Gracias por sus mensajes y alertas y de antemano me disculpo por la demora, pero han sido unos días un poco pesados y no me salía la inspiración pero aquí va uno mas, espero les guste.

Los personajes de Crepusculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia a mi.

Su sangre, ahora debilitaba transitaba ahora con tranquilidad por su torrente sanguíneo, el corazón había recuperado el ritmo normal pero latía demasiado despacio.

Y él se sentía saciado, al menos de momento, lo cual quería decir que había tomado demasiado y tendrían que pasar más días sin que se alimentara.

Se sentó en el marco de la ventana y se dedicó a observarla por el resto de la naciente noche. Se daba cuenta de que hacer eso, a diferencia de otras cosas, no lo aburría de inmediato. Era fascinante verla porque a pesar de que murmuraba cosas sin sentido nunca se quedaba enteramente quieta.

Su olor era más débil. Y aun a pesar de la distancia podía ver como los pies y las muñecas tenían aros rojos que se estaban tornando morados a su alrededor. Quizá la había llevado demasiado lejos, pero si había sido placentero para ella, esa novedad de tener sexo con sus dos partes presentes era algo sublime. Nuevamente ese presentimiento de que algo malo, (si es que podía haber algo más malo que su maldición) estaba cerca de pasar lo atenazaba.

Y sabía que tenía que ver con ella, no entendía cómo podía llegar a esa conclusión pero así era.

Esa mujer…

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Bella caminaba entre la nieve, no sabía en qué momento había llegado hasta ese punto si lo último que recordaba era haber estado acostada en una cama donde había sido torturada sexualmente para revelar sus pensamientos. Reconocía el espacio donde se encontraba pero el que recordaba estaba lleno de árboles con sendos troncos y oscuridad producida por las ramas. Ahora no había nada de ello y estaba ahí, en medio de la nueve, con un camisón blanco y con el collar puesto. Esa joya que le parecía tan hermosa y al mismo tiempo tan misteriosa.

La tocó con los dedos sintiendo que estaba caliente, quizá por el contacto con la piel. La miró de cerca, a todas luces parecía un Rubi, aunque la piedra no estaba traslucida, era como si dentro de la misma hubiese algo más. Algo que no podía ver a pesar de la prolífica luz.

"Es su corazón…" decía una voz, la misma voz de mujer que había acudido a sus pesadillas la última vez.

¿De quién? Se preguntaba mientras acercaba la piedra a sus ojos y observaba que no podía ser un rubí… era algo más.

"Debes destruirlo… debes matarlo"

Gritó cuando un terrible dolor en su pecho la sacudió hacia atrás, se miró en donde momentos antes había estado la piedra pero lo que yacía ahí era una daga, con una empuñadura preciosa, pensó irónicamente mientras las lágrimas de dolor le nublaban la vista. Era un dolor lacerante, su sangre se estaba derramando sobre la piedra y esta comenzó a brillar incandescentemente.

"¡No! ¡Debes matarlo… debes destruirlo!" la voz se escuchaba desesperada pero eso no hizo nada para mitigar su dolor. Gritó sin voz, sin poder hacer nada.

Cuando abrió los ojos la oscuridad invadía toda la estancia, no podía distinguir nada pero solo sabía que no estaba en la torre más. Hacía calor en la habitación, el fuego estaba medio consumido pero aun así había conservado la tibieza del lugar haciendo que la desnudez que percibía debajo de la sabana que tenía encima no fuera tan insoportable. Hacia frio, quería levantarse pero no podía hacerlo, estaba demasiado débil y francamente salir al clima le apetencia tanto como que le clavaran un cuchillo en el pecho.

Retazos de sus sueños se manifestaron frente a sus ojos pero todos ellos cubiertos por una bruma que no lograba descifrar.

- ¿Pesadilla? – dijo una voz oscura cerca de su ventana. Por un segundo sintió miedo pero al recordar a quien pertenecía al miedo dio paso a la seguridad.

Lo había prometido, había prometido que no la mataría y había cumplido, aunque de la tortura de negarle el placer no quería ni hablar.

- Si- dijo con voz débil dejándose caer en la cama nuevamente, ya que había estado apoyada en sus brazos. - Había demasiada sangre…es lo único que recuerdo – No le pareció correcto mencionar ese líquido vital frente a él pero no le escuchó decir nada más. Se preguntaba si estaba mirándola a ella o a la ventana ya que por la oscuridad no podía saberlo.

- Sueños… son solo eso – dijo después de unos momentos haciendo que volviera a abrir los ojos ya que se había apoderado de ella una inusual, pero no del todo desconocida, somnolencia en ella.

- Nunca son tan vividas, y siempre las recuerdo, pero desde que vine aquí… - dijo dejando inconclusa su frase. Si, desde que había llegado al castillo sus sueños eran terribles.

Edward pensaba en si él mismo seria la causa de que sus temores se manifestaran en sueños. Durante su vigía la había visto removerse sin fuerzas bajo las sabanas, tenía las manos en el pecho, justo encima de la joya que Tanya había dejado como recuerdo de su maldición y que nunca había podido destruir.

Sus pesadillas eran la realidad, ya que nunca dormía. Era terrible haber perdido para siempre esa posibilidad porque el tiempo se hacía interminable. Y encerrado en su castillo y sus terrenos era mil veces peor.

Al intentar ir más allá el sol se ponía y aunque había tratado de achicharrarse con este nunca podía morir de verdad, dolia terriblemente pero no podía morir.

- Te envidio – dijo Edward en voz baja, ella creyó que había imaginado lo que había escuchado pero luego él continuó hablando – Poder dormir otra vez sería maravilloso-

Bella intuyó que por su condición el sueño debería estar vedado. Ella misma no podía imaginar cómo sería vivir una vida sin poder dormir y por consiguiente no poder soñar.

Soñar la había liberado muchas veces de la locura de su propia vida. En los sueños era una princesa a la que todo el mundo veneraba, en sus sueños su príncipe azul venía a buscarla y sin importarle su aspecto decidía hacerla suya para siempre. En sus sueños ella y su padre vivían en una granja prospera con muchos animalitos para jugar.

En sus sueños podía verse muriendo. En los últimos.

-No querría dormir si tuviera esas pesadillas –

- No necesito las pesadillas. Con vivir me basta – Bella permaneció en silencio asimilando lo que había escuchado, luego sintió la más compleja de las sensaciones, algo que ni siquiera llegó a imaginar que podría sentir por alguien como él. Aunque era como era, desalmado, frio, perverso e injusto había sido puesto bajo una maldición que muchos otros no habrían sabido sobrellevar. No lo admiraba ni nada por el estilo, simplemente se ponía un poco en sus elegantes y seguramente caros zapatos, tener una existencia como la de él. Con toda la riqueza que poseía y aun así incapaz de compartirla con nadie porque ese alguien podía morir desangrado.

- ¿Quién le hizo esto? – dijo Bella para que su cabeza no siguiera jugándole pasadas pensando que por un segundo la compasión había tratado de abrirse paso por sobre todo lo que sentía por ese ser.

El silencio fue la única respuesta. Ya sabía que no le iba a contestar, después de todo lo único que ella y el podían compartir era la sangre de ella y la satisfacción de sus cuerpos. Imaginaba que dio ser algún brujo…

- Una mujer… o eso parecía – dijo él.

Edward sabía que algo se había apoderado de él, parecía que la oscuridad le daba cierto anonimato para hablar con ella sin que esta pudiera identificar sus emociones. De unos momentos para ese las palabras fluían de su ser, de por si reservado, hacia fuera, hacia ella que parecía absorberlas a pesar de su evidente cansancio. Cuando ella había comenzado a hablar el extraño impulso de responderle y llegar un poco más al fondo de lo que era ella se había posesionado sobre cualquier otra cosa que quisiera hacer. Nunca había conversado con ninguna de las mujeres con las que había estado. Ninguna había querido hacerlo ya que, o le tenían demasiado miedo, o simplemente no les interesaba. Ahora lo único que su propio yo le exigía era que hablara… algo que alguna vez solo hizo con Esme, que compartía su posición en la tabla de las especies.

- ¿Su esposa? –dijo Bella cerrando los ojos, esperando que contestara y al mismo tiempo deseando que dejara de hablar para que la somnolencia se la terminara de llevar de una vez. Una carcajada sin una pizca de humor fue expulsada de la ventana.

- Nunca hubiese hecho mi esposa a esa desgraciada infeliz – la dureza con la que hablaba de ella le decía a Bella que la odiaba profundamente y no quería analizar porque eso le producía una sensación de bienestar nada apta. – Era una mujer que conocí un día y a la que llevé a mi cama con la intención de convertir en mi amante-

Tan controlado, tan frio y distante, si, la odiaba.

- Ella quería más así que le dije lo que podía esperar, no lo tomó bien y se reveló que era alguien como nosotros, además de poseer conocimientos de brujería lo cual la hacía letal, herí sus asquerosos sentimientos y el resultado es esta longevidad, fuerza y velocidad. –

- Debe ser maravilloso poder tener esos poderes – dijo Bella inocentemente.

- No compensan todo lo que significa ser un vampiro –

Bella se calló porque sentía que entre más hablara más mal iba a quedar, resultaba evidente que ella misma no sabía nada de vampiros y al solo haber vivido 19 años no podía saber lo que era la longevidad de la que él hablaba.

El sueño fue más fuerte, sin que ninguno de los dos hablara más ella se volvió a quedar dormida como un aviso de su cuerpo de que debía recuperar energías. Cuando el primer rayo del sol del amanecer tocó su piel Edward retiró su presencia de esa habitación que con el calor del fuego hacia que el olor de su sangre debilitada se extendiera por todo el lugar. Y aunque deseo más sangre salió de la habitación sin hacer ruido.

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Los días se convirtieron en semanas, las visitas del amo del castillo se hacían cada tres días. Iba a su habitación, la buscaba donde estuviera y la poseía donde se le ocurría, siempre alimentándose, siempre llevándola a los límites de su propia resistencia sexual, siempre yéndose después de que terminaba, aquella charla durante esa noche después de que estuvieran juntos no se volvió a repetir.

Cronométricamente venia cada tres días, a medida que fue pasando el tiempo la visita era cada cinco días. Durante ese tiempo Bella no lo veía, no sentía que su presencia estuviera cerca y le era permitido salir al jardín y alimentar a sus pájaros que parecían haber desarrollado una especie de amor hacia ella. Siempre piaban a su alrededor y ella esperaba sinceramente que no fueran victimas de algunos de los habitantes del lugar. Durante esos días conoció al resto de habitantes del castillo, alguno de ellos la llevó a recorrer el castillo e intentó no sentirse decepcionada por que no fuera el mismo amo quien lo hiciera, pero parecía no poder estar cerca de ella sin querer su sangre y estaba lo suficientemente falta de ella como para que él decidiera atacarla repentinamente.

La última vez que habían estado juntos, cinco días atrás Bella había sentido que el alma era arrancada de su cuerpo y por un momento deseo morir ahí mismo, la sensación de flotar a la deriva se la había devorado y aunque había deseado gritar para que todo se detuviera no lo había hecho, había esperado que todo terminara para disfrutarlo una vez más y así morir en paz, solo que no había muerto.

Él, como siempre, había bebido demasiado y ella quedo sin conocimiento después de que terminara la sesión de alimentación, solamente abrió los ojos dos días después y no se había podido mover de la cama. Esme la había bañado, arreglado y vuelto a acostar, se encargaba de subirle la comida y la hacía tomar pociones que según ella eran para recuperar fuerzas. Tiempo que la joven Bella pasaba más dormida que despierta. Momentos en que parecía no poder desprenderse de la sensación de que estaba muriendo lentamente.

Ya no se recuperaba con la rapidez de antes y aunque sabía que no era culpa de ella no podía sino sentirse mal por él. Se había convertido en lo que había dicho él que seria. Su esclava de sangre. Pero la esclava estaba quedándose sin suministros, pensó Bella amargamente mientras intentaba observar su reflejo en una de las ventanas de la habitación, a pesar de haberlo pedido y ser consiente del secreto de todos no había podido tener un espejo. Aun en la ventana podía ver que estaba mortalmente pálida con ojeras terribles.

La utilidad que tenía ya se estaba agotando y el miedo ante su futuro volvía a atacarla. Al día quinto, le siguió el sexto y el séptimo. Él no había vuelto, o al menos no que ella supiera.

Lo extrañaba.

Si, su cuerpo, su fuerza, su agudo ingenio y su notable elegancia, la manera de caminar, de acercarse, de olerla. Todo eso lo echaba de menos.

¿Podía desarrollar sentimientos por un ser como él? Había sido el primer hombre (vampiro) que la había tocado, que había tomado su inocencia, que la había convertido en una mujer deseosa de contacto. Que había sacado sangre de su cuerpo en cantidades aberrantes. Y aun así ella había dejado que la compasión se adueñara de sus propios sentimientos. Depender de sangre para vivir debía ser un martirio y más si tenía que negarse a ella, a pesar de que él mismo no se negaba ese alimento.

Se sentó en los escalones de salida al jardín porque sus pies no la sostuvieron más. Cuando desaparecía comenzaba a extrañarlo, pero sabía que solo ella misma creía en esto. Alguien como él no podía siquiera pensar ni importarle despertar sentimientos de esa índole en alguien como ella.

Algo burbujeaba a su lado, cuando levantó la mirada vio a la impecable Esme sosteniendo frente a ella un pocillo de alguna de esas pócimas que la estaban obligando a tomar.

- Le sentará bien – dijo ella. Bella tomó el pocillo con manos temblorosas y se lo tomó a pesar de que le sabía a algo asqueroso. Le dolió el estómago y esperó que la horrible sensación pasara.

- ¿Dónde está él? – preguntó Bella después de un momento, armándose de valor.

Esme la miró por unos segundos, luego su mirada se desvió hacia los pájaros que picoteaban alrededor de Bella.

El ama de llaves podía responderle que él seguía en el castillo pero lo más alejado de ella, porque quería esperar a que se recuperara.

Ella le había hecho algo al señor. Cuando Esme iba a verlo al otro lado del castillo estaba recostado en la cama, tan quieto como una estatua, pero con los ojos de la locura. Como si algo se hubiera apoderado de él.

Y lo que se había apoderado de Edward era Isabella.

Había tenido relaciones con ella constantemente, días espaciados, había bebido su dulce sangre en cantidades que intentó hacer pequeñas. Pero la última vez su pasión había sido tan intensa y su deseo por ella y su sangre tan potente que aunque sentía que el flujo de sangre había disminuido seguía bebiendo sin parar, enterrándose en ella y deseando fervientemente que hubiera un fin para toda esa necesidad aterradora.

Algo, una fuerza que no conocía lo había obligado a apartarse para mirarla, con el cuello casi desgarrado y la piel excesivamente pálida, sin conocimiento. Había deslizado su lengua con ponzoña por las heridas para cerrarlas y le había dado la vuelta a su rostro encontrándola sin conocimiento. Sus oídos captaban el latido ahora errático del corazón. La respiración pesada y demasiado espaciada. El pulso débil.

"No voy a matarte" le sonó tan irónico en ese momento que lo único que se le había ocurrido había sido llamar a Esme para que lo ayudar a reanimarla con algo. Nunca había sentido deseo de imprimir su ponzoña en alguien pero en ese momento deseo poder probar a ver que significaba. Se había alejado cuando Esme le había asegurado que aún vivía, pero tendría que guardar cama por unos días. Así lo había hecho, le había encomendado a Esme esa tarea y se había alejado lo que más había podido para seguir pensando en lo que se apoderaba de él cuando tenía cerca a Isabella Swan, campesina mundana que hacía que todo el vampiro en el colapsara sin remedio.

Cerraba los ojos intentando imitar la sensación de sueño pero lo único que veía era a ella, su sangre roja derramándose en sus labios, su cuerpo pequeño y blanco estremeciéndose por sus acciones.

Una semana, era lo máximo que había durado sin alimentación, la necesitaba fervientemente pero más que su sangre quería el calor de su cuerpo, quería tenerla cerca para asegurarse que estaba bien, puede que para asegurarse de que su sustento estaría ahí, pero en general para verla.

Si, quería verla, quería hablar con ella.

Sabia donde se encontraba, en el jardín que había escogido como su terreno personal. Con esos pájaros cuyo canto se apoderaba de las mañanas del lugar. Estaba con Esme, observó desde la distancia y por el movimiento de sus labios estaba preguntándole por él. Olio el aire y su débil aroma penetró en su nariz, tan débil como debía estar ella.

Había ordenado a Esme que procurara que ella comiera bien y se alimentara de carnes rojas, frutas rojas y cualquier cosa que pudiera ayudarla a equilibrar los componentes de su sangre, pero aunque olía más fuerte que días atrás el aroma seguía desvanecido. ¿Sería que su destino final era matarla?

Vete.

Se decía. VETE

Pero contrario a lo que su mente ordenaba su cuerpo se acercaba lentamente, a pasos amplios esperando a que ella fuera consciente de su presencia y disfrutando la manera en que sus ojos, con ojeras marcadas, se abrían de sorpresa y algo más que no quería nombrar.

- Buenos días – saludó con cortesía oliendo la esencia de ella concentrada en la cercanía, débil de componentes.

Ambas mujeres contestaron luego Esme se retiró lentamente, aunque Edward sabía que se hallaba cerca, al mínimo movimiento que el hiciera para morder a Bella ella intervendría y seguramente los demás también, si llegaba a probar la sangre de ella en ese momento seguramente la joven solo tendría minutos de vida. Por lo que había leído ella tenía Anemia en alto grado y eso estaba comenzando a afectar el resto de su cuerpo.

Sin sangre.

Estaba bebiendo una de las pociones de Esme, lo podía oler en el aire.

No sabía que decir o hacer aparte de permanecer ahí, mirándola mientras ella no dirigía sus ojos hacia él. La miraba y lo único en que podía pensar era en lo enferma que se veía. Y él era el causante.

Nunca se había sentido mal por succionar la sangre de nadie pero ya había comenzado a aceptar que nada alrededor de Bella Swan era normal. Tendría que vivir con ello.

Ella tendría que irse, si seguía ahí tarde o temprano la mataría y a pesar de que su instinto vampírico le decía que nada sino la alimentación importaba.

Bella no sabía que decir, seguramente en ese momento ni siquiera podía sonrojarse por falta de aditivo, tenía en la boca el sabor dulzón de la poción que acababa de tomar y la misma le daba un sueño feroz más o menos una hora después de tomarla. Sentirse bajo su mirada seguía afectándola como el primer momento.

- Lo siento mucho – fue lo único que escapó de su boca, Bella misma se sorprendió porque sabía exactamente por qué se estaba disculpando, y se sentía una idiota por ello, pero no podía evitarlo, la sensación de extrañarlo estaba apoderándose completamente de ella. Sentía no ser más fuerte…

- ¿Qué cosa? – parecía costarle pronunciar esa palabra como si se detestara por tener esa debilidad, tanto la curiosidad de preguntarle como la imposibilidad de no leerle el pensamiento.

- No haber podido… alimentarlo – dijo como si le estuvieran arrancando las palabras, así sentía Bella, no debería estarle recordando su deficiencia, como si tuviera que sentirse contrariada por el hecho de que él no bebiera su sangre. Se había vuelto idiota pero ya no podía casi ni pensar por sí misma sin asociar cada recuerdo y pensamiento con él. No sabía si al morderla le había dado algo de él y fuera esa la causa de que deseara tanto… a él. Deseaba a la bestia que era, independientemente de que le chupara la sangre lo que venía con ello era lo que extrañaba, el contacto, aunque fuera tan diferente de su propia piel, en color y en temperatura.

Ella estaba avergonzada de lo que estaba diciendo, Edward podía decirlo por la manera en que evitaba mirarlo, hasta el rubor de sus mejillas había desaparecido, no había sangre para suplir ese delicioso tormento. Hasta eso le había robado.

Ladrón…

De inocencias…

De rubores…

De sangre…

Un sentimiento incomodo se instaló en su pecho. Peculiar, nunca antes sentido, ni siquiera en sus pocos recuerdos de ser humano. No sabía darle nombre. Olió el aire sintiéndose un poco mejor de que al menos su aroma no se había perdido del todo por su inusitada insensatez. Lo que ella sentía debería importarle poco pero ahí estaba, viéndola débil y deseando poder hacer algo por que no fuera así.

Se acercó a ella notando que se estremecía más a medida que daba más y más pasos.

Una esencia que Bella había olido pero que no había podido identificar llenó sus fosas nasales a medida que veía al señor acercándose. Nunca lo hubiera asociado con él pero en ese momento lo sentía en toda su gloria, era un olor dulce, como el de la miel pero menos concentrado y más atrayente. Tenía deseos de probar su piel para saber si podía catar algo de ese extraordinario aroma.

Sintió sus manos frías aferrarle el rostro, pero se daba cuenta de que no la tomaba con fuerza como veces anteriores, en ese momento parecía aquel príncipe azul con el que siempre soñó, el que había asociado con el señor Darcy y otros héroes literarios que habían invadido su cabeza por causa de tantos libros románticos que siempre le prestaban en la librería del pueblo. No, él nunca podría ser el ideal caballero, aunque su elegancia y movimientos dijeran lo contrario y aun así ya no podía ver al coronel Brandon y sus antecesores de la misma manera sin desear que tuvieran algo de este vampiro.

Los ojos verdes recorrían el rostro como si en medio de todas las faenas que tuvieron no se hubiese detenido a mirarla y justo en ese momento, cuando se sentía tan enferma, decidió hacerlo. Ella por su parte hizo lo mismo, porque cuando estuvieron juntos nunca pudo detallarlo tampoco, perdida en todo el placer pecaminoso que sentía y la bruma que se apoderaba de su cabeza cuando la mordía. Quería tocarlo, pero tenía los brazos tan débiles que solo podía yacer ahí esperando que él hiciera el siguiente movimiento. Cada vez acercándose más y sus ojos ahora prendidos de sus labios como si deseara… comérselos.

Entre más se acercaba más percibía el olor de la sangre que lo estaba llamando, pero eso… ese frenesí tendría que ser controlado en ese momento. Su cuerpo ansiaba sangre y a ella pero parecía que en esa oportunidad solo la iba a tener a ella y no quería fijarse en que no se sentiría decepcionado de tener solo el cuerpo, porque ella lo satisfacía en la cama mejor que nunca, independientemente de su elixir de vida. Posó su boca sobre la de ella deleitándose en el calor tibio que esta desprendía. Ese calor aún no se había perdido y era adicto a él de manera alarmante, casi tan adicto como a su sangre. Deslizó la lengua por la apretada línea y ella abrió la boca inmediatamente dándole paso, nunca se le negaba y comenzaba a sospechar que no se trataba de que fuera su esclava, ella también disfrutaba de sus sesiones de placer, lo había sentido, no le importaba que él fuera un frio y que se parecieran tanto como la tierra y el aire. Percibió que los brazos delgados se encerraban en su cuello y lo acercaban a ella con su débil fuerza.

Si hubiera querido resistirse lo habría hecho en un segundo, la fuerza de ella no era nada comparada con la suya, lo sabía por qué siempre que se dedicaba a observarla cuando ella dormía podía percibir cuando se movía las marcas que le dejaba a pesar de que se esforzaba por ser cuidadoso, ella parecía no darse cuenta de ello, nunca mencionó nada, ni Esme tampoco. Tan diferentes, pero al mismo tiempo tan iguales en sus necesidades.

No creía que hubiese llegado a conocerla del todo pero lo poco que sabía lo intrigaba.

Durante unos minutos le cruzó la cabeza la insana idea de retenerla con él. Tendría que desarrollar una voluntad de hierro y un cronometro seguro para saber cuándo estaría recuperada, como una propiedad permanente, como alguien que se quedaría con él hasta que estuviera vieja.

Loco.

Si, podía ser, pero era un loco con las ideas sobre lo que quería demasiado claras. Incluso había llegado a imaginárselo y contra todo pronóstico lo que pensó no le molestaba nada. Y besarla le estaba haciendo desear hacer otro tipo de cosas que…

Se separó dando dos pasos atrás, acto que hirió a Bella profundamente, haciéndola sentirse rechazada, pero al no poder leerle la mente Edward no podía saberlo, quería alejarse porque si decidía en ese momento seguir teniéndola con él iba a tener que esperar a que estuviera recuperada.