Capítulo 2: Sola.

Como siempre, primero sintió escalofríos en su espalda, luego escuchó voces que susurraban a sus espaldas de manera incomprensible, se llenó de rabia y miedo a la vez para que finalmente su hermano menor, sin sus ojos, apretara su hombro y luego despertara de la pesadilla gruñendo, bañado es sudor y con la respiración entrecortada. En medio de la oscuridad se aferró con ira a sus sábanas, desahogando el odio que le causaba que su subconsciente no lo dejase conciliar el sueño y, sabiendo que no habría otra manera de calmarse, pensó en el único shinobi del que no se avergonzaba que lo viera en ese estado.

Antes de que pudiera articular palabra, la silueta del Senju ya estaba entrando a su dormitorio en la tienda y se disponía a ponerle un paño de agua fría en la cabeza, porque sabía que transpiraba y elevaba mucho la temperatura luego de alguna pesadilla o en algunos casos más graves, parálisis de sueño.

—Me desperté por los ruidos, te escuché quejarte a alaridos entre dormido —dijo pasando sus manos frías por el rostro Madara para refrescarlo.

De a poco esos roses que aliviaban al moreno, se iban convirtiendo inevitablemente en caricias.

—Cállate —ordenó.

No quería saber cuánto había demostrado su sufrimiento. Aún molesto por el dolor de cabeza que le causaba no haber podido dormir en una semana, se dejó hacer por las manos de su mejor amigo pues aunque le disgustara la idea, su tacto no era para nada desagradable. Y siendo honesto consigo mismo, lo estaba ayudando a tranquilizarse.

Su semblante relajado cambió y se frunció al ver que el Senju destapaba su pecho.

—¿Qué rayos haces? —preguntó molesto.

—Sólo creí que tendrías calor —respondió sin comprender su amigo, tan inocente.

Entendió que había quedado como idiota al confundir el gesto del Senju no como una manera de airearlo sino como una mera intención de inspeccionar su cuerpo, lo que a ciencia cierta no era desagradable pero si desconcertante. Odiaba desconcertarse.

—¿Soñaste con Izuna? —cuestionó Hashirama al sentirse incómodo por el silencio y no saber qué podía estar pasando por la cabeza de Madara.

El aludido torció la boca en un gesto de rabia, porque la respuesta era afirmativa y sentía que no podía decirlo, le era difícil tratar ese tema. Desde la muerte de su hermano, todo había ido de mal en peor entre él y su clan pero lo peor de todo en definitiva era que ni si quiera al dormir podía dejar de sufrir por ese peso que había dejado su fallecimiento.

—No me deja en paz —gruñó—. Ahora no podré volverme a dormir —se quejó mientras volvía a respirar de manera entrecortada.

—Si podrás —aseguró, intentando calmarlo—, me quedaré aquí hasta que puedas dormir. —expresó.

—¿Qué mierda crees que...

—Tranquilo —interrumpió al Uchiha—, me iré en cuanto te duermas.

No le creía, o quizá si, no estaba del todo seguro. Confiaba en él como en nadie porque lo conocía y justamente por esa razón tenía en claro que insistiría en quedarse junto a él y no estaba de ánimo ni en horario para ponerse a discutir si podía dejarlo ser su niñera o no, por lo que Madara suspiró larga y cansinamente.

—Maldito imbécil —dijo removiéndose entre las sábanas.

Eso para Hashirama era una respuesta positiva.

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En un principio creyó que sólo serían unos días, pero esos días se convirtieron en semanas, las cuales pasó oyendo las quejas impacientes de su padre y las felicitaciones o agradecimientos de muchos de los de su clan, los que recibió con su mejor sonrisa.

Le llegaban cartas de Hashirama alegando que todo estaba listo para la boda, excepto claro, la presencia de los novios. La idea de casarse aún le causaba sentimientos contrariados, que la frustraban y finalmente la obligaban a entrenar o mantenerse ocupada de cualquier manera. Aún así, cuando llegaron a buscarla ella se mostró feliz y algo asustada por dejar todo lo que conocía atrás. Entre más se acercaban Mito más ansiosa se sentía. Estaría rodeada de extraños, más sola y perdida de lo que se había sentido al perder a su madre. No hubo momento en el que no sintiera que necesitaba más que nunca de su mejor amigo, lo extrañaba tanto y se sentía tan desconcertada sin él.

Luego de agobiantes y monótonos días de viaje, apenas llegó a Konoha y dejaron todas sus pertenencias en el que sería su hogar hasta luego de la boda —al casarse se verían obligados a vivir juntos— corrió hacia la torre Hokage con entusiasmo sin importarle las miradas extrañadas de los aldeanos y shinobis. Subió las escaleras con impaciencia, preguntó por la oficina del Hokage y al llegar abrió la puerta sin tocar esperando a que el Dios shinobi estuviera allí para consolarla como siempre, pero se frenó en seco en el umbral de la puerta y su rostro se desfiguró en una expresión de sorpresa y pesar a la vez al ver que el que estaba detrás de ese escritorio atiborrado de papeles no era Hashirama. Se trataba de una melena corta y plateada la que se encontraba inmersa entre pergaminos y demás.

—El Hokage está ocupado en estos momentos —informó el hombre de rostro desconocido y voz gruesa que logró erizarle la piel—. Puede pedir audiencia con él o bien volver más tarde —agregó aún sin levantar la vista de los papeles, al notar que quién sea que esté allí no se movía.

Ella levantó las cejas ante la mera idea de solicitar por escrito la compañía de su mejor amigo y futuro esposo, para luego volver a su expresión calmada. Ya estaba allí y no volvería a encerrarse en la soledad de un departamento a la espera de que sea la hora en que el Hokage estuviera disponible.

—Esperaré a mi prometido aquí mismo, gracias —aseguró, para luego cerrar la puerta a sus espaldas.

Tobirama dejó de leer los pergaminos y elevó la vista pacientemente al escuchar una voz familiar y la palabra "prometido" a la vez. Se topó con una mujer joven, de tez blanca y ojos verdes que tan bien recordaba. Era ella, la futura mujer de su hermano.

—Mito —dijo levantándose lentamente para saludarla con una reverencia.

Mientras él se levantaba, ella tuvo la ligera sensación de volverse tan diminuta como una hormiga a cada segundo que pasaba frente a esa figura tan alta, seria y hermética. Podría jurar que su mirada estaba atravesándola.

La pelirroja se aclaró la garganta, le devolvió el gesto y se preguntó si alguna vez se había cruzado con ese hombre, aunque luego consideró que si se iba a casar con el primer Hokage, varios sabrían su nombre y su procedencia. Al ver su desconcierto el albino procedió a aclarar:

—Yo seré su cuñado.

Ella asintió sin dejar de ver a sus ojos carmesí, unos que no podían compararse con ningún otro par que hubiera visto antes, se veían tan lindos y de una manera muy contrastante, serios e inhóspitos. Mientras tanto, él notó que sus miradas se entrelazaban con la misma forma de contemplar al otro, como si no hubieran visto a otro ser humano similar al que ahora tenían en frente.

Parecía mentira que Mito se encontrara pasmada frente a un hombre al que nunca había visto antes, pero aún así conocía su nombre por Hashirama, que solía nombrarlo constantemente al igual que a Madara.

—Tobirama, ¿cierto? —quiso confirmar.

Él sólo asintió, dejando que un incómodo y abrumador silencio se abriera paso en la oficina, lo cual la llevó a querer huir de allí a la Uzumaki.

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Se había quedado dormido. Aunque trató de explicárselo a Madara todo el camino de ida a la Torre Hokage, este se negó rotundamente a escuchar cualquiera de sus explicaciones respecto al "incidente" que significó acomodarse a su lado para cuidar de que él volviera a conciliar el sueño y, en el proceso, quedarse dormido él también. Fue bastante incómodo el momento en que Madara abrió los ojos y encontró a Hashirama durmiendo plácidamente a su lado, pero peor fue para el segundo el momento en el que el moreno lo despertó a gritos y lo echó prácticamente a patadas de la tienda.

De igual manera fue una situación que duró unos pocos minutos, pues habían quedado con Tobirama llegar a la Aldea a primeras horas de la mañana y el Senju realmente, luego de una noche tan complicada, no tenía fuerzas para lidiar con los regaños de su hermano, por lo que se enlistaron lo más rápido que pudieron y llegaron, casi en un tiempo récord, a la oficina del Hokage donde, al abrir la puerta, la sorpresa y la alegría invadieron a Hashirama.

Sonrió ampliamente al ver a su mejor amiga en la habitación y lamentó no haber podido llegar antes para recibirla él mismo.

—Hashirama —dijo ella, abrazándolo.

Ambos se fundieron en un abrazo reconfortante, sonrientes, para que luego él la alzara hasta que ella no tocara el piso con los pies.

—¿Les falta mucho? —interrumpió el jolgorio Madara, cansado de ver el interminable y denso reencuentro de la "feliz pareja".

Entonces el Senju devolvió con cuidado a la mujer al suelo y ambos se avergonzaron de ignorar olímpicamente a los otros dos hombres presentes en la oficina.

—Lo siento —pidió al moreno y a su hermano.

—¿Lo sientes? —repitió Tobirama—. Te esperaba aquí hace horas, horas en las que dejé mis obligaciones para ocupar las tuyas —reprochó.

Su hermano respondió bajando la vista al suelo, en un gesto obvio de reconocimiento de culpa. Mientras la pelirroja miró a los hermanos con incomodidad y decidió sólo saludar a Madara.

—Uchiha

—Uzumaki —respondió él.

Se abrió un incómodo silencio que la pelirroja decidió rápidamente

—Bueno, supongo que tienen muchos asuntos importantes que discutir —habló Mito—. Me alegra que hayas llegado —dijo a su mejor amigo.

—A mi también me alegra tu llegada —respondió sonriente—, ¿quieres que te acompañe?

El moreno rodó los ojos. Para lo mucho que le habló su mejor amigo sobre lo difícil que había sido tomar la decisión de casarse con la pelirroja y el hecho de que ninguno de los dos realmente quisiera hacerlo, se veían bastante acaramelados. A Madara le daban asco las parejas acarameladas.

—No es necesario, igualmente gracias —respondió ella.

—Yo puedo escoltarla hasta allí —intercedió el albino—, me queda de paso hacia la construcción de las puertas principales que debo supervisar. —aclaró.

Fue una intervención tan repentina como extraña, si bien se sabía que Tobirama era alguien sumamente educado, no era necesariamente atento y dado con otras personas, menos con las que, se suponía, acababa de conocer.

Ella enrojeció un poco y luego decidió asentir.

—Si no es molestia —dijo ella.

—Para nada —aclaró él.

El Uchiha y su mejor amigo levantaron un poco las cejas, sorprendidos de lo bien que parecían llevarse los futuros cuñados para tan poco tiempo de conocidos. El último entendió la mirada fría de su hermano hacia él como un mensaje claro que decía «haz tu trabajo y déjame largarme de aquí para hacer el mío, y de paso llevaré a tu prometida a su departamento».

—De acuerdo, nosotros nos ocuparemos del resto aquí —dijo Hashirama.

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El camino hacia el departamento de Mito fue completamente silencioso, pero no solo porque ella no encontraba qué palabras decir para entablar una conversación, sino porque parecía que cada vez que encontraba una pregunta sobre la Aldea que podría generar una charla amena y sacarla de ese incómodo silencio, tan solo mirar al albino con sus estoicos ojos rojos, los cuales nunca se desviaban del camino ni por asomo, le quitaban todos los intentos por llamar su atención y hablar con él, pues el hecho de que ni bien salieron de la oficina Hokage jamás volvió a voltear hacia ella o si quiera dirigirle la palabra, hacían que ella entendiera eso como una clara señal de que no quería hablar.

Para cuando llegaron a su destino, ella estaba bastante confundida respecto de ese hombre que de a momentos parecía tan amable y educado y luego se convertía en un ser totalmente reservado.

—Muchas gracias —dijo ella, de espaldas a la puerta del departamento.

—No hay de qué —respondió él—. Hasta luego. —dijo, haciendo una reverencia, para luego marcharse.

Ahora debía intentar recuperar todas las horas perdidas en la oficina de su hermano y acelerar la construcción de las puertas principales y demás muros a medio hacer antes de la boda, aquella que más que causarle preocupación por el hecho de que habría muchos shinobis poderosos e importantes de clanes igual de poderosos en un solo lugar, un probable y perfecto punto de ataque para otras de naciones, donde debía estar garantizado el cierre del perímetro de la Aldea por cuestiones obvias de seguridad, le causaba algo de angustia tener que ver dos personas unirse en algo irrevocable que, si fuera por ellos, no harían.

Desde luego sabía que su hermano no era del todo feliz haciendo aquello, pero siendo honesto, también lamentaba ver a Mito casarse por obligación, y lo hacía por todos los años que la vio desde lejos, los años que escuchó a su hermano decir infinidad de cosas buenas de ella, que deseó conocerla para confirmar si realmente era tan maravillosa como la describían y ahora, que podía hacerlo, no era adecuado, porque dolorosamente esta comprometida con hermano.

Ella lo vio alejarse, con una angustia y dolor parecidos, entró a su departamento apesadumbrada, viendo que el lugar donde dormiría hasta el momento de la boda era gris y frío, como la promesa de la paz a cambio de atarse a quien uno no ama, como la idea de pasar así, sin ejercer el derecho de cada ser humano de amar a quien uno quisiese, el resto de su vida. Entonces, como una lluvia de malos recuerdos que no eran recuerdos, sino parte de la dolorosa realidad, cayó en la cuenta de que el dolor que ahora sentía en el pecho fue causado poco a poco por las consecuencias de la guerra y su fin; la muerte de su madre, casarse por obligación, abandonar su tierra y su Clan por ello y que ahora estuviera sola.

Sola sin su mejor amigo, en un lugar desconocido, sin su estirado padre, sin su madre, ni si quiera sus amigas o su futuro cuñado. Más sola que nunca.

Cerró la puerta detrás suyo y mientras se paró en medio del lugar con la mirada vacía y una posición firme, de quien se niega a quebrarse del todo, comenzó a hipar y a cerrar sus puños temblorosos. Intentó detener sin mucho éxito el temblor de su labio inferior, y luego de varios segundos de una frenética respiración honda, las lágrimas comenzaron a correr por sí solas, una tras de otra, interminables.

Varios minutos luego, retomó el control sobre su llanto, secó y detuvo sus lágrimas hasta que sólo quedara rastro de lo acontecido sus ojos enrojecidos. Se sobresaltó al escuchar que alguien tocaba firmemente la puerta. Fue a abrir la puerta bastante extrañada y se sorprendió al ver de quién se trataba.

—Disculpe si la interrumpo —dijo Tobirama—, pero creí que sería mejor que me acompañara a la construcción en vez de estar aquí encerrada, podría conocer más la Aldea —propuso con voz calma—. Solo se debe supervisar, no es nada de trabajo pesado, aunque entiendo si quiere permanecer aquí. —aclaró al rato.

Ella le sonrió, con una Aldea a medio construir y un muro que ya debiera de estar listo para cuidar de la misma, aquél hombre decidió frenar sus obligaciones unos minutos solo para ver si ella estaba bien donde estaba y preguntarle si deseaba acompañarlo.

«Qué tierno», pensó ella.

—Por supuesto, lo acompañaré con gusto —respondió ella.

Así, la salvó de lo que pudiera haber sido un depresivo y solitario resto del día en aquél departamento.

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