Nota de la autora: SOMH significa "Sujeto Obviamente Malvado que se parece a Hijikata", y hace alusión a un personaje de Gintama, que es íntico a SOMH. O más bien al revés. Lo verdaderamente importante es que no puedo evitar ser parcial hacia SOMH por ese parecido, ni ahijikatarlo (o peor, atoshiarlo) a la mínima oportunidad o provocación. Si conocen Gintama lo notarán, si no, pues no; pero es irrelevante para la trama. Sólo lo señalo porque, al ver los comentarios, sospecho que están siguiendo pistas falsas y tomando nota de hechos intrascendentes, ignorando las verdaderas pistas, como, por ejemplo, (¡ADVERTENCIA! ¡SPOILER GIGANTE!) que el mar ama a Watarigani.

Excepto por HellLaufey, que eligió tomar nota de que SOMH es adorable, que es lo más importante del mundo.


Get Back!
(
El contraataque de Leone / ¡Batalla candente! ¡Ginga VS Kyouya!)

Los Smiley Chasers pasaban el tiempo escuchando las historias de las grandes fazañas y victoriosas empresas que había llevado a buen término el fuerte y leal brazo del noble y aguerrido fijodalgo Watarigani. Que son ninguna. Por suerte, Watarigani tenía muchas historias sobre el mar, que lo amaba, y eran ciertamente fábulas interesantes que le granjearon la admiración de más o menos nadie.

–No les miento: entonces la dulce criaturita de Neptuno me sonrió y, quitándome los sargazos de los hombros... ¿Quién percebes eres tú? –increpó a alguien que recién entraba y, todos a una, SOMH, SOMQ, SOMB, SOMD Y SOMT se volvieron hacia la entrada, dejando escapar vocalizaciones de asombro.

–¡Kyouya! –exclamaron a la vez, como enfangirlecidos por el rayo, sin notar que Kyouya traía un soplo en el pulmón derecho y la garganta cerrada por una infección, lo que hacía que sus respiraciones sonaran como un gruñido, y lo tenía de un humor de todos los diablos.

–¡Te ves tan fuerte!

–¡Y tan sagaz!

–¡Y tan apuesto!

–¿Me trajiste algo, u olvidaste mi cumpleaños?

–El mundo se sentía frío y desolado sin ti.

–¡Si no estás, los Smiley Chasers no podemos sonreír, amado líder!

–¿Quieres un poco de mayonesa? Yo invito.

–¡Ah, Kyouya, si tan sólo supieras que...!

–Si buscas a Benkei, no está –le informó Watarigani, notando que la mirada de Kyouya vagaba por la bodega, sin prestar atención a sus fanseseses–. Enloqueció de soledad y se unió a la alegre compañía del cabeza de anémona. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, Ginga.

–¿Eso hizo? –preguntó Kyouya a sus Smiley Chasers, que uno a uno fueron bajando la cabeza y poniendo cara de pungimiento. Aunque la melancolía de SOMQ, la incomodidad de SOMD y el abatimiento de SOMT eran genuinos, y merecerían algún premio actoral por mostrar expresiones tan sinceras, SOMH seguía viéndose más lindo que ningún otro, por lo que Kyouya le perdonó su inutilidad para retener a Benkei. A los demás no. Bueno, tal vez a SOMT.

–Entonces, ¿tú eres Kyouya, el delfín alfa de este grupo? De ser así, y si te derrotara, ¿me convertiría en el nuevo líder? –preguntó Watarigani.

Kyouya emitió una respuesta ininteligible. Los Smiley Chasers presentes se hicieron a un lado, pensando que estaba de mal humor. Carraspeó. Al final, decidió que sería más fácil derrotarlo que darle una respuesta, así que alistó su yoblade y le indicó por señas que hiciera lo mismo. Watarigani y los SOM iniciaron el conteo.

–¡Tres, dos, uno...! Let it...

–be –se desvió Watarigani, olvidando lanzar su yoblade–. And in my hour of darkness / she is standing right in front of me...

Distraído, Watarigani salió de la bodega, añadiendo a la injuria gargantal de Kyouya la ofensa de que cantaba muy bien y tenía un registro vocal bastante envidiable. Y eso puso de peor humor a Kyouya.

–Consideren a Los Smiley Chasers desintegrados.

–¡¿Pero porqué?! –clamaron los SOM.

Kyouya se fue, físicamente incapaz de darles una larga explicación, mientras ellos se quedaban tristes y acongojados en la bodega.

Pero no por mucho. Atinadamente supusieron que todas sus desgracias se debían a Watarigani, así que lo rastrearon (no les fue difícil: seguía cantando) y se dedicaron a perseguirlo. Al final, lo alcanzaron, pues Watarigani corrió sin fijarse y se estrelló con Benkei.

Estando Watarigani atontado por el golpe, no se pudo levantar con la presteza necesaria, y los ex-Smiley Chasers procedieron a montonearlo. Lo enrollaron de hombros a tobillos en su propia capa, le cubrieron la boca con cinta adhesiva, le llenaron de chicles el cabello, lo jinetearon, le aventaron los zapatos al río, le patearon las costillas, le llovieron a zapes, le saltaron en la panza, le hicieron cosquillas, lo varearon como si fuera marimba, le pegaron bigotes de utilería y se los arrancaron, y procedieron a arrastrarlo por la ribera mientras le contaban a Benkei lo que acababa de pasar con Kyouya. Cuando oyeron llorar a Watarigani les dio un poquito de pena, y lo dejaron que se fuera flotando por el río, porque ya casi era hora de la cena.

Benkei rumió por el resto del día, y toda la mañana siguiente, lo que le habían contado sus ex-compañeros. Se sentía culpable, por no haber mantenido a la pandilla unida en ausencia de Kyouya, y a la vez preocupado por el comportamiento tan anormal que había mostrado.

–Benkeeeeei... –lo llamó Kenta, sin obtener respuesta. Agitó la mano enfrente de los ojos de Benkei–. Beeeenkeeeeeiiiiiii... –empezó a saltar sobre su panza–. ¡Benkei, Benkei, Benkei!

De repente ya no rebotó. Benkei estaba retomando sus características montañosas, tan sumido como estaba en sus cavilaciones.

–¿Benkei? –insistió Kenta, picoteándolo con un palito. Finalmente, Benkei se levantó y se fue, mascullando algo por lo bajo. Kenta se resolvió a seguirlo, mientras Benkei subía el volumen de su monólogo, revelando que era una sarta de incoherencias–. ¡Benkei, ya basta! –se hartó Kenta por fin, interponiéndose en el camino de Benkei.

Benkei pasó por encima de él sin darse cuenta.

Mareado por la revolcada que acababa de sufrir, Kenta se levantó a trompicones y prosiguió siguiendo a Benkei, que por fin se detuvo en un parque distinto de en el que normalmente pasaban los demás el tiempo, y se sentó en una banca. Suspiró.

–Kyouya ha vuelto –dijo por fin.

–¿Que Kyouya ha vuelto?

–Pues sí. ¿Qué, tienes problemas de audición?

–Ehm, no, pero... ¿no deberías estar contento de que haya vuelto?

–No quepo en mí de felicidad –dijo Benkei con voz monocorde y distante–. Aunque haya vuelto, no puedo verlo.

–¿Pero porqué? ¡Si son amigos y se quieren tanto!

–Bueno, fui más o menos responsable de la caída de los Smiley Chasers, y eso.

–¡Pero si no hiciste nada malo! ¡Fueron ellos los que se pusieron de nenas celosas y posesivas! –Benkei parpadeó y se le quedó viendo a Kenta, asombrado. No lo había considerado de ese modo–. ¡Kyouya es tu amigo! ¡Seguro entenderá!

–Tienes razón –sonrió Benkei por fin, y, riendo, empezó a darle palmaditas a Kenta en la cabeza, que fueron incrementando de fuerza gradualmente, hasta dejarlo medio clavado en el suelo–. ¡Sí, es cierto! ¡Lo buscaré! ¡Gracias, Kenta!


Hikaru llevaba tres días espiando a Ginga. Le tomó dos y medio descubrir porqué no podía dejar de verlo. Entonces fue cuando notó el famoso contoneamiento lateral del guardafangos trasero que caracterizaba a Ginga. El medio día restante lo dedicó a corroborar que era cierto lo que veía, y no eran imaginaciones suyas.

Naturalmente, no podía espiarlo las 24 horas del día, en realidad. No sin cambiar de posición cada cierto tiempo. Había llegado la hora de moverse.

Demasiado tarde. Ginga la había visto y se dirigió hacia ella con celeridad pasmosa. Hikaru no podía huir, no, porque hacerlo sería admitir que llevaba espiándolo un tiempo considerable. Incluso apretar el paso podría interpretarse como que huía... a menos que su ruta de escape terminara en un baño. Entonces, podría asumirse que su prisa era por motivos fisiológicos. Pero el baño público más cercano era el del yopark, y para dirigirse allí tendría que dar media vuelta, y entonces se toparía cara a cara con Ginga.

–¡Eh, espera! –dijo Ginga por fin. Hikaru se hizo la desentendida y siguió avanzando–. ¡Hikaru!

Ni modo. Tendría que detenerse. Si esto fuera un manga shoujo, Hikaru se habría sonrojado, el panel tendría decoraciones florales, y los únicos textos serían "¿Sabe mi nombre?" y "doki doki". Pero no. Esto es Yoblade, así que Hikaru se dio la vuelta, fingiendo estar mosqueada e insegura de que se dirigieran a ella, mientras Ginga por fin la alcanzaba.

–¿Eres Hikaru, no? Vi tu batalla con Kenta.

Que me parta un rayo, sólo falta que mi madre muerta en el cielo también la haya visto. Fue muy humillante y ayDios ayDios ¿ahora qué va a pasar?

–Quiero enfrentarte –declaró Ginga sin más ni más.

(Doki doki.)

–Ah, pero... ¿a mí?

–¡Sí! Tu técnica especial es bastante impresionante.

... más me vale no estarme sonrojando. O que no lo note. Ojalá me tragara la tierra.

–Pero... pero yo... ya... no tengo derecho a enfrentarte –soltó por fin, fatalista.

–¿Eh?

–¡Perdí contra tu lacayo! Según todo código de honor, ¡no puedo enfrentarte hasta que lo venza a él primero!

–¿De qué estás hablando? ¿Lacayo? Relájate, el yoblade sólo se trata de divertirse.

No, definitivamente no estoy alucinando unas rosas enmarcando su cara. Olvida el meneadito, Hikaru.

–Si... si tú lo dices...

Y así, Ginga y Hikaru se retiraron a un lugar más propicio para tener un duelo. Que, naturalmente, ya que sobre ella pesaba una terrible maldición, Hikaru perdió.

Pero hey, al menos pasó un buen rato.


Benkei llegó a la bodega donde supuso que estaría Kyouya, pero no lo vio en primera instancia. Llamó un par de veces y no recibió respuesta, así que se dio la vuelta y se dispuso a irse.

Y entonces escuchó un moquito silbante, que venía de detrás de una caja, acompañado de una especie de ronquido gutural. Entrecerró los ojos y vio a Kyouya salir de entre las sombras.

–¡Kyouya! –exclamó, todo felicidad y alborozo–. ¡Qué bueno que estás bien!

Kyouya acomodó el caramelo de propóleos en su mejilla izquierda. Al menos ya podría hablar un poco, y cuando los antigripales le hicieran efecto, dejaría de dolerle la cabeza. Y aunque su respiración siguiera escuchándose casi igual de trabajosa, al menos ya respiraba, gracias a unas inhalaciones de eucalipto y mentol.

Aun así, no estaba en las condiciones más óptimas para tener la larga charla que necesitaba tener con Benkei, así que sacó su yoblade y le hizo señas a Benkei de que hiciera lo mismo.

–Ah, ¿quieres conversar vía yoblade? –preguntó Benkei. Kyouya asintió. Hacía ya tiempo que habían ideado ese novedoso método alternativo de comunicación, que consistía en enviar mensajes en código morse con los yoblades. Fue así que Benkei le explicó a Kyouya lo que había pasado en su ausencia, y se disculpó sentidamente por no mantener unida a la pandilla. Kyouya, por su parte, comenzó a contarle cómo se había enfrentado a una curiosa manada de lobos, recurriendo a lo que recordaba del encantador de perros, ya que agarrarlos a yoyazos le pareció una solución muy absurda y contraproducente.

Pero no terminó su relato. El cóctel de remedios que había tomado se le subió a la cabeza, y comenzó a reír tontamente, con su voz aguardentosa, y perdió el control de su yoblade, atacando a Tauro sin piedad.

Fue en estas circunstancias que los encontró Kenta: Kyouya, bastante drogado, y Benkei, atónito e indefenso. No porque estuviera realmente indefenso, sino porque no atinaba a defenderse, pues Kyouya se había vuelto más fuerte, lo que lo dejaba pasmado.

Sin siquiera darse cuenta de lo que hacía, y riendo como villano en franco deterioro, Kyouya hizo polvo a Kenta y Benkei, y también a la bodega en que se encontraban, para después encaminarse hacia la salida, zapateando como si bailara un son jarocho. Por poco aplasta los yoblades de Kenta y Benkei, pero Benkei se lanzó para protegerlos.

(Lo cual era bastante estúpido, porque las cosas esas sufren diariamente peores impactos que el de los piececitos de Kyouya, y sólo se raspan un poquito. A veces.)

Benkei se desmayó de la impresión, y Kenta decidió empezar a llorar dramáticamente, como si estuviera muerto o algo así.

Pero respiraba, así que hizo de tripas corazón y, usando la fuerza sobrehumana que había obtenido durante su entrenamiento con Benkei, cargó al susodicho, que lo triplicaba en estatura y quintuplicaba en peso, hasta la tienda del padre de Madoka. No notó, cubierto como estaba por la mole inerte que era Benkei, que se había desatado la madre de todas las tormentas, desmintiendo todo pronóstico climático.

No es que los pronosticadores fueran particularmente malos en su oficio. Al fin y al cabo, sus satélites no podrían haber registrado el factor desencadenante del fenómeno.

Esa mañana, Feregrak había tenido que tomarse el café sin azúcar.

Hizo una mueca ligera por el amargor.

–¿Y luego?

–Pues que Kyouya también se enfermó. Comienza a preocuparme que haya un nuevo virus que sólo ataca a yoluchadores errantes que, por alguna razón, dejan de ser errantes.

–Eso es lo bastante absurdo como para... –Feregrak vació el café en una maceta y le dio un zape lateral a Enata–. Sí, absurdo.

–Aun así –insistió Enata, impertérrito. Era inmune a toda clase de zape, garnuchazo, zancadilla o mema–, no puedo ignorar mis presentimientos. Además, creo que sería mejor empezar a tratar de infiltrarme.

–¿Has estudiado los informes correspondientes? –Enata asintió–. ¿Y ya diseñaste una estrategia?

–Eeeeh...

–Perfecto. No lo hagas. No hasta que hayas leído esto –atajó Feregrak, mostrando otro sobre, particularmente abultado. Vio a ambos lados, receloso, y añadió en voz baja–. No lo leas aquí. Léelo cuando estés en la Tierra.

Enata guardó el sobre en su solapa, decidido a leerlo cuando le viniera en gana, siempre y cuando Feregrak no pudiera verlo. No estaba preparado para ir a la Tierra todavía, e indudablemente sería mejor que lo leyera antes de descender. Entretenido como estaba en lamentar y burlarse mentalmente de la paranoia sin límites de sus dos maestros, no se dio cuenta de cuando Feregrak bajó la palanca y el cielo se abrió bajo sus pies.

Pero claro, una vez que me dio el sobre, no estaba seguro de que podría leerlo sin que alguien más se enterara de su contenido. Tenía que mandarme a la Tierra sin avisarme, ya que podrían interceptarme si cualquier persona estaba prevenida. Y debía hacerlo mediante la condenada palanca, en vez de la puerta, para que nadie supiera a dónde fui. Seguro fingirá desconocer mi paradero por semanas antes de que Lacheu logre sonsacarle que no estoy. Y entonces...

Enata tuvo que interrumpir sus cavilaciones. Debía romper la atmósfera y los catorce mil ochocientos sesenta y un sellos que habían colocado alrededor de la región donde vivían Kenta y los demás. El que lo hiciera sin provocar perturbaciones mayores a una tormenta tropical sería digno de elogio, si a alguien le importara.

La gente de la ciudad aceptó la tormenta con sublime indiferencia. Cabría preguntarse si en realidad se enteraron de lo que estaba ocurriendo.

Ginga y Madoka se distrajeron de la tormenta por la llegada de Kenta y Benkei, que se desplomaron al cruzar el umbral. Mediante un ingenioso sistema de poleas, subieron a Benkei al cuarto donde Madoka acomodaba gente enferma y herida. Como no sabían qué hacer para que volviera en sí, intentaron reanimarlo echándole un poco de agua, abanicándolo, echándole alcohol, y después, ya nada más por echar algo, le echaron puños de tierra.

Lo cual funcionó.

–Qué bien chingan –dijo con voz trabajosa. Los que estaban ahí presentes lo escucharon mal, y Ginga se acercó a su cabecera–.Debería descansar... Kyouya... –alcanzó a entreabrir los ojos e intentó transmitirle su voluntad a Ginga, ya que estaba convenientemente cerca para tal fin–. Encárgate... de Kyouya.

Con lo que quería decir que, por favor, fuera por Kyouya y se encargara de que recibiera atención médica.

Ginga asintió, y sin dejarse vencer por el viento, sin dejarse vencer por la tormenta, sin dejarse vencer por meteoritos, sin dejarse vencer por hierofantes paganos, salió a buscar a Kyouya. No le fue difícil. Guiado por sus instintos de yoluchador errante, determinó que Kyouya estaba, muy probablemente, en el yoestadio principal, que no tenía techo ni nada de esas cosas de nenitas. Y aunque era cierto, no era por las razones que él suponía.

Escuchó el soplo pulmonar de Kyouya sin el más mínimo respeto a su peligrosidad.

–¡Kyouya!

–¡Ginga! –le respondió aquél. Si no sonara como dementado sociópata, Ginga habría notado la genuina felicidad en su voz. Kyouya deliraba, claro está.

–¡Terminemos con esto! –dijo Ginga, lanzando su yoblade. Kyouya correspondió más por reflejo que por otra cosa. Seguía riendo y carraspeando alternadamente, sin darse cuenta de lo que hacía. Lo que era una verdadera lástima, porque la batalla resultó tan intensa y emocionante como las de los viejos tiempos, cuando había políticos-bit involucrados. Pronto se fueron llenando las primeras filas del estadio, pues todos los niños habían salido de sus casas como apaches borrachos al notar en el aire el aroma a yobatalla épica. Y los padres de los angelitos ni se enteraron. Hasta hicieron acto de presencia los Smiley Chasers, que esperaban que una derrota le devolviera la cordura a Kyouya, y Watarigani, que no tenía gran cosa que hacer, pues el mar se había alebrestado y no estaba de humor para tratar con él.

Al final, inevitablemente, Ginga ganó. Coincidió con que se fue pasando el efecto de todas las cosas que había tomado Kyouya, que se sintió muy desorientado por toda la situación. Y le volvió el mareo, y la fiebre, y el dolor en el juanete.

–¿Qué dem...? ¿Y Doji? –preguntó Kyouya con justa razón. El que lo había mandado a un lugar desolado, donde pescó un resfriado de los mil diablos, era Doji. Debería, mínimo, proveerle aspirinas, reposo, y muchos líquidos.

–¿Doji? –repitió Ginga–. ¡A ese lo conozco!

–Pues felicidades –espetó Kyouya de mala manera, se dio la vuelta para irse, y se tropezó con sus propios pantalones, cayéndose de frente. Ya que estuvo en el suelo, y notó lo cómodo y refrescante que estaba, se quedó dormido de inmediato.