Celos, cochinos celos
(
El Green Hades)

Regresaron todos juntos a la aldea Koma, que seguía tan solitaria como antes, y se encontraron con que Enata había tenido tiempo de sobra para preparar una cena semigourmet abundante y generosa para ellos. No se preguntaron, sin embargo, de dónde había obtenido los insumos necesarios para tal proeza: no era como si el orégano se diera por esas tierras, y conseguir vainilla real era mas difícil cada día. Pero lo importante era que estaban decididamente hambrientos, y habrían comido hasta hongos venenosos de ser necesario.

Mientras sus amigos comían alegremente, Ginga reposaba sus cansados huesos y Hoikuto lo estudiaba discretamente. No parecía que Ginga se hubiera lesionado permanentemente, y había recuperado el buen humor y la tranquilidad. Al final, la charada del pergamino que había ideado Ryo funcionó. ¿Quién diría?

–Gracias por guiar a mis amigos hasta la aldea –le dijo Ginga a Hyoma en cuanto tuvo la oportunidad.

–Oh, no fue nada, mi mejor de los mejores amigos. Mío –remató, poniendo una mano sobre el hombro de Ginga–. ¿Vamos mañana a dar una vuelta al bosque?

–Claro –asintió Ginga–. Será divertido darles un recorrido a mis amigos.

Dios te conserve la inocencia, pensó Enata involuntariamente, compadeciéndose de Ginga. La cosa se veía peligrosa. La atmósfera inmediatamente alrededor de Hyoma comenzaba a recargarse de iones celotípicos. No había necesitado que nadie le explicara que en esos asuntos era mejor no meterse; pero definitivamente le agradaría que alguien más salvara a Ginga de su infinita ceguera para estas situaciones.

Porque él no tenía idea de cómo hacerlo.

La tormenta de celos de Hyoma se fue alimentando a lo largo de la mañana siguiente, mientras él y Ginga guiaban a Benkei, Kenta, Kyouya y Madoka a través de todos los caprichosos sitios naturales de entrenamiento yobladístico que rodeaban a la aldea Koma.

(No, no era que Natura hubiera determinado que el yoblade debía ser una característica de supervivencia. Lo que pasaba era que los komenses, como ustedes acertadamente supondrán, a todo le veían forma de yoblade y no concebían la vida sin usar sus yoblades para cualquier actividad, por absurdo que fuera).

Entonces se desató el pandemonio. Hyoma se lanzó a ahorcar a Kyouya sin motivo aparente... para el ojo no entrenado.

El ojo entrenado vería que la piel de Hyoma tenía un ligero tinte verde.

El incidente había tenido lugar a orillas de una gigantesca superficie cóncava de moldavita, que Hyoma les presentó como el "Green Hades". De acuerdo a la leyenda de la aldea Koma, el impacto de un meteorito la había formado. Aunque, ciertamente, la moldavita sólo se forma mediante impactos de meteorito, Benkei sabía que era imposible que se formara una cuenca tan perfecta. Por tanto, sospechaba de la formación cristalina. Encima, era moldavita. ¿Fuego, aire y cosmos? La condenada cosa estaba elementalmente alineada con las tormentas, y le constaba que las tormentas no se debían mezclar con el yoblade. Su sospechosismo lo distrajo y no pudo proteger a Kyouya del peligro.

El sonido sibilante que emitía el yoblade de Ginga al pasear por el Green Hades distrajo a Hyoma de sus impulsos asesinos. Dejó ir a Kyouya, soltó unas cuantas bravatas, y se dispuso a enfrentar a Ginga.

Ginga enredó intencionalmente su yoblade con el de Hyoma y, con un certero tirón, hizo que Hyoma cayera de cara contra el fondo del Green Hades.

El Green Hades se rompió.

Hyoma recuperó la cordura.

Y todos fueron felices para siempre.

Menos Hyoma, porque le dolía todo y, de todas formas, Ginga no había entendido que no le estaba permitido tener otras amistades.