido mucha imaginación.
Vestida decidió salir de la mansión esperando encontrar en el frio aire un poco de paz que estaba necesitando. El baño le había hecho bastante bien y ya no le escocia entre las piernas sin embargo los músculos lanzaban pequeños grititos enfadados cada vez que apoyaba un pie. La majestuosa casa parecía estar sola, como siempre, pero ella sabía que Esme debía andar por ahí. Se dirigió a la escalera principal y comenzó a bajarla lentamente, cada pasito era una función fundamental para su equilibrio, apenas había caminado y se hallaba nuevamente cansada. No tenía hambre, al menos no ahora así que gastaría un poco en conocer el amplio jardín que no le fue permitido espiar cuando llegó.
Cuando llegó a la amplia puerta pensó que por lo menos harían falta diez personas para abrirla, empujó y milagrosamente la puerta se abrió suavemente dejando pasar la tenue luz. La corriente de aire la traspasó y se ajustó el chal de lana con el que estaba protegiendo sus hombros ya que el resto del vestido le daba un poco más de calor. Si no hubiese tanta niebla, ni nieve, seguramente el ante patio sería un lugar sobrecogedoramente hermoso. Había demasiados árboles, algunos plagados de unas pocas hojas otros cuya única visibilidad eran las ramas. Se escuchaban pájaros a los lejos y le sorprendió este hecho ya que pensaba que lo único vivo que había cerca de ahí era ella misma.
Caminó entre los árboles y vio de donde venía el sonido de los pájaros, en uno de los arboles donde las ramas todavía tenían hojas había un nido de pichones.
La madre estaba, al parecer, dándoles de comer lombrices y los polluelos las devoraban sin cesar. Pensó en que tal vez al día siguiente viniera a leer un poco allí y les diera algo de mano hecho boronas.
Permaneció por cerca de una hora en esa amplia estancia esperando quizá que un poco de sol decidiera asomarse pero no contó con suerte. Por primera vez, desde que llegó, recordó a su padre y pensó en lo que debía estar pasando en ese momento.
Se preguntaba si pensaba en ella y en si sus hermanas la extrañarían ahora que no la tenían cerca. Especulaba sobre quien haría los quehaceres de la casa y deseaba poder encontrar a alguien que acompañara a su padre.
Recordar su vida anterior hizo que se le salieran las lágrimas de los ojos a pesar de que intentó contenerlas varias de ellas escaparon y se deslizaron por sus enrojecidas y frías mejillas dándole un calor no deseado. Se había prometido no caer en los recuerdos ni en la desesperación de sentirse sola pero solo en esos momentos, viendo la magnitud de donde estaba, viendo lo que había pasado anteriormente, las emociones la estaban opacando.
Se sentó en la raíz de uno de los árboles y descargó ahí toda la pena que no se había atrevido a dejar salir antes. Lloró por sus sueños rotos e ilusiones perdidas, porque aunque había entregado su virtud de buen grado sabía lo que significaba. En esos momentos se convencía que los romances de los que tanto había leído eran solo una fantasía y que la realidad era algo diferente.
Así la encontró Edward, quien después de meditar sobre ella más de lo necesario había decidido abandonar su habitación para ir al despacho y ahí profundizar en todas las palabras que le había arrojado a la cara Tanya en el momento en que lanzó la maldición sobre ellos.
El amor era la clave. El amor salvaría de la condena eterna a todos los subrogados.
"El amor no existe".
Era el mantra que él mismo, incluso de humano, siempre se había repetido. No había sentimientos profundos, lo suficientemente puros como para salvar de la ruina infernal a una criatura tan condenada como él.
Pero aun y en contra de su voluntad las lágrimas de ella, las que aun a esa distancia podía ver, la tristeza de sus sollozos, el lamento profundo le estaba produciendo algo que no quería sentir y que sin embargo iba creciendo dentro de él sin siquiera saberlo.
Sus pasos de por si ligeros no se notaron en la densa nieve de fuera, Bella siguió llorando pero hubo un punto en que no se sintió más sola como quería estar y al levantar su rostro completamente empapado vio que frente a ella estaba de pie el hombre que horas antes había estado dentro de su cuerpo.
Sintió que las mejillas se le ponían coloradas y se las limpió rápidamente no queriendo que él fuera testigo de esa debilidad sin saber que él ya la conocía, sabía cuál era la peor debilidad de todas. El hecho de que fuera humana.
En toda su existencia no había sido testigo de un dolor tan profundamente expresado. Ella estaba ahí, sus sollozos al parecer desgarrando algo en ella que la misma criatura no alcanzaba a descifrar, luego quería ocultarle ese hecho como si de alguna manera él no fuera digno de presenciarlo.
Bella se puso de pie haciendo una mueca de dolor cuando sintió una molestia en sus partes privadas. Lo miró esperando que él hiciera el segundo movimiento para saber cómo responderle pero este estaba ahí, frente a ella, observándola silencioso. Esta presencia si era real, pensó Bella, a esto si se podía enfrentar, no a lo que había visto en su habitación horas atrás.
– ¿Qué quiere? – se atrevió a preguntar sin poder quitar el tono de congoja y a la vez desafío en su voz, a sabiendas de cuál era su cargo en esa gigantesca morada.
– Es mi casa, puedo ir a donde quiera – fue la caustica respuesta que él le dio haciéndola sentirse menos de lo menos que ya sabía que era.
Durante unos momentos deseo tener mucho dinero y poder, el mismo que él parecía ostentar y poder hacerle frente al menos con esas dos armas de doble filo, pero seguía siendo la campesina, una que se acostaba con el señor a cambio de una deuda, la vida de su padre. El dolor que volvió a sentir al acordarse de él fue bastante lacerante, solo deseaba que estuviera bien, esperaba, porque algo le decía que no iba a salir de ese cautiverio autoimpuesto muy pronto.
Una brisa azotó a Bella, venia de las montañas y era tan helada que se congelaron muchas partes de su cuerpo, pero permaneció estoica mientras el olor de su esencia viajaba en esa misma brisa y le daba a Edward en la cara.
Dulce, pensaba Edward mientras sus instintos la acechaban casi que violentamente, era la sangre más dulce que había olido alguna vez. Haberse acostado con ella parecía no haber desestimado el valor que poseía, ese ingrediente que la hacía especial, incluso en ese momento, tan insignificante a su lado, sentía que podía llevarlo a la locura con solo el olor de su sangre. Y siendo capaz de sentirlo en su presencia interrenal.
Ella hizo ademan de retirarse pero él se atravesó en su huida y ella se detuvo resbalando un poco en la nieve. Bella sentía nervios de estar ahí frente a él, especialmente porque en su mente no dejaban de repetirse una y otra vez las escenas de lo que ambos habían estado haciendo. No podía creer que sintiera siquiera vergüenza después del modo en que ambos habían acabado, pero suponía ella que era un rasgo de las campesinas que descubrían su cuerpo, y más de la manera en que ella lo había entregado a él. Seguía sintiendo vergüenza.
Hizo ademan de irse por el otro lado pero el señor siguió atravesándosele.
– Necesito volver – dijo Bella con la voz entrecortada llenándose de miedo visceral.
– No te he dado la orden de retirarte, sigues siendo mi esclava –
Bella odió la palabra apenas la escucho, eso significaba que tenía que hacer lo que él dijera en el momento en que lo dijera.
–Por favor déjeme pasar… ¿No ha tenido suficiente ya? –
A Edward le sorprendió que hiciera ese comentario especialmente cuando parecía ser tan mojigata, aunque no había dado muestras de eso la noche anterior, ninguna mojigata hubiera entregado el regalo de su inocencia tan fácil y dócilmente como ella. Volvió a recordarse que él era el dueño de la casa y no ella, que de repente se le hacía voluntariosa y terriblemente…atractiva.
– Eres demasiado impertinente, pero me encargaré de que aprendas –
Bella intentó que el suave y peligroso tono en la frase que él acababa de enunciar no la afectara. Era como si sus palabras estuvieran penetrando en su piel haciendo que los vellos de su epidermis se erizaran sin control, como si una caricia demasiado intima le fuera dada, ser presa de sus ojos que tenían una expresión mortal. No había ningún humano que conociera que tuviera una mirada tan penetrante y brillante como si fuera… "un depredador". No se le ocurría otra manera de describirlo. No era normal, nada de lo que la rodeaba lo era y solo hasta ese momento se permitía pensarlo de esa manera. De repente, en un acto de valentía nada propio de ella una pregunta salió de sus labios sin poder contenerla.
– ¿Qué es usted? –
Solo se oía el sonido del viento, pero no fue suficiente para ocultar el sonido parecido a un respingo que salió de la boca de Edward.
– ¿Perdón? – dijo desdeñoso
Bella intentó no amilanarse, después de todo él tenía el poder sobre ella, porque así lo había escogido libremente para salvar a su padre y ayudar a sus hermanas a contraer buenos matrimonios. No era la primera vez que se preguntaba donde se había metido, llevada por la desesperación.
– Aquí nada es normal – dijo esperando que la voz no le temblara pero ella misma notaba como todo su cuerpo estaba estremeciéndose.
Él no podía creer que la estuviera animando a confirmar lo que otra en su lugar hubiera tardado más en descubrir, incluso nunca.
Al verlo todo desde una nueva perspectiva Bella se dio cuenta de que quizá no estuviera tan desencaminada en lo que se estaba imaginando, a su cabeza volvía el extraño encuentro con el invisible esa mañana y el primer día que estuvo ahí, donde, sin recordar cómo, había resultado con una mordedura de animal salvaje y dudaba que en una casa de tanto tenor como ese casi palacio, permitiera la entrada de ningún animal salvaje. La teoría del bocho había quedado inmediatamente descartada.
Durante sus lecturas había visto sobre criaturas, pero nunca se imaginó que estaría frente a una. Nunca pensó en ella como una muchacha inteligente pero sus instintos, esos que casi nunca le fallaban a pesar de que no los había usado mucho, le decían lo primero que se le vino a la boca y que también dejó escapar como si no hubiera filtro entre su cerebro y su boca.
– Usted está muerto – enunció sabiendo que probablemente lo que estaba saliendo de su boca era algo absurdo y que seguramente cuando ese hombre, o lo que fuera que se le pareciera, se aburriera de lo que ella le daba no la devolvería a su padre para morir solterona y arruinada sino que se encargaría de ponerla en el sanatorio más cercano de la mansión.
Intentó imaginarse a sí misma en una institución así y supo que no duraría una semana.
Por primera vez en su existencia no sabía cómo responderle a alguien que lo estaba interpelando. Esa mujer no era normal. De hecho no era nada como las que había tenido antes y se percataba de ello por percibir su agudo ingenio. En el frio ambiente se respiraba el miedo que ella desprendía, pero al mismo tiempo le sobrevenía una especie de deseo de afirmarse a sí misma y a sus convicciones. No sabía que le convenía más; decirle que si seguía diciendo estupideces iba a matar a su padre, o dejar de ocultarse para no asustarla más. Aunque la sensibilidad de ella no debía preocuparlo, pero sabía que las mentes humanas eran fácilmente manipulables, aunque no estaba tan seguro de poder manipular la de ella y si lo intentaba con demasiada fuerza iba a terminar por enloquecerla y por su cabeza no pasaba la idea de que alguien como ella que, a pesar de haber sido virgen, fue más apasionada que la mayoría de mujeres con las que se había acostado.
Y podía percibir a su parte incorpórea.
Era diferente, aunque le costaba creerlo estaba acabando por convencerse, aunque no quería hacerse ilusiones, ella no era nadie más que una muchacha excesivamente intuitiva y al parecer inteligente.
Tendría que averiguarlo por si mismo.
