Tripas estentóreas
(El rugido de León)
Funkadelia. 15 de abril, XXXX. Reporte 667426-RDSDRC-000023.
Enata dejó de escribir. No tenía idea de cómo registrar los eventos que acababa de observar. Ni siquiera estaba seguro de que fuera apropiado que lo hiciera.
–... ¿Enata?
Por fin, alguien se percataba de su dilema. Levantó la mirada y se topó con Sodbreid, el nuevo recluta/recadero, que barajaba sobres entre sus manos casi inconscientemente. Dejó varios sobre el escritorio de Enata, que estaba a milímetros de fruncir el ceño.
–Los humanos de ahora son muy raros –dijo por fin el emproblemado.
–¿No lo han sido siempre?
Enata no contestó de inmediato. Sodbreid a veces parecía muy cínico, pero lo cierto es que también parecía demasiado joven para que el cinismo fuera real. De modo que decidió compartir sus preocupaciones con sumo tacto.
–La precocidad de los yoluchadores es perturbadora –Sodbreid enarcó una ceja, esperando que Enata continuara. Pero Enata sufría mucho para hilar frases apropiadas–. Tienen los impulsos naturales de cualquier humano de su edad, claro, pero me temo que... se enfocan a objetivos poco usuales.
–También en mis tiempos parecía que algunos desahogaban su energía sexual en el yoblade –intervino Brooklyn, llegando sin ser notado. Enata se levantó de inmediato y se cuadró. Sodbreid, sorprendido, ya que no había visto llegar al jefe máximo, dejó caer los papeles que llevaba y tardó un rato en recordar cómo cuadrarse. Brooklyn suspiró–. Ya les he dicho que...
Sodbreid, desparpajado, asintió y se apresuró a recoger los papeles. Enata bajó la mano, aunque el resto de su postura seguía igual de rígida.
–¡Señor, sí, señor, lo siento, señor!
Brooklyn sonrió, acercó una silla, se sentó, indicó a Enata que se sentara, y retomó sus aterradoras confesiones.
–Siempre me pareció poco sano que entrenaran tanto. Sobre todo Garland. A los demás no los traté tanto, pero... recuerdas el incidente DL-6 –Enata asintió–. Entonces, ¿qué viste?
–Kenta llevó a Ginga a jugar yoblade con sus amigos, a quienes pronto no volveremos a ver. Y luego... todos estaban... empujándolo y...
–... ¿siendo toqueteones impúdicos? –ofreció Sodbreid.
–Eso –asintió Enata–. En una esquina estaba una niña callada, con cara de acosadora obsesiva y una cabeza implausiblemente grande, que se fue siguiendo a Kenta y Ginga sin que lo notaran. Justo cuando Kenta estaba a punto de... eh... dar rienda suelta a su entusiasmo porque Ginga decidiera quedarse, la acosadora fue y le arrebató Pegaso a Ginga usando malas artes. Y entonces comenzó a despotricar por largo rato sobre el mal estado en que estaba el yoblade, lleno de polvo y rayado y con pelusas en la cuerda y demás cosas. Así que lo secuestró.
–¿A Ginga?
–A Pegaso. Pero Ginga fue con ella, ya que jamás se separan –Enata casi masculló su siguiente frase, mosqueado–, aunque "no es que sean esposos".
–... ¿por qué sintió la necesidad de aclarar eso?
–La niña se dedicó a reparar a Pegaso hasta después de que amaneció al día siguiente. Y aún no terminaba.
–... ¿es decir que no comió, fue al baño, ni ninguna de esas cosas que hacen los humanos normales?
–No.
–... quizá sea extraterrestre –opinó Feregrak, entrando y arrugando la nariz al ver la foto de la niña en cuestión–. Esa cabeza... ¿no sabes cómo se llama?
–Ah... –Enata rebuscó entre sus notas–. Madoka Amano.
Feregrak asintió, tomando nota mental.
–¿Y los Smiley Chasers no hicieron nada poco habitual?
Enata soltó una exhalación profunda, miró hacia arriba (que no al cielo), y finalmente agachó la cabeza y se cubrió la cara con las manos, como si deseara arrancarse los ojos. Habló ininteligible pero vehementemente. Su auditorio pudo captar algunas palabras sueltas, como "excitación", "grupal", y "no tiene llenadera".
Desahogado, Enata suspiró.
–Fuera de eso, se limitaron a sus actividades habituales de robar yoblades y extorsionar a personas para que batallen con ellos. Esta vez, robaron a Sagitario para forzar a Ginga a que se enfrentara a Kyouya en lo alto de la Torre de Metal.
Cayó un silencio sepulcral cuando Enata notó las sombrías y adustas expresiones que adoptaron Feregrak y Brooklyn. Vio de reojo a Sodbreid, que también había adoptado una expresión más seria de lo habitual, probablemente para no desentonar. Había algo de artificioso en sus reacciones, como si quisiera encajar más de lo necesario.
–... ¿y luego? –preguntó Brooklyn por fin
–El plan de Kyouya era enfrentar a Ginga ahí porque las corrientes de aire favorecerían a su yoblade. Fracasó melodramáticamente y Kenta recuperó a Sagitario. Cuando bajaron de la torre, Madoka obligó a Ginga a disculparse con Pegaso.
–... ¿como si fuera un ser vivo? –quiso saber Brooklyn. Enata asintió–. ¿Ella sabe...?
–No, o al menos no lo parece. Es sólo que así es de rara. Hasta hizo un puchero y gruñó ridículamente.
Brooklyn meditó un momento.
–Puedes dejar todo lo que nos has contado fuera de tu reporte. Es irrelevante.
Sodbreid entregó unos papeles a Feregrak y se fue. Feregrak revisó distraídamente algunos de ellos, frunció el ceño, y se fue a su escritorio, meditabundo. Brooklyn sonrió, se levantó y se fue.
Enata retomó la redacción de su informe.
Kyouya hacía desmanes en el cuartel principal de los Smiley Chasers cuando fue contactado por Daidoji, que le ofreció ayudarlo a derrotar a Ginga.
