You're my best friend!
(Cazando a Wolf)

Mi Querido Enata:

Si estás leyendo esto, quiere decir que mis peores temores se han vuelto realidad, y tienes una misión que implica entrar en contacto directo con yoluchadores. Aunque desearía fervientemente evitarte ese dolor (más bien, dolores), los dos sabemos que, desde el incidente DL-6, eso es imposible. La sola idea de que tengas que tratar con yoluchadores a tu corta edad me aterra, al grado de que ni siquiera me permití pensarlo por mi cuenta, sino que Ferkergak tuvo que mencionarlo, y estoy algo ebria al escribir esto porque bueno, ya me iba, y no sé porqué rayos te estoy dando esta explicación y eso.

Ah, conque por eso la letra era bastante menos legible que de costumbre.

Pero al menos eso te dará la certeza de que estoy siendo absolutamente sincera. De veras, los yoluchadores son terribles contratantes. Minarán tu espíritu, socavarán tus fuerzas, preferirán a tu archienemigo, se comerán tus galletas. Y LO NEGARÁN CÍNICAMENTE. Gritarán a sus yoyos todo el tiempo, se preocuparán innecesariamente por falsas traiciones, se obsesionarán con sus rivalidades mutuas. Feh, me supongo que inventarán afrentas nuevas para incordiarte.

¿En serio? ¿"Afrentas nuevas para incordiarte"? ¿Qué diantres había bebido? ¿O era que deliberadamente había escrito una frase rebuscada para dar a entender que, aún ebria, estaba lúcida? Si estuviera lo bastante lúcida, no habría mencionado la ebriedad en primer lugar. Y (quería creer) habría logrado escribir "Feregrak".

Asumiendo que sea inevitable (¿ya intentaste rogarle a Brooklyn? Es buen chico),

No, no había tenido tiempo de pedirle a Brooklyn que lo salvara de ir con los yoluchadores. Nunca se había planteado la posibilidad. No podía ser tan malo.

... ¿o sí? Bueno, su anterior misión relacionada con yoluchadores había salido bien, aunque no habían sido particularmente cooperativos. Lo había olvidado por completo. ¿Quizá lo habían tratado así porque olieron su falta de experiencia?

el primer paso a seguir es imponerles tu presencia. Podrías simplemente apersonarte y negarte a irte sin dar explicación alguna, lo que te ahorraría mucho esfuerzo mental. Sólo tendrías que sonreír beatíficamente ante cualquier cuestionamiento, quizá agregando un "¿acaso importa?" de vez en cuando. O podrías apersonarte y explicarles la situación, lo que probablemente sea una pérdida de aliento y tiempo, ya que son pubertos o prepubertos a los cuales el destino del mundo y esas cosas les importan menos que sus yoyos de destrucción masiva. Si me equivocara, y parecieran ser muchachos sensibles y racionales, ésta sería la mejor opción.

No, no eran muchachos sensibles y racionales. La que estaba más cerca de serlo era Madoka, y pasaba la mayor parte de su tiempo preocupándose por los yoyos de destrucción masiva de otras personas. Enata bajó la carta y se quedó viendo en lontananza por un rato. No parecía que leerla fuera a aportarle consejos útiles, sólo una larga lista de quejas sobre los yoluchadores y sus malos hábitos.

Sólo había sacado un fajo de hojas del sobre. Había más, y todos estaban convenientemente etiquetados para situaciones hipotéticas. Le preocupaba particularmente uno que estaba escrito en una hoja roja. Decidió leerlo de una vez.

Estaba marcado como "Si alguien quiere un pingüino".

No cuestiones nada. Shanghaia un pingüino del Polo Sur, lávale el cerebro para que se convierta en la mascota ideal. Altera un poco su fisiología para que resista la ajetreada vida de la mascota de un yoluchador. Falsifica un registro de vacunación, permiso para tenerlo como mascota, y toda clase de documentos necesarios. NO INTENTES CONSEGUIR UNO POR CUALQUIER VÍA LEGAL DE LA TIERRA.

O bien, puedes convencer al caprichoso mocoso del averno de que lo que quiere es imposible, ya que los pingüinos están extintos. En todo caso, lo que quiere es un pájaro bobo. Pero no le expliques que lo que quiere es un pájaro bobo. Sólo demuéstrale con la evidencia existente que los pingüinos están extintos.

Enata resopló, saudadescamente divertido, guardó la nota, y decidió ignorarla. Volvió a la que se titulaba "¡Empieza aquí!"

También podrías seguirlos sin que se den cuenta, y ayudarlos desde las sombras como su amigo invisible, pero eso sería soberanamente aburrido e intentar persuadirlos de algo sería todavía más difícil (no es que puedas persuadir a un yoluchador mediante el diálogo, de cualquier manera; a menos que el diálogo se limite a amenazarlo o señalarle lo ineluctable del destino que le sugieres/ordenas).

Así pues, con mi vasta y penosamente adquirida experiencia en el ramo de la psicología de los yoluchadores, te aconsejo que tomes la siguiente ruta (a menos que sean muchachos sensibles y blablabla).

¡Una determinación!

No les reveles tu naturaleza ni motivos. Inventa una razón absurda para acompañarlos, mientras más se cimiente en razones como el honor y la amistad les será más fácil aceptarla. Busca lucir como una persona respetable, de preferencia de traje, y anuda tu corbata a la Eldredge. NADA DE PAJARITAS. Esto es importante, Enata. Debes parecer una persona respetable y responsable. Ayuda bastante el hecho de que lo seas, sólo abstente de usar el casco. Oh, el casco. Perdón por lo del casco. De veras. Sólo llamaría más la atención de personas que no quieres alertar de tu presencia. No puedo enfatizar lo suficiente lo importante que es esto, Enata. Los yoluchadores no tienen el más mínimo sentido de la corrección en el vestir. Tu propiedad se convertirá en una última barrera que impedirá que intenten desmentir tu fachada. Si llegaran a desc

La carta terminaba ahí. La última c se alargaba en una línea ondulante que se salía de la hoja. Enata suspiró, se frotó el cuello, y volvió a guardar el sobre. Tenía que determinar a qué bando infiltrarse y cómo. Decisiones, decisiones.

Tal vez podría fingir ser un médico y visitar a Kyouya, que había sido llevado por Benkei a la habitación-para-enfermos de Madoka. Tendría que explicar cómo se enteró del asunto.

Por otro lado, de verdad estaba preocupado por Kyouya. La reacción que le habían provocado los medicamentos había sido severa. De momento, se limitaría a ser un amigo invisible.

Kyouya abrió los ojos y desconoció el lugar por completo. Espió de reojo para ver si había alguien más. Nada. Se incorporó a medias.

–Ah, ya despertaste, Kyouya –saludó Madoka, entrando con un pastel y una taza de té.

–¿Madoka? –se sorprendió–. Eh, pero... ¿qué...?

–¡KYOUYA! –bramó Benkei, entrando–. ¡Despertaste! ¡Y ya hablas!

–Eh, bueno...

Benkei adivinó la pregunta en la mente de Kyouya.

–Te desmayaste y te trajimos a casa de Madoka.

–¿Por qué?

–Pues, bueno, tenías fiebre, y...

–¿Por qué no a tu casa? –preguntó Kyouya, sumamente confundido–. ¿No me dijiste que quedaba cerca del estadio?

–No, Kyouya. Ya habíamos hablado de mi... ehm... verdadera naturaleza. Lo que te dije es que había nacido cerca de donde ahora está el estadio.

Kyouya iba a indignarse, pero desechó la idea. Benkei estaba entercado en su absurda fábula de ser una montaña humanizada. Le gustaría conocer a sus padres, para que lo ayudaran a llevarlo a recibir atención psicológica. Suspiró.

–Igual, habría sido bueno tener a un adulto responsable... –caviló en voz baja.

–¿Qué cosa? –preguntó Madoka, mosqueada.

–No es por ser ingrato –se apresuró a aclarar Kyouya–, pero, ¿en serio? ¿Había necesidad de quitarme la camisa? Digo, estoy enfermo de la garganta. No me parece muy recomendable.

–Había que vendarte –señaló Benkei.

–¿Por qué? No estoy herido de ninguna parte. Mira –Kyouya movió uno de sus vendajes y, en efecto, no había ningún tejido cicatrizal bajo ella.

–¡Pero t-te desmayaste y, y, y entré en pánic-co!

–Es muy descortés señalar las limitaciones de quien te ayuda, Kyouya –recriminó Madoka suavemente–. Sobre todo después de que Benkei te cuidó toda la noche.

–¿Hiciste eso? –Benkei asintió, y Kyouya se dio una palmada leve en la frente–. Pero si no era necesario, grandísimo baboso.

–¡¿Y qué hubiera pasado si me descuidara y murieras en ese preciso momento?!

–Benkei, ésta es una historia clasificada como "Humor/Parodia". No "Angst/Drama".

–¡Y eso no cambiará, no en mi guardia! –soltó Benkei tercamente.

Kyouya espió rápidamente bajo las sábanas. Al menos no le habían quitado los pantalones también. Y le habían dejado el cinto: con razón se sentía ligeramente adolorido de la cintura.

–No tenían que ser tan amables conmigo –masculló, evitando la mirada de ambos. ¡Y el nivel de moe se salió de las gráficas!

–... ah, por cierto –soltó Madoka, recuperando el hilo–. Reparé a Ceo.

–¿Ceo?

–Sí, Ceo –insistió Madoka, entregándole a Kyouya su yoblade–. Se veía bastante maltratado.

Para que no volvieran a regañarlo, Kyouya se abstuvo de reclamar que no era su culpa que hubiera un error de imprenta en su yoblade, Leo. Además, ¡era lo que lo hacía especial! Tampoco mencionó lo poco adecuado que era desayunar pastel y té. Por otro lado, había estado enfermo, así que el universo le debía un pastel, y el trozo que le había llevado Madoka era de tamaño reglamentario.

Entonces fue que escucharon la voz de Kenta, desde el piso de abajo, anunciando que Ginga había vuelto.

(Después del duelo con Kyouya, había desaparecido, sin decirles que estaba rastreando, al revés, el camino que había seguido Kyouya, para ver si encontraba al tal Doji. Pero había fracasado en su intento, así que caminaba cabizbajo sin fijarse bien a dónde iba. Su sentido común, que sólo funcionaba a nivel subconsciente, lo iba guiando e regreso a Kyouya, que muy probablemente tenía algo de información).

Madoka y Benkei bajaron apresuradamente las escaleras, dejando a Kyouya solo con su pastel. Ya que nadie lo veía, lo devoró rápidamente, y mientras lo hacía encontró su ropa, bebió la taza de té de un trago, y salió por la puerta trasera, al notar que los demás habían salido por la de enfrente. Su escape se detuvo, pues Benkei, Ginga, Kenta y Madoka estaban conversando en la calle.

–¿Dónde estabas?

–He errado por sendas de las que nada diré.

–Pfft, ¿en serio?

–¿Dónde está Kyouya?

–Acaba de despertar. No creo que...

–Necesito interrogarlo.

Kyouya se felicitó mentalmente por haber huido del cuarto. Ginga daba un poquito de miedo. Benkei, por su parte, estaba concentrado en dilucidar el meollo del asunto.

–¿Es por Doji, verdad? ¿Tú de dónde lo conoces?

–No es asunto suyo.

Los tres empezaron a protestar diversas variaciones de "todos para uno y uno para todos", le recordaron que, en esta serie, el poder de la amistad puede con todo, y otras monsergas, inmunes a la mirada suspicaz, desdeñosa, insomne, paticansada y hambreada de Ginga. Al final, se dio cuenta de que no lo dejarían en paz hasta que les revelara toda la verdad, y que en realidad no había razón para ocultarla. Adoptó una expresión de seriedad absoluta.

–Doji tiene en su poder un yoblade prohibido.

–¿Prohibido?

–Sí, tiene un poder inmensurable. Él y su organización, Shining Quasar, quieren usar el poder de los yoblades para fines no deportivos.

Benkei adoptó una expresión sombría, también. Sabía que no era la primera vez que surgía una organización extraña que quería apoderarse del mundo con los yoblades.

–¿Cómo que prohibido? –insistió Madoka–. ¿Qué no todos los yoblades son fabricados, en última instancia, por la NQNTNMQHA?

Ginga no lo había considerado, pero le parecía irrelevante.

–Ese yoblade, L-Draco, tiene un poder maligno, y no debió romperse el sello que lo mantenía guardado. Por eso viajo, para volverme más fuerte, encontrar a Doji, recuperar a L-Draco, y devolverlo al claustro al que pertenece.

–... ¿no sería mejor desensamblarlo y arrojar sus partes a lugares inaccesibles, como el interior de un volcán o el fondo del mar? –sugirió Madoka. Desde su escondite, Kyouya asintió. Kenta la miró, confundido, mientras Ginga y Benkei le daban vueltas a la idea.

–... parece un plan bastante sólido –aceptó Ginga por fin–. Pero, en todo caso, primero habría que recuperar a L-Draco.

–Bien. Siendo ése el caso, yo le preguntaré a Kyouya –dijo Benkei–. Después de todo, es más fácil que hable conmigo que contigo, ¿no?

–Sí.

Así pues, fueron al cuarto donde suponían que estaba Kyouya, mientras Kyouya ponía la mayor distancia posible entre su persona y ellos, por lo que no se encontraron.

–¡¿Eh?! ¡Pero si aquí lo dejé! –clamó Benkei, y se apresuró a buscar bajo la cama, entre la tarima y el colchón, palpó la almohada, inspeccionó el clóset y las cajoneras, y por fin se convenció de que no había nadie más ahí.

–¿Por qué se habrá ido así? –caviló Madoka en voz alta, viendo el plato y la taza vacíos. Bueno, al menos no se había ido sin desayunar, y ya no tenía fiebre ni deliraba raramente.

–Móndrigo Kyouya –se quejó Ginga con mala leche–. ¡Yo sí fui a todos sus desafíos ridículos, y lo ayudé anoche! ¡¿No me puede hacer un favor chiquitito?! ¿Qué se supone que haga, que secuestre a Benkei y mande a Madoka a amenazarlo?

Kenta y Benkei se alejaron discretamente de Ginga, que seguía despotricando, mientras Madoka fue por pastel. Indudablemente, era el ayuno lo que tenía a Ginga de tan mal humor.

Tras comer, tomar una siesta, bañarse, y comer de nuevo, Ginga partió a buscar más pistas. No las encontró. Así como Benkei seguía sin encontrar a Kyouya.

–Pero es que yo lo dejé allí –farfulló Benkei, enfurruñado–. ¿Quién lo movió?

–Es más probable que se haya ido por su cuenta, ¿no? –sugirió Kenta.

–Y Google no tiene idea de dónde encontrar a Doji ni a Kyouya –dijo Madoka, apartando la vista del monitor de su computadora por un segundo.

–¿Ya intentaste con Bing?

–Pfffft, sería perder el tiempo.

–¿Y con DuckDuckGo?

–... eso puede que funcione... pero no, nada... ¡¿Eh?!

–¿Qué encontraste?

–¡Doji tiene cuenta en Myspace! ¡Y tiene algunas canciones! ¿"El Son del Cactus"?

Yyooooooooooooo... creí que una planta desértica no traería tantos problemas
pero no me ha dado flor ni ninguna cosa buena
ya me canso de rogarle y no deja de espinarme
ay ay ay mamá por dios, y no deja de espinarme.

Yo la riego y le canto, fertilizo y la apapacho
ya llegó al metro de altura y rebosa de hermosura
ya rebosa de hermosura y no deja de espinarme
ay ay ay mamá por dios, y no deja de espinarme

Madoka cortó la reproducción, embargada de pena ajena.

–Bueno, sí suena como su voz –concedió Benkei.

–Esto no está funcionando –suspiró Madoka–. ¿Qué tal si salimos a buscar pistas?

–¡Suena bien! –saltó Kenta.

–Sí, es una buena idea.

Decidieron dividirse para abarcar un área mayor en su búsqueda. Kenta pensó en reclutar la ayuda de sus amigos, que no existían para otro motivo que hacerle comparsa, y pronto hubo una horda de niños interrogando a personas desprevenidas al azar sobre Doji y Shining Quasar.

–¿A poco se creyeron esa tontería del yoblade prohibido? –dijo Kyouya para sí, observando desde una azotea cómo los niñillos corrían, como hormigas, por toda la ciudad–. ¿Y por qué se toman tantas molestias para nada?

–Lo del yoblade prohibido es cierto –dijo una voz a su derecha. Se volvió para encarar a su interlocutor, pero no vio nada.

Seguramente estaba alucinando otra vez.


Por fin llegó la hora que habían acordado Benkei, Kenta y Madoka para reunirse y ponerse al tanto de sus respectivos descubrimientos, que eran ninguno. Estaban lamentándose de eso, junto a una escultura modernista particularmente fea en el parque, cuando les llegó una voz desde lo alto de dicha escultura fea.

–La luna salió por el este.

–Siempre sale por el este, Sherlock –espetó Madoka, que estaba de malas.

–¡Kyouya! –exclamaron Kenta y Benkei, viendo hacia la fuente del sonido.

–Cuando me llevaron al cañón lobo desde la base de Doji, viajamos por 20 minutos en un helicóptero antes de llegar.

–No te ofendas, Kyouya, pero...

–... pues ya era hora de que dieras una recondenada pista útil –espetó Madoka, todavía de malas–. ¿Lo del este quiere decir que iban viajando hacia el este, o te sentiste poético de repente?

–¡Ya pagué mi deuda con ustedes! –soltó Kyouya, ofendido por el trato recibido, y se fue sin decir más.

–¡Ah! ¡Este lugar definitivamente parece la base de una organización malvada! –exclamó Madoka, al encontrar en Google Maps el sitio que Kyouya había aludido con sus informaciones. Benkei y Kenta se acercaron para espiar en la pantalla del extraño dispositivo de Madoka, y los tres recuperaron el ánimo y decidieron informarle a Ginga de inmediato.


–Uno trata de ser amable una vez en la vida y... –farfulló Kyouya, todavía molesto. Se detuvo al ver un pastel que flotaba frente a él, con un letrero que rezaba "La virtud es su propio castigo. Sigue siendo bueno. –El Universo".

Y, aunque era una situación recondenadamente extraña y Kyouya no creía en supercherías, pastel era pastel y nunca era bueno rechazar la comida, menos si era regalada. Si había alguien dispuesto a darle pastel, a condición de que fuera "bueno"... era una circunstancia que no iba a desaprovechar.