"There's a fine line, between love and hate
and I don't mind
just let me say that I like that
I like that"

The Diary of Jane- Breaking Benjamin

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El murmullo constante de los comensales se alzaba como un zumbido, tanto o más molesto que el chirriar de los cubiertos sobre la costosa porcelana, obsequiando un fondo de sonido repetitivo a sus pensamientos. Con todo ello, y a pesar de que su malhumor amenazaba con alcanzar nuevos niveles de irritación, el muchacho de apenas diez años mantuvo su estoica mueca de adulto, evadiendo eficazmente las dagas que su padre le asestaba con cada mirada dura para enfatizar así las expectativas sobre su futuro.

Que el General Eleison Blackraven, con su voz de mando y un fuerte ceño, se ufanase de las habilidades de su primogénito, no justificaba que el niño bajara la guardia por un par de elogios, ni siquiera por más prometedor que se viera, por lo que Credo, estaba acostumbrado a las presiones de su padre y todo un entorno que lo habían nombrado futuro General de las tropas del Salvador, mucho antes de abandonar el útero de su madre Cornelia.

Sin embargo, y a pesar de que ya estaban habituados a los filosos comentarios del General, los invitados de esta noche percibían cierta tensión en el ambiente que ni el menos avispado se animaría a pasar por alto. Las miradas recelosas que compartía el muchacho Blackraven con el invitado de lujo frente a él lo daban por hecho; y aunque se sabía fuera de lugar la presencia de dos niños en una mesa repleta de adultos, nadie contradijo la disposición, pues era sabido también, que el General Blackraven conducía a su único heredero como si se tratase de un adulto, y el niño no lo defraudaba en absoluto.

_ "Credo" La mujer a su lado le murmuró._ "Deja de mirarlo como si fuera una anomalía. Compórtate"

_ "Si madre" Contestó con calma. No iba a pedir perdón así se ganara un par de nalgadas.

El muchacho se llevó el tenedor humeante a la boca sin ademanes enérgicos, más bien muy calculados, y aprovechó para suspirar inaudiblemente.

Ya habían pasado más de cuatro meses desde que su padre le había blanqueado, a medias, la situación del niño frente a él. Con su habitual actitud que no admitía devaneos, Eleison le había dicho que el pequeño albino ahora formaría parte de la noble familia, pero que a motivos que no se le develarían al momento, el muchacho no abandonaría la Black Hawk hasta su mayoría de edad, y que se lo mantendría como en secreto de confesión.

_ "Le deberás respeto y obediencia como a un rey, ¿está claro?" Le había dicho por aquel entonces.

Credo, que solo pudo asentir con firmeza a la orden, comenzaba a llenarse de escrúpulos. ¿Cuál era su relación con el Salvador? Se le asemejaba demasiado, ¿Sería su hijo? ¿Por qué su padre lo mantenía oculto de los demás en la mansión de veraneo? ¿Por qué viviría en la Black Hawk, custodiado por los mejores hombres de Eleison, y no en Blackraven Hall como todos ellos? ¿Lo habría traído contra su voluntad?

Puesto que aún no hallaría las respuestas, supo con certeza una sola cosa. Los diez caballeros sagrados más importantes que hoy mismo circundaban la mesa y que conformaban la Ius Veritatis, orden secreta por encima de su Santidad y creada por su mismísimo padre, lo defenderían a capa y espada; pero, ¿De quién o quiénes? ¿Por qué ocultarlo de su Santidad y de la Orden de la Espada?

Alzó sus ojos pardos verdosos para encontrarse nuevamente con el par de zafiros frente a él, observándolo sobre el cristal de una copa de agua. La mueca de altanería o quizás el azul opaco de esos ojos como el hielo, que habrían helado la sangre del soldado raso más temerario, lo instó a sostenerle la mirada, instigando aún más su estado irritable.

Pocas cosas lo ponían de malas como el niño frente a él. Quizás se debía a la melindrosa algarabía que su entorno acertaba demostrarle en cuanto abría la boca para dar sus monosilábicas respuestas, o quizás era la profecía de orgullo paterno que Eleison parecía dispuesto a demostrar solo a su protegido en vez de a su real primogénito. Pero lo que sí era seguro, era que sensaciones contradictorias revolucionaban la templada y astuta mente de Credo, y eso no le gustaba en absoluto, pues presentía que eran sinónimo de debilidad.

El halo misterioso que cubría a Vergil y sus alrededores, amenazaba con romper las débiles cadenas que sostenían su curiosidad por mero respeto a la decisión de su padre, arruinando así su temple de acero. Su instinto estratega lo instaba a saber más de él; quería conocer sus debilidades, dando por sentado que un pequeño de siete años, huérfano y de dudosa procedencia, tendría alguna; quería subyugarlo mental y emocionalmente, para borrarle la mueca soberbia y de superioridad de su rostro; sentir celos lo mortificaba.

Pero así como podía notar la soberbia en su sonrisa pedante, también advertía cierta vacilación en su mirada, algo de tristeza mezclado a una amarga melancolía que le robaba los pocos vestigios de inocencia a sus rasgos angelicales. Como aquella vez que lo vio en el pasillo, aferrado a la falleba de la puerta que daba a esa habitación clausurada, esa de la que nadie salía y solo su padre y Cassandra entraban. Había notado su actitud vacilante, de mentón tembloroso y ojos arrasados por un par de lágrimas que no acertaban en desbordar.

Había sido la primera y última vez que lo había visto desprotegido, dudoso, arrastrándolo por una corriente fría que los envolvió en una espesa sensación de desasosiego, de miedo infantil, ese que su padre le sojuzgaba a suprimir porque no quería a un heredero enclenque y medroso. Sin embargo, ahí se había quedado Credo, parado a pocas varas, como hechizado por la vulnerabilidad del pequeño albino, preguntándose si conseguiría avanzar para cuestionarlo o apartarse sin darle mayor importancia.

El lamento que provino del otro lado de la puerta, separó al pequeño de la falleba como si le quemara y dio un respingo hacia atrás, el mismo que hizo sobresaltar a Credo a pocos pasos. Fue ahí cuando notó su presencia, y del mismo modo en el que se había permitido la fuga de esa emoción angustiosa, la suprimió con su altanera mueca de desprecio, antes de girar sobre sus pies y marchar lejos de Credo, con el porte de quien se sabe acreedor de un poder incalculable.

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Y ahora, a más de veinte años después, esa mirada helada que tanto lo había acompañado a lo largo de su vida, volvía a ensimismarlo en los recuerdos que trataba de olvidar. Siempre le generaba esa sensación de pesadez en el estómago, que provenía más del futuro incierto que lo arrostraba con él, más que con los años compartidos.

A pesar de que Blackraven Hall se encontraba en el auge de la fiesta, del barullo animado de los invitados, de la orquesta entonando minués y valses, la servidumbre al pendiente del trajín y de la luminosidad de las velas y los aromas que flotaban en el ambiente cálido del salón principal, Credo se había perdido en la dimensión que creaban esos ojos a unos cuantos pasos de él.

Recién llegaba a la fiesta, puesto que le entregaba su gabán negro a la sirvienta y con un ceño le indicaba unas pocas palabras mientras se mesaba el cabello blanco hacia atrás, en un acto inconsciente para calmar su mal humor. Tan ajeno a su índole, Credo reprimió eficazmente el despunte de sus comisuras, cuando lo vio recibiendo los comentarios aduladores de quienes lo circundaban para saludarlo.

Al igual que cuando pequeños, a Vergil las lisonjeras no le agradaban, de hecho las detestaba, sobre todo las que eran comparativas con su padre, pero como parte de su acuerdo con el viejo General, que se lo había pedido explícitamente, las soportaba con una más que evidente cara enfurruñada. Credo caviló que debía tratarse de un tema muy delicado del que quería hablarle para que el semidiablo se presentara esta noche en medio de la tertulia atestada de gente.

El Brigadier se llevó la copa a los labios al tiempo que suspiró largamente, agobiado por una rutina recargada de obligaciones y problemas. Además de la repentina carta de Vergil exigiendo el consenso de una reunión privada, y del aumento del espionaje a su alrededor, con la Orden soplándole la nuca en busca de que diera un paso en falso debido a que sospechaban su relación con el heredero de Sparda, de la infesta de demonios acreciente en los primeros días del invierno, el asentamiento de los rebeldes en la vieja mina abandonada y con ellos los disturbios que ocasionaban, las revueltas en los bares y prostíbulos, la demanda por más caballeros patrullando la zona del bajo, y las delegaciones de obligaciones por parte de Sanctus para con él, se sumaba la poca tolerancia que poseía para los eventos sociales.

Su esposa le había estado rogando por tanto tiempo la ejecución de esta tertulia, en honor al primer natalicio de su pequeña primogénita Kyrie, que a pesar de ser un hombre de fuertes convicciones, no había podido negarse a tal pedido. Después de todo, le había servido para acallar las habladurías sobre su supuesta alianza con el heredero de Sparda para desterrar la Orden de Fortuna, debido a que no se los había visto juntos desde la escandalosa boda del semidiablo con la hija de William Arkham. Por supuesto, y como debió suponer Credo, Vergil acababa de quebrar la armonía de su convicción con aparecerse así como así.

Se zafó del contacto visual al tiempo que la vio acercarse con su cadencia elegante, y nuevamente como cuando eran más jóvenes, su belleza le robó el aliento. Enfundada en un vestido esmeralda y de cotilla marfil que resaltaba el cobrizo de su cabello y el almendra de sus ojos, Edwina se aproximó a él con una cálida sonrisa.

Cuando llegó a su lado, sintió el delgado brazo enroscarse en el suyo y le devolvió la mirada, seria pero mansa; antes de volver los ojos a la pista, Credo le tomó la mano que descansaba en su brazo con disimulo y la acarició con movimientos circulares de su pulgar.

_ "Lo noto muy ensimismado esta noche, General" Le comentó en tono juguetón. Al no obtener respuesta, Edwina ajustó su brazo y le susurró: _ "¿Te encuentras bien, querido?"

_ "Sabes que no soy devoto a las reuniones sociales" Aclaró, por instinto, con un tono demasiado duro. Al verla vacilar con la mirada, se arrepintió. _ "Solo tengo demasiadas cosas en mente, querida ¿Todo en orden?"

Edwina le sonrió forzadamente y Credo no necesitó más para saber que le ocultaba algo. Era demasiado transparente. Por supuesto que la llegada de Vergil la había tomado con la guardia baja. Sabía que el murmullo se alzaría en un santiamén. Sobre todo con la viuda del Duque Merveilleux, padre de Edwina, departiendo como una reina en Blackraven Hall.

_ "Todo bien, querido. La noche marcha espléndida, solo que…"

Él sostuvo la mueca estoica. Su esposa vaciló antes de murmurarle con disimulo; sabía que su pregunta lo irritaría, pues Credo no acostumbraba a dar explicaciones.

_ "¿El señor Sparda recibió una invitación para esta noche?"

_ "El señor Sparda es un asiduo visitante de Blackraven Hall, mi señora. Jamás necesitó ni necesitará una carta de presentación"

_ "No, no. Por supuesto que no" Balbuceó Edwina. _ "Solo que no creí… Digo, jamás creí que asistir a tertulias fuera de su complacencia, además… no ha asistido con su señora esposa, y bueno… sabes… eso-"

_ "Tengo asuntos de capital importancia como para ocuparme de los problemas maritales de Vergil, Edwina" La interrumpió bruscamente, y la fuga de esa emoción lo avergonzó y enfureció, porque él nunca permitía que sucediera.

El tono profundo de voz fustigó el semblante de su esposa, que con las mejillas cenicientas y los ojos anegados, tragó saliva incómodamente y asintió. Afortunadamente, una criada se apersonó frente a ellos con un recado, alivianando la tensión.

_ "Mi señor, su excelencia Sparda lo espera en vuestro despacho"

'Excelencia' Credo reprimió una mueca irónica. 'Si Vergil la oyera…'

_ "Enseguida iré. Continua con lo tuyo"

A una reverencia, la joven se disculpó y continuó con su labor. Credo se volvió a Edwina y se desembarazó de su brazo, rozando a penas la mano con sus labios.

_ "Disfruta de la velada, querida"

Edwina lo observó marcharse y suspiró, medio congestionada por el corsé. A una señal delicada, ordenó a una criada que le acercara una copa de aguamiel. Necesitaba aplacar ese sabor amargo que le atizaba el malestar en el estómago; no por la discusión con su esposo, sino por la ansiedad que le generaba ciertas presencias esta noche. Solo bastaba con rogarle al Salvador que esta noche finalizara sin ningún atropello.

Siguió con la mirada a su esposo hasta que se perdió por el pasillo al final del salón, ese que al cruzar los cuatro patios, llevaba al interior de la mansión. Le preocupaba la cantidad insana de responsabilidades que caían sobre Credo, y aún más las que el hijo del Salvador le exigía sin ton ni son.

Edwina saltó de sus cavilaciones cuando divisó la rubia cabellera escabulléndose por los cortinados hasta el interior de la mansión. 'Alice Merveilleux' Dijo para sí, con una nota de desprecio. El infierno se la llevara.

La esposa de su difunto padre, Alice, apenas si le llevaba un par de meses de edad a una Edwina de dieciocho años, cuando desposó al viejo Duque Ambroise Merveilleux. Bastó con que se alzaran los cotilleos de infidelidad y matrimonio por conveniencia en contra de la joven cortesana, para que Edwina la aborreciera. No le bastaba solo con enlodar su apellido y haber matado _ porque estaba convencida de ello_ a su padre de un síncope, que aún seguía siendo el hablar de la sociedad, alegándose el mote de la amante del hijo del Salvador, casi como si fuera un título nobiliario. Porque de algo estaba segura, Alice y Vergil eran amantes.

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Sus botas rellenaron el silencio del pasillo con el agradable sonido golpeteando los tablones lustrados, dejando atrás el bullicio de la fiesta. La luz bajo el resquicio de la puerta de su despacho le indicó que ya estaba esperándolo. Entró. Lo halló de espaldas a unos pasos del escritorio, atento en el mueble de bebidas, donde escanciaba doble medida de wiski en un par de vasos. Se echó al coleto el primer vaso y el segundo se lo extendió sin mirarlo a la cara, mientras se volvía a servir otro trago.

Credo tomó la copa con calma, estudiándolo con su clásico silencio analítico y prolongado. Fue el semidiablo quien quebró el silencio tras vaciar el segundo vaso, caminando por detrás del escritorio para observar la luna carmesí tras el ventanal.

_ "¿Había necesidad de elegir un lugar tan atestado de estos imbéciles para nuestra reunión? Me pulularon desde todos los flancos; apenas si pude abrirme el paso hasta aquí sin mutilar a nadie en el proceso"

Era evidente que el alcohol lo hacía hablador. Si no fuera porque lo veía realmente alterado, Credo hubiera reído con ironía.

_ "Fuiste tú quien apuró la reunión. Tuve que improvisar. Además no podía abandonar Blackraven Hall esta noche. Habría sido muy inconveniente que me siguieran y nos encontraran conspirando a escondidas. ¿No crees que es suficiente alcohol?" Saltó de un tema a otro al notar el escancio en el tercer vaso. _ "No acostumbras a beber tanto"

_ "Yo diré cuando es suficiente"

Estaba muy molesto. Podría ser por una lista interminable de razones que variaban desde la pregunta desubicada de Credo hasta la más compleja sobre la apertura del hellgate. Con Vergil nunca se sabía, y como su silencio se prolongaba más de lo necesario, Credo se acercó para apoyar su vaso casi intacto sobre el escritorio.

_ "¿Cómo está todo por la Black Hawk?"

Él hablaba de la hacienda que Vergil había heredado desde la muerte de Eleison. Como legítimo heredero del clan Blackraven, el nuevo General de las tropas del Salvador y Maestre de la Ius Veritatis, Credo había obtenido total gestión de todas las propiedades y títulos nobiliarios, mientras que el semidiablo había recibido a buen gusto, la hacienda alejada del bullicio de la ciudad, que más bien por su envergadura y soberbia, casi competía con el castillo de Fortuna.

El joven General lo había juzgado justo y no había apelado contra el testamento de su difunto padre. Después de todo, Vergil, había sido para su padre como un hijo, y aunque el semidiablo no lo reconociera, el sentimiento era mutuo, pues Vergil había albergado, al menos, un profundo respeto y agradecimiento hacia el viejo General.

_ "Recibo carta de Cassandra todos los días. Al momento, sin novedades"

De nuevo el silencio tenso. Quebrarlo con una mala connotación sería poco avispado de su parte, sin embargo, el comentario que le había hecho Edwina emergió a la superficie.

_ "Hace mucho tiempo que no se muestran ambos juntos en público" Credo atestiguó la rigidez repentina en los hombros de Vergil. Sabía que abordar el tema de la joven no resultaba fácil _ "Deberías…"

_ "No he venido a ponerme al día con banalidades sin sentido" Por primera vez, Vergil se volteó para enfrentarlo con el escritorio de por medio. Su mirada, como siempre, no era amistosa _ "Hay que acelerar el proceso. Ya no se puede esperar ni un minuto más"

_ "Imposible" Credo oyó un gruñido bajo. _ "Sabes que lleva tiempo. Si lo apresuras, podría salir mal y no contamos con tanto margen de error. Un mal cálculo en la fase lunar y todo el plan sería echado por la borda"

_ "Tus huestes no resistirán lo suficiente. Apenas si pueden restañar las invasiones diarias. Con el tiempo, los pequeños vórtices se reforzaran y ni siquiera tus rebeldes, podrán contra las hordas de demonios"

_ "Lo harán si así lo ordeno"

Vergil hizo una mueca y ladeó la cabeza, con ese aire de condescendencia que tanto desentonaba con su verdadera índole. Sabía que Credo aún tenía dudas sobre la apertura del portal.

_ "¿Es que acaso te arrepientes?"

_ "Tu insinuación me ofende"

_ "Y a mí tu parsimonia me irrita. No hay motivo para aletargarnos. El día no afecta en absoluto el conjuro, solo la posición lunar. Ya entramos en fase. Tengo su sangre, la mía y una de las dos espadas. Podemos hacerlo"

_ "¿Desde cuándo te has vuelto tan impaciente?"

_ "¡Desde el preciso momento en que me arrebataron mi legado!" Prorrumpió Vergil e hizo estrellar el vaso de wiski en el marco de la chimenea. El alcohol montó un espectáculo chispeante y avivado al entrar en contacto con el fuego crepitante.

El silencio que sobrevino aletargó a Credo en una profunda reflexión. Ya no había dudas. Por más que Vergil se afanase en negarlo, la actividad de la luna había hecho mella en su impenetrable núcleo demoníaco. Sin dudas, el astro estaba haciendo estragos, entre las mareas tan revoltosas que impedían a los barcos zarpar, y a las copiosas tormentas de nieve que complicaban las calles de Fortuna, sin mencionar los innumerables vórtices que acarreaban cientos de demonios hacia este plano. ¿A ella también la estaría afectando? Después de todo, era descendiente casi directa de la sangre elegida.

Vergil se volvió bruscamente hacia el ventanal y apoyó una mano sobre el cristal recortado, admirando el esplendor carmesí de la luna. "Cada día más cerca y roja" se dijo con aire resignado. Era una maravilla que se mantuviera tan roja incluso durante el día, situación que alteraba de sobremanera a la población de Fortuna; estaban todos en guardia y él no era menos.

"¿Le pasará lo mismo a ella?"

Según Cassandra, desde su partida, la notaba cavilosa, callada y hasta ermitaña. No permitía la compañía de nadie por demasiado tiempo; recorría la mansión en silencio y se perdía en cabalgatas largas sobre la montura de Umbra; hasta se internaba en el bosque en busca de una buena caza para probar su arsenal, pero luego volvía envuelta en ese silencio que tanto extrañaba a su vieja cancerbera.

No había querido regresado a la ciudad ni una vez, quizá por temor a cruzarse con su padre, aunque Cassandra aseguraba que se debía a la discusión con su madre que había dado a lugar la última vez que la vio, el día exacto de su boda. Vergil se dijo que era mejor así, no era como si él le hubiera concedido una excursión, aunque le exigió a su vieja aliada que mantuviera ojo visor sobre ella cuando se internara en el bosque. Lo que menos quería era que esa mocosa caprichosa, se metiera en problemas antes de lo esperado.

Por otro lado, sabía que la última vez que se habían visto, le había exigido un estado de excitación que había logrado alcanzar por un beso y un par de caricias, pero jamás creyó que él caería en su propio juego. Había encontrado necesario alejarse por esa sensación que había creado el roce con su piel, el tacto de sus labios mullidos y suaves; la predisposición que ahora lo engatusaba para volver.

Ya no se trataba solo del deseo físico, quería volver a sentir el calor bullente de su mirada confundida, excitada, furiosa y temerosa; eso lo encolerizaba, porque iba contra todo pronóstico favorable para su plan. Ella no era más fuerte; no iba a tenerlo en su puño.

_ "No la tolero" Admitió aun de espaldas, siguiendo la línea de sus pensamientos.

Credo respondió con un silencio prolongado antes de comentar:

_ "No tienes que hacerlo. Solo aguarda lejos de ella. Cassandra podrá retenerla el tiempo suficiente"

_ "Cassandra sí, pero Arkham no se mantendrá lejos"

_ "¿Has sabido algo de él?"

Vergil negó suavemente con la cabeza.

_ "Está muy bien guardado"

Si bien frente a todos, Vergil se mostraba lacónico y distante, con Credo hablaba resueltamente.

_ "Según mis informantes, en casa de misia Kalina nadie lo ha visto desde la boda, y ella parece tranquila con eso. Dice que es normal que desaparezca por largos períodos de tiempo" Comentó Credo.

_ "Su silencio comienza a irritarme"

_ "¿Crees que esté planeando algo a tus espaldas?"

El semidiablo lo horado con una mirada por encima de su hombro.

_ "Lo ha estado haciendo desde que supo de mi existencia"

El General cuadró los hombros e irguió más la cabeza. Se sentía estúpido por dudar.

_ "¿Por qué le haz confiado tus planes entonces?"

_ "Jhm… ¿Confiado?" Se dio la vuelta para mirarlo de hito en hito. _ "Jamás confío en nadie… siquiera en mi sombra, tú mejor que nadie debería saberlo"

Credo le sostuvo la mirada con entereza, a pesar de que la visión del semidiablo con la luna carmesí de fondo, era un espectáculo que dejaba sin aliento, más por la intensidad de la mirada. Odiaba sentir esa molestia por su desconfianza. Decidió cambiar de tema.

_ "Hace un par de días fui a visitarla" Aclaró, como si Vergil estuviera en sus pensamientos. _ "Pide por ti a menudo, y a pesar de que no retiene el paso de tiempo, sabe que ha pasado mucho desde tu última visita"

_ "Jhm" el albino apretó los labios. _ "Tu discurso casi suena como un reproche"

_ "Lo es"

_ "No es asunto tuyo"

_ "Lo es" Insistió, elevando el tono. Vergil frunció el entrecejo. _ "Desde hace veinte años lo es. Tanto e igual que-"

_ "¡Suficiente!" Se encolerizó el semidiablo. Credo no titubeó y lo vio volverse al mueble de bebidas. _ "Quiero que aprestes tus huestes para dentro de diez días"

_ "Pero Vergil-"

El mitad diablo alzó una mano, aún de espaldas.

_ "Si no puedes cumplir una orden, encontraré a alguien más que sí pueda"

Credo lo observo por un instante antes de suspirar y asentir.

_ "Como desees"

_ "Bien" Vergil se echó al coleto el cuarto wiski. _ "Vuelve a lo tuyo. En cuanto termine de planear el asalto, te daré aviso. No hace falta que te aclare como debes actuar"

_ "Por supuesto. Con permiso" El General asintió con la cabeza antes de cerrar la puerta suavemente detrás de sí, dejando al albino solo en medio del silencio.

Entre tantas imágenes y pensamientos que se volcaban frente a él, mientras perdía la mirada plateada en la luna escarlata, solo el recuerdo de ese rostro transfigurado por la excitación, la sorpresa y el miedo, volvía a erizarle la piel. Se removió, incómodo con el cosquilleo que lo invadió hasta la entrepierna y masculló un insulto de puro fastidio. Jamás había sido concupiscente, solo había hecho lo necesario para mantenerse enfocado, pero con ella era evidente que había algo que despertaba su lado primitivo, la necesidad de poseerla, de marcarla como de su propiedad, sofocando el fuego tenaz en sus ojos para volverla líquida entre sus dedos, caliente y jadeante por más.

_ "Es evidente que me volví masoquista" Murmuró para sí.

Sabía que había tomado de más _ se había empinado un par de brandis en su apartamento antes de llegar a Blackraven Hall_ pero esta actitud, entre consciente de sus pensamientos tratando de entumecer las sensaciones que no podía controlar, estaba poniéndolo de malas. No poder poner orden en sus pensamientos lo estaba sacando de quicio.

Justo cuando creyó que estaba llegando a la cúspide de su malhumor, sintió el perfume femenino bajo sus fosas nasales y el taconeo suave proveniente del pasillo. La puerta se entreabrió y no necesitó voltearse para saber que un par de ojos azules, cargados de deseo, estaban observándolo desde lejos. Suspiró.

Tenía que deshacerse de ella. Alice se estaba convirtiendo en una rutina que comenzaba a fastidiarlo, más allá que en un principio le había prodigado lo necesario para aliviar la tensión y el mal humor, sin falsos melindres ni obligaciones. Desafortunadamente, la viuda de Merveilleux, se estaba convirtiendo en lo segundo.

Vergil volvió la mirada fastidiada por encima del hombro y el simple movimiento antes de girar, le ajustó la entrepierna en el pantalón. La vio bajo el vano de la puerta, con un vestido malva de ajustada cotilla y exuberante escote, y el cabello rubio en un pomposo peinado de bucles largos, sonriéndole con bribonería. Se volvió para perder la mirada tras el ventanal, oyendo el clic del pestillo al bloquear el cerrojo.

_ "Excelencia, ruego me conceda un par de minutos de vuestro valioso tiempo"

_ "Jhm. Te has vuelto demasiado descarada para ser una viuda"

_ "… ¿Supongo que es un no?"

La voz impostada de niña inocente le hizo apretar los dientes. Su esposa, jamás se las jugaría de damisela; era demasiado orgullosa para mendigar atención. Ese pensamiento lo fastidió lo suficiente como para darse vuelta y caminar en silencio hacia su presa. La olvidaría por las buenas o por las malas.

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Un par de días después…

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_ "Su-Su Santidad"

Sanctus endureció el rictus en su rostro cuando la voz repetitiva e irritante de Agnus, quebró la calma de su recinto. Con los ojos cerrados y desde su asiento, lo indagó:

_ "¿Están listos?"

_ "H-he debido hacer un par de rrreformas en los sssissstemas de seguridad para mmmmantenerlo a raya" Era evidente que estaba más nervioso de lo normal. _ "Suele tardar u-u-u-uun par de horas calmarlo y otro par pppara que rrresponda al estímulo dd-del generador. Ahora, si ussst_"

_ ¿Están listos o no?

_ "A-a-a-algunos aún no pasan el período de prueba. Qq-q-quizá deba_"

_ "¡Agnus!" El anciano asestó un golpe a la enorme mesa redonda. El científico dio un brinco. _ "He esperado lo suficiente. Quiero resultados. ¡Ahora!"

_ "Ppppodría enviar al ppprimer grupo y ver si responden a vuestras órdenes, su santidad. Ppppero temo que aún es demasiado ppppronto. Solo responden por completo a sus ppppropios instintos básicos"

El viejo vicario bufó y se puso de pie con una velocidad que desmentía su avanzada edad. Caminó, caviloso, con las manos juntas tras el torso y un ceño muy marcado. Tenía poco tiempo. Arkham le había asegurado que Vergil había abandonado su refugio bien cubierto, y que había dejado allí a la sacerdotisa, junto con un par de cancerberos que habían sido bien entrenados para velar por la mansión completa, y a la vieja Cassandra que era el ojo de halcón de toda la Black Hawk. Así la había llamado Arkham. Black Hawk. ¿Cómo es que tenía conocimiento de una mansión en medio de la nada, y él, que se contaba como el General que había recorrido cada rincón de Fortuna, no había sabido de ella hasta ahora?

Tenía sus dudas. ¿Por qué William le había vendido toda esa información recién ahora? ¿Por qué no antes? Por supuesto. No estaban planeando juntos, ni se estaban aliando. Él quería usar a la santísima Orden para encontrar la entrada a esa mansión, que más bien se asemejaba a un espejismo en medio del bosque, porque por sus propios medios le había sido imposible.

En honor a la verdad, Sanctus tampoco había develado el misterio y estaba seguro que la magia oscura tenía que ver con eso. Cada vez que enviaba a un grupo de exploradores, volvían muchos días más tarde, exhaustos y en un estado de estupor que lo colmaba de impaciencia. Le explicaban que habían merodeado por toda la zona, en círculos, y que ni dejando señales o marcas podían evitar perderse. Era una trampa. Y alguien muy avispado estaba tendiéndosela.

_ "Has dicho que tu vieja maestre, Cassandra, posee un alto conocimiento en el área de la alquimia ¿No es así?" Sanctus pensó en voz alta.

_ "Así es, su Santidad"

_ "Y que aprendisteis Todo de ella"

_ "Si, su Santidad" Angus contestó con menos bríos.

_ "Y entonces… ¿por qué tengo el presentimiento de que estás mintiéndome o bien eres UN BUENO PARA NADA QUE NO HA ENCONTRADO AÚN LA CONDENADA GUARIDA DE ESE MAL PARIDO?!"

_ "S-s-su Santidad. Vuestra Excelencia no comprende, eeeella ha de haberme ocultado aaalgún conocimiento. Eees que_"

_ "¡Suficiente!" Vociferó el vicario, más molesto por el tartamudeo que por la falta. _ "Envía al primer grupo" Ordenó. _ "Que rastreen el bosque en busca de esa condenada mansión. Con suerte, el campo energético que la cubre, reaccionará ante ellos"

_ "Ppero, es más probable que los pperdamos antes de que eeencuentren la dichosa mansión, su Santidad. Y no cccontamos con muchos ejemplares pppara_"

_ "¡Entonces crearemos más de ellos! ¡Cientos si es necesario!"

Agnus se preguntaba si Sanctus era consciente de lo que aquello acarreaba, del trabajo que significaba encontrar especímenes humanos lo suficientemente desesperados para convertirse en conejillos de indias o lo suficientemente estúpidos como para caer en la trampa. Las probabilidades de que algo saliera mal y la ciudad entera se viera afectada, eran altísimas, no solo por los riesgos que implicaba tales maniobras, sino que existía la posibilidad de que el pueblo se revelase contra la Orden bajo el mando de los rebeldes en menos de lo que canta un gallo.

Ya hacía algún tiempo que su contacto entre los mercenarios, el armero Finn, le venía soplando las ideas revolucionarias que los rebeldes iban plantando en las mentes ofuscadas de Fortuna. La falta de compromiso que la Orden mostraba con los más desamparados de la ciudad, se estaba volviendo en clara frustración y hostilidad. No faltaría mucho para que una sublevación rompiera con la burbuja en la que vivía su Santidad; Sanctus se había perdido en su codicia por dar caza al heredero de Sparda y a su legado, subestimando a sus feligreses.

Por su lado, Agnus se convino a reforzar la seguridad y reabastecer su escondite bajo el castillo de Fortuna. Al menos él no sería el perjudicado.

_ "Envíalos" Insistió. _ "Ahora fuera de mi vista"

_ "Ccccomo ordene, su Santidad"

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Acostumbrada a causar sobresalto en las personas _ella conjeturaba que se debía a sus ojos velados y a sus modos lacónicos_ Cassandra no se amedrentó al entrar en la cocina donde las criadas y Josefina debatían alegremente sobre la cena, que cayó en un silencio incómodo ante su presencia.

_ "¿La señora Sparda?" Preguntó en tono calmo y de igual modo serio. Josefina parpadeó.

_ "oh! Si, Mary no ha dicho donde iría, pero pidió a Eliseo que le ensillara a su yegua, por lo que debe haber salido a galopear un poco"

_ "¿Salió escoltada?" La dureza en su voz hablaba por si sola.

_ "…" Josefina miró a sus compañeras antes de negar casi con miedo. _ "Pues, no… verá… Mary no acostumbra ¡Cassandra!"

La mujer se interrumpió cuando vio a la anciana trastabillar hasta encontrar el borde de la mesa, donde se asió con mano temblorosa.

_ "Cassandra, por Dios ¿Se encuentra bien?"

_ "Si, sí" Balbuceó.

La visión que la invadió como una ráfaga, le había drenado la energía. Pero como segundos atrás parecía desvanecerse, Cassandra encontró las fuerzas necesarias, se levantó el ruedo de la saya y se apresuró por el hall hacia el jardín de la mansión. Las criadas, estupefactas, parpadearon y al reaccionar, algunas salieron tras ella. Josefina era una de ellas.

_ "¡Cassandra! ¿A dónde va?"

_ "¡Volved a sus quehaceres!" Vociferó sin detenerse, internándose en el bosque.

Cuando se supo fuera de la visión de las mujeres boquiabiertas en la galería de la Black Hawk, Cassandra corrió con una velocidad que habría generado más resquemores que sorpresa. Pocos sabían que su cuerpo era solo una cascara, y que contenía a duras penas una fuerza incalculable.

._.

._.

._.

Había dejado que Umbra ramoneara a lo lejos, atada a una rama más bien cerca del camino despejado, en tanto dejaba que sus pasos silenciosos no alteraran el flujo natural de los sonidos en la espesura del bosque. Las hojas de los cipreses se habían perdido bajo la espesa capa de nieve que se elevaba varios centímetros del suelo, y solo el canto ocasional de alguna ave rompía con la quietud, por lo que momentos como este valían la pena disfrutarlos.

Mary se acomodó a Kalina Ann con un jalón y respiró profundamente los aromas húmedos del bosque. Había despertado demasiado temprano para su gusto, más bien, no había clareado aun cuando la pesadilla la arrancó de su cama con bastante malhumor. Las noches se hacían largas, sobre todo cuando su cerebro no podía dejar de conjeturar, algo que no sumaba nada positivo a su estado irascible.

No saber de él también la ponía de malas. Preguntarse por él la ponía peor. Y ni que hablar, destinarle un pensamiento. No quería siquiera recordar su nombre. La humillaba su propia dualidad, esa que se marcaba aún más en la noche, cuando el recuerdo de su peso sobre ella, de los labios suaves presionando contra los suyos y el calor de su cuerpo que ella imaginó frío, la excitaba y la llenaba de resquemores, porque no comprendía cómo su cuerpo reaccionaba con tanta desfachatez ante un demonio.

"Un demonio…" Se dijo, apretando los dientes.

Por ello ahora, cargando todo su arsenal, se internaba en lo profundo del bosque para aplacar ese malestar.

La investigación, tampoco estaba dando sus frutos. En la biblioteca, a pesar de que no había sido fácil volver a entrar, no solo por los recuerdos, sino también por el meticuloso hermetismo con que el semidiablo la había bloqueado, encontró que todos los libros, mapas y posibles documentos, estaban escritos en idiomas tan antiguos y de intrincado vocabulario, que le arrancó una maldición.

De seguro, Cassandra había utilizado su poder oscuro para volver ilegible cada documento, con la clara intención de ocultarle todo. Porque de algo estaba segura, la anciana no tenía ni un pelo inocente; ya le había descubierto la rareza en sus ojos alabastro y esas manos enguantadas de largos y delgados dedos. Estaba segura de que no lidiaba con una simple humana. Estaba segura de que lidiaba con una vieja enemiga.

Para el colmo de males, su orgullo no se avenía a perecer en su enojo con Kalina Ann. El día de la boda, minutos antes de subir al carruaje que la traería a esta parte de Fortuna olvidada de todo, su madre la había tratado de majadera, de niña melindrosa e inmadura, cuando ella se plantó en sus trece a la hora de discutir sobre el futuro.

En realidad, Kalina había hecho un comentario relajado sobre sus esperanzas por convertirse pronto en abuela. Vergil había hecho un mohín y se había disculpado para atender unos asuntos con Arkham, mientras Mary había prorrumpido en desagradables carcajadas histéricas, dándole a conocer a su madre que podía seguir esperando sentada por la dichosa criatura.

Así de estúpida había sido la discusión, pero había sido suficiente para que la terca madre y su doblemente terca hija se distanciaran al menos por un mes y medio. Tarde o temprano, alguna enviaría nota para reencontrarse; por el momento, Mary no sería esa alguna.

La cazadora se volvió de sus cavilaciones cuando la fractura de una rama quebró el silencio. La sensación de ser observada la horadó. Por instinto, se quedó quieta y contuvo la respiración. Sin embargo, el grito, una voz aguda y estridente, penetró su columna vertebral como un frio helado que le erizó la piel y la hizo temblar inconscientemente. Los pocos pájaros se echaron a volar y ella se tomó unos momentos para analizar la situación. Se volvió despacio en sus pies.

Había visto incontables bestias, demonios y criaturas, que le habían provocado un vuelco en el estómago, un malestar que solo se aplacaba exterminándolos, pero con esta presa era distinto. ¿Por qué presentía que lidiaba con un ser humano? Definitivamente no lo era.

A unas cuantas varas y aferrada a un árbol altísimo que se ramificaba con los linderos, la extraña criatura la observaba, moviendo la cabeza de un lado a otro y agitando sus largas extremidades de modo convulso y rápido, como si no pudiera estarse quieta. Era tan blanca como la nieve. No tenía bello y su piel arrugada se le pegaba a las costillas, cráneo y huesos, como si de un desnutrido a punto de muerte se tratase. A la distancia, Mary pudo ver un par de ojos saltones azules más bien blanquecinos que revoloteaban en busca de algo. Quizá no tenía buena visión, conjeturó. Sus dientes afilados y alargados, babeaban con la boca abierta, por donde escapaba el aliento agitado, de tanto en tanto dando un grito de advertencia, o peor aún, una llamada.

Mary desenfundó su Walker muy lentamente. Sin embargo, el sutil movimiento alertó a la bestia, que dando brincos entre las ramas, se acercaba con una rapidez espeluznante. A pocas varas, saltó a ella con la boca abierta y las garras extendidas hacia delante, con la clara intención de servirse la cena.

_ "Cómete esto" La cazadora apretó los dientes y jaló del gatillo.

El impulso de la bala que le atravesó el cráneo, envió a la criatura de espaldas al suelo. Mary se quedó de pie, estudiándola con un ceño, aunque a una distancia prudente. No había humo, ni espuma que indicara la descomposición, por lo que no era un demonio clásico. No había portales abiertos, y en el medio de la nada, claramente tampoco había sido convocado. ¿Qué era?

La pregunta quedó revoloteando en su mente cuando la bestia se espabiló con un grito aún más fuerte, obligando a Mary a retroceder para desenfundar su Kalina. La criatura se alzó con un brinco y volvió a gritar. La cazadora apretó los dientes y la apuntó, con su dedo firmemente sobre el gatillo. Aunque algo desvió su atención hacia los árboles que la rodeaban y contuvo una maldición cuando se halló rodeada por tres demonios más. Llamarle instinto cazador, algo le había dicho que no moviera ni las pestañas. Retuvo la respiración.

La delgada y alta criatura se acercó con lentitud deliberada, revoloteando sus ojos, como si no pudiera enfocar su objetivo. Mary lo estudió de cerca cuando lo tuvo a palmos de su rostro. De seguro no tenía olfato. Su visión, claramente reaccionaba ante el movimiento, y aunque era pronto para afirmar, la cazadora sabía que las balas no le servirían de nada. Si tan solo pudiera llegar a las burbujas de cristal con explosivos que colgaban de la parte posterior de su cinturón sin alertar a ninguno de ellos, sería genial. Solo necesitaba una distracción que le diera unos segundos para escapar.

_ "¡Hey!"

Mary casi desorbitó sus ojos por la sorpresa, al oír a Cassandra a unas varas más allá. No la divisaba por completo, debido a que la bestia se interponía entre ellas, pero alcanzó a ver cuándo retiraba sus guantes de cuero, dejando al descubierto las uñas largas y negras que Mary jamás había olvidado. Se quedó paralizada, mirándola, mientras las criaturas se atropellaban para salir a su encuentro. La distracción había servido.

_ "¡Corra lejos, corra!" Le advirtió la anciana. Mary, en cambio, reaccionó.

_ "¡Hey!"

Las criaturas se debatieron entre una presa y otra. Finalmente se dividieron en dos grupos, dándole el tiempo a la cazadora para arrojar la primera burbuja de cristal. Cuando la delicada pompa transparente estalló en el suelo a metros de las tres bestias, el líquido azulino entró en combustión y pronto una columna de fuego cerúleo engulló a un par. Por unos segundos, se oyó como el grito de las dos almas, se liberaba en forma de humo azul, que se evaporó en la arboleda. Los restantes dos, se dividieron la presa.

Mary corrió para tomar distancia. Cuanto más creía que se alejaba, más se acercaba la criatura, que saltaba de rama en rama con la agilidad de un babuino.

Entre tanto Cassandra la veía desaparecer por entre los cipreses, notó que la restante criatura, se le acercaba corriendo a una velocidad maravillosa, pero que no le sirvió de nada al encontrarse cerca de la anciana. Con un movimiento veloz, Cassandra esquivó las garras de la bestia y la asió por el cuello con una fuerza que, de nuevo, desmentía su cuerpo avejentado. La mujer observó al demonio que intentaba arañarla y desasirse.

_ "…Un wendigo…" Murmuró cavilosa. Las uñas negras se clavaron en la piel dura del demonio, arrancándole un sonido doliente y agudo. La sangre comenzó a escurrirse.

Sus ojos normalmente blancos, se tornaron negros cuando las visiones centellaron su mente con la claridad de un relámpago. Por supuesto, debió trabajar duro para enfocarse en los recuerdos relevantes, puesto que con esa conexión, también viajaba a la antigua alma que había sido esa pobre criatura. Un humano, que por cierto, había sufrido demasiado en la vida. Sin embargo, convertirse en conejillo de indias, no tendría que haber sido una opción. Los recuerdos tortuosos del hambre y el frío sufrido antes de que su cuerpo completo cediera al demonio caníbal, eran los más difíciles de sortear, hasta encontrar aquellos que le servían.

_ "Agnus…" Pronunció con acento ominoso.

¿Qué es lo que se proponía su antiguo discípulo? ¿Por qué crear un ejército de humanos poseídos por un demonio tan común? Porque, de hecho, era claro que podían eliminarlos si se sabía cómo actuar. ¿O acaso los estaba perfeccionando para algo más? Ella sabía que una vez que el Wendigo poseía a un humano, matarlo sin las precauciones debidas, solo provocaba la liberación del demonio y volver a encadenarlo, sería una empresa titánica, para lo que el tiempo era crucial. Muchas vidas perecerían en el proceso.

Debía notificar a Vergil cuanto antes. Pero primero, había que salvarle el pellejo a esa muchacha descuidada.

Con un movimiento sutil, Cassandra clavó aún más sus garras y le quebró el cuello a la criatura, procurando que sufriera lo menos posible. El alma, no se había liberado, afortunadamente. Aun así, bisbiseó unas palabras en un idioma ininteligible y el cuerpo se desintegró como polvillo al viento. Se convino a encontrar a Mary.

Había perdido la noción de dónde se encontraba y las piernas se le estaban agarrotando, entre los azotes que recibía de las ramas de los arbustos y del camino irregular, sin contar con que estaba perdiendo la velocidad y el aliento. Ya había utilizado dos burbujas más, que el muy mal parido que la seguía había esquivado con habilidad, y solo le quedaba una. Lo peor era que le parecía estar girando en círculos en ese condenado bosque.

Se detuvo de golpe al encontrarse con un precipicio. Evidentemente no había pasado por ahí antes. Un empinado de más de veinte metros de pura rocas afiladas se presentaba como el nuevo desafío. Podría descender con cuidado, pero no a la velocidad necesaria para escapar. Demasiado tarde para pensar.

Se dio la vuelta, justo a tiempo para ver al demonio abalanzándose a ella. Juzgó afortunado llevar su última burbuja en la mano, así que al momento justo que tuvo a la bestia a centímetros de su cara, se inclinó hacia atrás en un acto temerario, y le lanzó la burbuja en la boca abierta. La explosión la envió cuesta abajo.

Afortunadamente, Mary se las ingenió para dar el primer golpe sobre su trasero en una superficie lisa bien nevada, aunque comenzó a rodar con rapidez cuando perdió el control de su descenso. Sortear las piedras filosas se había convertido en prioridad y evitar el golpe en la cabeza que le provocara un desvanecimiento. Lo último que deseaba era convertirse en alimento de alguna alimaña o morir de hipotermia.

El golpe la aturdió. Un sonido seco, como cuando se quiebra una rama y luego un dolor punzante en la cara que le atravesó a lo largo del cráneo, le hizo perder la poca estabilidad que había conseguido al llegar a piso firme, y cayó de rodillas, jadeando. Le costaba respirar por la nariz y estaba segura que en gran parte se debía a ese pequeño charco carmesí que estaba tiñendo la nieve bajo ella. Algo le decía que no le iba a gustar mirarse al espejo otra vez.

Mary gateó a duras penas para esconderse entre los arbustos, esperando que la poca sangre que estaba perdiendo, no alertara a ninguna alimaña. Esperando que el jodido demonio haya desaparecido de este plano. Su cuerpo adolorido no soportaría una nueva corrida. Apoyó la espalda en un árbol y se ahogó con una nausea cuando el dolor punzante se aguzó. Se llevó las manos temblorosas al rostro.

Primero sintió la viscosidad de la sangre empapándole el rostro, luego el tabique nasal desviado en un ángulo alarmante que le impedía respirar con normalidad. Escupió una maldición. El corte que le cruzaba el puente de la nariz iba a ser difícil de ocultar. De seguro había estrellado su cara en alguna piedra filosa. Genial… Un poco más de belleza para resaltar la rareza de sus rasgos.

La temperatura había bajado notablemente y los primeros copos de nieve volvían a caer lentamente desde un cielo gris. Pronto oscurecería, y aunque la luna carmesí se advertía como un faro entre las espesas nubes y podría guiarla con su luz, sabía que tenía que emprender el viaje de vuelta lo antes posible. Primero, se deshizo de su cinturón de cuero y se lo llevó a la boca, apretando sus maxilares con saña. Separó las piernas y llevó el torso hacia delante mientras con sus pulgares tanteaba la nariz. Debía hacerlo rápido. Iba a doler más que la mierda.

El chasquido del hueso volviendo al lugar le arrancó un grito ahogado por el cinturón, y el dolor le surcó la columna vertebral. Afortunadamente la nariz quedó recta, sin ninguna imperfección, solo la horrible y futura cicatriz cruzando casi de mejilla a mejilla. Jadeando, Mary descansó la espalda contra el árbol y cerró los ojos, tratando de inhalar normalmente otra vez. Se arrancó un trozo de tela de la blusa bajo su abrigo, y como estaba algo mojada por la nieve, le sirvió para limpiarse un poco el rostro con pasadas delicadas. La sangre había mermado como por ensalmo.

Urgía encontrar las fuerzas necesarias para volver a la mansión, pero de veras necesitaba unos segundos para concentrarse en otra cosa que no fuera el dolor exasperante. La nieve en su ropa se había derretido, estaba mojada, fría, adolorida y sucia. Un ruido la volvió a alertar.

Mary abrió los ojos y se encontró con una cabellera dorada que se perdía entre el ramaje. Una suave y ondulante ráfaga de tela negra y roja, acompañaba el movimiento delicado. Tragó saliva y se incorporó con cuidado de no marearse. ¿Una persona en un paraje tan desolado? ¿O sería un demonio? ¿Un súcubo tal vez? Hoy podía esperar cualquier cosa, sin embargo, su curiosidad _ un rasgo en ella que comenzaba a irritarla ¿Por qué no podía solo dejarla ir?_ la instó a seguirla.

_ "Oiga…" Llamó. El solo sonido de su voz, le hizo doler hasta la punta de los pelos.

La mujer, seguramente, apresuró el paso y se perdió entre los arbustos. Mary se adentró más allá, sabiendo que claramente había perdido el juicio. Seguir a una completa desconocida, no era sinónimo de cordura.

_ "¡Oiga!" Volvió a llamar, pero ya no encontró a nadie a su alrededor, sino algo más que la sorprendió.

Parecía haber hallado el otro extremo del bosque. En pocas varas, los altos cipreses se iban separando para abrir el paso a un amplio campo _ se podía apreciar que era de siembra durante la época_ donde una casona vieja aunque muy bien cuidada, se erguía sublime entre los arbustos y plantas cubiertas de nieve. El tiempo que le llevó notar que algo andaba mal con esa imagen, sintió que el estómago se le endurecía y las náuseas recobraban fuerzas. ¿Esa casa…?

El dolor no le mitigó las fuerzas para correr hasta la puerta que se hallaba entreabierta. Mary se llevó el puño tembloroso a la boca y lo apretó con fuerza. ¿Era la casa de su sueño? ¿Era la de quien se suponía su abuela? ¿Por fin develaría algo de toda esa maraña de mentiras? Dudó un instante antes de entrar sin llamar. La puerta chirrió y una corriente cálida la recibió.

El leñohogar estaba encendido y la pulcritud y sencillez del lugar, eran dignos de llamarse hogar. Estaba todo en su sitio, tal como Mary lo recordaba. El piano en una esquina, los sofás alrededor del fuego, flores frescas _ una rareza en pleno invierno_ en la mesita, donde un juego de té humeante y un par de delicias yacían intactos; le recordaba al mismo estilo que tenía su madre para preparar una mesa de té.

_ "Te esperaba" Una voz cálida y suave la espabiló.

Mary se volvió a la dueña de casa que le sonreía con las manos tomadas frente al torso. Su belleza la impactó. Se trataba de una mujer adulta medianamente joven; rondaba entre los cuarenta y tantos, quizá cincuenta años de edad. El cabello largo, lacio y suelto, le recordaba al color del trigo más bien pálido. Su rostro de piel blanca y rasgos delicados, eran sobresaltados por un par de ojos azules sólidos, de brillante mirada. La vio acercarse sin mueca de asombro por su desastroso aspecto _no tenía un espejo pero estaba segura que la mugre, la ropa mojada y ensangrentada, y el arsenal colgando de ella, no eran la mejor primera impresión_ y notó que era muy alta.

_ "Lamento haber entrado sin llamar" Mary reaccionó. _ "La puerta estaba entreabierta y yo…"

_ "Lo sé. La dejé para ti. Estaba esperándote. Pasa, pasa" Le hizo un ademán mientras tomaba asiento en un sofá. Comenzó a servir el té.

¿Es que no reparaba en su aspecto? ¿No dudaba de que quizá ella fuera una extraña que podía hacerle daño? ¿Por qué habitaba esta casa? ¿Viviría sola?

_ "Disculpe… ¿Nos conocemos…?"

_ "Oh no, querida. Al menos no tú a mí. Pero yo sí a ti. Suelo espiar la casa grande donde vives" Dijo resuelta, sofocando una risita traviesa.

_ "Ah…"

Mary quedó parada en medio de la sala con pasmo evidente. El dolor en su cabeza se había esfumado casi de inmediato. No sabía si simular ofensa u enojo. Presentía que la mujer no estaba en sus cabales y que claramente sería como enfadarse con una niña de cinco años.

_ "Anda Mary, toma asiento. ¿Una taza de té?" La mujer le tendió la delicada porcelana.

Como una autómata, Mary se acercó, tomó la taza y se sentó al borde del sofá, sin notar lo ridículamente absurdo que se veía ella, con el aspecto de quien sale vivo de una guerra, entre medio de cojines bordados.

_ "Gracias" Balbuceó mirándola con grandes ojos. Bebió un sorbo y la calidez de la infusión calmó el nudo en su estómago.

_ "¿Se siente bien, verdad?"

_ "Hm jhm…"

_ "Me alegro"

La mujer volvió a sonreírle _parecía que lo hacía con facilidad_ y continuó ofreciéndole un par de confituras a las que ella rechazó con delicadeza.

_ "Entonces…" Retomó Mary, cuidando sus palabras. _ "¿Cómo es que sabe mi nombre?"

_ "Ya te lo he dicho. A veces te espío en la casa grande y he oído que tu criada te llama así. Espero que no te moleste" Se apresuró a agregar.

_ "… En absoluto" Balbuceó, ¡¿Qué más podía decirle?! _ "Aunque quizá, podría haberse presentado en la casa, así la hubiera atendido como se merece"

_ "¡Oh no, querida! No podría. El hombre que vive ahí me aterroriza"

"Y que lo diga…" Mary tragó saliva, incómoda.

_ "Comprendo" Atinó a contestar.

_ "Oh, lo siento. No quise ser tan grosera. Sé que es tu esposo y que debes amarlo-"

_ "Oh no, no" Mary negó compulsivamente con un ademán.

_ "¿No es tu esposo?"

_ "No, digo sí. Solo que no de modo convencional. No…"

_ "¿Convencional?" La mujer ladeó la cabeza, confundida, y la cazadora percibió ese halo aniñado que desentonaba con su edad.

_ "No, no quise decir… digo… Olvídelo" Suspiró con evidente frustración.

¡¿Qué hacía confiándole a una desconocida, probablemente fuera de sus cabales, las intimidades de su desastrosa vida?!

_ "Dígame, misia…" Decidió cambiar el tema. Esperó en vano a que la mujer se presentara, pues claramente, la miraba con abierta confusión. _ "¿Usted ha vivido por mucho tiempo aquí? Digo, es un lugar tan desolado"

_ "Oh, no. Desolado no, querida. Estoy continuamente acompañada"

"¡¿Por quién, Dios Santo?! ¿Por elfos y hadas en el medio de la nada?"

_ "Ah…"

_ "Mi hijo" Continuó luego de sorber su té. _ "Compró esta casa para mí, hace algún tiempo atrás"

_ "Y ¿su hijo, vive con usted?"

_ "No" Contestó, para nada abatida. _ "Mi Dante es un hombre muy ocupado e importante, tanto como lo era su padre. Aunque viene seguido a visitarme"

_ "Eso está bien…" Lady murmuró.

De nuevo, no sabía qué decir. Desvió la mirada para apreciar a su alrededor. Se encontró con el piano en una esquina y casi de modo inmediato, se le presentó la imagen del semidiablo en la penumbra del salón azul, interpretando 'Claro de Luna'. Apretó el ceño cuando se le erizó la piel ante el recuerdo. Su ensimismamiento fue advertido.

_ "¿Tocas el piano, Mary?"

_ "En realidad no" Sonrió con vergüenza. El tirón de su herida, la hizo fruncir el entrecejo. _ "Mi madre se ha esmerado durante años en enseñarme, pero soy poco diestra. Dice que si le pusiera el mismo empeño que para montar, sería tan buena como ella"

_ "Mhm… mi niño era muy bueno tocando el piano. El mejor" Susurró con melancolía.

_ "ah… ¿Ya no lo es?"

El silencio fue la respuesta. Mary se arrepintió de su insolencia, pues notó como la mujer perdía la mirada tras la ventana; supo que se había perdido en sus memorias. ¿En qué estaría pensando?

_ "¿Se encuentra bien?"

_ "¿Mhm?"

_ "¿Qué si se encuentra bien?"

_ "Si, por supuesto, querida. ¿Más té?"

_ "No gracias. Le decía… Quizás usted conozca a los antiguos dueños de esta casa"

_ "No, en realidad, no. Ya te he dicho que mi hijo se ha encargado de eso"

Algo le decía que la mujer no se sentía cómoda hablando del tema. No volvió a indagar y se la quedó mirando por largo rato. Por tiempo indefinido, la mujer había perdido su mirada por la ventana, contemplando el exterior con una seriedad en la que siquiera parpadeaba; probablemente había olvidado que se hallaba en compañía. Mary no se atrevió a interrumpirla. Al menos hasta que le sonrió suavemente y se volvió con una mirada cálida.

_ "Se está haciendo muy tarde y ha comenzado a nevar. Deberías volver a la casa grande"

_ "Sí, es cierto. El problema es que no recuerdo el camino de regreso" Admitió. _ "Quizás usted pueda enseñarme el recorrido que hace cada vez que se adentra en el bosque hasta llegar"

La mujer asintió. Se puso de pie, ajustó su chal alrededor de sí y le enseñó la salida. Minutos después se hallaban a la vera de la Black Hawk. A Mary le había resultado difícil seguirle el tranco acelerado debido a su cuerpo adolorido, pero lo había sobrellevado bien. La extrañaba el silencio ominoso en el que se desenvolvía la mujer; en medio de la oscuridad del anochecer, realmente parecía una aparición.

Divisaron el casco de la estancia a lo lejos, como un punto sobre la colina en la que se erguía, y a Umbra aún asida en la rama del ciprés a un costado del camino; piafaba y bufaba, fastidiada por haber sido abandonada por su dueña desde hacía un par de horas atrás. Mary la desató, le acarició la crin y la llevó consigo, ante la mujer que le seguía sonriendo con frescura.

_ "Ahora ve" La convino.

_ "¿Y usted? Es peligroso que se adentre en el bosque nuevamente, podría haber-"

_ "No temas por mí. Conozco este lugar como la palma de mi mano. Ahora, ve"

Mary asintió sin convicción. Se volvió sujetando a Umbra por las riendas, cuando recordó que se le había olvidado algo de capital importancia. Quizás el golpe la había dejado medio idiota.

_ "¡No me ha dicho su nombre!"

La mujer, que ya había avanzado sobre su camino de vuelta, le devolvió la mirada por encima del hombro, y ese gesto tan peculiar, una rareza en una mujer de exquisitos modales, la golpeó como una vivencia ya pasada. Mary contuvo el aliento. ¿Dónde había visto esa mirada?

_ "Mi nombre es Eva"

Su voz se propaló en el silencio de la noche y el nombre se le grabó como un eco constante. Mary presintió que cada recodo de este lado tan olvidado de Fortuna, guardaba un secreto de vital importancia para comprender todo el lío de ideas sueltas que abarrotaban su cabeza de información, de su pasado, su presente y probablemente de su futuro también; Eva se presentaba como uno más, aunque uno más accesible. Sin dudas, volvería a visitar esa casa de campo.

Tras pasar por el establo y ordenar la doble ración de cebada para Umbra al encargado que la miraba con horror por su apariencia, Mary entró a la mansión por la puerta de servicio que daba a la cocina, encontrándose con el escenario de una tragicomedia griega. Las sirvientas cuchicheaban entre ellas, Josefina lloraba como una magdalena sentada en un taburete, y un par de peones que, por las caras preocupadas y agotadas, venían de una excursión por el bosque tras buscarla por cada rincón.

El cuchicheo mermó por ensalmo cuando la vieron entrar. Caras asombradas y pálidas, escrutaban su aspecto desalineado y lastimado, y no fue hasta que Josefina profirió un alarido, abalanzándosele encima, para que cada uno suspirara con alivio. Eliseo llevó los ojos al cielorraso y murmuró un agradecimiento.

_" ¡Dios mío, Mary! ¡¿Qué te ha sucedido?!" La criada la sostuvo por los brazos, examinándole el rostro con espanto.

_ "Estoy bien. Muy bien. Prepárame el baño por favor" Ordenó, espantándole las manos con suavidad.

Caminó por la cocina sin mediar palabras con nadie y con una seriedad a la que ya se habían acostumbrado todos. Se detuvo frente a Cassandra que le tendía un papel lacrado a uno de los peones.

_ "Vuelve con la respuesta" Le ordenó al muchacho.

El peón hizo una reverencia, primero a Mary, la dueña de casa, y luego a la anciana, antes de retirarse. La mujer se dio la vuelta, y ambas se midieron con la mirada.

_ "Usted y yo hablaremos luego" Declaró la más joven.

Su mirada bicolor, fulguraba con repentina y bullente ira. No se había olvidado de que le había salvado la vida, pero tampoco se había olvidado del pasado. Había mucho que aclarar.

_ "Como desee, señora Sparda"

El resto, fue solo silencio.

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._.

._.

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Lo estaba esperando desde hacía al menos una hora y media. Desnuda, solo la piel diáfana de sus piernas cubiertas por las medias de seda hasta la mitad del muslo, el cabello dorado esparcido en las sábanas impolutas de su cama enorme, y el brillo del deseo colmando sus ojos azules. Nada esperaba con tantas ansias como este momento con Vergil.

Él, sin embargo, había entrado a su habitación sin destinarle ni una mirada. Se quitó las botas y el abrigo sin hablar, con movimientos calmos pero certeros. Alice le salió al encuentro cuando lo vio frente al espejo de caballete, desabotonándose la camisa. Se puso detrás de la amplia espalda y compartieron una mirada en el reflejo.

_ "¿Cómo entraste?" Fue la pregunta de voz monótona.

_ "Ah magia, querido"

Alice le besó el hombro duro y marcado, y le recorrió la espalda con los labios. Sintió que se tensaba y sonrió contra su piel, mientras le acariciaba los costados con manos impacientes.

_ "No intentes pasarte de lista conmigo. Cómo" Exigió.

No se animaba a decirle que tiempo atrás, le había pillado la llave al conserje del hotel y había mandado a hacer una copia. Sabía que el día que lo confesase, sería el último de su vida. Por el contrario, Alice eligió culpar a otro.

_ "Estaba tan ansiosa por verte que le pedí al conserje que me abra. Es que no has ido a casa en toda la semana y no te he visto desde la tertulia en Blackraven Hall. Te extraño"

_ "No vuelvas a hacerlo"

_ "¿Por qué no? Fui cuidadosa. Me aseguré que nadie me siguiera. Y el conserje nada dirá. Lo juro"

La mujer le mordisqueó el hombro e internó las manos por el borde de sus pantalones, tratando de deshacerse del cinturón. Vergil la detuvo con dureza y con un movimiento rápido la puso delante de él.

_ "No. Vuelvas. A hacerlo" Fue la advertencia.

Ella lo miró desorientada. Llevaba la mueca fría estoica de siempre y su aliento olía a brandy, pero sabía que el semidiablo no caería borracho. Era demasiado orgulloso para dejarse llevar por la bajeza de la bebida; aunque era evidente que quería aplacar su mal humor con algo que ni ella ni el alcohol podían lograr.

Siempre le dolía su indiferencia, pero más aún esa que se había marcado desde que había vuelto de su casa de campo. La noche de la tertulia en Blackraven Hall, había estado más distante de lo normal, tanto que no había alcanzado el clímax; de hecho se había acomodado la ropa con ademanes bruscos y había abandonado la estancia envuelto en un silencio ominoso, dejándola sola y atónita en la quietud del despacho, sentada a medio desnudar sobre el escritorio. Jamás habían sido algo más que un par de cuerpos enredados en el calor de la pasión, y Alice no esperaba más que eso, pero ahora presentía que su amante se estaba hartando de ella. No toleraba la simple idea. Ella lo necesitaba como a su próximo respiro. Sabía que Vergil a ella no.

_ "No me gusta cuando me miras con esos ojos" Admitió y se puso en puntas de pie para besarle el pecho a la altura del corazón. _ "No me gusta… Solo quiero que la pasemos bien"

El camino de sus besos se propagó hacia el sur del cincelado pecho y Vergil le permitió que se arrodillara frente a él, con las manos a tientas de sus pantalones. La dejó hacer, no porque quisiera pasar un tiempo con ella o por simple benevolencia, se sabía que él no era del tipo altruista; lo hacía porque quería probarse un punto. Una conclusión a la que había llegado tras tercamente haberse empecinado en demostrar lo contrario.

El albino largó un suspiro y cerró los ojos al percibir el calor de la boca de Alice cerrándose alrededor de su glande con viciosa sujeción. No había reacción física aparente, solo un suspiro resignado. Se sentía más colérico, más humillado. Ni siquiera sabía por qué seguía con esta pantomima absurda.

Si bien había tenido un par de amantes a lo largo de su adultez, Vergil había manejado con inteligencia la lujuria que su sangre oscura despertaba con cada nueva luna. Sabía controlar cada uno de sus monstruos con una coordinación que le había llevado años; pero en vistas de sus nuevos esfuerzos por procurar olvidar el descontrol que emergía con solo imaginar esos ojos bicolores, y de los irremediables yerros que esto conllevaba, el semidiablo supo que estaba perdiendo la sujeción de las cadenas que mantenían a esos monstruos a raya.

No entendía como un simple humano podía generarle tanta dualidad. Él siempre los había tildado de cobardes e inescrupulosos, sin sentido de honor. Se inclinaban ante un Dios, rogando ser salvados sin siquiera molestarse en luchar para merecerlo; simples ovejas que en silencio bajaban la cabeza en señal de rendición, demasiado débiles para luchar, y los pocos que se atrevían a apoderarse de cualquiera verdadera fuerza, era solo para abusar de ella. Patéticos.

Sin embargo, los dejaba ser si no se metían en su camino. Esa era su regla. Si podía usarlos para beneficio propio, mejor aún.

En tanto el asunto con Alice se había salido de contexto. La había conocido en Blackraven Hall, a principios del año, cuando ella aún era la esposa trofeo de Marveileux y él contaba entre los comensales cotidianos de la familia del General. Alice lo había devorado con la mirada durante toda la cena, con un descaro que hablaba del apetito que un hombre joven y atractivo le provocaba, y cuando él se disculpó de la mesa para atender unos asuntos, ella lo había seguido hasta el despacho. No habían llegado hasta la puerta, que la había tomado allí, de pie en la galería que daba al último patio.

Él era así. Siempre tomaba lo que quería y cuando lo quería; su naturaleza era déspota e irreverente. Poco le había importado hacerla gemir en medio de la mansión silenciosa, y Alice no mostraba demasiadas mojigaterías. Ella buscaba a alguien que la hiciera vibrar, alguien que pudiera prodigarle lo necesario para sobrellevar el peso de un matrimonio convenido con un viejo que le doblaba la edad, y él buscaba aplacar la bestia que se erguía con ínfulas nacidas de lo más profundo del infierno. Un acuerdo tácito recaía en ellos.

Pero con Mary era distinto. Ella era distinta. Le despertaba tantas contradicciones como sensateces; eran polos distintos, atraídos por una fuerza donde radicaba el misterio que encerraban ambos. Ella no era bonita, aun su belleza residía en el fuego tenaz de sus ojos. Esa insolencia; la arrogancia de barbilla siempre alzada y palabras filosas, que a él le causaban hilaridad por lo vacuas, a pesar que lo ocultaba en su expresión pétrea.

Mary le inspiraba un respeto que pocos humanos le habían despertado, que nacía quizá, en lo orgullosa que era, porque no importaba cuánto Arkham la humillara con saberse comprada, ella claramente demostraba que lo hacía por principios; por su madre; el bienestar de Kalina Ann era primordial. La lealtad. Quizás también lo hallaba en el placer retorcido que le descubría al cazar a los demonios.

Sí. La había conocido mucho antes que en casa de Arkham y de la tertulia en el Castillo, una tarde del verano pasado, cerca de las minas abandonadas, cuando él aún no se presentaba como miembro de la alta sociedad en Fortuna, sino que se movía tras los bastidores de Fortuna. Cassandra le había advertido, con claro sarcasmo, que esa muchachita de diecisiete años era una cazadora de su especie, y él casi se le había reído en la cara si no fuera porque odiaba ser comparado con los demonios; él era un diablo. Muy a su pesar, tenía que verlo para creerlo.

Le había descubierto esa mirada aviesa cuando apuntaba con sus armas, el gesto en el que caía al concentrarse en la presa a unas varas, se lamía el labio inferior y se mordía el lado interno, resaltando la morbosidad de su boca, y el claro placer que le otorgaba el dar caza sin piedad. Era una guerrera. Le habría gustado salirle al encuentro en su forma demoníaca, para darle un buen susto y probar todo su potencial. Después de todo, él era, en esencia, un diablo, y le gustaba jugar.

En otras ocasiones, Vergil caía en la cuenta del gran embrollo contradictorio que era Mary, porque no importaba cuanto se esforzaba por ocultarlo, aún poseía ese pequeño halo de inocencia cuando él la horadaba con su mirada calculadora; el rubor en su enojo, como si odiara saberse con la guardia baja; el temblor de su cuerpo inexperto; todo esos pequeños matices que formaban la intrincada índole de la sacerdotisa, despertaba en él un instinto que creía haber enterrado junto a su pasado.

Vergil exhaló un suspiro ronco y duro. Con los ojos cerrados y a tientas, tomó a Alice por los brazos y la obligó a ponerse de pie y girar para enfrentarse al espejo. No levantó los parpados, aun con un ceño cuando la oyó gemir y resollar un par de palabras subidas de tono, esas en las que caía cuando el placer obnubilaba cualquier capacidad cognitiva. La sujetó por las caderas, y pegándola contra el reflejo de ambos, procedió a darle lo que a jadeos rogaba. El semidiablo pegó la frente contra el espejo y apretó el ceño aún más. Había olvidado todo, solo su cuerpo lidiaba con los movimientos instintivos. Ella llevó las manos hacia tras y le clavó las uñas en las nalgas.

Vergil, había perdido noción de cuántos orgasmos le había provocado a Alice y hasta de cuánto tiempo había pasado; apenas oía los gemidos casi desfallecidos de la mujer que se negaba a apartarse de su cuerpo y aun así le pedía más. El alcohol había hecho lo suyo en parte, y otro tanto la destreza de su amante para que su cuerpo reaccionara; su mente, en cambio, estaba en otra dimensión. Analizaba cada recoveco de su plan, lo despedazaba y lo volvía a hilvanar, mediando con los escasos recuerdos de los ojos bicolores, de la boca pulposa, la mirada sagaz, la fuerza de su cuerpo, que se colaban con viciosa convicción. Ya no tenía dudas, tenía que hacerla suya o iba a perder por completo el juicio en el momento menos indicado.

_ "Mierda, Mary…" Masculló, apretando los dientes. Encontró el alivio, segundos luego.

Alice se quedó pasmada, jadeando y vuelta de la inconciencia por ensalmo, cuando sintió el orgasmo casi violento de él en su interior. No solo la sorprendió algo que Vergil jamás había hecho en el pasado por obvia precaución, sino el haberla nombrado como a esa mocosa a la que había desposado. La humillación y el desamor revelaron los celos y la envidia. Alice contuvo el aliento y se lo quedó mirado a través del espejo. Él aún jadeaba sutilmente, con los ojos fuertemente cerrados y las manos asidas a sus caderas con fuerza. No se animaba a quitarlo de su ensimismamiento.

Un llamado a la puerta los espabiló. Vergil se retiró a consciencia, acomodándose los pantalones, y con voz ronca ordenó que aguardarse un momento a quien sea que llamaba a su puerta en mitad de la noche. Alice se acercó a la cama y se cubrió con las sábanas.

Ya con la camisa y más compuesto, el albino atendió el llamado. Era un peón de la Black Hawk.

_ "Homero"

_ "Señor" El hombre con la vista baja, entregó el papel lacrado.

Le tomó unos segundos leerla, y mientras su ceño se pronunciaba más de lo normal, Vergil caminó hacia su escritorio, unos pasos más allá. Garabateó enérgicamente una respuesta en el mismo papel, lo lacró y se lo entregó al muchacho, que se despidió con una inclinación y en silencio.

Alice no indagó cuando lo vio movilizarse con presteza, colocándose las botas y el abrigo. Estaba deprimida. Además era de sabios callar cuando Vergil mostraba ese ceño feroz. Jamás compartían más que esto, pero nunca se iba sin al menos una frase irónica que dejara abierta la posibilidad de una próxima vez. Ella presentía que no habría próxima vez.

_ "¿Ya te vas?" Preguntó de igual manera y con voz desencantada.

Vergil se detuvo en la puerta y la miró por encima del hombro, antes de volverse con un suspiro y cerrar detrás de sí. Urgía volver a la Black Hawk, pero primero, haría unas visitas.

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._.

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_ "No, no… Dante, es demasiado…"

_ "Nena, confía en mí, solo relájate"

Enzo hizo un mohín antes de llamar a la puerta.

_ "Vete a la mierda, Enzo. Estoy ocupado"

_ "¿Cómo sabías que era yo?"

_ "Digamos que te huelo a la distancia"

Se oyó una risita femenina y luego un murmullo meloso.

_ "Que te jodan, Dante"

_ "En eso estaba antes de que interrumpieras, bola"

Enzo suspiró y apretó su gorra en el puño.

_ "Oye, anda, Ton… Dante. Que dice Conan que Grue pide por ti. Es importante"

_ "… Esto… también es importante"

_ "¡Vamos, Dante, es importante en serio!"

El albino suspiró. Le tomó unos momentos hacerse de sus pantalones, un par de botas desgastadas pero cómodas, y su camisa a medio abotonar. Abrió la puerta de la cabaña y el frío invernal le golpeó el pecho. Aunque la imagen de Enzo se le antojaba peor que el deterioro en el pueblo fantasma de la minería.

_ "¿Qué quiere Grue?" Inquirió de mal modo.

Enzo echó un vistazo receloso alrededor.

_ "Dice que necesita verte… por lo de… tu sabes"

_ "Ya le dije que no contara conmigo. Lo mío es cazar en solitario, no las gansadas que están intentando hacer"

Apunto de cerrarle la puerta en la nariz, Enzo se animó a trabarla con el pie. El dolor fue inmediato y una maldición se coló como un eco en el silencioso páramo de la noche.

_ "¡Hijo de puta! ¿Quieres dejarme manco o qué?" El italiano se sobó el pie magullado.

_ "Querrás decir rengo"

_ "¿Eh?"

_ "A la mierda con esto, Enzo. Dile a Grue que ya sabe lo que pienso. No voy a andarme en las putadas de la caballería. Lo mío es la diversión a lo grande"

_ "Y la habrá. Tenlo por seguro"

_ "…"

_ "Escúchame. Oí hablar a Grue con el General de los Caballeros Sagrados. Tienen planeado una emboscada para nosotros en unos días; él, el General, vino a advertirnos sobre un supuesto grupo de demonios comandados por un integrante secreto de la Orden, que los tiene bien entrenados. Dice que son capaces de poseer como un contagio. ¡Son asquerosos de seguro!" Le corrió un repelús.

_ "¿Y cómo lo sabe ese lame-botas? Si mal no recuerdo, es mano derecha del vejestorio de túnica. No tendrían que confiarle nada"

_ "Dante" Masculló el italiano. _ "Ya te lo he dicho. El General William Jester está de nuestro lado. ¿Para qué dejarnos entrar por el puerto Caerula, sin molestarnos con los papeleos y todo el rollo, y contratarnos, para luego eliminarnos? ¿Para qué llamarnos en primer lugar si tiene gente competente a su lado que podría hacerlo?"

_ "… Juro que necesitas encontrar un trabajo decente, Bola. Eres demasiado idiota para esto"

_ "Vete a la mierda, Dante. Lo quieras creer o no…" Siguió como si el insulto no le hubiera afectado. _ "El General nos necesita, y pagará una fortuna para contratar nuestros servicios. Ya nos ha dado aviso de la emboscada y los muchachos se están preparando. Sera algo grande"

_ "Una emboscada tendida por el propio General. ¿Es que no lo entiendes?"

La pasmosa incredulidad de Enzo fue notoria.

_ "Te digo que no…"

_ "Enzo" Dante apretó los dientes. _ "¿Cómo están seguros que ese supuesto 'General Jester' no es un impostor? Mira, si ustedes quieren ser los intermediarios del juego entre el gato y el ratón, en el que les puede costar la vida sin valer un puto centavo, allá ustedes. Yo me abro. No lo haré… Ahora, si me disculpas. Tengo que regresar a mi cita a punto caramelo"

Se dio media vuelta para volver a su habitación, cuando la voz de Enzo lo detuvo.

_ "Miles morirán, Dante"

_ "La vida es un continuo ciclo y la muerte forma parte de ello"

_ "¿Qué eres, un jodido poeta ahora? Te lo digo en serio. Miles. Muchos de ellos de forma horrible y violenta. Muchos inocentes"

_ "… Me rompes el corazón" Dijo con obvio sarcasmo.

_ "¿No te importa o a qué le temes? ¿A que se sepa la verdad?"

Dante se tensó y se volvió lentamente con una mirada muy poco amigable. Enzo retuvo el aliento e hizo el ademan de retirarse un paso.

_ "Si abres la boca una vez más, me aseguraré que nunca más puedas abrirla"

_ "Tienes el mismo derecho que él" Tentó.

_ "Y sin embargo elijo mantenerme al margen. Es mi jodida decisión, no tuya"

No le dio tiempo a contestar, Dante azotó la puerta cerrada. Se volvió con un suspiro de hartazgo y arrastró las botas sobre el tablado polvoriento hasta la mesita destartalada, donde yacían un par de botellas de dudosa procedencia. Escanció un vaso y lo vació en un abrir y cerrar de ojos.

_ "¿Te encuentras bien, cariño?" La pelirroja desnuda sobre el camastro rompió su abstracción.

El albino se volvió con una sonrisa seductora hacia su amante, antes de fruncir el ceño hacia la pequeña ventana entreabierta. Caminó con cautela.

_ "¿Tú la abriste?"

_ "… No, ni siquiera había notado que estaba_ ¡Waaaaaaaaaaah!"

Los tablones de la pared estallaron como si una demolición se tratase, cuando una ráfaga de energía los atravesó con la facilidad de una tormenta veraniega irrumpiendo la quietud; miles de astillas se esparcieron por doquier y el aire gélido se coló en la vieja cabaña por la abertura. A Dante le costó llenar los pulmones de aire y la vista se le nubló por unos instantes, hasta lograr enfocarse en la figura que lo mantenía empalado, con mucha saña, contra la pared opuesta. Podía sentir el familiar sabor metálico de la sangre llenándole la boca, y el corazón desbocado palpitándole en los oídos; a pesar de todo, el irritante grito de la mujer le llegaba como un zumbido lejano, y el escozor de un acero que quemaba con un ardor conocido, atravesaba su estómago y la pared sin dificultad alguna. Una tos convulsa lo obligó a escupir el valor carmesí, y levantó la vista cuando la figura soltó la empuñadura de la elegante espada y caminó con calma hacia el rincón donde yacía Rebelion.

El albino, quieto e incrédulo, seguía a la silueta con los ojos perdidos y la vista hecha nubarrones. Oyó al intruso murmurar lacónicamente un par de palabras a Connie, la joven en su cama, que hipó hasta detener sus gritos; de seguro la amenaza había bastado para que la mujer cerrara el pico, algo que, contradictorio a su situación, lo alivió; no podía oírla gritar un segundo más, era como una hiena herida. Vio lo que asumió como a la pelirroja dando trompicones al salir de la cabaña, envuelta en una sábana y con el lío de su ropa; luego notó como la figura tan similar a la que le devolvía el espejo, se acercaba con lentitud deliberada y la cadencia de un felino, empuñando con demasiada elegancia, su amada Rebelion.

_ "Te necesito bien despierto… ... hermano"

_ "Verg- ¡Agh!"

La estocada certera desgarró con pericia el lío de huesos, músculos y tendones, hasta llegar al corazón. Fue inmediato, como el nombre de su gemelo quedó paralizado en su garganta, y con un último suspiro, Dante abrazó la oscuridad a su alrededor, antes de caer en la inconsciencia de un sueño profundo.

El despertar ya no sería el mismo.

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._.

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Si, una mierd* de final. Antes que nada, y si todavía queda algún lector interesado en esta historia T_T, mil perdones por la espera. Medio año fue suficiente, supongo. No tengo mucho para decir, más que gracias por la paciencia, y aclarar un par de cositas antes de que comiencen a tomatearme.

Sé que para ustedes, Vergil está bastante ooc y para mí también lo está pero, al intentar una adaptación, pasan estas cosas. Solo quería que supieran que estoy viendo tanto a los demonios en general como a Vergil y a Dante, como criaturas que conservan las índoles humanas más acrecentadas. Es decir, así como todos los humanos en algún momento se dejan llevar por cualquier "pecado" como la avaricia, la lujuria o la ira, los demonios la tienen potenciada, solo que algunos (los más poderosos) son capaces de controlarse en su justa medida; por ello, dejo que Vergil sea un poco de cada uno, (es decir lujurioso, ambicioso, colérico) aunque a diferencia de Dante, él hace más acopio de autocontrol que el gemelo más joven. Espero que comprendan mi visión, sino se les va a hacer muy difícil ver a Vergil de este modo. Lo siento :I

Ah! Y no me vengan con "Ay, pero si Kyrie es la hermana de Credo, no su hija" Ya lo sé, pero es un AU y quise hacerlo así ¬¬

Curiosidades:

Eleison Blackraven: Padre de Credo. El nombre proviene de la misa en latín "Kyrie Eleison" y Blackraven es el apellido de uno de mis personajes favoritos de una novela que me encanta, me pareció que quedaba bien.

Merveilleux: El apellido de Alice significa maravilloso/a en francés. Ponerle 'Wonderland' o 'Wonderful' sería demasiado cliché.

Espero que les haya gustado. Trataré de no tardarme tanto para la próxima actualización. Bye!