The World Cancer Only Knows
(El gasher vengador)
Benkei siguió entrenando sin descansar, para hacerse más fuerte y recuperar a Kyouya y esas cosas, sin pensar que, cuando secuestraban a alguien, lo lógico era llamar a la policía u otra entidad de la justicia. Pero ya que tenía la poco confiable palabra de Daidoji de que sólo tenía que derrotar a Ginga, Benkei decidió actuar ilógicamente. Al fin y al cabo, ¿qué sabía realmente de Kyouya? ¿Qué tal si era un fugitivo de la ley? Y aunque podría saber, si quisiera, la verdad era que no necesitaba saber. Su cerebro de yoluchador le indicaba que debía seguir el camino más complicado posible para obtener el resultado esperado.
Por tanto, había decidido que derribaría árboles a punta de yobladazos, y mejoraría su resistencia arrastrando los árboles que derribara por la playa.
Franco deterioro, garabateó Enata en sus notas. ¿De cuándo a acá una montaña desearía deforestar a otra? Benkei conocía de sobra los mecanismos de erosión. ¿Quizá había un conflicto milenario entre esta montaña y Benkei?
Irrelevante. Benkei seguía gritando "toro, toro, toro, TORITOOOOOOOO" mientras entrenaba. Preocupante.
Estaba arrastrando un pino, tarareando entusiastamente, cuando se encontró con un camino empedrado de cangrejos.
Sólo que no era un camino. Era una fila. Los cangrejos estaban haciendo fila para recibir mimos y alimentos de un sujeto pálido con cabello que parecía algas pardas.
Benkei sintió el antinatural cariño que fluía entre esos seres. Era como si el vínculo hubiera sido forjado por un tercero. Y entonces vio el yoblade que llevaba el pelos de alga en la mano.
–¿Máscara Mortal?
–¿Qué percebes se te ha perdido? –lo interpeló, molesto por la interrupción de tan dulce momento, el portador del yoblade antecitado.
Ajenos a estos hechos tan trascendentes, de cuyo resultado dependía poco menos que la existencia misma del universo, los demás yoluchadores de la ciudad se recreaban en su sano entretenimiento. Kenta y Ginga habían ido a visitar a Madoka, que estaba ocupada atendiendo la tienda de su padre, en donde él nunca se apersonaba. Alguna persona malintencionada, indudablemente, sospecharía que el buen hombre ya no estaba entre los vivos, y que Madoka hacía lo imposible por impedir que alguien descubriera su responsabilidad directa en ese hecho.
Pero nunca iba nadie malintencionado a ese establecimiento, sólo niños decentes y bien portados que deseaban surtirse de yoblades y refacciones, o que Madoka le diera mantenimiento a sus amadas herramientas deportivas.
Y también, niños llorones que entraban como vendaval y balbucían incoherentemente, mostrando yoblades más rotos que enteros, imposibles de reparar.
Madoka, indignada (su mente, poco apta para los negocios, prefería pasar horas interminables reparando yoblades que vender yoblades nuevos, aunque un frío análisis de costo-beneficio revelaba que la segunda opción le sería más redituable), fue a buscar al perpetrador de tan atroz crimen. Ginga y Kenta la siguieron, y después Madoka sugirió que se separaran para buscar al criminal.
(Su mente también era poco apta para la estrategia).
Y sus pasos errantes la llevaron a un callejón solitario y oscuro. Se detuvo ahí a tomar aire, y volvió a indignarse en voz alta por la existencia de personas que rompían los yoblades de los demás.
(Su mente, poco conocedora de giros usuales para tramas, no sabía que hacer tal cosa era lo mismo que invocar a quien estaba buscando).
El sujeto pelos de alga le aplicó la llave de Spock y se la llevó, tarareando alegremente.
Cayó la tarde, y Kenta y Ginga seguían buscando incansablemente. Por fin, Kenta vio a su objetivo enfrentándose a uno de sus amigos genéricos, mientras el resto de ellos observaba el encuentro inútilmente. El amigo sin nombre perdió, y el villano del capítulo de hoy se dedicó a reír malvadamente, cantar, y romper su yoblade (del amigo genérico).
Aparentemente, ninguno había recapacitado que el yoblade seguía atado a su dedo, por lo que bastaría tirar de él y salir corriendo, si deseara preservar su integridad.
–¡Muajajajaja! ¡¿Quién sigue, ah?! ¿Qué me dices, niño 1? ¡¿O TÚ, niño 2?!
–¡Ya basta! –intervino Kenta.
–¡Ah, un Vo-Lun-Ta~~rio! –canturreó el merecedor al galardón de mejor villano de la serie, si tal condecoración existiera, y alegremente lanzó su yoblade contra Kenta. Los amigos genéricos, que sabían que no tenían mucho futuro en la serie, se dedicaron a echar porras perfectamente coreografiadas y entonadas. Sólo que no estaban coreografiadas, porque son elementos del fondo, y por tanto no se asigna mucho presupuesto para animarlos.
Pronto, El Villano se dio cuenta de que Kenta era demasiado bueno para él. Aparentemente, practicar yoblade diariamente rendía frutos. No fue lo único que notó.
–¡La Espada de Damocles! –clamó, señalando a un punto indeterminado sobre la cabeza de Kenta. Kenta y sus amigos se volvieron y vieron que, en efecto, había una espada atada a un delgado hilo que colgaba de... ¿una nube? ¿La nada? ¿Un soporte invisible?
Distraído por el inminente e innegable peligro que corría su vida, Kenta no prestó atención a la batalla, y El Villano aprovechó para cortar de un certero golpe la cuerda del Sagitario. Se disponía a destruirlo también cuando, afortunada y predeciblemente, Ginga lo salvó.
–¡Ginga, nuestro héroe! –se alegraron los desechables.
–¡Ah, chinga chinga chinga chinga! –El Villano pronunció cada palabra en una nota distinta–. ¿Ginga? ¿Ginga Hagane? ¿El cabeza de anémona del que hablaba ese coral gigante llamado Benkei?
–Pues... supongo que sí –concedió Ginga, aunque no le parecía que su cabeza fuera muy parecida a una anémona. Claramente, llevaba un tiempo sin verse al espejo–. ¿Y tú eres...?
–¡El yoluchador errante Tetsuya Watarigane! ¡Portavoz del caos y la destrucción! ¡Ahora, enfréntame en singular batalla y...!
–No, gracias. Han llegado a mis oídos las noticias de tu vicio de destrozar yoblades, y jamás consideraría a alquien tan infame como un rival digno. Héme aquí pues, ofendido, pero no afrentado por tu osadía. Pero parto ya. Ea, Kenta, vámonos.
–Eh... claro –asintió el aludido, mosqueado por el extraño tono y acento que habían empleado esos dos, sobre todo Ginga. ¿Era un lenguaje secreto de yoluchadores errantes?
–Ah, pero si acaso yo mencionara a una particular dama de nombre Madoka... –comenzó Tetsuya. Ginga se detuvo y se volvió a verlo–. Oh, me parece que, en efecto, el nombre te resulta familiar. Me preguntaría si por acaso has recibido noticias suyas, pero sería un ejercicio por demás ocioso, pues sé de cierto que ignoras su paradero por completo.
–¡¿Qué?! ¡¿Madoka?!
–Eso mismo he dicho yo, más de una vez, ¡me caso en la mar tranquila! Y hablando de la mar... quizá algún charal la haya visto, pero para preguntarle tendrías que esperar a que suba la marea.
–¡Suficiente! ¡¿Dónde está?!
–¡Mira a quién le gritas, cerebro de carnada!
Y así, intercambiando bravatas y reconvenciones, les cayó la noche. Al final, acordaron resolver el asunto de Madoka con una yobatalla, pues era lo que se acostumbraba entre los yoluchadores errantes. Tetsuya guió a Ginga a una excavación en forma de cangrejo en una zona rocosa de la playa.
–No veo ningún plato –dijo Ginga, entercado. Detestaba las malas artes que había empleado Tetsuya para sonsacarle un encuentro, así que no tenía la intención de cooperar con el proceso.
–Eh, Ginga... es esta cosa con forma de cangrejo –informó Kenta, preocupado por la vista de Ginga.
–Pues sí. Máscara Mortal es la constelación del cangrejo. ¿No es apropiado que pelee en un plato en forma de cangrejo?
–Es muy... temático –concedió Ginga, viendo receloso los recovecos que conformaban las patas del cangrejo, donde había sospechosos agujeros.
–¡¿Estás listo?! –lo urgió Tetsuya.
–Eh... sí.
–¡No te escuuuuuu-cho!
–¡Que sí!
–¡Muuuuuuuuuuuuuuuuuy bien!
–¡No vayas a olvidar el acuerdo! –intervino Kenta, antes de que se lanzaran los yoblades–. ¡Si Ginga gana, nos dirás dónde está Madoka!
–Claro, claro. Pero si yo gano...
–... ¿quieres los puntos, verdad? –aventuró Ginga. Tetsuya soltó un bufido.
–¿Quién quiere esos cochinos puntos? ¡Percebes! Lo que quiero es que me dejes destruir tu yoblade. Eso es todo.
Ginga gruñó por lo bajo y frunció el ceño, pero de cualquier forma inició el combate.
Y terminó muy pronto, porque el yoblade de Tetsuya dejó de girar en el primer impacto.
–... almejas en salmuera... –maldijo por lo bajo, atónito. Kenta y los elementos decorativos glorificados se alegraron de la fácil victoria de Ginga.
–Ahora, entréganos a Madoka –solicitó Ginga, ya de mejor humor.
–Pfft, que me quiten las tenazas y las cuezan al vapor. Va a resultar que de verdad eres bueno en esto. Bueno, prosigamos con la segunda ronda.
–¿La qué? –preguntó Ginga.
–La segunda ronda –repitió Tetsuya, parpadeando confundido. Kenta estalló en una indignación poco proporcional a su edad y estatura.
–¡QUÉ SEGUNDA RONDA NI QUE OCHO CUARTOS! ¡DIJISTE QUE SI PERDÍAS...!
–Pero dije que sería un combate al mejor de tres, ¿no? –insistió Tetsuya, claramente confundido.
–No, no lo dijiste –corroboró Ginga.
–¡Pero claro que lo dije, anélidos fangosos! ¡Si no lo escucharon, debe ser porque tienen cerrados sus canales mentales!
–¡ASÍ QUE SÓLO LO PENSASTE! –bramó Kenta, fúrico.
–No es mi culpa que sus poderes telepáticos sean peores que los de un rotífero borracho.
Kenta iba a seguir despotricando, pero Ginga lo detuvo.
–Está bien, Kenta. No me molesta derrotarlo otra vez.
Y con eso dicho, volvieron a lanzar sus yoblades, mientras Tetsuya silbaba una tonada muy aguda. De los agujeros salió un ejército de cangrejos, que se dispusieron en formación a lo largo y ancho del plato y empezaron a soltar espuma. Ginga, desconcertado, realizó maniobras poco atinadas con su yoblade, consiguiendo cubrirlo de espuma. Intentando sacudirla, casi le da un zape a un cangrejo. Tetsuya ahogó un grito.
–¡Monstruo! ¡Ibas a atacar a esa pobre criaturita de Neptuno! ¡¿Cómo puede existir tanta maldad?!
–¡Pero si tú los estás controlando! –alegó Kenta, mientras Ginga estaba ocupado en sentirse culpable porque sí, en efecto, casi le daba a la pobre criaturita de Neptuno.
–¿Qué te hace pensar eso? –preguntó Tetsuya, ladeando la cabeza–. Sí, el mar me ama, y la naturaleza tiene fenómenos misteriosos, pero...
–¡Pero nada! ¡ERES UN TRAMP...!
Kenta interrumpió su reclamo al ver que uno de los cangrejos había atrapado el yoblade de Ginga, antes de que lo impactara.
–Uuuuy, tenemos un empate –recapituló Tetsuya innecesariamente–. Entonces, ¡todo se decidirá en la siguiente ronda!
Los cangrejos se retiraron del plato, que se inundó de lodo.
–¿Qué? –se mosqueó Ginga.
–Ah, la naturaleza es misteriosa y el mar me ama –repitió Tetsuya–. Supongo que esto tendrá que resolverse con una batalla aérea, lo que no me conviene mucho. Pero claro, si pierdo no te diré dónde está Madoka.
–Ni falta que hace. Llevo un rato oyéndola gritar. Debe estar por allá –señaló Ginga a su izquierda–. Creo que alguien la está picando con un palito o algo así.
–No, deben ser mis cangrejos niñera, pellizcándola. Les dije que no la dejaran salir de una micro-fosa que cavé para ella. Claro, en realidad podría irse cuando quisiera. Tiene suficiente espacio para levantarse y salir corriendo.
–¿Porqué harías eso? –se extrañó Kenta.
–La naturaleza es misteriosa y el mar me ama. ¿Qué tal si crecía la marea? Si hubiera cavado una fosa profunda, se habría ahogado. Si no pudiera irse y el mar subiera más de lo normal, se ahogaría de todas formas. Me gusta destruir yoblades, pero no soy un asesino.
–¡¿Pero por qué querrías destruir yoblades?! ¡¿Que no sabes lo mucho que cuestan las refacciones y eso?!
–Eh, bueno, a causa de un "amigo" traidor, mi Máscara Mortal quedó en este penoso estado. Cuando vi lo que costaban las refacciones, decidí asociarme a la fábrica de refacciones. Gano un 30% de comisión sobre precio de venta por cada niño que vaya llorando a una tienda de refacciones.
–... qué malvado –comentó Ginga por fin–. ¿Seguro que no es una especie de revancha por la traición y eso? ¿No buscas venganza y condenas la amistad y eso?
–Ya cobré venganza por eso –se encogió de hombros Tetsuya–. No es como si hubiera sido mi único amigo en la vida y fuera a enloquecer por eso. El mar me ama.
–Ah, bueno. Porque te voy a derrotar con el poder de la amistad y mi corazón de yoluchador.
–Si creer eso te hace feliz... Ah, Madoka dejó de gritar.
–Pues claro –dijo Madoka, llegando–. Benkei fue a salvarme.
–¡No te salvé a ti! –clamó Benkei–. Sólo estaba desocupando esa fosa para que pudieran ocuparla los charales en el momento oportuno. Se notaba que no estabas en peligro.
Ginga suspiró.
–Bueno, acabemos con esto.
Tetsuya y Ginga lanzaron sus yoblades. Tal como había predicho Tetsuya, la batalla aérea era más conveniente para Ginga que para él, así que, al ser derrotado, se encogió de hombros, resopló despreciativamente cuando Madoka le ofreció reparar su yoblade, y...
–¡El Barco de la Muerte! –señaló, aterrado, hacia altamar.
En efecto, a lo lejos se veía uno de tantos barcos de la muerte, con su aspecto tétrico de estar a punto de irse a pique. Era una visión sobrecogedora, y nadie notó cuando Tetsuya se fue cantando.
–Ese tipo canta demasiado y el mar lo ama. No me agrada –dictaminó Feregrak.
–Pero... Flint me dijo que el mar no amaba a nadie, en realidad –comentó Enata, frunciendo el ceño.
–Exacto. Por eso nadie que conozca al mar dice que el mar lo ama. Debe ser una clave de algo. Además, ya va siendo hora de que la AC se entrometa en nuestros asuntos, así que puede que tengan algo que ver. Será mejor que te prepares para ir a la Tierra –hizo una pausa, se aseguró de que nadie los oyera, y agregó en voz baja–. Que Sodbreid no se entere. No confío en él.
Enata asintió, aunque sabía que la paranoia de Feregrak respecto a la AC se disparaba hasta por las circunstancias más inocentes. Además, Sodbreid había asistido a la academia más o menos al mismo tiempo que él, un par de años más abajo. No podía ser de la AC.
