She's leaving home
(El desafío de Acuario / ¡Es nuestra maniobra especial, Sagitario!)

Una chica quería entrar, sin equipaje alguno y a pie, a la bendita ciudad que nos ocupa. No contaba con que los Smiley Chasers le bloquearían la entrada, cobrando un ridículo peaje mediante yobatallas injustas. SOMA, SOMB, SOMC y SOMH lanzaron sus yoblades contra la susodicha, que de un certero golpe los mandó a freír espárragos. Literalmente. Fue tanta la fuerza de su golpe, que fueron arrojados por los aires y aterrizaron en un barco cercano, donde se les asignó un puesto en la cocina para que no fueran polizontes, ya que eso contaría como un antecedente penal en su contra, y SOMH es demasiado lindo para tener antecedentes penales.

Pero Benkei presenció la batalla, e, impresionado por las habilidades de la muchacha, le preguntó su nombre y la invitó a ir por un helado en señal de bienvenida. Al fin y al cabo, después de haberla atacado sin provocación alguna, era lo mínimamente correcto. En el camino a la heladería, hablaron de comida, el clima, filosofía, yoblade, las canciones de sus respectivos terruños, y sobre yoblade. La muchacha, llamada Hikaru Hasama, era, ¡sorprendente e inéditamente!, una yoluchadora errante y, como tal, viajaba por el mundo sin el más mínimo equipaje, en busca de oponentes fuertes a los cuales desafiar. Benkei, que ya había sopesado la fuerza de Hikaru a conciencia, le sugirió enfrentarse a Ginga, e incluso se ofreció, tan amablemente como sólo Benkei puede ser, a arreglar que se diera el encuentro. A Hikaru la idea le pareció excelente. Así pues, Hikaru decidió pasar la noche y establecer como su centro de operaciones el viejo yocoliseo, un antiguo estadio de yoblade que había sido diseñado para parecerse al coliseo romano, y que había quedado en ruinas poco después de su inauguración a causa de los eventos sobrenaturales que precedieron a la edificación de la Torre de Metal. Enata sacudió la cabeza. La pobre niña se iba a resfriar, descubierta como iba, durmiendo a cielo abierto sobre la fría piedra. Se reconfortó pensando en que los yoluchadores errantes parecían tener una salud más resistente que los humanos normales, aunque igual se preocupaba.

Después de todo, Ginga había resentido el rocío y el frío de la madrugada, tal como Enata había anticipado, y había caído resfriado esa misma mañana. Lo más angustioso era que se había desmayado por el resfriado. Debía ser por lo flaco que estaba. Afortunadamente, Madoka no había tenido reparos en acogerlo en su casa, sin avisarle siquiera a su siempre ausente padre que había llamado a un doctor para que revisara a Ginga, a pesar de que probablemente el dicho padre ausente sería quien pagara esa cuenta. Ginga siguió dormido un buen rato, con fiebre, por lo que Kenta y Madoka terminaron aburriéndose de vigilarlo y se fueron al taller de Madoka.

Kenta quería desarrollar una técnica especial. En un mundo sin políticos-bit, y desconocedor de la existencia de las armaduras-bit, parecía que la diferencia fundamental entre yoluchadores era la capacidad de idear técnicas especiales únicas, impredecibles, y tan indescifrables como fuera posible. Tras analizar detenidamente el yoblade de Kenta, Madoka descubrió unas rebabas que, usadas sabiamente, podrían servir como sierras para desgastar las cuerdas de los yoblades de sus contrincantes, si Kenta lanzaba a Sagitario con la fuerza e inclinación correcta, la humedad relativa era la apropiada, y la alineación de los planetas le era favorable.

Con eso dicho, Madoka fue a revisar que la fiebre de Ginga fuera bajando y a atender sus asuntos, y Kenta decidió ir a entrenar para encontrar la inclinación y fuerza necesarias para su técnica especial. En eso estaba, al lado de un río, cuando Benkei lo encontró. Ya que no había encontrado a Ginga en todo el día, se desilusionó al ver que Kenta estaba solo. Así pues, le informó del reto a Kenta de malos modos, sin darle oportunidad de que le dijera que Ginga estaba enfermo.

Una persona normal se habría encogido de hombros. Después de todo, siempre podía excusarse diciendo que no había visto a Ginga a tiempo para informarle del supuesto desafío. O habría corrido tras Benkei para decirle de la indisposición de Ginga. Pero no. Kenta tenía un cerebro configurado para el yoblade, y eso lo obligaba a tomar decisiones absurdas.

Así pues, decidió suplantar a Ginga en el encuentro al día siguiente.

Usando una peluca afro multicolor.

Entró al estadio lentamente. Los pasos de la cacatúa gigante que iba cabalgando resonaron en las paredes del yocoliseo derruido, lo cual era extraño. No debería haber tanto eco.

–¿Tú eres Ginga? –preguntó Hikaru.

–Síp. Totalmente. Definitivamente soy Ginga –dijo Kenta como un autómata, creyendo que se veía serio e imponente como cualquier yoluchador errante.

Pero Benkei sabía la verdad.

–¡EH, HIKARU, ÉSE NO ES GINGA! –gritó. En teoría, debería haberlo oído. En la práctica, la acústica del yocoliseo no tenía el más mínimo sentido, y no lo escuchó.

Benkei comenzó a bajar las gradas para advertir a Hikaru que estaba a punto de deshonrarse al desafiar a un impostor. Si lanzaba su yoblade, se condenaría a perder todas las batallas importantes que tuviera de ahora en adelante para el resto de su vida. Para el caso, bien podría pedir empleo como secretaria de alguien muerto.

Apenas Benkei había bajado 4 escalones cuando Hikaru y Kenta lanzaron sus yoblades. Era demasiado tarde para Hikaru. Aunque derrotó a Kenta con facilidad, dedicando todo el día, hasta que comenzó a ponerse el sol, pateándole el trasero con singular estoicismo, la maldición no hacía más que empeorar con cada ocasión que abusaba de su condición de yoluchadora errante sobre el indefenso Kenta. La cacatúa se fue, incapaz de soportar la pena ajena que le ocasionaba contemplar la escena, después de que Hikaru derrotara a Kenta por tercera vez. Benkei, ¡naturalmente!, se sintió conmovido e identificado con Kenta, ya que había pasado por algo similar.

Así que, cuando Kenta quedó tirado en el suelo y Hikaru se fue, Benkei lo levantó a la fuerza y, de la forma más tsunderesca posible, le dijo que lo entrenaría para que pudiera derrotar a Hikaru. Kenta, desconocedor de lo que le esperaba, aceptó.

Nadie, aparte de Benkei, lo vio por varias semanas. Madoka y Ginga comenzaban a intrigarse por la súbita desaparición. En un encuentro casual con Kenta, notaron que tenía varios raspones y, en general, se veía raro. Además, iba muy apurado a "ningún lado". Era como si Kenta se hubiera emperrado en parecer lo más sospechoso posible. De modo que lo siguieron, y presenciaron parte del entrenamiento. Además, para fortuna suya, Kenta y Benkei recapitularon a gritos todo: la suplantación, el duelo con Hikaru, la firme y noble promesa de Benkei de ayudar a Kenta, la determinación de Kenta para entrenar y remediar su error, los millones que tenían en sus cuentas de banco en Suiza, el apasionante final de la telenovela mítica "Manuela", sus planes de dominación mundial; en fin, todo lo recapitulable. Madoka y Ginga decidieron que sería mejor dejarlos por su cuenta.

Pero Madoka hizo caso omiso de ese acuerdo, y empleó su tiempo y energía en producir artesanalmente un mejor pivote para el yoblade de Kenta. Uno que le ayudaría a que la fuerza de sus lanzamientos se acercara a los estándares necesarios para poder hacer uso de las rebabas. Además, si lo lanzaba de cierta manera, el pivote silbaría una alegre tonada campirana y echaría confeti.

Se apostó a las afueras del yopark, para sorprender a Kenta cuando fuera hacia el yocoliseo. Lo que ignoraba era que tendría que esperar unas 30 horas para poder llevar a cabo su propósito.

Durante esas 30 horas, Watarigani se enteró de todo lo que había pasado con Kenta y Hikaru e, indignado por el engaño ruin que la condenaría eternamente, le reveló toda la verdad, la áspera verdad. También se la reveló al resto de los Smiley Chasers, pues los degradaba el ser dirigidos por alguien que se prestara a esa clase de estratagemas (léase, Benkei).

No contaba con que a los Smiley Chasers, en realidad, les importaba un pepino el código de honor y las maldiciones gitanas de los yoluchadores errantes. Pero eran celosos y posesivos, y no permitirían que su Benkei suyo de ellos departiera con el mocoso peliverde así como así. Convocaron a una asamblea general, y decidieron expulsar a Benkei y vivir sin un líder, por el momento, para que sintiera el rigor.

Ése fue el surgimiento de la Anarquía Chaseriana, ejemplo de mal ejemplo para todas las naciones que buscan instituir este régimen. Pero eso no importa.

Hikaru, por su parte, había confrontado a Benkei directamente y le exigió con justicia y rectitud que enderezara el entuerto que había provocado, y le agendara un duelo con Ginga. Craso error. Lo que hizo Benkei fue agendarle otro encuentro con Kenta, a sabiendas de que sellaría la maldición por completo. Porque, ¡naturalmente!, no es mercadotécnicamente recomendable que haya una yoluchadora verdaderamente fuerte en la serie. Además, la terquedad demostrada por Kenta le recordaba a la suya propia, y eso había logrado que Benkei se encariñara con él (aunque no era como si su tsunderismo fuera a permitir que lo confesara).

Y llegó el aciago día en que Hikaru creyó que se enfrentaría a Ginga, cuando en realidad se enfrentaría a Kenta, que acababa de recibir el pivote mejorado de Madoka. Watarigani intentó impedir que llegaran Benkei y Kenta al encuentro, pero fracasó, ya que estaba demasiado lejos del mar que lo amaba.

Por fin, Kenta se encontró con Hikaru.

–Apártate, impostor, bellaco.

–¡Jamás! Sé que no debí engañarte y mucho menos suplantando a Ginga a quien quiero tanto y ensucié su nombre y no podré verlo a la cara su dulce cara jamásmente nunca si no arreglo todo esto y no puedo rendirme y por eso quiero enfrentarte una vez más y eso y por favor no digas que no porque el corazón no aguanta tanta zotedad y si la lluvia reprochara en el momento de caer entonces dónde quedaríamos yo y mi intrínseco deseo que indúceme a desafiarte una y mil veces contra vientos y mareas y ándale no seas cobarde que al cabo una no es ninguna y juro no volver a molestarte otra vez y...

–Está bien, ¡está bien! –atajó Hikaru, viendo que Kenta comenzaba a ponerse azul por hablar sin respirar–. Será un buen calentamiento para mi batalla contra Ginga.

No debió decir eso. Como si la maldición que ya tenía encima no fuera suficiente, encima invocó la ley universal de "el que presume, pierde". Y perdió.

Impactada como estaba, no tuvo oportunidad de entrar en justa cólera al ver a Benkei soberana y nada disimuladamente feliz por la victoria de Kenta, a quien abrazó, lanzó al aire, pellizcó los cachetes, revolvió el cabello, hizo caballito y compró un helado. No, porque en cuanto superó el impacto, su programación de yoluchador errante se reanudó y se sintió feliz por haber enfrentado a un oponente fuerte, e hizo mutis. Entraron en escena SOMA, SOMB, SOMH y SOMQ.

–¡Tú! –señaló SOMQ acusadoramente con su dedo a Benkei–. ¡Traidor!

Benkei dejó caer a Kenta a medio lanzamiento.

–Ah... chicos...

–¿Cómo te atreves a vernos siquiera...? –soltó SOMB, con una tensión extraña en la voz.

–¡Ya te vimos! ¡Confraternizando con el enemigo! –intervino SOMH–. ¡Cuando deberías estar intentando derrotarlos!

–Ah, esto es sólo...

–Ya no te queremos –sentenció SOMA, con la determinación de quien al decirle "ya no te quiero" a alguien provoca que ese alguien sienta que su vida se hunde en un abismo profundo y negro como su suerte, y proceda a intentar hallar el olvido al estilo Jalisco.

–¡Amigos...!

–Tch tch tch. La amistad es una avecilla rebelde, ¿no? –meditó Watarigani en voz baja. Se había acercado, prácticamente valsando, al proscenio de tan dramática escena, mientras SOMA, SOMB, SOMH y SOMQ se iban, como las fierecillas celosas que eran. Benkei se volvió hacia él, pues no había hablado tan bajo como para que no lo oyeran.

–¡WATARIGANI!

–¿Sí, dime?

–¡¿Por qué les dijiste?!

–¿Decirle qué a quién?

Benkei gruñó una sarta de malas razones que no serán reproducidas aquí. Ginga le tapó los oídos a Kenta. Watarigani imitó la postura de "El Grito" con increíble exactitud, y emitió un ululato de alma en pena.

–¡Y ustedes! –bramó Benkei, volviéndose hacia Ginga, Kenta y Madoka–. ¡No somos amigos! ¡Hasta aquí llega mi ayuda! ¡Y prepárate, Ginga, porque te derrotaré!

–¿Y yo qué vela tengo en este entierro...? –se preguntó Ginga por lo bajo, sin saber que, no muy lejos de ahí, Hikaru lo espiaba y hablaba consigo misma.

–Así que ése es Ginga...