Gracias por los mensajes y alertas, me alegra que les siga gustando la historia, espero poder seguir contando con ustedes.
Los personajes de Twilight y La Bella y la Bestia pertenecen a sus respectivos autores, la historia es mía.
La niña lo miró a los ojos por unos momentos, y el los leyó con facilidad, a pesar de ser niña era un alma vieja, había pasado por demasiado y olía la desconfianza transpirar por toda su piel, aun así levantó la estrecha barbilla y decidida hizo un gesto de asentimiento.
Sin dejar escapar ningún gesto que mostrara su sorpresa ante el altruismo de la criatura le indicó que lo siguiera.
Oía sus pasos tras de sí, una zancada suya equivalía a casi cuatro pasitos de ella así que el camino fue largo, y no estaba dispuesto a mostrarle su velocidad aunque así se ahorrarían muchos minutos.
Finalmente casi veinte minutos después, o eso calculó, cuando finalmente entraron en la mansión, los ojos de la niña observaban asombrados todo el lujo que traslucía, nunca había puesto los ojos en algo de ese calibre, siempre viviendo en sitios desprovistos hasta de luz. Edward dejó que la niña mirara cuanto quisiera hasta que pensó que ya no se podían demorar más.
- Está arriba- dijo cuando ella terminó de ver el amplio recibidor. La niña (aunque bien podía tratarse de una muchacha un poco desnutrida) lo siguió escaleras arriba hasta que finalmente llegaron a frente a la puerta, el olor a agonía que salía de esta fue suficiente para que Edward se sintiera mal. Entraron y ahí estaba Esme exactamente en la misma posición en que la había dejado, de pie a un lado de la cama de ella vigilando el lento proceso que significaría su muerte, los ojos de la vampiresa se abrieron cuando vio que él, el dueño de la casa y odiado de los humanos, estaba de pie en la entrada con una humana pequeña observando a Isabella con horror, como si no pudiera creer que unas horas antes fuera la misma mujer que había visto en el bosque. Si, para una humana como ella era impresionante pero para Edward el horror de la muerte y la desesperanza era algo más que conocido.
- Lo que debes hacer no será agradable, pero es la única manera de intentar salvarla.-dijo el vampiro en tono monocorde, la niña podía negarse y ya estaba pensando en las formas que usaría para obligarla cuando está se volvió hacia él, con la decisión en sus ojos.
- ¿Qué hay que hacer? -
Edward percibió el delicado respingo de sorpresa de Esme al lado de la cama, el mismo intentó ocultar con éxito su propia consternación.
¿Había estado frente a ese tipo de valentía alguna vez?
Edward hizo una señal a Esme y esta salió de la habitación caminando pero una vez fuera, lejos de la vista de la muchachita corrió a velocidad vampírica hasta la habitación que mantenía limpia y que sin embargo no usaban nunca y era como el ala de medicina de la mansión. Por prevención más que por que alguna vez necesitaran algo así habían incluido cada uno de los equipos que se usaban en medicina, hasta donde esta había avanzado.
En su vida humana, antes de ser ama de llaves Esme había sido enfermera voluntaria y había aprendido mucho en esos años. Sabía lo básico y lo avanzado y tenía plena seguridad de poder llevar a cabo lo que sabía que el dueño de la mansión planeaba. No sabía que harían cuando terminaran la transfusión pero no quería pensar en eso ahora. Alistó la botella de vidrio el caucho en forma de tubo y las agujas especiales.
Una vez tuvo todo listo corrió hacia la habitación deteniéndose en la puerta y volviendo a actuar normal para no asustar a la jovencita más de lo que ya estaría. Ambos permanecían en la misma posición en que los había dejado, el silencio al parecer no había sido llenado con palabras pero aunque la decisión en el rostro de la niña titubeó al ver todo el equipamiento no dijo nada ni se negó.
Esme intentó ser rápida consiguiéndolo y cuando la sangre comenzó a ser transfundida el silencio parecía ser el segundero del reloj, tenso pero irrompible. Imparable.
Bree Tanner sabía que todo estaba mal, sin importar que sintiera que estaba salvando una vida, comprendía con su mente de niña que todo en esa casa era equivocado. Desde siempre había tenido plena conciencia de que el mal existía, al ser huérfana esa teoría se había acentuado mucho más en ella pero ahora era más factible. Más no era el tipo de maldad que conocía, aquella de los abusos y de las intenciones perversas, era un mal anormal.
Semanas atrás cuando había decidido entrar a los bosques que nadie visitaba nunca lo había hecho con la firme intención de establecer en ellos un lugar donde vivir alejado de esos malditos del pueblo y obtener la tranquilidad que, desde su corta edad, siempre le había sido negada. Y luego había pasado lo de los lobos.
Nunca había escuchado de boca de los habitantes que en esos bosques vivieran lobos. Se sabía de una amplia fauna pero no de dicha especie. Así que al encontrarlos y más atacando a dos personas había dado al traste con su infantil idea de independencia. Y luego pensó que iba a morir, y aunque muchas veces lo había deseado nunca hubiera querido en esa forma. Vislumbró sus cortos años y se arrepintió de haber deseado la muerte pero le había llegado la hora.
Luego sus ojos habían captado movimientos imposibles a pesar de que la mujer de cabellos castaños había intentado que no viera nada atrapándola en un abrazo que parecía más maternal que de otro tipo. Ahí había sabido que existía otra especie.
Pero no se atrevía siquiera a conjeturar sobre ello, ya desde su temprana edad le habían dicho que era demasiado inteligente para su propio bien. La mujer del abrazo le había dicho que no hablara y por su amable favor había prometido para sí cumplir su palabra. Había regresado al pueblo en tiempo récord había robado pan y se había vuelto a internar huyendo de las piedras que el panadero le lanzaba, claro que no era piedras lo que lanzaba sobre ella días antes sino sus miradas asquerosamente lascivas por eso había sabido que si regresaba al pueblo alguien la mataría o le harían algo peor, así que se había internado en el bosque esperando tener suerte y encontrar a la mujer y sus anormales acompañantes antes de morir congelada o devorada por esos extraños lobos.
Y había aparecido ese hombre alto y elegante que al parecer conocía a la amable mujer.
Y después de todo lo que le había dicho ahora yacía ahí recostada en un sillón mucho más grande que los camastros que había tenido alguna vez, más cómodo, más. .. Mucho más.
Dando su sangre que era lo que le habían dicho que ayudaría a la mujer que parecía más muerta que viva. Su pálida piel hacia contraste con las sábanas oscuras de su cama haciendo así más notorio su avanzado estado enfermo. No sabía qué tipo de enfermedad podía acabar con una persona en tan pocas horas y esperaba no averiguarlo.
Llegó un punto en el que no pudo contener más el sueño además de que había empezado a sentir mucho frío.
- Es suficiente, ya está debilitada- dijo Esme retirando con cuidado la aguja del brazo de la niña y después del de Bella vendándolos ambos a toda velocidad para que ninguna gota se escapara.
La niña se había quedado dormida y como aun no sabía que irían a hacer con ella le pidió a Esme que la llevara a una de las muchas habitaciones de huéspedes. Pudo notar la duda en Esme y no le llevó más de dos segundos entender. Su ama de llaves no quería que se quedara sólo con Isabella por que no confiaba en él pero en ese momento, y aunque el olor se había hecho una milésima más fuerte no tenía impulsos de hambre hacia ella.
No sabía que le pasaba, tal vez el hecho de que la había visto tan cerca de la muerte pudo haber cambiado su percepción de la alimentación o quizá solo fuera cuestión de tiempo antes de que volviera a desear la sangre con esa ansia animal.
Le hizo un gesto a Esme y esta tuvo que obedecer sin remedio. Tomó a la niña en brazos y se retiró dejándolos solos.
Edward se acercó a la cama y contempló a la débil figura en ella. ¿De veras sería el destino de ella morir en sus brazos? ¿No podía hacer como con las otras y simplemente dejarla marchar con una buena cantidad de dinero?
Observó el blanco pecho donde se podía adivinar la forma de un triángulo invertido recientemente curado. Conocía los efectos de la pomada de Esme por que tenía el dulzón olor de su ponzoña. Era la forma exacta de la piedra del collar que había destinado para ella, aquella joya perteneciente a Tanya, la vio apoyada en la mesa de noche donde seguramente Esme debió haberla puesto. La extensión de piel quemada subía y bajaba lentamente, tan lentamente que era desesperante.
El latido de su corazón una milésima de segundo más rápido que antes de la transfusión. Por lo que podía decir había una alta posibilidad de que se salvara y no era nada normal el alivio que sintió ante esa regocijante posibilidad.
Seguramente permanecería inconsciente durante muchos días. En ellos no podía sino esperar y ya podía percibir que serían los días más largos de su existencia.
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Bella no sabía en donde se encontraba lo único que recordaba era haber visto como el salvajismo devoraba las hermosas facciones de su amo y como la mordía sintiendo el dolor agonizante que la arrancó bruscamente de su fantasía y expectación de placer. En esa alimentación no había habido nada más que deseó de saciedad, pero solo por parte de él, cualquier cosa que pudiera sentir diferente al miedo había quedado olvidado.
Seguramente la había matado y ahora se encontraba en alguna especie de limbo oscuro donde solo las pecadoras y pecadores como ella podían ir cuando morían. Ella había cometido la transgresión de entregar su cuerpo e inocencia a un ser no del todo humano, haber disfrutado plenamente de ello y encima haber dejado que bebiera de su sangre.
Si, había pecado contra toda razón.
Por más que hacía a sus ojos esforzarse no conseguía sino sentirse cada vez más frustrada. Sonidos sin sentido se escuchaban en sus oídos, cómo de ese mar del que había escuchado y leído pero nunca visitado. Era casi relajante y por muchos momentos le hizo olvidarse de donde creía que estaba.
No sabía cuánto tiempo había pasado en ese sueño hasta que los sonidos se hicieron un poco menos marítimos.
Alguien manipulaba agua. Alguien estaba escurriendo un trapo o eso le pareció. Luego una sensación de frescura en su piel. La estaban lavando. Quería moverse para decir que podía hacerlo sola pero no era dueña de sus movimientos. Las manos, a pesar del agua estaban frías y la tocaban con un cariño casi materno. Quizá estuviera teniendo algún tipo de regresión.
Dejó que hiciera con ella lo que quisiera. Fue un baño meticuloso y cuando sintió cada roce de la ropa entendió que no había muerto y había vuelto a su tenebrosa realidad de bestias sedientas de sangre y algo parecido a su esclavitud. Él había bebido mucho, había ido a su habitación con deseos de matarla. Lo había percibido, no quería estar en lo correcto pero todos sus instintos le gritaban que él había querido matarla en castigo por haber ayudado a la niña.
Si lograba sobrevivir al estado en que se encontraba lo único que haría sería intentar escapar a la menor oportunidad. Además solamente estaría adelantando los hechos por que él ya no querría al guiñapo de mujer en que seguramente se había convertido. Y no tenía derecho a sentir algo parecido a la tristeza ante ese razonamiento. Debería sentirse aliviada y más después de la demostración de poder en donde había salido peor librada que alguna vez en su vida.
Percibió que alguien levantó su cabeza y deslizó la punta de una cuchara en sus labios y al sentir que un líquido tibio se deslizaba hacia su estómago sintió un poco de alivio. Al parecer aún podía manejar su reflejo de tragar por que no se atoró.
No podía abrir los ojos porque le pesaban demasiado y a pesar del esfuerzo titánico que hizo no lo logró.
"Cuerpo... necesito tu colaboración, sana pronto, porque de eso depende nuestra pronta partida."
Los momentos que pasaba eran tan largos como la noche. No sabía en qué parte del día se encontraba y sentirse así de perdida no era nada cómodo.
Finalmente después de lo que ella supuso fueron unos días, o pudo haber sido un año o un mes o solo unas horas, pudo despegar sus párpados para que la luz, o algo parecido, logren herirle las pupilas.
Se descubrió enfocando lo borroso y finalmente pudo identificar el fuego. La chimenea, por el diseño de la misma podía decir que estaba en la que había sido su habitación. "No es tuya, nada en este sitio es tuyo ni siquiera tu propia vida" Gracias por el recordatorio, pensaba cruelmente enfocando ahora a la mujer que se movía por la habitación recogiendo lo que parecían los restos de su baño. Se sentía fresca aún a pesar del fuego y solamente miró a Esme cuando está se acercó con el cepillo del pelo de su madre dispuesta a desenredar sus mechones castaños.
Los ojos de Bella siguieron el avance de Esme, ya sabía que la mujer se había percatado de que estaba despierta pero no le interesaba hablarle. Esa mujer no había hecho nada para ayudarla. Seguramente había olido su pérdida de sangre y aun así no había intentado detenerlo.
Por eso no la podía perdonar y cualquier elemento que la hubiera hecho pensar siquiera en la posibilidad de verla como algo cercano se había esfumado como el viento. Nadie de esa mansión podía ser su amigo, todos eran criaturas sobrenaturales que acataban las terribles ordenes de un ser igual de desalmado que ellos.
Esme estaba esperando que la joven hablara, que empezara a hacer preguntas pero permanecía tan quieta como si aún durmiera, solo que sus ojos seguían su figura como si la estuviera vigilando.
Durante esos días había velado por el bienestar de la joven y no porque el señor se lo hubiera ordenado así, simplemente era algo que le nacía del pecho, después de que la maternidad le hubiese sido negada no había encontrado ese sentimiento protector en nadie, ni siquiera alguna de las mujeres que el señor había traído, pero con ella (como todo lo de esa muchacha) había sido diferente, la compasión que le inspiraba era algo fuera de lo común.
Pero por lo que podía oler del ambiente y de la actitud de la muchacha en sí era que no pensaba de la misma manera en absoluto. Y sabía de quien era la culpa. Ninguno de ellos esperaba que ella se levantara de la cama como si nada hubiera pasado.
Recordaba esa volubilidad de carácter en muchos humanos y dudaba que con ella fuera diferente.
Estaba dolida, lo podía oler en su debilitada sangre. Dolida y siendo mujer no sabía en donde acabaría la senda que el mismo dueño de la mansión se encargó de construir.
Durante esos días habían permanecido con la niña que se hacía llamar Bree bajo su poder, era demasiado esperar que no se diera cuenta de lo extraño de la situación pero no hacía preguntas sólo los observaba y les daba un poco de su sangre cada vez. Sabía que al señor Edward no le habría molestado en absoluto desangrarla para volver a Isabella a la vida pero había sido Esme quien lo había convencido de hacerlo poco a poco y ahora que ella estaba despierta la recuperación correría por cuenta de su propio organismo.
Así que se acercaba la hora de decidir qué pasaría con esa niña en el futuro inmediato. Su instinto materno le impediría a él hacer algo en caso de que surgiera la posibilidad, de todas maneras no podían ser más monstruos de lo que ya eran. La niña la miraba con ojos de sufrimiento, de todo lo que seguramente había padecido y eso había llegado al corazón de Esme pero hasta para ella era evidente que no la veía como humana ni algo parecido, no lo eran y aun así sus sentimientos vampíricos, si es que algo así existía, se encontraban lastimados.
Salió de la habitación de Isabella cerrando con suavidad la puerta y moviéndose a velocidad vampírica alistó la comida para subírsela a la niña. Le habían dado uno de los dormitorios del primer piso para que no sospechara nada y ahí fue a donde Esme se dirigió la muchacha estaba sentada en la mecedora que daba a la ventana, todas las habitaciones tenían una por algún motivo y sin duda era el mueble preferido de todas las muchachas que alguna vez habían visitado esa mansión.
-Buenos días - dijo la muchacha. Esme se dedicó un segundo a mirarla, era evidente que la pérdida de sangre la había afectado pero no para que luciera demasiado enferma, estaba pálida y sus movimientos carecían de fuerza pero su sistema funcionaba bien, al ser niña y también al alimentarla bien como estaban haciendo se recuperaría pronto. Seguramente esa era la razón por la que la sangre benefició a Isabella más de lo que habría hecho la de un adulto.
Sus padres debían o debieron ser muy atractivos por que la jovencita destilaba belleza aun siendo niña, al haberse bañado y peinado salía a resaltar el primor de la niñez. Le ofreció la comida en silencio esperando que se sentara.
- ¿Cómo está la señorita Isabella?- preguntó como lo hacía todos los días.
-Te alegrará saber que ha despertado - el alivio en la cara de la niña no se hizo esperar. Era evidente que se alegraba.
- Si, por supuesto, quiere decir que pude ayudarla así como ella trato de hacerlo conmigo. - Y en verdad era así, Bree Tanner podía ser lo que todo el mundo quería que fuera pero cuando se empeñaba en hacer algo por su cuenta y se lo prometía nada la disuadía. -¿Qué pasará ahora conmigo, señora Esme? ¿Tendré que irme?- Por el tono Esme podía decir que intentaba hacer como que no le importaba pero estaba asustada de su futuro.
-No lo sé, chiquilla, no está en mis manos esa decisión- y era cierto aunque, como había dicho antes, no podía permitir que el señor decidiera matarla para conservarlos en el anonimato, llegaba un punto, en medio de esas largas existencias que poseían, en que dejar de preocuparse por la vida humana era algo imposible, especialmente porque una vez, todos ellos, hace muchos años, también fueron humanos y pudieron encontrarse en la misma situación que ahora solo que desde otro punto de vista.
Bree comió en silencio pensando en su futuro, después de que le dijeran que se fuera, lo cual pasaría en cualquier momento, no pensaba regresar al pueblo, de todas maneras no sabía el camino de regreso al pueblo y se perdería en el bosque, ¿alguna vez tendría una vida normal, o había nacido tan maldita que ni a eso tenía derecho?
Los alimentos que recibía eran los más deliciosos que había probado alguna vez, aunque no los disfrutaba del todo ya que, aunque los adoraba no podía negar que se asustaba cada vez que un bocado entraba en ella porque inevitablemente pensaba que acabaría envenenada. Desde que había empezado a dar su sangre no había vuelto a ver al hombre que la había encontrado en el bosque y le parecía mejor así, era demasiado intimidante, pero no como las porquerías de seres humanos que había conocido en su corta vida, era como que se podía sentir el poder que emanaba de él y sabía que era alguien a quien normalmente no le llevaría la contraria.
No sabía si tendría que irse pronto pero de lo que estaba segura era de que antes de irse se despediría de la amable mujer que había estado cuidando de ella, luego todo volvería a ser como antes, ella contra el mundo. Maldito Transilvania.
Esme se llevó la bandeja desocupada y Bree decidió dormir un rato ya que esta ayuda que estaba prestando definitivamente estaba mermando un poco su salud.
Cuando Esme cerró la puerta de la habitación se encontró a su esposo, Carlisle, mirándola desde una de las esquinas del largo pasillo.
- Ya sabes que no debes acercarte demasiado a ella – dijo en tono bajo, pero Esme entendía a qué se refería y no era solo a distancia – él no te lo permitirá-
Pasaron varios segundos sin que ella se moviera o dijera nada, hasta que finalmente volvió a hablar usando las palabras cultivadas de su acento.
- Es tan injusto, después de que salvó la vida de la otra humana no debería estar pensando en abandonarla o mandarla lejos –
Y lo sabía porque de alguna manera su propia mente se había colado en los enrevesados pensamientos del señor de la casa, esa era la intención, dejar a la muchacha en el bosque para que encontrara el camino de regreso, arriesgándose a morir congelada o comida por los lobos que, ahora sabían, andaban rondando por ahí.
- Aun no sabemos si esa será su decisión final , sabes que sigue siendo tan impredecible como cuando era humano –
- Si decide dejarla debemos hacer algo – dijo Esme caminando elegantemente por el pasillo hasta donde estaba Carlisle
-¿Qué? Seguimos siendo sus sirvientes y por si lo has olvidado no podemos abandonar más allá de los terrenos a nuestro alrededor… No es nuestra responsabilidad, nunca lo ha sido –
Esme sabía que, de haber sido humana, en ese momento habría dejado escapar algunas lágrimas, pero ahora era incapaz de transmitir sus emociones en algo diferente a mirar a Carlisle con impotencia.
Se retiró silenciosamente mientras su esposo la miraba.
Al ser vampiros no podían reproducirse y Carlisle siempre supo del deseo de Esme de tener hijos. Sin que ella se diera cuenta siempre había notado algo particular en su forma de actuar. Aunque el paso de los años la había vuelto estoica frente a las muchas mujeres que habían pasado por esa mansión siempre percibió que ella tomaba algo parecido al cariño con esas muchachas como si con ellas pudiera reflejar lo que habría sentido por alguna hija de haberla tenido.
Era algo tonto, los vampiros, por especie, no tenían sentimientos y aun así…
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Edward estaba sentado frente a la chimenea del despacho tal era su concentración que sintió como su propia mente viajaba y sin pedirlo conectaba con la de Esme de manera inmediata.
Desde días atrás Esme había experimentado una inquietud nada usual hacia Isabella y su pronta recuperación que en ese momento le estaba transmitiendo a él haciéndolo preocuparse al igual que ella, era como una especie de cariño que había percibido antes en las otras campesinas que habían cruzado su camino. Nunca había dicho nada ni esperaba empezar, a pesar de su condición de amo sabía que existían rasgos humanos que se habían acentuado en esa vida de vampiro, en el caso de Esme el deseo de tener hijos se había convertido en una compasión por las demás personas alrededor de ella.
Él por su parte no se había acercado a Isabella en todos esos días, ni a la niña, había preferido mantenerse al margen pero aun así había seguido cuidadosamente cada una de las transfusiones por la mente de Esme. Y aun no lograba entender por qué le importaba tanto y por qué razón se sentía tan culpable.
No podía asociarlo a curiosidad insana, simplemente le importaba saber qué pasaría con Isabella. Si, puede que se tratara del hecho de desear saber si iba a morir o si iba a seguir viviendo para atormentarlo con el olor de su piel y el sabor de su sangre.
Y también se sentía contento, algo nada propio de él. Estaba aliviado, a falta de otra palabra mejor, de saber que seguía con vida, sentía yerro por haber sido el causante de que casi muriera, queria hacer que no le imputaba pero aliviado si podía sentirse.
Ella, después de todo, seguía siendo suya.
Se había contenido de ir a verla, de acercarse siquiera a esa habitación donde la había dejado noches atrás después de haberla puesto a menos de un paso de la muerte. Lo había deseado fervientemente pero se había sentido compelido a controlarse por el bien de ambos, aunque no veía nada positivo en contener su extraño apetito de ella, pero hasta una bestia sin control como él había sabido que si se hubiese acercado a ella en esos días la muerte de esa mujer habría estado más que asegurada.
La preocupación tampoco era algo con lo que estuviera familiarizado y no sabía cómo lidiar con ello.
Así que lo único que se le había ocurrido en esos días había sido dedicarse a vagar por los bosques esperando encontrar algo que lo ayudara a entender todo lo que había pasado y el motivo por el que ese encuentro nada normal con lobos se había dado siendo que las únicas criaturas vivientes de ese bosque sin salida que los rodeaba habían sido los pájaros.
Odiaba pensar que sus presentimientos podían llegar a cumplirse y esa maldita de Tanya tuviera algo que ver con todos esos acontecimientos.
Desde hacía días, especialmente después de lo que hizo con Isabella había experimentado esa sensación de desgracia inminente que hacía muchos siglos no sentía.
Queria estar preparado para lo que fuera que se avecinara. Creía estarlo, pero desde que era humano nunca había gustado de las cosas imprevistas, ni de las sorpresas ni de las decisiones tomadas a última hora. Como vampiro, esa sensación de descontrol lo sacaba de quicio.
Igual no tenía manera de saber qué era lo que pasaba, no tenía medios para escapar y a pesar de sus habilidades vampíricas seguía siendo el mismo prisionero de siempre. Lo cual no lo hacía especialmente feliz. Miró hacia la mansión y enfocó sus ojos en la torre oeste, donde sabía que estaba ella. Su cuerpo se llenó de lujuria instantánea por la sangre cuyo sabor estaba prendido de su lengua de una manera enfermiza. Sabía que tarde o temprano tendrían que verse nuevamente y también estaba ansioso por saber qué pensaría ella ahora que había sobrevivido. Las mujeres eran rencorosas, eso lo sabía demasiado bien, pero el hecho de no conocer realmente a Isabella Swan no le daba la completa seguridad de adivinar lo que le diría cuando lo volviera a ver. Se dio la vuelta y corrió a velocidad vampírica por el terreno entrando a la mansión en un segundo. Sus rápidos pasos lo dirigieron hacia el despacho donde la vio por primera vez. Cuanto tiempo había pasado desde entonces, en ese momento no se hubiera imaginado todo lo que ella alteraría en su ordenada y longeva vida.
