Gracias por sus mensajes y alertas.
Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer. La historia a mí. Y la Bella y la Bestia a su autora.
Bella seguía allí de pie, viéndolo mirarla, sin darle ninguna respuesta, sin aclarar o no sus infantiles e imaginarias ideas.
– No estoy muerto – dijo él después de una eternidad de tiempo en la que realmente empezó a sentirse incomoda por su escrutinio a pesar de que había visto mucho más allá de su cuerpo que su cara y manos. – Pero soy diferente, no soy humano… ninguno lo es – dijo haciendo referencia a sus sirvientes y las diferencias con los humanos.
Una incredulidad amarga la asaltó, pensaba que se estaba riendo de ella pero al mirar sus ojos depredadores supo que, contrario a todo lo que se había imaginado y a la lógica, su afirmación había sido acertada. Luego de la incredulidad siguió el miedo.
– ¿Cómo es posible? – Como era posible que criaturas que no eran humanas, ni tampoco como ningún animal que hubiera visto… ¿existieran? Solo había leído de ella en sus libros más ilícitos. Se pellizcó disimuladamente para corroborar que no estaba soñando, le dolió el brazo y probablemente tendría un hematoma más adelante. Sin poder evitarlo y sabiendo que estaba abusando de una confianza que él no le había dado lo miró a los ojos como si en ellos esperara encontrar algo más que esa profundidad amarilla que vio.
– No voy a responder a eso. Es como si me preguntaras ¿por qué existen las estrellas, porque la tierra gira?, es un interrogante que no tiene respuesta, y aun si la tuviera no te la daría a ti. Igual no cambia en nada lo que tengo en mente – dijo Edward esperando que el hecho de darle pequeñas concesiones no la hiciera crearse falsas esperanzas sobre un mejor trato. Si, era un bastardo y le importaba poco, incluso había llegado a escuchar en la mente de su servidumbre, cuando se dedicaba a excavar más de la cuenta, que lo llamaban la bestia cuando hablaba de ellos y se sentía orgulloso de que lo vieran así, era mejor ser que compadecido.
Bella sabía que nada iba a cambiar, no lo esperaba siquiera así que no tendría por qué sentirse desilusionada de que, el hecho de que le hubiera echado la realidad anormal a la cara, no cambiaba nada. Aun parecía querer llevársela a la cama y no quería ni podía sentirse orgullosa de ello. Se aburriría, eventualmente, y sabía lo que la esperaba.
Edward podía ver emociones sin nombre en los ojos de Bella, hizo un ataque a su mente pero se encontró con la misma barrera de siempre. No era tan frustrante como la primera vez que lo hizo, pero aún le sorprendía y le molestaba. El corazón de la muchacha prácticamente tiritaba en su pecho, alcanzaba a escuchar su pálpito incesante y rápido producto del miedo. Aunque se le abonaba que no había gritado ni había tratado de huir al confesar él la verdad de su naturaleza. Ella aún no había visto, o no quería darse cuenta, de la realidad de sus palabras, pero le encantaría demostrárselo. Dio un paso hacia ella y esta retrocedió instintivamente.
Saber que no había entregado su virginidad a un ser humano la alteró profundamente, pero la parte oscura de su naturaleza le decía que con un humano no habría sentido lo que había sentido con esa criatura. Era algo sobrenatural. Aun podía percibir sus manos tocando los, hasta esa noche, impolutos rincones de su cuerpo. La explosión en el vientre, la tensión y sensibilidad de los pechos.
Esperaba sinceramente que él no pudiera leer los pensamientos, porque estaría frita antes de lo que se imaginaba. Las lágrimas habían sido olvidadas reemplazadas por el aturdimiento y lentamente por la aceptación. Nadie nunca la creería, por eso lo que pasara en esa mansión seria de ella y solo de ella.
Ambos permanecieron de pie, uno frente al otro, hasta que el frio comenzó a penetrar en la piel de Bella. Levantándose lentamente la manga del vestido que llevaba dejó ver el alijo que aún seguía siendo su muñeca en estado de recuperación.
– ¿Fue usted? – dijo señalándose. Pudo ver como los ojos de este se oscurecían y miraban su piel, por donde se traslucían las apetitosas venas.
Él asintió tragando en seco, como si no hubiera probado esa dulce sangre horas antes.
– Nos alimentamos de sangre humana, bueno yo lo hago. Ellos prefieren cazar animales, pero no es satisfactorio, solo la sangre humana calma nuestros antojos – Las palabras parecían abandonar la boca del señor en un monologo falto de concentración, seguía mirándole la muñeca como si deseara beberle. Por eso se sentía débil, asumía que la pérdida de sangre hacia eso en su sistema.
¿Y si la mataba? ¿Y si un día la dejaba seca y no sobrevivía? ¿Qué sería de su padre?
Incluso su conciencia le decía que estaba aceptando todo ese horror demasiado fácilmente. Seguramente esa noche su cabeza explotaría a causa de los pensamientos pero en ese momento y contra todo pronóstico lo único que quería hacer era observar como él bebía su sangre.
Era sádico, era el horror personificado y aun así su cuerpo parecía responder a él como si tuviera voluntad propia. Una curiosidad insana que sus hermanas y su padre en muchas ocasiones, le dijeron que la llevaría a la perdición sino la controlaba.
Pero no podía luchar por nada. No tenía nada propio y su padre y sus hermanas estaban a salvo con su sacrificio.
Dejó caer lentamente la manga del vestido ocultando lo que creía, era el sustento de la criatura frente a ella.
Dio unos pasos deseando retirarse, ya que la cabeza y el frio la estaban matando, esta vez Edward no se lo impidió, a pesar de que su parte incorpórea deseo desprenderse e ir con ella.
Bella entró corriendo a la casa y subió las escaleras esperando poder acordarse del camino, cuando abrió la puerta que su mano escogió se encontró con la que había sido designada como su habitación.
¿Sería un hechizo que le había lanzado? ¿Por eso había querido que probara su sangre una vez más? ¿Por eso había sentido el impulso de ofrecérsela y a si misma sin contemplaciones?
No. Él parecía no controlarla y eso lo sabía bien, la noche anterior se había entregado a la lujuria porque así lo había querido, recordaba momentos de ensoñación y debió ser en ese momento en que él pudo nublarle algo de si cerebro para poder beber su sangre.
¿Cada cuánto necesitaría sustento? ¿Cuánto tiempo le serviría ella antes de que la dejara seca?
Muerte.
Era lo único en lo que podía pensar. Si moría todo terminaría, deseaba ver a su padre. Pero algo dentro de su pecho le decía que la muerte iba a ser la única salida a esa prisión de placer pecaminoso y mortífero.
Edward permaneció más tiempo en el jardín dejando que la viene cayera sobre él. Tenía tanta sed como si la noche anterior no se hubiese alimentado, pero era la sangre de ella lo que deseaba con fervor. Pero sabía que tenía que contenerse, ella no se había recuperado, a pesar de su intento de mantener ese firme ante él, pudo oler que su dulce sangre estaba debilitada. En las dos ocasiones en que se había alimentado de ella había bebido de más así que tendría que esperar hasta que el sistema de ella pudiera equilibrarse, no quería prescindir tan rápido del dulce jugo de su sangre.
Dirigió sus letales ojos hacia la mansión, desde esa distancia podía escuchar los rápidos pasitos de ella corriendo para ir a su habitación, en la dirección correcta lo cual lo sorprendió dado que la mayoría de las campesinas no tenían un sentido de la ubicación muy desarrollado y siempre se perdían, llegaban a las mazmorras y el miedo hacia que su sangre tomara un sabor empalagoso y no del todo muy agradable.
Moviéndose a velocidad vampírica se dirigió a su otra habitación personal a tocar el piano, lo único que hacía que se relajara espantara sus ya de por si terribles demonios.
Sabía que tenía que calmarse con algo o iría a la habitación de la campesina a chupar su sangre hasta dejarla seca.
Una visión de ella, completamente desnuda a excepción del collar de piedra roja inundó su mente. Así como la había visto en la noche pero con más iluminación que la del fuego y llamándolo a poseerla en sangre y cuerpo.
Aquella joya había aparecido el día después de que Tanya los maldijera, cuando lo aferraba en sus manos le daba la extraña impresión de que el collar estaba vivo, como un corazón palpitante. Intentó destruirlo muchas veces, pero el collar parecía tener vida propia, no había fuego, sustancia corrosiva ni distancia que funcionara, siempre había aparecido de vuelta en el joyero que seguía en la habitación de Edward.
Había intentado regalarlo a las campesinas que habían pasado por sus dientes, pero una vez que se iban el collar retornaba, misteriosamente, al alhajero.
Pensándolo bien debería haber dejado que Charlie se lo llevara, ahora que lo recordaba, el collar aún no había vuelto al joyero, sería porque Isabella no se había ido todavía.
Algo dentro de su ser le decía que ese collar tenía mucho que ver con la maldición, pero a pesar de las muchas horas de pensamiento que le había echado, aun no comprendía qué era lo que lo hacía importante, para su tranquilidad debería haber podido deshacerse de él.
Siguió tocando, dejándose llevar por la magia que ese instrumento podía hacer. El poder que tenía la música iba más allá de cualquier cualidad sobrehumana que ellos, vampiros, pudieran poseer.
Empezó a entonar una melodía de su propia invención dejando que le llenara y tranquilizara. Había pasión en esa partitura inventada por él, la lujuria que le hacía hervir el sustituto de la sangre en su sistema, es decir su veneno.
Con los ojos cerrados siguió en su propio mundo, ese de la música en el que se permitía desaparecer. Por lo solitario y lejano, las notas retumbaban en las paredes de piedra y podían oírse a lo ancho y alto de la mansión. El palpito y ritmo eran sentidos intensamente por Bella, que se hallaba recostada en el alfeizar de la ventana de su habitación sintiendo que el frio que había adquirido en el congelado jardín, comenzaba a penetrarle los huesos.
Costaba hacerse una idea, pero ese frio era como la realidad terminando de asentarse en su inocente conciencia. La música que, suponía era el amo de la mansión quien estaba tocando, era simplemente maravillosa, tan llena de vida como muerta se sentía ella. Se preguntaba si enloquecería después de tan cruentas revelaciones. Pero esa melodía parecía tener el poder de sosegarla así que lo hizo. Le daba somnolencia y le abría las puertas a los sueños, sueños llenos de una sensualidad que involuntariamente comenzó a evocar.
Al cerrar los ojos lo único que veía era a si misma yaciendo en el cómodo sillón, con las manos de él sobre ella…
Abrió los ojos suavemente y lo único que vio fue su inmaculada habitación. Sentía la piel demasiado tirante, sensible, como si quisiera ser acariciada y no podía ser de otra manera. Calor, se estaba apoderando de su ser de una manera casi que enfermiza, percibía que podía salir volando de la deliciosa sensación que se estaba apoderando de su ser, haciendo a un lado el frio que había sentido momentos antes.
Intentó controlarlo, no quería dejarse llevar por que simplemente no era normal. Nada de lo que en ese momento estaba pasando por la vida de ella podía considerarse normal.
Pero por todos los libros que había leído lo normal no era siempre lo adecuado.
Fue a la palangana de agua que estaba cerca de la mesa y humedeciendo un paño se lo pasó por la cara. Eso ayudó a calmar un poco su adolorida piel.
Decidió recostarse, después de todo el cansancio de su cuerpo aun no era normal y si quería reponer fuerzas para lo que le esperaba debía empezar en ese momento.
Como si de una autómata se tratara se dirigió hacia su cama adoselada y dejándose caer de cualquier manera cerró los ojos y se sumió en una placentera somnolencia.
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La noche cayó sin mayor dilación. Apoyado como siempre en la ventana de su despacho Edward intentaba mirar, con su vista especial, las estrellas que se dejaban ver de vez en cuando, en el momento en que las nubes se hacían a un lado, perdían su ceniza consistencia y luego se volvían a formar para tapar cualquier luminosidad que quisiera entrar aun en la noche.
Después de terminar de tocar el piano se había dedicado a la lectura de unos libros que le habían traído del exterior aunque ninguno de ellos interesante, por sus habilidades vampíricas los había devorado en menos de dos horas. Su mente tampoco había podido apartarse de la campesina. Ahora que sabía la verdad no tenía más que aceptar su estado de esclavitud. Su esclava de Sangre y Sexo.
Aunque una parte profunda de si pensaba que ella no merecía esa clasificación a final de cuentas era lo que era. Y no se podía cambiar. Él tampoco podía cambiar lo que era aunque lo hubiera deseado. Ahora no lo hacía.
El vampirismo le permitía disfrutar de muchas cosas y no estaba seguro de querer renunciar a ellas.
Un escalofrió nada propio de su estado semihumano lo hizo envararse con precisión. Algo andaba mal. Tantas cosas extrañas en los últimos sucesos no era algo normal. Su necesidad de ella, la diferencia con las otras mujeres. El collar… el hecho de no poder controlarla como quisiera.
Nunca había pensado en sí mismo como alguien supersticioso pero algo como eso, que alterara la precisión normal de las cosas, era definitivamente para tener en cuenta.
Cuando miró hacia el campo vio una figura apoyada en el árbol que iniciaba los límites del jardín con el resto del bosque. Trató de identificarla pero se movió rápidamente desapareciendo en el bosque… Se desdoblo y comenzó a perseguir a la figura por entre las ramas y los troncos de los poderosos árboles, la vegetación se iba haciendo más agreste pero eso no le afectaba, aunque no podía alejarse demasiado de su cuerpo persiguió a la figura hasta que dejó de sentirla. Había llegado al límite de su distancia personal y aunque quería seguir tras eso para saber de quien se trataba (evidentemente no era ningún humano sino parecía ser uno de los suyos… o una bruja), tampoco es que si hubiera limitaciones hubiera continuado siguiendo a la figura, la maldición solo le permitía abandonar ciertos límites.
Su figura fantasmal volvió a él tan de prisa y con tanta fuerza que se cayó del alfeizar y aunque no se hizo daño seguía sospechando de quien podía tratarse.
¿Sería posible que después de todos esos años esa perra se arriesgara a volver a enfrentar la ira de su venganza?
Ella era poderosa, quizá nunca hubiera podido confrontarla pero seguro por el demonio que le hubiera gustado darle unos buenos mordiscos antes de que la matara.
No entendía que podía querer la perra resentida. Y menos después de todos los siglos a los que lo condenó. ¿Tal vez quisiera su collar de vuelta? Por ella había aprendido que las mujeres, sin importar su especie se aferraban a las cosas más absurdas y que eran tan vengativas como cualquier depredador. Ella siempre quiso venganza porque él no la quisiera y ni siquiera el hecho de que lo hubiera maldecido haría cambiar eso. Nunca la tendría a ella porque había conocido a la mujer en toda su extensión y esa perra no era nada de eso.
Se levantó con elegancia y volvió a mirar por la ventana viendo a la figura en el mismo sitio.
Pero no cometería el error dos veces. En la mañana le avisaría a Esme. Se quedó mirándola desde su ventana esperando que entendiera que aunque no la había podido alcanzar no le tenía miedo. Mejor morir que seguir siendo la maldición ambulante de ella. No sentía compasión por el destino de los demás a pesar de que por su misma culpa ellos habían acabado igual. Y nunca le habían reclamado por ser como era ni porque su libertinaje había sido la causa de su maldición eterna.
Ellos morirían si él lo hacía y eso sería una bendición. Que viniera, si es que se trataba de ella.
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Bella sintió que algo le estaba tocando la cara. Una caricia… una pluma, algo suave que le hacía cosquillas en la sensible piel de la mejilla.
Intentó abrir los ojos pero no pudo hacerlo. Lo cual la hizo despertarse inmediatamente.
Algo comenzó a susurrar en su cabeza y aunque intentó apartar la voz esta se repetía en su mente una y otra vez. Era una voz de mujer. Una voz… terrible.
"Tienes que matarlo… es tu deber… tu misión… tienes que matarlo"
No había duda a quien se refería por que ante ella, aun a pesar de la oscuridad la figura de Edward Cullen se materializó ante sus ojos.
Sentía el impulso loco de reír. Por supuesto que debía tratarse de un sueño porque ella, la inocua Bella Swan no había matado a una cucaracha en su vida.
Su sueño había escogido a la persona equivocada para presentarse
"TIENES QUE MATARLO"
Bella gritó y abrió los ojos inmediatamente, estos fueron heridos por la poca claridad que había en el ambiente. Sacudió la cabeza esperando que las últimas imágenes que había conjurado su mente se desvanecieran. Si, había sido un sueño pero por las que intentaba borrar las frases estas seguían repitiéndose como un eco interminable.
Tenía que matarlo. Tenía que matar al dueño de la mansión… ella…
Rio por lo bajini mientras se recostaba nuevamente. Aun se sentía con sueño aunque esa pesadilla debió haberla alterado. No lo había hecho. Por qué sabía que se trataba del grito inconsciente de su mente que se revelaba ante su estado de cautiverio.
No podía asociarlo con nadas más. Ella nunca podría matar a nadie y menos a eso que era él.
Cuando se dio la vuelta en la cama enfocó sus ojos en la figura al lado de la ventana y se tapó la boca para no emitir un grito. Pero solo se trataba de Esme que la miraba impasible.
– Buenos Días – dijo Bella haciendo gala de su buena educación "de campesina" pensó amargamente para sí.
– ¿Desea un baño? – parecía que la mujer era experta en eso pero no quería baño, de hecho solo quería dormirse nuevamente pero al parecer la mujer no tenía intención de dejar que eso pasara.
Sin hacer caso de sus palabras la ayudó a salir de la cama y le dijo que le alistaría el vestido mientras subía la bañera. Alistó el biombo y se marchó dejándola sentada con los pies apoyados en el frio suelo.
Bañarse a diario era un placer del que nunca había tenido tiempo de disfrutar. Quizá fuera momento para que comenzara a aprovechar un poco aunque dudaba que una esclava como ella pudiera avanzar mucho más en eso de cuestiones de pedir y anexo a todo ello no era una muchacha que tuviera gustos caros porque nunca había tenido nada en exceso. Así que eso del aprovechamiento estaba más que descartado.
Se bañó tras el biombo y cuando salió envuelta en varios retazos grandes de tela vio que sobre la cama estaba el vestido de ese día. No había escuchado cuando Esme lo había entrado a dejar y era más que evidente por qué.
Se preguntaba por qué no estaba más asustada. Pero tenía que aceptar que esa era ahora su realidad. Y tendría que vivirla le gustara o no.
Esme entró sin ser escuchada y la ayudó a ponerse el vestido, acomodando las enaguas, ajustando el corsé y ayudándole con las medias. Bella nunca había tenido nadie que la asistiera en su vestimenta y encontraba el cambio un poco chocante. Pero no se quejaría, bastante tendrían de que preocuparse por lo que eran para que ella empezara a quejarse por tener una asistente.
– Señora Esme – Bella la llamó cuando la mujer estaba a punto de retirarse al decirle que en diez minutos podía bajar a desayunar. La mujer se dio la vuelta y la miró esperando su orden. – Gracias–
La mujer se quedó quieta por unos momentos, luego de hacer una reverencia se retiró. Bella sentía que se aburría, lo único que le apetecía hacer, incluso más que comer era sentarse en la biblioteca y leer libros. No quería salir al frio, el día anterior había necesitado de este pero no ese día, no cuando existía el riesgo de que se encontrara con el señor. No podía dilatar un posible encuentro pero al menos podía alargarlo hasta que fuera él quien la buscara y no los azares del destino.
Bajó a la cocina sorprendiéndose por haberse aprendido el camino y como el día anterior ahí estaba el desayuno esperándola.
Comió con ganas, aún seguía sintiendo en su sistema la falta de sangre. Quizá si reponía su debilidad con comida no la matara la próxima vez.
Cuando terminó volvió a su habitación antes de que Esme apareciera, no quería encontrársela nuevamente por que seguía dándole miedo. Al entrar en su habitación encontró su libro y lo leyó.
Pudieron haber pasado dos horas o más, pero al terminarlo se dio cuenta de que ahí no tendría nada más que leer a menos que fuera al despacho, allá donde habían… hecho eso.
Debería preguntarle a Esme en donde podía hacerse con un reloj o algo que le informara en qué hora del día se encontraba. El sol no había mostrado señas ese día, solo lo gris y las nubes condensadas no dejaban entrar a nada más. Se calzó sus botines de casa (aún se sorprendía lo hermosos y elegantes que eran, se puso un chal y salió caminando por el pasillo en dirección a donde creía se encontraba el despacho. Si se ubicaba pero en un sitio tan grande se perdería si no se andaba con cuidado.
Cuando estuvo frente a la puerta dudó en abrir. Ni siquiera sabía si tenía permiso para leer los libros que había ahí. Seguramente muchos de ellos estarían en francés, italiano y otros muchos idiomas que ella no hablaba. ¿Tenía sentido hacer esto? ¿No podía solo pedirle a Esme que le dijera como distraerse?
"No sabía que fueras tan perezosa" le dijo su conciencia. Y no lo era, nunca lo seria a pesar de todo, eran sus propias inquietudes quienes hablaban. Armándose de un valor que no sabía de donde sacaba, tocó la puerta dos veces esperando, rogando con todo su ser que no hubiera nadie ahí.
Como no recibió respuesta accionó la puerta y entró. Esa estancia la intimidaba por su excelsa elegancia. Todo tan ordenado, limpio, tan grande. Sus ojos se dirigieron automáticamente al sillón donde había perdido su inocencia. Ahí no había muestras de nada, ninguna evidencia, era solamente un sillón pero lo que había vivido sobre este no era algo que olvidaría fácilmente.
Apartando sus ojos de allí se dirigió a las numerosas estanterías a mirar títulos.
Encontró de todo, y tal como lo había previsto muchos de ellos no estaban en el idioma que hablaba. Seleccionó unos pocos y se dirigió…
El sillón estaba completamente descartado así que caminó hacia alguna otra de las sillas abullonadas que pareció tragársela cuando se sentó en ella. Cómodamente escondió sus pies bajo la falda y comenzó la lectura de un libro llamado Robinson Crusoe.
La atrapó desde el inicio, enfrascándose en la lectura comenzó a pensar que el tiempo no era tan importante.
Cuando comenzó a oscurecer escuchó los pasos de alguien diciéndose hacia la estancia. Su pecho se apretó en un puño y esperó que la puerta se abriera.
La última vez que había visto a ese hombre, o lo que fuera, había descubierto la naturaleza de él y ella misma había expuesto su debilidad en sus ataques de ansiedad. Control, solo se trataba de eso, no quería perderlo en ese momento.
Por eso, cuando se abrió la puerta no pudo sino respirar aliviada, sintió como su cuerpo se desinflaba como una burbuja y esperó a que la mujer se dirigiera a ella.
- Encenderé algunas velas para que pueda seguir leyendo, señorita –
Se sintió extraña de que la interpelara de esa manera, como si en realidad fuera una señorita, seguramente daba la impresión de ser una, pero no lo era, al menos no en el sentido figurado.
- Gracias, Esme, pero quería pedirle un favor, si no es molestia –
La mujer se volvió a mirarla con ese rostro que parecía tallado en cera. Sin expresión, ojos en la misma tesitura. Una muerta… no… la palabra era vampiro… Se preguntaba si la mujer pensaba en ella de la misma forma que el señor, si quería beber su sangre. Se veía casi maternal a pesar de su apariencia de porcelana.
- El libro me ayudó a sacar del aburrimiento – dijo sonriendo levemente – pero quería saber si podía ayudarla con…lo que sea que esté preparando para cenar – No quería que la mujer pensara que le exigía de comer. Parecía ser una experta cocinando para alguien que, según el señor, no había vuelto a probar la comida humana en mucho tiempo.
- El señor no lo permitiría – dijo ella dándose la vuelta.
- ¿Por qué? Quiero decir…no debería… - no quería sentirse tan inútil como lo estaba haciendo en ese momento pero la mirada de la mujer seguía implacable.
- Lo siento, señorita, pero debe esperar acá a que llegue la cena –
Se fue dejándola sola. Claro. Una mujer vampiro no tendría la necesidad que ella la ayudara. Pero no podía quedarse ahí quieta sin hacer nada. Tendría que descubrir que podía hacer… no era ningún parasito aprovechado y a las esclavas normalmente se las cargaba de trabajo.
Pero no sabía cuál era el comportamiento de las esclavas de sangre… Ninguno de los libros que había leído decía algo como eso.
Terminó de leer la historia, se dio palmadas mentales por no haberle preguntado a la mujer si podía conseguirle un reloj, volvió a escuchar golpes en la puerta y entró ella nuevamente.
- Cree que pudiera conseguirle un reloj – dijo Bella observando como la mujer, con movimientos demasiado rápidos, alistaba en una mesa auxiliar, igual a la de dos noches atrás, la comida de esa noche.
- Tendría que preguntarle al señor – dijo ella sencillamente.
¿Qué estás haciendo Bella? Pensaba mientras daba cuenta de la cena. A ese paso se volvería un poco más grande. Nunca se había preocupado por su figura y no empezaría en ese momento.
Relajarse y disfrutar, era más sencillo pensarlo que hacerlo.
