En capítulos anteriores de Yoblade:

Ginga, nuestro adorable protagonista, metió la pata hasta el fondo, al despertar y alimentar a Ryuga y L-Draco, los villanos designados desta verdadera historia. Y, bueno, conocimos a poco más de la mitad de los personajes principales/recurrentes. Hubo explosiones de cosmos y pastel, creo. No que el pastel explotara, o que el cosmos tuviera pastel. Quizá sería más comprensible decir que hubo pastel y explosiones de cosmos. Sí, eso. ¡Prosigamos!


Mágicamente en Ríííííí-o, Ríííiíí-o~~
(
Memorias de Ryo)

Ginga se maceraba en su propia depresión, sobre el sofá que tenía Madoka en su taller. Dormido o despierto, sólo pensaba en su derrota. La revivía desde cada ángulo posible, como si eso fuera a cambiar algo.

Madoka, en su infinita sabiduría, lo dejó ser. Cuando le pareció que el ayuno depresivo de Ginga ya había durado demasiado, pensó en tentarlo con una hamburguesa de triple carne de 20 cm de diámetro. No funcionó. Pero la presencia de Madoka en su propio taller incomodaba a Ginga, así que decidió salir a caminar, lo que ya era algo.

Volvió justo a tiempo para escuchar a Benkei, Kenta y Madoka hablar sobre lo extraño que se estaba portando; y la posibilidad de que tuviera un daddy complex desbordado. Pero no a tiempo para salvar su hamburguesa, que había comido Benkei con lágrimas en los ojos.

Y aunque Ginga hizo grandes aspavientos y pantomimas para expresar más ira por lo de la hamburguesa de la que en realidad sentía, no podía engañar a Kenta. Le bastaba percibir que su respiración era más superficial, detectar el bemol de su voz, el mínimo vibrato que reflejaba angustia. Sí, Ginga sufría en silencio y no quería contarles qué estaba pasando. ¿Era posible que Ryuga lo trastornara tanto por ser la encarnación del fracaso de su deber ancestral de resguardar a L-Draco? Aunque así fuera... ¿por qué tanto daddy complex? ¿Qué, su papá era bombero o astronauta? Kenta era incapaz de comprender tal devoción filial, a menos que dicho padre fuera efectivamente una especie de héroe. Ni siquiera Batman recibía tanta adoración de su hijo, aunque él sí la profesara hacia su padre, a quien probablemente había idealizado por estar muerto.

Kenta sintió que el estómago descendía de su posición normal, como arrastrado por un yunque que se hubiera tragado inadvertidamente. Tal vez Ginga había idealizado a su padre porque...

... porque al menos no era como el trío de idiotas, que llegaron de improviso y eran incapaces de leer la atmósfera tan lúgubre y ominosa del lugar. Que no intuían el sufrimiento oculto de Ginga y le exigían una yobatalla por puro capricho, sin ver que lo incomodaban con su petición (francamente, lo incomodaban con todas las peticiones que le habían hecho, que él recordara. Debería alejarlos de él definitivamente). Pero Ginga, santo entre ángeles, estoico entre faquires, resistente entre baterías de cocina anunciadas en televisión, tomó su yoblade y aceptó el duelo, y perdió por un mal lanzamiento.

Y el trío de idiotas, faltos de todo tacto, no escondieron su espasmódica sorpresa por los resultados. Afortunadamente, Ginga seguía hundido en el recuerdo del encuentro traumático con Ryuga, así que no agregó el evento a su lista de derrotas. Benkei despachó inmediatamente a los tres inútiles con perentorias reconvenciones, mismas que intentó utilizar para sacar a Ginga de su ensimismamiento.

Ginga se fue, zombificado.

–Tsk tsk tsk. Lo perdimos –dijo Kyouya inopinadamente.

–¡Kyouya! –exclamó Madoka–. ¿Desde cuándo estás...? No, espera, ¿cómo entraste...? ¡Baja el pie del marco de...! ¿Qué haces aquí? –preguntó por fin.

–Está claro que esa batalla es más importante de lo que nos imaginaríamos... si no fuera porque sabemos que transcurrió en el equivalente al capítulo 13 de beyblade, y es bien sabido que el drama de las series de anime comienza normalmente en el capítulo 13, si es que va a haber más de una temporada de la misma. Va a resultar que todo lo que haya pasado ese día, y todas las personas que hayan participado en esos eventos, tendrán una importancia absoluta en esta historia, aunque parezca que todo son coincidencias y ninguno de ustedes crea ni entienda media palabra de lo que estoy diciendo. Pero claro, le creyeron a Ginga lo del yoblade prohibido (que, por más ridículo que sea, va resultar que es cierto, y que el destino del mundo depende de Ginga), y se dejaron llevar por un mayordomo que está convenientemente desaparecido ahora. Pero nada de eso importa, ¿cierto? Debemos enfocarnos en que el espíritu de Ginga está destrozado.

–¿Y qué podemos hacer, Kyouya? –preguntó Madoka, olvidando sus cuestionamientos anteriores e ignorando la larga diatriba que había soltado Kyouya.

–Nada, obvio –respondió Kyouya, dejando impactados a todos–. Tendrá que resolver sus emociones conflictivas solo.

–Ginga... –exhaló Kenta, como damisela en desgracia.

Madoka suspiró y decidió volver a su trabajo, lo que le impidió ver a Kyouya irse por donde había venido, lo que habría resuelto muchas inquietudes que había olvidado por el momento.

Benkei se sentó y se puso a hacer memoria. ¿De quién... y en dónde... se había visto antes tal conocimiento de probabilidades?

Al final lo recordó y, saciada su curiosidad momentánea, se fue a atender sus tectónicos asuntos. Madoka estaba enfrascada en su trabajo, así que Kenta se quedó sin nadie a quien externarle la aprehensión que le atenazaba el corazón; por lo que decidió también vagar sin rumbo por un rato.

Era la misma ansiedad que había sentido cuando pensó que Ginga se iba para siempre y sin avisar. O cuando no le salía el premio que quería en las cajas del cereal. O cuando le dijeron que interpretaría un arbusto en la obra escolar. O en las múltiples ocasiones en que los Smiley Chasers habían amenazado con destruir a Sagitario. Si se detenía a pensarlo, era una persona bastante ansiosa, con nervios de chicle en vez de acero.

Siendo críticos, la razón de su pusilanimidad era, muy probablemente...

Entonces vio a Ginga, echado, como de costumbre, al lado del río. Pasaba tanto tiempo en ese lugar que su silueta ya se había dibujado en forma de pasto quemado y aplastado.

–¡Ginga!

–Ah, hola, Kenta. ¿Quieres ir a dar una vuelta o algo?

–¡Basta! ¡No puedo soportarlo más! –soltó Kenta, y prorrumpió en sollozos.

–Eh... ¿Qué...? ¿Estás bien?

Kenta berreó unos sonidos indescifrables por un largo periodo de tiempo. Ni cuenta se dio cuando Ginga lo sentó, hecho un lío de mocos y lágrimas. Al final, Ginga logró captar un "y tú sufres", "no me cuentas nada", "el perro de Manuela", "Vladivostok", y algo que no estaba seguro si era "inflación" o "inflamación". Pero por fin amainó la tormenta emocional de Kenta, y Ginga recurrió a un truco que había leído una vez en una revista vieja en una sala de espera.

–Perdón, no volverá a pasar.

Y, para distraerlo, le contó la larga y triste historia de su misión.

Ginga había nacido en una aldea oculta y olvidada, no muy lejos de ahí, pero tampoco tan cerca. Su existencia debía permanecer en secreto, pero Ginga le dio unas coordenadas a Kenta, de todas formas, porque eran amigos y creía acabar de prometer que no le ocultaría nada. También le dijo que la aldea se llamaba Koma. Los habitantes de dicha aldea usaban sus yoblades para todas sus actividades: recolectar frutos y hierbas, cazar, ahuyentar moscas, tejer hamacas, realizar neurocirugías. Así pues, los niños eran adiestrados en el manejo de sus yoblades desde la más tierna infancia, y no se les imponía ninguna otra obligación.

(Ginga ignoraba que, si un niño expresaba apatía o desinterés por el yoblade, o era totalmente inepto para su manejo, era arrojado a los lobos. Si algún otro niño preguntaba por él, se le decía que había ido con unos parientes lejanos para asistir a la escuela. Y si el niño señalaba que nadie tenía tratos con parientes fuera de la aldea, y nadie querría ir a la escuela, o cualquier otra contradicción en la excusa, también era arrojado a los lobos. Estas tradiciones habían arraigado en los pobladores la costumbre de no preguntar nada).

Acto seguido, dedicó lo que a Kenta le pareció una eternidad para describirle la vida, obra, milagros y múltiples virtudes de su querido padre, prócer de próceres, fijodalgo de alta estirpe, hombre que no aparentaba ser muy culto ni leído, pero tan admirable como el que más.

Pero el capullo de su vida no alcanzó a florecer, y el mundo se convirtió en un lugar más triste y apagado el día en que Ryo Hagane murió.

Ginga no lo vería así, claro, pero a Kenta le parecía que la tragedia era altamente evitable. En primera instancia, una yobatalla en una cueva dentro de un volcán activo era una mala idea; y, a juzgar por el relato de Ginga, sólo había una salida del lugar. ¿No habría sido preferible, pues, emboscar a los profanadores del templo en que estaba encerrado L-Draco a la salida? ¿No habría sido conveniente que el pueblo entero se lanzara contra los invasores, en vez de delegarle la responsabilidad al padre de Ginga?

¿No habría sido conveniente arrojar a L-Draco al volcán, desde un principio? ¿O, al menos, no celebrar jamás un ritual que involucraba pirotecnia que revelaría la localización del templo a cualquiera que viera desde las montañas circundantes (o, como habían hecho Doji y Ryuga, desde un helicóptero tan silencioso y rápido que nadie notó su presencia a tiempo)?

Cuando se despidieron, Kenta estaba convencido de que la tragedia por la que había pasado Ginga había sido totalmente evitable; que su padre, en realidad, no era una especie de superhéroe enmascarado, y aunque era admirable que fuera padre soltero y el mejor yoluchador de la aldea, no era nada del otro mundo, pero sí lo suficiente para que Ginga le expresara tal devoción; y que Ginga no se desaparecería sin avisarle jamás, ya que ahora eran verdaderos amigos que se contaban todo y no habría poder en el mundo capaz de separarlos.

Se encaminó con toda tranquilidad a su casa, sin sospechar mínimamente lo que estaba por acontecer.