11. Un Acuario para una amazona

Después de hablar con Dohko, la concepción que tenía de sí misma había cobrado un nuevo sentido.
Tuvo que aceptar que realmente actuó mal por su culpa, ya que tenía en su mano poder haberse negado a acatar las órdenes del falso Sumo Sacerdote, pero sin embargo lo hizo.

Se dio media vuelta en el colchón y suspiró.
—El pasado debe quedarse en el pasado— murmuró, tratando de acallar la conciencia, que poco a poco iba perdiendo voz para dar paso a algo nuevo—; ya no soy la que fui.

Se incorporó de su cama y miró hacia la ventana.
—Y demostraré que he cambiado— se dijo, confiando en que así podría hacerlo.

Por lo que cuando escuchó a Marin golpeando su puerta, masculló una maldición.
—¿En serio que no puedes dormir más allá de las siete de la mañana?— gruñó la amazona de Ofiuco, levantándose completamente de la cama y abriendo la puerta.

La japonesa entró y se retiró la máscara, dejando entrever un gesto preocupado.
—Tengo noticias para ti— informó la amazona de Águila—, y no son muy buenas.
—¿Qué pasa?— preguntó la italiana con inquietud—. ¿Nuevas normas? No me dirás ahora que tengo que reesctructurar el horario de los caballeros que están a mi mando…
Marin sacudió la cabeza.
—No, no es eso—dijo, mientras Shaina respiraba aliviada—, es simplemente que Aioria me ha comentado que en un par de días dos caballeros de oro se marchan de misión.
—¿Y qué me importa a mí eso?— la muchacha empalideció por segundos—. No, otra vez no. ¡Otra vez a cambiar los horarios para cubrir ausencias! ¿Qué te dije? Joder, que también tengo ausentes a dos de mis subordinados, vas a tener que…
—¡Que no mujer!— calló la japonesa—. El problema es que los que se van fuera del Santuario hasta no sabemos cuándo, porque ya sabes cómo son las misiones, sabes la fecha de ida pero no la de vuelta, son dos de los que te faltan por cumplir.
—Sorpréndeme— dijo su compañera, teniendo en mente dos nombres.
—Camus y tu querido Milo.
—¡No es mi querido!— gruñó la amazona de Ofiuco.
Marin sonrió aviesamente y prosiguió relatando.
—El caso es que se marchan pasado mañana, por la noche. Así que te quedan hoy y mañana para hablar con los dos…bueno, si quieres…

La italiana, que andaba calentando un poco de agua se quedó súbitamente en silencio.
—¿Qué piensas hacer?— preguntó su amiga, tratando de sonsacarle una respuesta.
Pasándose una mano por la frente, Shaina vertió el agua caliente en una taza, para a continuación sumergir una bolsita de manzanilla.
—Desequilibra mis planes— musitó—, porque quería ver a Shaka primero y después a esos dos, pero me temo que tendré que cambiar el orden. Bueno espera, ¿has dicho que se van pasado mañana por la noche?—Marin asintió afirmativamente—. Entonces tengo hoy, mañana y pasado mañana hasta la noche para completar el rosco del zodiaco. Además, pediré al Sumo Sacerdote que reúna a todos tras el último y así acabo con todo.
—Te veo muy convencida— indicó la japonesa, apartando la nariz de la manzanilla—. ¿Tienes claro lo que quieres hacer entonces?
—Más o menos, sí— aseveró la italiana—, me queda por solventar un pequeño asunto y podré decir abiertamente qué es lo que quiero para mi vida.
—Entonces, ¿a quién vas a hacer sufrir esta vez?— preguntó Marin.
—¡Que yo no hago sufrir a la gente!— exclamó Shaina—. Os demostraré que he cambiado, y no solamente a los caballeros dorados sino a todo el mundo. Y me voy a ver a Shaka.
—Te dejarás lo mejor para el final, ¿eh?— insinuó la pelirroja, guiñándole un ojo a su amiga, quien exclamó una grosería en italiano y fue a salir de su cabaña, pero sujetó la puerta—. Vamos, fuera de mi cabaña tú también, que te cuelas sin más y me robas mis pertenencias.
—Vale, vale…
Shaina había pegado con esparadrapo su máscara. Al menos le aguantaría hasta que fuera a vsitar a Mu y que se la reparase, así que se la colocó en el rostro y salió.

Una vez fuera las dos, Shaina se dirigió hacia las escaleras que daban a los templos de oro. Marin la acompañó.
—¿Y por qué no dejas a Shaka para el final?— preguntó la japonesa—. ¿No sería mejor terminar con él, y que te enseñe a meditar tras aguantar todo el chaparrón que te ha caído con los previos?
Shaina no contestó y prosiguió caminando, pero la amazona de Águila la seguía.
—Porque ahora mismo lo que menos me apetece en el mundo es encararme al imbécil de Milo y su concubina— cortó tajante.
—Hoy es mi última mañana libre del todo— murmuró la japonesa—. No imagino la cara que pondrá Camus cuando le preguntes…
—Pues la de siempre, la de sieso que tiene constante.
—De orejas habla el burro— replicó la japonesa.
—¡Yo no soy arisca! ¡Tengo sentimientos y lo he demostrado!— exclamó la italiana—. El único que ha sido tan cruel de congelar a su propio alumno, de hundir el barco donde reposan los restos de la madre de su alumno y que…
Marin empalideció súbitamente llevándose la mano a la boca.
—¿Qué pasa?— preguntó preocupada la amazona de Ofiuco—. ¿Te encuentras mal? ¿Te dio náuseas mi infusión de manzanilla? Qué frío hace hoy…

Shaina se frotó los brazos desnudos cuando vio una sombra tras ella. Al girarse, delante de él estaba el caballero de Acuario, con su semblante serio y congelador.
Miró a la muchacha de arriba abajo con desprecio, pero no dijo nada. Detrás de él, Milo contemplaba la escena con media sonrisa en los labios.
—¿Es o no es una bocazas?— lanzó el caballero de Escorpio.
—¡Tú no te metas en esto!— gritó Shaina al ver a su némesis—. ¡Vete de aquí! ¡Ya!
—No se va a ir a ninguna parte— al fin habló el francés, cuyas palabras cortaban como carámbanos de hielo—. Así que, según tú soy cruel…

Marin soltó un silbido y se alejó del lugar como quien no quería la cosa, mientras Shaina aguantó el tipo como pudo.
Milo dejó escapar un resoplido con una sonrisa maliciosa y se despidió de su compañero.
—Si no te importa, yo me voy que tengo que ir a por Jabu— informó el caballero de Escorpio al de Acuario—. Por tu estabilidad mental, no entres a discutir con ella. No vale la pena.

Dándole una palmada en el hombro a su amigo, el griego se escabulló rápidamente.

El ambiente cada vez se enfriaba más y más, mientras que Camus esperaba la respuesta de la amazona de Ofiuco.
—¿No vas a responder?— preguntó él.
—Cuando dejes de congelar todo— contestó la muchacha castañeteando los dientes—. ¡Me muero de frío!
—Pues abrígate más— replicó el francés, cesando la bajada de temperatura.

La italiana se frotó los brazos.
—Lo siento. Por lo de antes— dijo rápidamente la amazona. Esto descolocó al caballero de Acuario, pero permaneció impasible.

—Disculpas aceptadas— concedió el francés—, pero no te vas a librar de darme una explicación.

Shaina no sabía dónde meterse hasta que dio con el clavo que buscaba.
—Pues que es verdad, eres cruel por lo que dije— espetó ella cruzándose de brazos—, has maltratado a Hyoga desde el principio.

El francés permaneció con el semblante serio, sin mostrar un solo atisbo de impaciencia, sin decir nada, esperando escuchar todo lo que la joven debía decirle.
Al ver que no reaccionaba, la italiana se desesperó.
—¿Te da igual que te diga que eres cruel y que has maltratado a tu alumno?— bufó malhumorada—. ¿No tienes sangre en las venas o qué? ¡Vamos, reacciona, di algo!

El hombre se dio media vuelta y comenzó a andar en dirección a las escaleras de los templos dorados. Shaina se había quedado atrás, apretando la mandíbula. No concebía esa actitud, hasta que estalló y gritó.
—¡Eres frío por fuera y por dentro!— exclamó—¡No me extraña que nadie quiera estar contigo!

Entonces el caballero de Acuario dejó de caminar. Ladeó la cabeza y esbozó un atisbo de sonrisa, que permaneció unos segundos hasta que se esfumó y prosiguió su andar, no parando a pesar de que la joven amazona había decidido perseguirle y ponerse a su altura, flanqueándole el paso.

—Si no te apartas de mi camino por tu propia voluntad, me veré obligado a quitarte de en medio— espetó el francés, manteniendo la compostura.

—Tienes un cuajo que me desespera— gruñó ella, sin apartarse—. Vamos, grítame, dime que quién soy yo para hablarte así. ¡Pero exprésate!
Camus suspiró y agarró a la joven por los hombros, moviéndola de su camino y prosiguiendo su ascenso ya por las escaleras que daban a Aries.
—No tengo tiempo de discutir con niñas maleducadas— espetó el francés—. Mi tiempo es valioso, como para desperdiciarlo con alguien como tú.
—¡No soy una niña!— gritó enfurecida la amazona, perdiendo los papeles, hasta que se dio cuenta de que había caído en la trampa de siempre.

Sin hacer caso omiso, el caballero de Acuario dejó atrás a la joven, quien trataba por todos los medios serenar su espíritu.
—Estas artimañas se las ha enseñado quien yo me sé— murmuró para sí misma—. Espera un momento, por favor.
Por educación, Camus dejó de subir escaleras.
—No vas a parar hasta que te de una respuesta adecuada a tus expectativas, ¿cierto?— preguntó el hombre, sabiendo que debía seguir el consejo de su amigo, pero que una vez dentro de la espiral, no saldría hasta que ella no se sintiera satisfecha. Con tal de no tenerla que aguantar más veces, pensó que lo más sensato sería complacerla.
Shaina carraspeó y frunció el ceño.
—Así es— dijo muy convencida—, y sabes que soy muy tozuda cuando quiero.
—No hace falta que me lo jures…— respondió el caballero de Acuario.
—Déjate de rollos y dime por qué eras cruel con Hyoga—espetó la muchacha.

El hombre se retiró la tiara del rostro y mesó su cabello turquesa.
—Es que es absurdo que precisamente tú me hables de crueldad, cuando has maltratado a tu propio alumno, has intentado matar a Seiya y todas aquellas misiones que te encargó Saga cuando era Sumo Sacerdote e implicaban matar, matar, matar y matar. Nunca te cuestionaste nada.
—Perdona, pero si hablamos de traidores, tú también lo fuiste— devolvió la pelota Shaina, al sentirse atacada.
Otro caballero hubiera empezado a reírse, pero el francés mantuvo su gesto serio.
—No sabes nada de lo que pasó en Siberia durante el entrenamiento de Hyoga e Isaak, así que mejor que no hables de ello.
—Pero tú sí puedes hablar de mi entrenamiento de Cassios, ¿no?
—Es que yo no me refería a su entrenamiento.
Esta frase dejó confusa a la joven amazona quien se quedó sin poder articular una respuesta.

Media vuelta y Camus volvió a emprender el camino ascendente.
—¿Qué quieres decir con eso?— preguntó la joven, inquieta ante la posible respuesta.
—Piensas que soy frío tanto por dentro como por fuera, pero el hielo se limita únicamente a mis ataques— respondió el caballero de Acuario—. Si tan solo supieras que tanto Milo como yo teníamos nuestras dudas sobre el Sumo Sacerdote, que hasta mis alumnos se percataron de las innumerables veces que decidí ignorar los avisos del Santuario para acudir a comparecer, dejarías de llamarme traidor— Camus comenzó a descender hasta quedar frente a la muchacha—. Al contrario que tú, que nunca te cuestionaste ni un momento su autoridad. Así que no me hables de traiciones, cuando tú misma fuiste una seguidora con fe ciega en el Sumo Sacerdote.

—¡Pero al menos yo cambié por amor!— dijo ella al borde del llanto, antes las duras palabras del francés.
—¿Y crees que yo no hice cosas por amor a mis alumnos?— cortó él—. Tú cambiaste por amor a Seiya, un sentimiento voluble cuando se trata de amor de pareja, ya que él te rechazó y sin embargo permaneciste a su lado. Cambié mis ideas respecto al Santuario cuando comencé a sospechar y por amor fraternal hacia mi alumno de entonces, quise impedir que Hyoga viniera. Porque no quería que luchara y muriera en el intento. Pensaba que no sería capaz de vencernos, que no pasaría del segundo templo. Traté por todos los medios de que no siguiera adelante, que cada vez se enfrentaría a caballeros más duros. Te recuerdo que Milo lo dejó al borde de la muerte y si no hubiera sido por su misericordia, Hyoga jamás hubiera salido del octavo templo. Subestimé a los caballeros de bronces, y sobre todo, a mi propio alumno. Por amor a él. ¿Te parece poco?

Shaina tragó saliva como pudo al escuchar aquel relato, que a pesar del tono frío con el que Camus se lo había contado, conmovió a la joven.
—¿Sigues queriendo a Hyoga?— preguntó la muchacha.
—Más que nunca— contestó rápidamente Camus—, Hyoga es mi alumno, mi hijo, mi hermano pequeño. Eso significa él para mí. Calcula lo que eso supone.
—¿Y tú has cambiado algo?— disparó de nuevo la italiana, curiosa por saber si aquel hombre realmente lo había hecho.
—Sí— contestó con sinceridad el francés—, por amor cambiamos todos, ineludiblemente. No importa el tipo de amor que sea, pero cambiamos a mejor. Hay aspectos que son inherentes a nosotros mismos, a nuestra personalidad, eso es más difícil de cambiar. Pero el amor por los demás, sea del tipo que sea, nos cambia. Como a ti, por ejemplo.

La amazona de Ofiuco se extrañó ante esto.
—¿En qué he cambiado yo?
El hombre señaló la ropa que llevaba la muchacha. Era aquella que había comprado recientemente con Afrodita.
—Por fueralo has hecho— resaltó el caballero de Acuario—. Y además fuiste capaz de cambiar el amor que sentías por Seiya que te hacía querer matarlo, a ponerte de su lado.
—Ya no le amo…
—Pero eso queda como un remanente dentro de ti— siguió Camus—. Sólo tienes que transformarlo en un amor sano, no volver hacia atrás de nuevo, volviéndote una niña desquiciada que exige atención como lo eras en el pasado y se imponía a los demás con autoridad. Saga ya no es Sumo Sacerdote, Shion ha retomado las riendas del Santuario y ahora debes dejar atrás esas actitudes que no te benefician en absoluto. No sólo seguirás alejando a tus subordinados de ti, como Jabu, sino a posibles hombres que quisieran tener otro tipo de amor contigo…y no repitas con otros hombres lo que hiciste con Seiya…

La pullita que le había lanzado el caballero de Acuario no dejó impasible a la joven, que fue a contestar, pero Camus simplemente se alejó de la joven, dejándola con la palabra en la boca.

Shaina bufó una maldición en italiano, mientras sentía su corazón palpitar con un ritmo frenético. Se mesó el cabello verde y apretó los labios, a pesar de que quería gritar. La máscara que llevaba en la cara se cayó al suelo, separándose las dos mitades unidas con esparadrapo.

Recogiéndolas del suelo, la muchacha terminó de subir las escaleras hasta que se topó de frente con Cassios, quien estaba apoyado en una columna del templo de Aries.
—¿Por qué estás sin máscara?— preguntó el griego, con una leve sonrisa en los labios.

La joven alzó las dos mitades.
—No gano en reparaciones— dijo ella, riéndose.
—Igual deberías dejar de llevarla puesta— aconsejó el muchacho—. Estás más bonita sin ella.
Shaina suspiró. Se mordió el labio inferior y golpeó la puerta del primer templo.


NOTAS:
Quedan 3 capítulos, los dos caballeros que quedan (Shaka y Milo) y el epílogo.

Como siempre, muchísimas gracias a los que os pasáis a leer esta historia y espero que os esté gustando. Si no, pues bueno, mala suerte, no puedo complacer a todo el mundo.

Guest: imagino que eres SSLove, por lo que me dices, pero si me equivoco discúlpame. Espero que entendieras bien lo que quiso decir Shura y que se haya completado con la visión de Dohko. ¡Muchas gracias por el comentario y por seguir leyendo!

Guest: me alegra saber que te ríes con este fic y Milo saldrá el último. ¡Gracias por leer y dejar un comentario!

Leonor: Sí, a Dohko no le hace mucha gracia que le recuerden constantemente que es un viejuno, porque él se siente y ahora aparenta su verdadera edad XD ¡Gracias por leer el capítulo y por dejar comentario!

¡Nos vemos en el próximo capítulo!