Miénteme, condéname...
(
El misterioso Hyoma / El magnífico Aries)

–¡Atención, cabo! Tendremos un simulacro hoy.

–¡SEÑORA, SÍ, SEÑORA!

–Feregrak será tu contratante. Ha decidido buscar un pueblito perdido en medio de este bosque porque espera encontrar algo o alguien ahí. ¡Cumple con tu deber!

–¡SEÑORA, SÍ, SEÑORA!

Varias aves salieron volando, asustadas por el último grito de Enata. Feregrak comenzó a vagar sin rumbo, así que lo siguió. Tras unas horas, sin embargo, le preguntó qué buscaba, Feregrak lo describió con lujo de detalles, descansaron un poco, y lo encontraron en pocos minutos, mientras Flint supervisaba.

–Bien, bien. Ahora, Feregrak y yo seremos tus contratantes... menores de 14 años.

Enata tuvo un mal presentimiento. Sus tutores intercambiaron una mirada... y comenzaron a comportarse estúpidamente.

Flint rodó por un barranco para escapar de lo que creía era un oso, y en realidad era Feregrak perturbando una colmena. Los gritos de terror y el olor a miel terminaron atrayendo a un oso de verdad. Corrieron, y lograron subir a un árbol en el que descansaba un león de montaña.

Decidieron ahuyentar a los depredadores incendiando el árbol. Tuvieron que saltar al río para apagar sus ropas incendiadas. Se golpearon con varias rocas, y tuvieron que huir de otro oso, que estaba pescando.

Tres días después, sin provisiones, golpeados y doloridos, dieron por finalizado el ejercicio.

Enata estaba afónico, había pelado contra 6 osos distintos, perdido una bota, tenido un encuentro cercano con una hiedra venenosa y vístose en la necesidad de cargar a alguno de sus tutores varias veces. En una ocasión, tuvo que cargar con los dos al mismo tiempo por 3 kilómetros.

En la enfermería, después de haber ingerido varios litros de gelatina, Flint suspiró y se volvió hacia Enata.

–Nunca sigas a contratantes menores de 14 años sin supervisión adulta a un bosque. Es inútil y podrías morir.

–Señora... sí... cof ghaaa... señora.


Curiosamente, seguir a Ginga por el bosque no había resultado en todas las tragedias que le habían profetizado sus tutores. Probablemente, porque Ginga sabía a dónde iba. No, el problema había sido...

–En serio, no quiero un mayordomo.

–Eso es irrelevante. El código indica...

–¡El código es irrelevante!

–No para mí –dijo Enata, con toda la flema pseudoinglesa que pudo convocar. ¿Quién diría que las extrañas charadas actorales por las que lo habían hecho pasar durante su entrenamiento resultarían útiles?

Ginga suspiró y dejó caer los hombros. Se dio la vuelta y siguió caminando.

–Madoka necesita la ayuda más que yo. La pobre trabaja y trabaja, y luego no duerme.

–Si tanto le preocupa...

–No, no merezco amigos como ellos.

Diiiiiiiiooosss, el chico era melodramático.

–... y no quiero un mayordomo.

–Hay cosas por las que tenemos que pasar, aunque no lo deseemos, joven Hagane.

Como la vez en que Brooklyn lo hizo usar una peluca empolvada.

Por fin llegaron a la aldea Koma, sin pena ni gloria.

Kenta había encontrado la nota que Ginga le dejó bajo una roca cerca de donde normalmente dormía (Ginga, no Kenta). La leyó varias veces, incrédulo. Vio a su alrededor, para encontrar la cámara escondida. ¡Debía ser una broma! Después de todo lo que había hecho por él... ¿Ginga se iba así nada más?

Debía ser una broma. Fue corriendo hacia la casa/tienda de Madoka. Si Ginga estaba ahí, no le daría el gusto de revelar que había caído en la broma. Si no estaba ahí, podían apanicarse juntos, lo que era un poco reconfortante.

Se encontró a Benkei y Madoka juntos, cada quien ocupado en sus asuntos.

–¡GINGA SE FUE! –soltó, desahogando toda su preocupación, y se arrepintió en cuanto terminó de gritar. ¿Qué tal si Ginga estaba en el baño o algo así, y aparecía a mitad de su melodrama? Su madre le había indicado que debía moderar sus expresiones de afecto, so pena de asfixiar al objeto de su adoración con tanto cariño.

–¡¿Que qué?! –Madoka casi se cae de la silla. Uff, entonces Ginga de verdad no estaba.

Ginga... de verdad... no estaba.

Kenta rompió en llanto y empezó a balbucear sobre la nota que había encontrado. Como no entendían gran cosa de lo que decía, Benkei y Madoka decidieron leer la susodicha nota, y de inmediato convinieron en que había que tomar acciones drásticas y contundentes. Les tomó un rato tranquilizar a Kenta lo suficiente como para que pudiera emitir un discurso coherente, y al final decidieron rastrear la aldea perdida que había mencionado Ginga. Después de todo, ¿a dónde más podía ir?

(Ninguno de los tres era, ni había sido, un yoluchador errante; por lo tanto, ignoraban que, teóricamente, era imposible predecir la ruta que tomaría un yoluchador errante dado un impulso inicial, fuera este impulso depresión, necesidad de nuevos rivales, festivales de mole o ganas de ir al baño. Los expertos han generado una serie de modelos, pero ninguno ha logrado una confiabilidad superior al 25%, lo que equivale a decir que no sirven para nada. Los modelos, no los expertos. Aunque, claro, si los expertos no logran generar modelos útiles, también podría decirse que no sirven para nada.)

Benkei le relató lo ocurrido a Kyouya, que decidió acompañarlos en su búsqueda mística, sobre todo porque sabía que toda cosa mística no podía ser más que monsergas. Sin supervisión, probablemente serían secuestrados por un "médico brujo" de la montaña o algo así. O devorados por un ermitaño de habla gutural, vestido en pieles de oso, que en realidad fuera un oso.

Así pues, partieron muy temprano al día siguiente, tan preparados como podía estar alguien que no se había preparado para nada. Tomaron un tren que los llevó hasta la serranía donde, les había dicho Google, estaba la aldea Koma.

(Naturalmente, no les pareció sospechoso que Google supiera dónde estaba una aldea de la que ni siquiera el gobierno nacional tenía noticia.)

Sin mapa, sin brújula, sin agua ni alimentos suficientes, se internaron en la espesura y comenzaron lo que bien podría haber sido una caminata de varios días. O semanas.

Lo único que llevaban era una maleta pequeña de Madoka y una minimochila de Kenta, de contenidos desconocidos e irrelevantes.

Madoka subía penosamente con su maleta, a pesar de que tenía rueditas.

–Eso se ve pesado. ¿Pues qué tanto traes? –inquirió Kenta, epítome de la caballerosidad y consideración.

–Sólo cosas esenciales para una chica –gruñó Madoka, falta de aliento. Nadie se atrevió a desafiar tal lógica. Después de todo, ¿qué iban a saber ellos al respecto?

–Tch. Dénse prisa –los urgió Kyouya.

–De verdad que eres un encanto –siseó Madoka.

–Me sorprendes. Creí que sabías de mecánica, y por mecánica me refiero a la parte de la Física que trata de las fuerzas. ¿De dónde rayos se te ocurrió usar una maleta rígida con ruedas para ir al bosque?

Madoka no contestó. Era un buen punto. ¿Qué demonio de estupidez se había posesionado de ella para tomar una decisión así?

–¿Qué tiene de malo? –preguntó Kenta por fin–. Las ruedas deberían ayudar, ¿no?

–El suelo es desigual, las maletas con ruedas pesan el tripe que las que no tienen ruedas, la manija de esa maleta es particularmente incómoda –salmodió Kyouya, aburrido–. Además, ¿cómo va a escalar con eso si surge la necesidad?

–Supongo que de la misma manera que escalarán ustedes sin el equipo apropiado –sentenció Madoka glacialmente.

Y no dijeron nada más por un rato. Como iban de subida, el esfuerzo de hablar los habría hecho jadear demasiado. Llegado el momento del almuerzo, Madoka decidió que era buen momento para aducir fragilidad femenina y conseguir que todos descansaran. De su maleta sacó un envoltorio de sándwiches. Dispuso la comida primorosamente sobre el tocón de un ex-árbol. Madoka y Kenta riñeron a Benkei por comerse todos los sándwiches de jamón. Kyouya no se molestó en señalar que, si tanta era su fijación con comer jamón, Madoka podría haber preparado todos los sándwiches con jamón y verduras. Pero no, obviamente su malvado plan era llenarlos con pan blanco. Alejado del bullicio, Kyouya extrajo de entre los bolsillos interiores de su ex-gabardina su propio sándwich, que había comprado en una tiendita y tenía de todo. Hasta pan fino. Observó con sublime indiferencia cuando un mono robó el resto de los sándwiches mientras sus compañeros discutían. Esperó pacientemente a que terminaran todas las desgracias que acaecieron, entre los calambres de las niñas y la súbita ira de la naturaleza contra Benkei.

(Era raro. Normalmente, los animales se llevaban bien con Benkei. Era como si esta montaña lo odiara.)

No discutió cuando Benkei y los otros decidieron que sería mejor seguir caminos separados, aunque era algo así como la peor idea del siglo. No, se limitó a tomar una ruta, junto con Benkei. Ya se reencontrarían con Kenta y Madoka cuando se hubieran calmado los ánimos. O tal vez se los comería un mapache.

Madoka y Kenta sacaron fuerzas de su indignación para ignorar sus calambres y cansancio, y avanzaron con decisión a algún sitio. Más temprano que tarde se vieron avanzando por un estrecho reborde en una montaña, lo cual tenía poco sentido. Más les habría valido deslizarse sobre la maleta de Madoka para volver a alturas menos peligrosas.

Eran las 11 de la mañana cuando Madoka cayó.

También cayó parte de la montaña.

Y Kenta, y la maleta de Madoka.

Afortunadamente, un misterioso ninja de la montaña los salvó de una muerte segura.

A todos, menos a la maleta.

Cuando Madoka despertó del súbito desmayo que la inminencia de su propia muerte le había inducido, tuvo el buen sentido de no llorar por lo de la maleta. Después de todo, vivía cuando debería estar muerta.

A menos claro, que de verdad estuviera muerta, y todo fuera una especie de alucinación post-mortem, o un vagabundeo espiritual intrascendente.

–¿Y tú eres...? –se atrevió a preguntar Kenta por fin a su rescatador, tras haberse presentado él y Madoka.

–Ah, me llamo Hyoma.

–Y, ah... ¿la aldea ninja queda muy lejos?

–¿Aldea ninja?

–Eh, bueno... tus aptitudes físicas...

Hyoma rió de buena gana.

–No, no soy un ninja. Ni vivo por aquí. Sólo vine a recolectar algunas hierbas.

–Ah...

–Entonces, ¿no has oído de la aldea Koma? Se supone que está en esta montaña –preguntó Madoka.

–Nop, ni idea. A lo mejor en algún punto cerca del río. ¿Para qué van allá?

Entonces Kenta comenzó a soltar la larga letanía sobre la aciaga desaparición de Ginga y su propia incapacidad de dejarlo vivir su vida porque eran como hermanos. Sin embargo, Hyoma se perdió la mayoría del discurso. Comenzó a divagar sobre el hecho de que él, que conocía a Ginga de más tiempo y debería ser considerado, con todo derecho, su mejor de los mejores amigos, jamás había pensado siquiera en ir a buscarlo cuando desapareció misteriosamente.

El rugido de una bestia hambrienta lo despertó de sus ensoñaciones.

–Ah, ¿tienen hambre...? –preguntó, todavía medio distraído.

–¡CORRE POR TU VIDA! –soltó Madoka, varios metros por delante de él–. ¡UN OSO!

Kenta también había puesto pies en polvorosa. Hyoma giró la cabeza hacia atrás lentamente. Y sí, era un oso. Le dio vergüenza correr, así que se levantó como de mala gana y empezó a caminar con aire indiferente, si bien a paso veloz, para seguir a Kenta y Madoka. Naturalmente, el oso no iba a admitir que lo ignoraran. De un zarpazo, derribó a Hyoma, quien no tuvo más remedio que...

... reponerle al oso el papel higiénico que había usado en las últimas semanas.

–Sabía que debí seguir usando ardillas –masculló Hyoma por lo bajo, cuando el oso se fue con el rollo de papel.

Se levantó y se sacudió como pudo. Buscó señales de Kenta y Madoka, pero no las encontró. Soltó un "tch" y se dirigió al río. Era la ruta menos difícil de seguir hacia la entrada a la aldea Koma, y para su mala suerte era la que, según sus cálculos, Benkei y Kyouya estarían siguiendo en ese momento.

Distraído como estaba, no prestó atención a las señales de que Benkei lo iba a arrollar en su frenética huida de un jabalí. Así que Benkei lo arrolló. Pero Hyoma no iba a dejar que lo trataran tan abusivamente. Con pasmosa agilidad sobrehumana, se aferró del pelaje del jabalí, que había saltado sobre su persona derrumbada en el suelo, y se impulsó para usarlo como cabalgadura. Benkei y Kyouya, sin apercibirse de su presencia, dieron una vuelta inesperada, y el jabalí frenó súbitamente, para evitar caer por un barranco. Hyoma aprovechó la inercia alterando su trayectoria aferrándose a una rama, y pronto se encontró muy por delante de la ruta de escape de Benkei y Kyouya, que iban reduciendo la velocidad al darse cuenta de que ya no eran perseguidos.

Hyoma recuperó el aliento, se sacudió las ramitas del pelo, y se acomodó la ropa. Estaba a punto de salirles al paso, pero Kyouya por fin se percató de su presencia y decidió increparlo de inmediato.

–Sal de ahí, quien quiera que seas.

–Oye, calmado...

–¡Calmado mis polainas! ¡Nos llevas siguiendo un buen rato!

–Claro que no. Sólo estoy recolectando hierbas.

–¿Ah, sí? ¿En qué cosa?

–Ehm... mis bolsillos.

–Están vacíos.

–¿Cómo puedes saberlo?

–No están abultados ni se les sale ninguna hoja. Y no haces ruido de "tengo los bolsillos llenos de hierbas" al caminar. ¿Quién eres y qué quieres?

–Caramba, Kyouya –intervino Benkei por fin–. Te has vuelto sumamente desconfiado.

–Bueno, cuando un demente te abandona en una montaña desolada para que te coman los lobos...

–Ah, por supuesto.

–Oh, eso suena como toda una aventura –opinó Hyoma.

–¡Nadie te preguntó! ¿Dónde está la aldea Koma?

–Jamás había oído hablar de ella.

–¿Has visto a dos personas, llamados Madoka y Kenta?

Benkei agregó a su pregunta una clara y detallada descripción física de Madoka y Kenta. Hyoma se detuvo a pensar. Su primer impulso era negar haberlos visto. Por otro lado, le sería más fácil manejarlos a todos como un solo grupo en vez de estar llevándolos por separado. Entonces, lo mejor sería reunirlos a todos. Y cuando lo hiciera, Madoka y Kenta lo saludarían como si nada, probablemente felices de ver que había sobrevivido a lo del oso. ¿Cómo iba a negar que había negado haberlos visto? Y, obviamente, Kyouya lo confrontaría de inmediato al respecto.

–Sí. Nos separamos hace rato, así que no tengo idea de dónde puedan estar –de repente se inspiró, y agregó, con cara de compungimiento–. Estoy algo preocupado por ellos.

Kyouya arrugó la nariz y entrecerró los ojos mientras evaluaba a Hyoma. Benkei tenía todos sus sentidos alerta para evitar más confrontaciones con la montaña.

–Será mejor buscarlos, entonces.

–Bueno, si seguimos junto al río quizás los veamos. No llevan agua con ellos, así que tendrán que bajar –caviló Hyoma en voz alta.

Kyouya iba a soltar otro comentario para denostar su desconfianza en Hyoma, pero decidió abstenerse. Era mejor que no supiera cuánto desconfiaba de él.

Al final, se encontraron con Kenta y Madoka, quienes parecían haber olvidado todo respecto a su pelea con Benkei, y siguieron su camino alegremente.

Por un rato.

–Entonces, ¿no tienes idea de dónde está la aldea Koma? –preguntó Kyouya por fin.

–Nop, en absoluto.

–¿Por qué tenemos que seguirte, entonces?

–... ¿me están siguiendo?

–Pfft, sí.

–Yo venía siguiendo a Benkei.

–¡¿Qué?!

Hyoma rió.

–Eh, qué se le va a hacer. ¿Para qué dicen que quieren ir allá? Buscar al tal...

–¡Ginga! –apuntó Kenta.

–... no tienes que ser tan grosero –soltó Hyoma, herido.

–No, buscamos a alguien llamado Ginga. Aunque sí puedes ir mucho a chin... –farfulló Kyouya por lo bajo.

–Oh, vaya. Qué afortunado de tener amigos como ustedes, dispuestos a...

Hyoma dejó de hablar. Por alguna razón, ya no tenía interés en seguir con su charada. Tomó aire.

–¿Saben? Siendo franco, soy de la aldea Koma, pero se supone que no cualquier extraño llegue a ella y por eso planeaba matarlos de agotamiento o hacer que se rindieran. Pero de verdad parece que son amigos de Ginga, y creo que si seguimos caminando me saldrá un juanete. Vengan, el atajo secreto está por aquí.

–¿Por qué deberíamos creerte?

–Acabo de mencionar lo del juanete.

Hasta Kyouya tuvo que aceptar que eso sonaba demasiado irreal para no ser sincero. Lo siguieron a un lugar cercano, donde había una roca gigante.

–Sólo tenemos que mover esta roca para abrir el pasadizo secreto.

–Pffft. Regalado –resopló Benkei, y de un garnuchazo movió la roca.

–¿Así nada más? ¿Sin ninguna clase de prueba? –receló Kyouya.

–Jua-ne-te. ¿Quieren encontrar a Ginga o no?


N/A: La inestabilidad de la racionalidad de los personajes en MFB me perturba. Sobre todo en Madoka y Kyouya.