Disclaimer: Dragon Ball pertenece a Akira Toriyama. El nombre del fic es el tema de Vegeta en el Kai.
Saiyan blood
CAPÍTULO SIETE
Zaabon entró hecho una furia al cuarto de baño de su habitación tratando de limpiar la mancha hecha en su traje con una fruta lanzada por uno de esos miserables habitantes de la Invernada.
— ¡Tsk! Ese maldito ganado, de no haber interferido él los hubiera matado —dijo en voz alta, al notar que a pesar de limpiar la mancha con una tolla húmeda todo esfuerzo por hacerla desaparecer era inútil.
— ¡Oh, vamos! No me digas que estás molesto por esa cosa tan infantil.
— ¡G-gran Freezer! —dijo sobresaltado, viéndolo en el reflejo del espejo del baño.
"¿De dónde demonios salió? El scouter no lo detectó", pensó al momento de voltear y quedar de frente.
— ¿O es que lo que te molestó fue escuchar mis órdenes, soldado Zaabon? —preguntó Freezer, de brazos cruzados y recargado en el marco de la puerta.
El de la cabellera color jade tragó saliva. Sabía que el emperador escuchó su queja.
— ¿Soldado Zaabon? ¿No me respondes? —bajó la mirada, ese mote sólo lo utilizaba cuando los demás estaban presentes o porque lo que seguía no sería nada bueno.
—N-no, no es lo que quise dar a entender, Gran Freezer —atinó a responder. Lo escuchó que se acercaba a él, miró el dedo índice del emperador señalándole la mancha y después subiendo poco a poco hasta llegar a la altura de su barbilla.
El movimiento le indicó que alzara la vista y obedeció, aunque con un poco de temor.
—Ve a darte un baño, no pienso tocarte después de haber salido de la Invernada —Freezer salió del cuarto de baño, cerrando la puerta tras de sí.
Zaabon dejó salir todo el aire contenido.
—Maldición —murmuró entre dientes.
—Apresúrate, soldado Zaabon.
El de los ojos melados se tomó su tiempo, a él tampoco le agradaba mucho la idea de estar dentro de la Invernada, pero había tenido que hacer ese trabajo porque de cierto modo el escoltar a Bulma seguía siendo parte de su trabajo. Torció los labios. Existían días en los que deseaba jamás haber escuchado por primera vez a la chica, en aquel lejano planeta. Pero lo hecho, hecho estaba y sus padres le enseñaron bien desde pequeño que el quejarse y lamentarse no arreglaba nada y lo mejor era vivir con las consecuencias de sus propias decisiones o tratar de remediarlas. En esta ocasión sólo le quedaba resignarse.
Sus labios adoptaron una línea recta. Hacia bastante tiempo que no pensaba en sus padres y sus orígenes. Nada de lo que le rodeaba estaba diseñado para eso y Freezer no se lo permitiría jamás. Por eso, a veces sentía cierto recelo porque a la mujer científica se le permitía referirse a sí misma como 'Bulma Brief'. A pesar de eso, la verdadera procedencia de ella seguía siendo un misterio. La verdad es que le resultaba un tanto extraño que el emperador nunca le preguntara sobre esos datos. Si ella era inteligente, seguramente más de su raza lo serían y podrían estar bajo las órdenes del imperio.
Pero todo seguía en el más cuidado misterio y secreto. Claro que Zaabon tenía sus propios métodos para averiguarlo, pero había preferido no hacerlo para no contradecir a Freezer, lo había terminado de constatar cierto día en que Doddoria apenas si lo sugirió. El emperador le echó una de las peores miradas posibles y al ser rechoncho no le quedó de otra que tragarse el enojo y la humillación.
A pesar de todo eso, Zaabon seguía echándole un ojo de vez en cuando, sólo por si las dudas. La verdad era que en más de una ocasión la científica había demostrado una gran lealtad por los ideales del imperio y en algunas incluso había participado activamente junto a ella y las vigilancias se habían ido espaciando poco a poco.
Ya no importaba después de todo.
Zaabon se sumergió un poco más en el agua, aguantando la respiración y cerrando los ojos. Dentro de ella se sentía muy a gusto y le hacía recordar su hogar quieto y apacible… sereno y calmo se dejó llevar por un instante, hasta que la figura de un reptil apareció en su mente. Sus ojos se abrieron de inmediato y sacó una mano del agua, mirándola un poco regordeta y con lo que parecía algo similar a la piel de gallina. Se asustó un poco y salió apresurado del agua hiendo hacia el espejo, sólo para encontrarse con un rostro hermoso y perfecto.
Soltó el aire contenido y recargo sus manos, ya normales, sobre el lavabo, mirando el tubo de drenaje como si éste tuviera algo interesante. Luego secó su cuerpo y salió del cuarto de baño sin nada puesto encima. Del otro lado de la habitación se encontraba Freezer, miraba el exterior a través de la ventana con los brazos cruzados. Notó que movía la cola de un lado a otro y eso solía hacerlo cuando se encontraba impaciente…
—Perdón por la demora Gran Freezer, pero me sentía verdaderamente sucio —dijo sin moverse de su lugar.
—Estabas a punto de matarla si yo no te detenía a tiempo —dio un coletazo.
…o cuando estaba realmente enfadado.
Zaabon tragó saliva, recordando el incidente en la Invernada. Cómo se había cabreado al escucharle decir que no le hiciera daño a Tarble. Entonces hizo un mohín con los labios, frunciéndolos hacia arriba.
—Y encima hiciste tu rabieta al llegar aquí —Freezer le miró, girando medio cuerpo y sin descruzar los brazos.
Zaabon no respondió nada. Era mejor así. Ahora a él sólo le tocaba guardar silencio y aguantar el castigo que vendría.
—Acércate —ordenó y el de cabellos de jade caminó hasta él, ofreciéndole la espalda al momento de alzar su cabello suelto y todavía húmedo.
Freezer miró las cicatrices de la piel. Se maravillaba que esa parte del cuerpo pudiera resistir tanto, los castigos siempre eran infligidos es ese lugar. No en las piernas y mucho menos en el rostro. Siempre en la espalda y con un espejo al frente, pues el emperador disfrutaba de ver el rostro contraído de su soldado.
—Te lo has ganado, Zaabon —le dijo, soltando su aliento tibio que chocó con la piel expuesta y erizada. No hubo tiempo de sentir más pues el primer choque llegó y la sangre tibia comenzó a resbalar por la espalda.
Zaabon se mordió los labios y cerró los ojos. Sabía lo que significaría eso, pero era como si su mente y cuerpo lo deseara.
— ¡Quiero oírte! Sabes que me gusta oírte —le gritó, al tiempo en que se acercaba y le tomaba por la barbilla, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás—. Y mírame —siseó, soltándolo con brusquedad.
El primer gritó que escuchó lo regocijó y el segundó lo excitó, pero para el tercero no lo soportó más, juntando sus cuerpos. Zaabon mismo se sorprendió. Parecía como si Freezer hubiera perdido el control y sonrió complacido.
((…))
Zaabon haló la sábana, pues con el anochecer la temperatura en el Planeta Central descendía. Notó que Freezer seguía recostado a un lado, con los brazos detrás de la nuca y mirando el techo. Su descontento había desaparecido, lo sabía, pero ese gesto seguía en su rostro.
—Mentiroso —le dijo adormilado y cansado. Freezer le miró de soslayo, no parecía haberse molestado por el comentario—. Dijiste que te irías y que no regresarías hasta que el experimento terminara.
A Zaabon le pareció verlo sonreír, pero el sueño terminó por vencerlo.
—Y yo debería darte otro castigo por ser tan confiado —dijo Freezer, sin importar que el otro ya estuviera durmiendo. No estaba molesto, nada podría ponerlo de mal humor en esos momentos.
((…))
Los restos del cuerpo calcinado de Nappa caían sobre el rostro fino de Bulma. Un frío la invadió y estuvo a punto de comenzar a gritar sino hubiera sido por que los de Tarble acallaron su mente.
— ¡Ayúdalo! —Zarandeó a Goku— Tienes que hacerlo o él va… —el chiquillo se mordió los labios, cerrando los ojos para impedir que sus lágrimas salieran. Un príncipe saiyajin jamás debía llorar y mucho menos frente a sus súbditos.
—Ayúdalo, por favor —volvió a hablarle con la voz entrecortada.
—Iré… —titubeó un poco— iré por Dende, él podrá curarlo, estoy seguro.
Tarble le hizo una señal de asentimiento y Goku estaba a punto de marcharse cuando la mano de su hermano lo asió con fuerza.
—Raditz —protestó el menor.
—Tú no irás a buscar a nadie —dijo con firmeza.
—Pero si no lo hago… —Goku miró a Vegeta y luego a Tarble.
—Es una orden, yo soy el príncipe y tienen que obedecerme —bramó.
— ¿En serio? Lo que Vegeta, el verdadero heredero diría, sería algo como: 'si no es lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a eso, entonces es que no era un digno saiyajin'. Al menos eso es lo que siempre dice de ti, mocoso.
— ¡¿Cómo te atreves?! —Tarble se levantó, encarando al más alto— ¡A mí no me importa lo que él diría, yo soy diferente a eso y a toda su mierda de diferencias raciales y yo le estoy ordenando a Kakarotto que vaya a buscar a Dende!
Bulma se sorprendió de esas palabras ¿Era posible que, aún entre los saiyajin quienes estaban acostumbrados y educados para combatir, existieran esa clase de diferencias? Tan sólo unos minutos atrás fue testigo que podían eliminarse entre ellos sin remordimiento alguno y ahora el otro lloriqueaba porque deseaba salvar la vida de su hermano.
Miró a Raditz. Él tenía toda la finta de que si a Goku le pasaba lo mismo no movería ni un solo dedo. Aunque, el día en que los soldados y científicos llegaron por éste, Raditz fue de los primeros en protestar, hasta que Vegeta le había dado la orden de guardar la calma.
Se sintió confundida ¿era posible que fueran tan diferentes entre sí? Nappa hacia unos instantes la había amenazado… y Vegeta la había salvado. Movió la cabeza negativamente en forma reiterada. Vegeta no la había salvado, simplemente su molestia se debió a que le desobedeció. Pero lo cierto era que, al parecer, el príncipe no la deseaba ni mucho menos.
Vegeta es un aguafiestas, a él no le gustan esa clase de cosas.
Recordó que Tulece y Nappa lo dijeron.
¿Era posible entonces, que en el fondo lo hiciera para ayudarla?
"Nappa está muerto, él bien hubiera podido hacerme lo mismo cuando estábamos en la casa, pero prefirió marcharse y luego simplemente me echó", pensó la ojiazul, olvidando por un momento que la amenazó.
Miró a Vegeta, aún sin la ayuda de un scouter supo que su ki estaba disminuyendo considerablemente y a un ritmo alarmante. Para haber eliminado a ese grandullón sin cerebro debió haber utilizado demasiada energía y forzar a su cuerpo a resistir la anulación a la que se vio sometido. El domo que cubría a la Invernada y el mismo dispositivo que llevaba en la cola, habían sido capaces de resistir semejante fuerza porque estaban diseñados con la misma aleación de las armaduras de los soldados. Eran prácticamente irrompibles, para que nadie más saliera de ese lugar con vida.
Apretó los puños con fuerza. Lo que estaba a punto de hacer era una cosa que muy probablemente se recriminaría después, pero algo en ella la obligó a hacerlo.
— ¡Basta ya! —gritó de pronto, llamando la atención de los tres saiyajin—Si siguen perdiendo el tiempo de esa forma, su príncipe se morirá ¿quieren en realidad eso?
—Vegeta jamás aceptaría la ayuda de un namek —habló Raditz.
—Entonces lo haré yo. Goku me conoce y confía en mí —se acercó a ellos.
— ¿Tú? ¿Acaso tienes poderes de curación como Dende? —dijo su 'amigo'.
Bulma se sorprendió un poco.
"Se suponía que nadie podría utilizar sus poderes aquí adentro", pensó la chica, sintiendo que el peligro volvía a rondarla.
—Soy capaz de sanarle, pero necesito que confíen en mí.
—Él se rehusará —volvió a objetar Raditz.
—Pero al menos a mí ya me conoce, creo que será más llevadero para él que lo haga yo y no un extraño.
—Hazlo —ordenó Tarble antes de que Raditz volviera a interferir— Y cualquiera que vuelva a decir algo al respecto, ya me encargaré de saldar cuentas.
El de la cabellera larga le miró sin decir nada. Los ánimos estaban caldeados y quizá Tarble era capaz de asesinarlo como su hermano lo hiciera con Nappa o quizá no. Pero lo mejor era no tentar más a su suerte. Se hizo a un lado para que el menor de los príncipes cargara a Vegeta y lo metiera a la casa, seguido de los otros dos.
Raditz se quedó todavía unos minutos más afuera y cuando estaba a punto de entrar, algo en el suelo le llamó la atención y lo recogió. Se trataba del dispositivo de Bulma. Sin darle demasiada importancia en esos momentos lo guardó entre sus ropas y finalmente entró.
Llevaron a Vegeta al segundo piso, recostándolo en el rincón que le correspondía. Bulma entonces se dio cuenta de que en toda la casa no existía ninguna clase de muebles y recién caía en la cuenta de que los utensilios que tenían eran escasos y muy rudimentarios. Los miró a todos, sus ropas estaban un poco deslucidas y poco abrigadoras. Pensó en el frío natural que en el Plantea Central se sentía al caer la noche, aunque ellos no tenían de qué preocuparse pues la temperatura en la Invernada era templada todo el tiempo. Aun así, por un instante una clase de remordimiento se le clavó en el corazón, pues ella era la responsable del diseño y planeación, no sólo del lugar, sino de la clase de vida en él.
—Ahora necesito que nos dejen solos —dijo al momento de sentarse sobre sus piernas flexionadas.
— ¿Cómo? ¿No lo curarás aquí? ¿Delante de nosotros? —dijo Tarble, mirando alternativamente a la chica y a Goku.
—Por eso les dije que confiaran en mí ¿Sabes? Soy una chica y… necesito mi propio espacio —Bulma notó todavía la desconfianza, entonces le puso la mano sobre el hombro—. Tu hermano estará bien conmigo, te lo aseguro. No tienes nada que temer.
—Vamos, Tarble, yo confío en ella —Goku le puso su mano en el otro hombro.
El de los cabellos en punta miró a su amigo, luego a su hermano y finalmente asintió en silencio y salió de la habitación. Goku se fue tras él. Bulma todavía se quedó un instante observando hacia la puerta, como asegurándose de que no volverían o de que en cualquier momento Raditz entrara haciendo nuevo escándalo. Pero nada de eso sucedió.
Se arremangó una de las piernas del pantalón hasta la altura de la pantorrilla y desató una cintilla que llevaba alrededor de esta, la cual sostenía una cápsula Hoi Poi. La apretó, dejando paso a una caja de plástico, del tamaño de una cosmetiquera. Al abrirla el compartimiento de arriba se deslizó descubriendo la parte inferior donde se encontraba una jeringa como de cinco centímetros.
Los ojos de Bulma se clavaron en ella y un sudor frío la invadió, para mover la cabeza de un lado a otro.
—Este no es el momento —se dijo en voz alta y volvió a recorrer la parte de arriba, ahí se encontraban varias cápsulas bien acomodadas y debidamente etiquetadas. Escogió una de color azul con el número diez y la abrió, saliendo un frasco dividido en dos partes. En una llevaba varias pastillas y en la de abajo lo que parecía ser agua. Sacó una y le hizo tomar el comprimido a Vegeta.
Guardó la Hoi Poi y después sacó la numerada con el cinco. Esta vez el frasco era más grande y, dejándolo a un lado buscó entre las cápsulas. Chasqueó la lengua.
— ¡Maldición! He traído todo lo necesario menos algodón y compresas —miró a su alrededor pero no encontró nada que pudiera ayudarle. Iba a llamar a los chicos, pero hacerlo sería mostrarles su botiquín y generar mayor desconfianza a su alrededor. Soltó aire, frustrada y molesta, entonces se percató de las mangas de su sudadera. No había remedio y, además, le estorbaban. Las desprendió e improvisó un paño en el que vertió la sustancia del frasco, que no era otra cosa más que el mismo líquido regenerador que utilizaban en las cámaras de recuperación. Era cierto que no tendría el mismo efecto, pero ayudaría.
Con el paño fue limpiando poco a poco las quemaduras del cuerpo y pronto se dio cuenta de que tendría que quitarle la ropa al saiyan. Las manos se le helaron y se sintió incómoda al irlo haciendo.
—Vamos, Bulma, no es para tanto —se decía al momento de batallar para cargarlo y desvestirlo. Rio entre dientes, jamás se habría imaginado tratando de salvar la vida de un saiyajin.
Se detuvo mirando el torso desnudo, el suficiente tiempo para que pudiera recobrar el aliento.
—Salvarle la vida ¿eh? —frunció el ceño y recordó la jeringa que guardaba en su caja, pero aun así retomó su labor de administrar la medicina y limpiar las heridas, notando las viejas que ya permanecían ahí.
Heridas adquiridas en numerosas batallas, seguramente aniquilando a miles de personas y destruyendo mundos. Apretó los puños, imaginando repentinamente el rostro desencajado por la crueldad y, asustada se echó para atrás. Sus ojos reflejaron la angustia que el pensamiento le hizo sentir.
"Él te salvó la vida", pensó.
"No, no es verdad. De haber escuchado la explicación de Nappa, ya estaríamos muertas en estos momentos", le dijo otra vocecilla en su cabeza ¿Bulma se daba cuenta de que estaba tan confundida que empezaba a hablarse como cuando Tulece le dejó abandonada en aquel planeta?
Echó la cabeza hacia atrás, apoyándose entre tanto en las palmas de las manos, sentada aún a varios metros del príncipe. Trató de inspirar y espirar para calmarse, cuando logró sentirse un poco más tranquila gateó hasta llegar a un lado de él y volvió a encapsular todo, dejando la Hoi Poi en donde estaba guardada. Terminó de vendar las heridas y se percató de que las más superficiales comenzaban a sanar ¡Esa medicina sí que era una maravilla!
Lo observó por un instante más y decidió recostarse cerca, pues siempre era necesario tener cuidados y estar al pendiente. Pronto comenzó a sentirse adormilada. Sonrió, nuevamente con un sentimiento de ironía.
"Le he salvado la vida, para después matarlo… como lo hice con Tulece", fue su último pensamiento antes de perderse en sus sueños.
((…))
Bulma no había tenido tiempo para descansar y mucho menos. Tan sólo al día siguiente de haber llegado al planeta, la llevaron al área de medicina e investigaciones en donde se le presentó al jefe del lugar. Su nombre era Ponto y tenía una extraña familiaridad con un pez. A Bulma eso le hizo un poco de gracia, pero nunca hizo comentario alguno.
Notó que algunos de los que trabajaban ahí le miraban con recelo y hasta la evitaban. Sin embargo, el jefe Ponto era ajeno a todo eso y parecía no importarle.
—Esta es el área más restringida de todo el imperio, jovencita —había dicho desde el principio—. Todo lo que se hace aquí, aquí se queda. Si alguien se llega a enterar de lo que hacemos, a ese alguien lo matarían no sin antes obligarlo a confesar quien le dio la información. No necesito decirte lo que pasaría con el boca floja ¿cierto?
—Entiendo, nada de andar hablando con otros —respondió de inmediato—, pero supongo que al menos a mí podría decirme lo que hacemos en este laboratorio.
—Bien, es simple. Hacemos investigaciones genéticas y biológicas a fin de que Freezer alcance la vida eterna. Hasta el momento no hemos tenido muchos avances, pero me han informado que eres todo un genio. Veamos si es así.
Ponto dio media vuelta, tomando una carpeta rebosante de papeles y los llevó hasta una mesa en donde se encontraba un monitor y varias máquinas más pequeñas. Se volvió para mirar a Bulma y frunció el ceño.
— ¿Qué es lo que te pasa, jovencita? —ella le miró con sorpresa ¿Es que tanto se notaba su desconcierto y terror? Ponto soltó un suspiro y tomó asiento en la única silla que se hallaba enfrente de la mesa—. A nadie le gusta este trabajo, pero alguien tiene que hacerlo.
— ¿A qué se refiere, jefe? —le preguntó, tratando de serenarse.
—Sé lo que estás pensando: 'No quiero trabajar en un proyecto que nos condene a todos. No quiero participar para darle la vida eterna a ese desgraciado' —hizo una pausa y ella comenzó a negar, cuando él la detuvo con un ademán de la mano—. Pero nada de eso te servirá, al menos que quieras que tu familia o tú mueran.
—Yo no tengo familia, los mataron los saiyajin —le dijo, en teoría no estaba mintiendo.
—Entonces estamos igual. Pero a estas alturas ya no podemos hacer nada por cambiarlo. Así que a partir de hoy tu puesto será éste —se levantó de la silla y palmeó la mesa—. Ordenarás todos esos papeles y pondrás al día la base de datos.
—Pero yo… —comenzó a protestar, pero el jefe ya se estaba marchando— Soy una científica, no una simple asistente —con la mano derecha le dio un leve empujón a la silla e hizo un puchero de fastidio. Sin embargo, no le quedó de otra que comenzar con el trabajo.
Los días y las semanas siguientes se la pasó en el mismo sitio y cada vez que pensaba que estaba a punto de terminar, cualquiera de los doctores aparecía con un enorme paquete de carpetas atiborradas. Y siempre que preguntaba por Ponto le respondían lo mismo: 'El jefe está muy ocupado por el momento'. Eso en el mejor de los casos, porque los había quienes sólo le miraban con recelo y se marchaban en silencio.
Cierta mañana, cuando la mesa se encontraba repleta de papeles y otros tantos alrededor de la silla y escritorio, uno de los doctores le llevó todo un carrito lleno de carpetas.
—Para hoy —dijo sin siquiera saludar.
— ¡Estoy harta! Yo he venido hasta aquí por ser científica y quizá hasta más inteligente que alguno de ustedes, como para que sólo lleve la contabilidad de sus facturas —Bulma lanzó libros y carpetas al suelo, se sentía frustrada y agobiada.
Lo menos que hubiera podido hacer era irse a quejar con Freezer por el trato recibido, después de todo Zaabon mismo le había preguntado en varias ocasiones, cuando le visitaba en su habitación, que cómo iban las cosas en el laboratorio. Pero ella había preferido callarse y aguardar, pensando que podría tratarse de la típica novatada y que pronto se arreglaría la situación. Además, también cabía la posibilidad de que dentro del área se manejara su propio reglamento y que de andar cotilleando por los pasillos, el mismo Ponto se encargara de que Freezer los eliminara o al menos esa impresión le daba.
Escuchó aplausos detrás de ella y al volverse se encontró con Ponto.
—Muy bien, jovencita —le dijo— Has aguantado bastante y sin irle a lloriquear a Freezer. Ven aquí.
Bulma tardó en reaccionar y salir de su sorpresa, pero al notar que el jefe se perdía en uno de los pasillos del lugar corrió para alcanzarlo. Ella le miró y por su expresión supo que lo más inteligente era guardar silencio.
—La mayoría de la gente no te tolera —le soltó sin más.
—Ya me había dado cuenta —le respondió sin mucho ánimo.
—Te lo digo para que no vuelvas a alardear de que eres más inteligente que nosotros, aunque quizá sí sea cierto.
Llegaron hasta una puerta que al abrirse dejó al descubierto un nuevo laboratorio.
—Tu primer trabajo de verdad —le hizo un ademán con la mano a fin de que pasara—. Freezer quiere que le construyas un nuevo tipo de cápsulas, para transportar cosas más grandes.
— ¿Se refiere a las Hoi Poi? ¿Con qué tanta capacidad las desea?
—Lo suficiente para llevar toda una ciudad.
— ¿Qué? ¡Eso es una locura! Se necesitarían varias para hacer eso y…
—Tienes dos días, es el plazo que le he pedido para ti.
— ¿Qué? —esta vez gritó.
—Tal vez si te hubieras quejado antes con él por lo que hacías aquí, hubieras aprovechado muy bien el mes que te dio en un principio —Ponto salió del laboratorio, dejando a una Bulma muda de rabia, cuando lo notó que regresó— Y además dijo que no te olvidaras de diseñar también su residencia.
— ¡Eres un desgraciado, Ponto! —le gritó, ya sin importarle el estatus del otro.
((…))
Las ojeras coronaban las ojos de Bulma y faltaban escasas dos horas para que amaneciera y cinco para que su plazo terminara. Estaba muerta de cansancio y la cabeza le dolía a punto de estallarle, pero a pesar de ello se sentía feliz porque el trabajo estaba hecho. Había decidido comenzar con el diseño de la casa de Freezer pues eso era de lo más sencillo. En la Tierra eran de las cosas más vendidas, así que era de lo primero que ella aprendiera a construir.
Caminaba por los pasillos desiertos del complejo militar cuando una punzada de nostalgia le invadió ¿Qué estarían haciendo sus padres y sus amigos? Miró el reloj y, haciendo un cálculo rápido, supo que allá eran como las tres de la tarde. Seguramente sus padres estarían tomando una refrescante agua de frutas y charlarían sobre moda y mascotas. Sonrió al imaginárselos, aunque el gesto estaba cargado de tristeza.
Seguía caminando en círculos, pues los pasillos siempre estaban construidos de esa forma cuando, al salir al que conducía hacia la salida, vio a Tulece entrar al recinto.
El corazón de Bulma dejó toda tristeza a un lado y comenzó a latir a toda velocidad. Apenas caía en cuenta que había pasado bastante tiempo encerrada en el laboratorio que ni siquiera se había tenido que preocupar por esconderse o por pensar en él.
Sus pies se paralizaron y de pronto el terror se apoderó de ella. En esta ocasión no llevaba la bendita capa para esconderse, la había dejado olvidada en el perchero de su casillero.
FIN DEL CAPÍTULO SIETE.
Me sorprende que mi musa me siga acompañando después de tanto tiempo, así que aprovecho y escribo lo más que puedo.
