Rebel rebel
(El hermoso Eagle)
El Director de la NQNTNMQHA meditaba mientras mantenía la mirada fija en un espacio vacío de su escritorio. Meditaba, sí, pero en el sentido de tener la mente en blanco. Al fin y al cabo, se dijo al regresar a la realidad, no se esperaba de él que pensara. Toda la planeación estaba a cargo de Shining Quasar, él sólo tenía que firmar cheques. Y revisar ligeramente los planes (aunque sin mucho derecho a modificarlos). Y preparar clones del DJ nacional para que todos los eventos pudieran estar debidamente arbitrados y presentados. Y tratar de no pensar en los terribles planes que había fraguado el presidente de la NQNTNMQHA, con ayuda de sus allegados, para frustrar los planes de Shining Quasar (los planes incluían espías tan obvios y llamativos que resultarían ineficientes). Y tampoco quería pensar en las endebles matemáticas que habían aplicado los de Shining Quasar para garantizar que la NQNTNMQHA quedara en la bancarrota después de organizar tantos eventos.
(Afortunadamente, los de Shining Quasar había dicho que correrían con los gastos de la recta final. Sospechosamente, también se negaban a aceptar cualquier intromisión de la NQNTNMQHA en el desarrollo de la misma, fuera del arbitraje y conducción del DJ).
Así pues, el Director se veía en la aburrida situación de no tener que hacer nada en mucho tiempo. Más que nunca, ansiaba que le llegara la hora de retirarse. Pero no, la mesa directiva no lo permitiría, no hasta que hubiera un reemplazo apropiado. Y no lo había.
— · — · — · — · —
Los días que siguieron a la partida de sus amigos fueron sumamente apacibles para Madoka. No tenía que hacer pasteles, lo que significaba que no tenía que ir a la tienda a comprar cajas de harina pre-preparada. Comía sola, así que podía pedir una pizza y le duraba media semana. Podía encargarse de reparar yoblades y vender partes a gente que pagaba por ello. No había drama, ni tenía que cuidar ningún enfermo.
Si esta situación duraba mucho más, se moriría de aburrimiento.
Ajenos a este dilema, Hikaru, Benkei, Kenta, Kyouya, Ginga y Hyoma vagaban por el país para conseguir puntos. Afortunadamente, ya tenían bastantes puntos al iniciar, así que era matemáticamente probable que lograran entrar al torneo. Desde un punto de vista narrativo, claro, es imposible que no consigan los 50,000 puntos. Tal escenario implicaría que cambiaran los protagonistas en el clímax de la historia, o que el clímax cambiara súbitamente y el torneo resultara irrelevante.
Algo así jamás pasaría en la guardia de Enata. Vigilaba a Ginga como suegra recién estrenada, cuidando que no se extraviara ni olvidara sus objetivos, ni se enfermara por hacer arreglos precarios para dormir. Ginga comenzaba a resignarse a su suerte, y en cierta forma lo relajaba el no tener que preocuparse por sobrevivir. Por otro lado, si le hubieran dado a elegir, habría preferido que Madoka lo acompañara, ya que al menos ella podía reparar a Pegasus si era necesario. Pero no, no tenía tanta suerte.
Si tuviera suerte, no se vería rodeado por cazadores de puntos justo al llegar a una zona despoblada.
—Tú eres Ginga, ¿no es así? —lo interpeló uno de ellos.
—Sí —aceptó Ginga inmediatamente, como era su costumbre—. Y antes de que empiecen: si quieren puntos deberían entrar a torneos, en vez de intentar robarlos.
—¿Para qué, si los torneos dan una cantidad miserable de puntos? —retrucó otro de sus atacantes.
—Pero al menos en los torneos ganarían algo.
Sin más dilación, los yoblades salieron volando como confetti dinamitado. Pero no fue Ginga el que derrotó a la bola de montoneros.
Escucharon el llamado de un águila desde el cielo. Se volvieron hacia arriba. En ese momento de distracción, un desconocido intervino y detuvo los yoblades de los montoneros con movimientos certeros y precisos.
Una vez derrotados, los montoneros tuvieron que salir huyendo, porque el águila se lanzo en picada hacia ellos, y prontamente alistó las garras para hacerles alguna fechoría.
—Pude haberlos derrotado solo —informó Ginga sin pedantería alguna.
—Yo sólo quería los puntos —señaló el recién llegado.
—Ah, si es por eso... ¡pero eran mis puntos! —reaccionó Ginga.
—Igual, sólo fueron 500 puntos, Ginga.
—Aun así... —Ginga hizo un puchero y llegó a la conclusión de que más valía no seguir haciendo berrinche. Fue entonces que recapacitó que el desconocido sí lo conocía a él, lo cual no es que le sorprendiera mucho. Pareciera que desde que salió de su aldea sólo hubiera tenido que presentarse con Kenta: el resto del universo ya lo conocía—. ¿Y tú quién eres?
—Me llamo Tsubasa —indicó... Tsubasa... muy lentamente y poniendo un énfasis extraño en el "tsub".
Enata, que se había contenido magistralmente todo el tiempo a petición de Ginga, no pudo evitar hacer un ruido raro con la garganta. Ginga volvió su atención hacia él, y con una seña le indicó que dijera lo que tenía que decir.
—¡ESTE SUJETO ES SOSPECHOSO!
—¿Eh...?
Era la primera vez que Enata le gritaba, lo cual le pareció sumamente raro. Tsubasa soltó un bufido.
—Y tú eres molesto.
—¡SEÑOR GINGA! ¡JAMÁS DEBE CONFIAR EN ALGUIEN QUE TENGA UN SOLO NOMBRE, PAREZCA SER AMABLE Y TENGA CABELLO ANORMALMENTE CLARO!
—¿Anormal...? —repitió Tsubasa, decididamente molesto.
—¡Y SI ENCIMA EL NOMBRE ES "TSUBASA", PODRÍA ESTAR ENVUELTO EN UNA TRAMA HIPERDIMENSIONAL COMPLICADA TEJIDA POR UN MAGO VOLUBLE!
Ginga y Tsubasa se le quedaron viendo raro, y Enata decidió callarse antes de seguir desvariando. Sacó una de sus notas del bolsillo para abanicarse y controlarse, pero la guardó al leer lo que estaba escrito en ella.
Mi querido Enata,
No es paranoia si estás seguro.
(Enata a veces dudaba sobre el supuesto estado de ebriedad bajo el cual se habían escrito las susodichas notas. Pero entonces recordaba que había encontrado una que, a todas luces, no era más que una transcripción de "Vocalise").
—Este tipo está algo demente —le dijo Tsubasa a Ginga por lo bajo.
—Sí, pero tiene sus puntos buenos. Y de todos modos no puedo deshacerme de él.
—Pues bueno... supongo que te diriges al torneo de Chamula el Alto, ¿no?
—Sí, así es.
—Yo también voy para allá. Viajemos juntos.
Enata soltó un chillido extraño de desesperación, pero logró disimularlo entonando inmediatamente el clímax de Vocalise y prosiguiendo su camino como si fuera a pasar por alto toda la situación.
— · — · — · — · —
Tras caminar por unas horas, se detuvieron a conseguir comida. Tsubasa estaba acostumbrado a ver por sí mismo, así que se dispuso a pescar algo en el río cuyo curso habían seguido para guiarse hacia Chamula el Alto. Ginga no quería parecer mimado, así que intentó imitar a Tsubasa. Fracasó. Pero Tsubasa no le recriminó su inutilidad, y se dispuso a enseñarle a pescar a mano limpia.
—¿Cómo puedes ver bien a los peces? —se quejó Ginga, tras un intento particularmente desastroso.
—Debes ver más allá de lo evidente —respondió Tsubasa. Ginga bufó—. Ayuda mucho aprender a sentir las vibraciones del medio en que te encuent- ¡auch!
—¿Estás bien?
—Sí... sólo... me dio toques el agua.
Ups, pensó Enata. Debía tener más cuidado con sus paranoias cuando pescaba eléctricamente.
—¿No que ves más allá de lo evidente? —bromeó Ginga.
—Eso no significa que vea lo intangible. El punto es, eh, sigue tus instintos, y eso.
Ginga asintió y meditó profundamente las enseñanzas de Tsubasa por 3 segundos. No volvería a pensar en ellas hasta dos días después, cuando enfrentó a Tsubasa en la final del torneo de Chamula el Alto.
—Agh, mis ataques no dan en el blanco...
—Confías demasiado en tus ojos.
—¡Gah!
—... ¿de veras ya olvidaste lo de la pesca y eso?
—¡Fallé otra vez!
—... ¡Y encima no me escuchas!
—¡ATACA, PEGASUS!
—¡SI DEJARAS DE GRITAR, PODRÍAS, NO SÉ, ESCUCHAR MI YOBLADE O ALGO ASÍ!
—¡PEEEEGAAAASUUUUUUUUUS!
Tsubasa, exasperado, alzó los brazos al cielo. Y perdió.
Tomaron caminos separados al finalizar el torneo y, mientras caminaba hacia su próximo destino, Ginga se preguntaba porqué Tsubasa había estado tan interesado en ayudarlo. Paradójicamente, Tsubasa se preguntaba lo mismo.
