Always stray!
(La ambición de Wolf)
Kyouya, Benkei, SOMA, SOMB, SOMC, SOMD y SOME abordaron un helicóptero de carga, a instancias de Daidoji, en el que fueron transportados a 35.15268º N, 96.59874º E. Una vez ahí, Daidoji reveló su plan e intenciones a Kyouya, consiguiendo enredarlo con provocaciones clase B-26.
Enata se detuvo a releer lo que había escrito. Sí, era suficiente. Después de todo, una provocación B-26, por definición, no merecía ser registrada por escrito, y mucho menos en los anales de la digna Oficina para la cual trabajaba. Pero...
¿Realmente era una B-26? No estaba seguro. Ciertamente, lo que Daidoji había dicho era más parecido a lo que diría un bravucón de película de preparatorianos gringa de los 90's, y no a lo que diría una madrastra de telenovela mexicana de los 60's. Era un estándar raro, pero era el que los demás manejaban, y nunca había sido parte de su carácter cuestionar cosas tan intrascendentes.
Rodó por su escritorio un ojo de plástico mientras pensaba. No les había dicho ni la mitad de lo que había pasado en ese vergonzoso día, pero, a juzgar por sus reacciones, podía descartar prácticamente todos los eventos en su informe.
No tenía que relatar la ridiculez que hizo Daidoji, al sacar un peine del bolsillo interior de su saco y peinar su ridículo flequillo teñido a la Yu-Gi-Oh! (¡francamente! ¿No estaba muy viejo para esas imposturas?). Tampoco tenía que detallar las bravatas intercambiadas entre los Smiley Chasers y Daidoji. Que Kyouya hubiera exclamado "¡Ah, chinga! ¿Otra vez Ginga?" en cuanto Daidoji reveló sus condiciones era medianamente divertido, pero irrelevante.
¿O no era irrelevante? Era una reacción extraña, considerando el contexto. Kyouya pasó el resto de la conversación cayendo en todas las provocaciones alusivas a Ginga. ¿Podría ser que, por un extraño proceso mental digno de un yo-luchador, Kyouya hubiera decidido que él y Ginga eran rivales predestinados, a pesar de sólo haberlo visto dos veces en la vida? Era algo que un yo-luchador haría, indudablemente. ¡Esos impulsos mal encaminados!
Se cubrió la cara con las manos, incapaz de apartar de su mente la penosa escena que tuvo que presenciar.
–¿Ya acabaste? ¿Ya acabaste? ¿Ya acabaste? ¿Yacabasteyacabasteyacabaste?
–Casi. Ya voy. Voy, voy, voy; que voooooy... Listo. La alineación y suspensión de Pegaso están listas –anunció Madoka, feliz de poder quitarse a Ginga de encima.
–¡Wiiii! –Ginga tomó a Pegaso entre sus manos y lo abrazó. Después, lo dejó en la palma de su mano mientras le hacía cariñitos con un dedo, utilizando la voz que una persona normal usaría para hablarle a un bebé o a un gatito–. ¿Quién es el yoblade bonito? ¡Tan chulo de precioso! ¿A quién lo quieren tan de tanto, eh? ¿A quién?
–¡Pues no parece! –bufó Madoka–. Te dije que no pelearas. Por eso tomó tanto tiempo esto de las balatas y las chafaldranas.
Se habían encaminado hacia la salida. La emoción de Ginga por poder proceder a maltratar a Pegaso por muchas batallas más, antes de que tronara como buñuelo, hacía que su cosmos llameara visiblemente.
–¡Combustión espontánea! –jadeó Madoka, y tomó el extintor de incendios, para golpear a Ginga con la fuerza suficiente para arrojarlo fuera de la tienda de yoblades de su padre. "Madoka", le había dicho él, meses atrás "nuestro seguro no cubre combustiones espontáneas".
Hacía tiempo, muchas aseguradoras habían incluido, como broma, cláusulas para que los seguros cubrieran varios fenómenos sobrenaturales, pero una oleada repentina de eventos ilógicos había hecho que las retiraran. Por una temporada, los rayos partían a quienes juraban por su nombre en vano, y la tierra se tragaba a quienes querían desaparecer. Varios enamorados se habían consumido hasta convertirse en menos que cenizas durante sus apasionadas declaraciones de amor.
Y luego, más o menos cuando terminó la construcción de la Torre de Metal, los incidentes se habían detenido.
"Por eso, mi querida Madoka, jamás debes tentar al universo. No uses metáforas, a menos que quieras que tu vida sea como la llama de una vela de cumpleaños".
Sin embargo, Madoka no alcanzó a conectar el golpe, y las llamas de Ginga se apagaron rápidamente, cuando llegó a sus oídos la voz de Kenta.
–¡Libera algo de ese fuego en mí, Ginga! –declaró, entrando.
–Eh... este... ¿qué?
–... yo mejor los dejo –dijo Madoka, dudando si debía regresar el extintor de incendios a su lugar.
–¡Sí! ¡Enséñame a ser un yo-luchador tan ardiente como tú! ¡Puedo hacerlo! ¡Soy feroz, rawr!
Kenta había conseguido decir todo eso sin sonrojarse. Probablemente, no sabía que sus palabras sonaban bastante inapropiadas viniendo de un niño de su edad y condición. O de cualquier persona, en realidad.
–Eh... yo... espera...
–¿Por qué esperar? ¡Mi devoción por ti quema como mil soles! ¡Eres el más caro a mi corazón, Ginga! ¿O acaso has olvidado la solemne promesa que hicimos aquel no tan lejano día?
–Yo no pro...
Kenta ahogó un grito al escuchar la frase incompleta, pero no fue eso lo que detuvo la locución de Ginga.
Los amigos sin nombre de Kenta, cuya existencia será olvidada en cuanto la serie avance un poco, entraron como una tromba y mostraron su desechabilidad diciendo las mismas líneas al mismo tiempo.
–¡Cómo osas, Kenta! ¿Planeas quedarte con Ginga todo para ti? ¡Jamás lo permitiremos! ¡Su contonamiento lateral de la cajuela es universalmente atractivo!
–Eh... oigan, chicos...
Pero los tres innominados ya se habían lanzado sobre él, así que Ginga tuvo que emplear todas su fuerzas para proteger su doncellez, su vida, y su integridad física.
La trifulca hizo que varias cosas cayeran de los estantes, y Madoka tuvo que utilizar sus súperpoderes de "La Chica" para detener el conflicto. Valga decir: gritó, con tal fuerza que alteró la elasticidad de la tienda de su padre, haciendo que se estirara, se encogiera y rebotara en acorde a la intensidad e inflexión de sus clamores. Además, su cosmos empezó a arder, pero ella no lo notó.
En cuanto los expulsados estuvieron lejos de su alcance visual y auditivo, comenzaron a vilipendiarla por lo que llamaban su "injustificado mal carácter". No les duró mucho ese entretenimiento (unas tres o cuatro horas nada más), y entonces recordaron su intrínseco deseo inexpugnable que inducíalos a acosar a Ginga, para mostrarle la absoluta e irrefrenable devoción que sentían hacia él y sus sobrenaturales habilidades para el yoblade. Ginga ya estaba prevenido contra sus horribles métodos, así que les aseguró que estaba ocupado: necesitaba un pedicure, le dolía la hernia, hacía hambre, el tiempo estaba muy húmedo, todavía no se había descargado de la estática que se le había pegado en la Torre de Metal, debía lavar y almidonar su bufanda, debía escribirle a su tía Lupe, leer 20 minutos, y practicar el ukelele por 2 horas.
Y huyó, mintiendo. Les dijo que con mucho gusto los entrenaría en otra oportunidad.
Intentaron practicar por su cuenta, pero tres de ellos eran personajes desechables y el restante estaba demasiado preocupado por lo que, intuía, era el anuncio de la despedida de Ginga. Sólo que Ginga pensaba irse sin despedirse primero. Así pues, para conservar el afecto y presencia de aquel a quien consideraba más cercano que un hermano, urdió un plan para tentar a Ginga para que se quedara.
Supuso (ya que algo así le había dicho Ginga) que si encontraba un rival que despertara su interés, decidiría quedarse indefinidamente. Enata resopló por la nariz al recordar eso. ¡Si supiera que Ginga ya había decidido quedarse, pues podía conseguir alimento y techo de Madoka y Kenta si lo consideraba necesario! Aún así, Kenta decidió desafiar a Ginga y darle una buena batalla, de hombre a hombre (aunque los dos eran niños, con total desconocimiento de la carga de responsabilidades que traía consigo la adultez). Por tanto, que Kenta hubiera planeado algo o no importaba un pepino.
No, nada de eso era importante. Decidió terminar su reporte.
Daidoji consiguió que Kyouya prometiera obedecerlo si lo derrotaba en una yobatalla, y procedió a derrotarlo, a pesar de la útil información que aportó Benkei a Kyouya durante el encuentro. Daidoji se encargó de que transportaran a Benkei, SOMA, SOMB, SOMC, SOMD y SOME de regreso a su ciudad, y se llevó a Kyouya consigo a las instalaciones de entrenamiento de Shining Quasar. Los Smiley Chasers se encontraban sumidos en el caos.
