Nota: Las opiniones vertidas por Tetsuya Watarigani son a título personal y no representan las de la casa productora de esta serie, ni las de la televisora.


En capítulos anteriores de Yoblade:

Nuestra alegre banda de yoluchadores se ha separado para conseguir puntos para entrar a un torneo organizado por Shining Quasar, que nada más sirve para alargar insustancialmente la duración de la serie. ¿O acaso los yoluchadores que aparecen en estos torneos tendrán mayor relevancia que los inconsecuentes amigos de Kenta? Enata consiguió pegársele a Ginga con una falsa identidad de mayordomo de culto extraño. Ryuuga mata el tiempo insensiblemente, puesto que su aparición fue demasiado temprana en la serie para su nivel de poder. Doji ha revelado sus verdaderas intenciones respecto a los cactus; Yuu es, por mucho, el personaje más activo de la serie; el mar ama a Watarigani aunque a veces no lo comprende; y Kyouya comió una paleta que le dio un desconocido. ¿Tendrá todo esto alguna importancia? ¡Sólo hay una forma de saberlo!


Dancing with the rogue waves
(
La operación cangrejo de Dark Gasher / Kenta y Sora)

—Y fue en aquel aciago día en que Taka tomó mi mano con tanta fuerza que tuve que contener un grito. "No duraré mucho más", me dijo con un agónico susurro...

Tetsuya Watarigani narraba su triste y verdadera historia, ahogando en amargo llanto a todos en el estadio.

—¡Por eso, le prometí que ganaría en el yoblade, siempre, para que él jamás se rindiera!

—Tu misión es justa y noble —aceptó su contrincante, enjugándose incesantemente su eterno llanto. Retrajo su yoblade y se echó a llorar a gusto.

—¡Ah! ¿Viste eso, Taka, mi querido cangrejo araña gigante? ¡La victoria es posible!

—... ¿Cangrejo araña gigante? —repitió el DJ, después de esnifar un par de veces—. ¡¿Todo el tiempo has estado hablando de un cangrejo araña gigante?!

—Pues sí —admitió Tetsuya, algo confundido ante la súbita ira que parecían mostrar todos en el estadio.

—¡¿Todo por un estúpido cangrejo?!

—Uuuuy, perdón. Olvidaba que sólo es válida la empatía hacia otros mamíferos, y las tragedias son prerrogativa de los humanos. ¡Qué lástima!

Dio media vuelta con tal energía que su capa ondeó en el aire, enviando una muda bofetada a todos los presentes. La fría indignación de Watarigani, de alguna forma, los había hecho sentirse peor que la triste historia de Taka, el cangrejo araña gigante; de tal suerte que ya ni siquiera podían llorar. Caminó con decisión y sin tomar ningún desvío hacia la playa más cercana, con el ceño levemente fruncido y las quijadas algo tensas, la capa agitándose demasiado levemente para tener un efecto dramático.

—Los odio a todos —dijo, llegando por fin al mar—. ¡Pero sobre todo a Ginga! ¡Ginga, encarnación de todos los protagonistas clichesosos que resuelven todo con el poder del corazón y tonterías similares! ¡Como si ése fuera el músculo más poderoso del débil ser humano! No, ¡es la lengua! Y aún así, su poder no se compara ni de lejos con el poder de los músculos del Stomatopoda más débil. Sin importar su falta de adecuación a este mundo hostil, ¡se vanaglorian! ¡Se ofenden cuando se les sugiere que no son el ombligo del universo! Se levantan en armas por un yo-yo glorificado, ¡y se enojan por haber tenido que fingir empatía hacia un crustáceo! Y Ginga, ¡Ginga! es tan humano como el que más, y encima es un ridículo remedo de protagonista shounen! Lo desprecio profundamente.

El mar escuchó apaciblemente la eterna perorata de Watarigani, como solía hacer desde hace un tiempo. Cuando por fin se cansó de quejarse, lo consoló con apacibles murmullos.

— — — —

—Te odio —le gruñó Doji a un cactus que tenía en su oficina; como si la tortura impuesta por la nimia maceta en la que lo había confinado no fuera suficiente (pues no, no lo era: el cactus estaba acostumbrado a vivir de poco suelo y mucha roca. Pero Doji lo ignoraba, así que creía que su castigo era ingenioso y apropiado)—. ¿Quieres saber porqué odio a los cactus?

—No —respondió Yuu con presteza—; aunque sí me gustaría saber cómo se hizo el Guasón esas cicatrices. Me refiero a las que no le causó Batman u otro villano de Cd. Gótica.

—Nah, sé que te mueres por saber porqué odio los cactus.

—No, lo que me muero por saber es dónde está Ryuuga, espejo y cima de todos los yoluchadores errantes que han existido o existirán en algún futuro.

Y diciendo esto, las pupilas de Yuu asemejaban estrellas de cinco picos, tal era su devoción por Ryuuga.

—Ah, se fue a entrenar con su dragón maligno gigante.

—¡No es justo, Ryuuga es el único que se divierte!

—Sí, suele pasar que el que puede matar a todos se convierte en jefe, y el jefe hace lo que le da la gana —caviló Doji, sin prestar atención a la continua perorata de Yuu— Ah, ve a este desafío y ve si hay algún yoluchador digno de nuestra atención —dijo por fin, lanzándole un volante con información al respecto.

—Ooooh, una misión. ¡Está bien, lo haré!

Yuu emprendió la larga caminata hacia el evento, que estaba a cuatro ciudades de distancia, tomando la ruta más corta.

Por fin llegó, y soltó un "tch" reprobatorio. No había nadie que mereciera su atención, al menos no a simple vista. Pero él sí llamó la atención de Watarigani, quien lo reconoció como el que había pedido que se organizara un torneo a favor de Shining Quasar, la organización que estaba bastante empecinada en acabar con Ginga. Yuu dio la vuelta para irse, y Watarigani decidió seguirlo por el largo camino de regreso sin que Yuu se diera cuenta, aunque el resto del universo no pudiera dejar de notarlo. Y señalarlo. Y comentarlo en voz muy alta.

Llegaron a los cuarteles de Shining Quasar mucho antes de que el sol comenzara a ponerse.

—Ya volví.

—Ah, qué rápido —se sorprendió Doji, levantando la vista de los planos que estaba revisando.

—No había nadie que valiera la pena.

—Entonces, ¿quién es ese que traes contigo?

—¿Ah?

—Detrás de ti. No, a tu izquierda. Tu otra izquierda. Da media vuelta. Ve hacia arriba. No, no tan arriba. A tu izquierda. Detrás de ti. Frente a mi escritorio. ¿Quién eres y qué quieres?

—Soy Tetsuya Watarigani y quiero derrotar a Ginga; tengo entendido que en Shining Quasar podrían ayudarme con eso.

—Sí, tal vez.

Doji vio de reojo los planos una vez más. Eran el esquema de una complicada línea automatizada para la optimización de yoblades. El diseño y construcción le habían costado el triple que tener a un técnico de planta dedicado a ese fin. Además, no lo habían probado todavía. Probar con el yoblade de alguien ajeno a Shining Quasar que odiaba a Ginga era una buena oportunidad.

—Está bien, voy a ayudarte con eso. Síganme.

Sin más, los guió a la sala innecesariamente grande y lóbrega donde se albergaba el artefacto mejora yoblades. Tenía pistones y bobinas Tesla que indicaban cuando estaba funcionando sólo porque al diseñador le pareció que eran más divertidas y conspicuas que LEDs indicadores.

—Nunca había visto este lugar —notó Yuu.

—¿Has visto todo el complejo de Shining Quasar?

—Bueno, no, la verdad no.

—... siendo francos, yo tampoco. Cuenta la leyenda que hay un cuarto de juegos en algún punto del tercer piso.

—Ah, sí, logré entrar una vez; pero cuando fui por Ryuuga para mostrárselo no lo pude volver a encontrar.

—Mmmh. Fascinante.

—Y ahora, ¿qué crustáceo procede?

—Primero ponemos tu yoblade aquí —comenzó Doji, tomando a Máscara Mortal de las manos de Watarigani y colocándolo en un tornillo de banco—. Y luego encendemos esto...

El entramado que sostenía a Máscara Mortal fue transportado por una banda hacia el interior del artefacto mejora yoblades, mientras Doji le explicaba que la máquina realizaba complicados cálculos para mejorar el desempeño de cualquier yoblade que pase por sus entrañas mediante métodos desconocidos. Mientras hablaba despreocupadamente, mantenía el ojo atento para notar cualquier posible indicio de una explosión repentina.

Por fin salió Máscara Mortal, renovado y con poder aumentado, a través del último segmento de la maquinaria. Estaba sorprendentemente frío al tacto, y perfectamente pulido. No tenía ni un rasguño. Las piezas eran de la mejor calidad.

No le había costado ni un centavo partido por la mitad.

Watarigani, de la pura felicidad, no podía evitar que todo lo que dijera sonara como si estuviera cantando. Doji tuvo un vislumbre de lo que podía hacer ahora. Su limitada voz y la falta de un intérprete lo había confinado a sólo componer sones y jaranas; pero por fin podría escribir la ópera que siempre había soñado. Y presentarla en cualquier auditorio que le diera la gana. Estaba sinceramente estupefacto; y mientras Watarigani le prometía aniquilar a Ginga, destrozar todos los yoblades del mundo, y cumplir con todos sus niveles de alto ejecutivo de Shining Quasar, Doji sólo acertaba a repetir "sí" débilmente.

—... viejo, ¿cómo vas a pagar todas esas prestaciones? —preguntó Yuu por fin, cuando Watarigani ya se había ido y Doji comenzaba a regresar al mundo real.

—¿Prestaciones?

—Sí; lo del departamento en la playa parece lo más complicado. ¡Y si va a ser así, yo quiero vivir en el cuarto de Ryuuga!

Más tarde, Doji le pediría a Merci que le recapitulara todas las prestaciones que había aceptado concederle a Watarigani. Cuando las escuchó, fuera de lo del departamento, todo era razonable, sobre todo si obtenía la exclusividad vocal para sus proyectos adicionales.

Al diablo. También lo del departamento era razonable, y hasta barato.

Así fue que Watarigani partió presurosamente hacia el próximo torneo en el que participaría Ginga. No notó (ni le habría importado mucho) que Benkei también estaba inscrito en ese torneo. Durante el trayecto, su ánimo mejoró exponencialmente, de modo que al verlos casi se había convencido a sí mismo de que todos eran amigos.

—¡Gin-gi, Beni~~~! ¡Han pasado muchas mareas, cangrejines!

Era tan bueno su humor, que no había notado que se le había caído la capa en algún punto del camino, y se había recogido el pelo para sentir la brisa no marina del lugar.

—¿Tet...suya? —preguntó Ginga, no muy seguro. Hablar sobre mar y cangrejos era cosa de Tetsuya, y definitivamente era su voz, pero con su cambio de imagen no podría asustar niños hasta hacerlos llorar al romper sus yoblades, lo cual no cuadraba con su plan de negocios.

—¡El mismo que viste y canta~~~~!

—Estás de muy buen humor —notó Benkei, capitán de la obviedad.

—¿Cómo no estar feliz? El sol brilla, el aire es fresco, y me acaban de remodelar a mi cangrejo amado gratis —sonrió Tetsuya embelesado, mostrándoles su yoblade. Benkei jadeó al ver las piezas de alta calidad que habían sido reemplazadas en Máscara Mortal. El clon del DJ anunció que la competencia estaba por comenzar, así que Tetsuya se despidió, diciendo que jugaría limpio esta vez. Ginga y Benkei cambiaron una mirada de incredulidad al escuchar eso, pero un segundo después el corazón de Benkei se ablandó y decidió darle el beneficio de la duda.

En efecto, la mayor parte de la competencia transcurrió sin contratiempos ni artimañas de Watarigani. Era un buen día para ser aficionado a este deporte. Ginga avanzó a la final, predeciblemente, y sólo faltaba saber quién sería su oponente: Benkei o Tetsuya, quien seguía con el ánimo de una quinceañera a la que le han declarado amor por primera vez. Lo cual no sería perturbador, de no ser porque le hablaba como quinceañera enamorada a todos sus interlocutores. Era demasiado para el tsunderismo de Benkei. Inició el encuentro, y fue bastante normal por un rato.

Entonces fue que Watarigani notó que no podría ganarle a Benkei si seguía jugando limpio. Peor aún, un enfrentamiento prolongado podría dañar sus refacciones nuevas.

Él

jamás

permitiría

eso.

—Aayy Benis~~~ ¿te gusta maltratarme~~? ¿A tu mejor amigo? ¡Y pensar que eres el primero que dejo que se acerque a mí después de la pérfida traición de aquel a quien consideré mi mejor amigo hace tiempo! ¿Qué perverso placer encuentras en usarme y luego tirarme a la basura?

El tono, las implicaciones, las palabras con que Tetsuya conminaba a Benkei a ser un poco más piadoso en sus ataques, eran demasiado para un tsundere como Benkei. No sabía cómo responder. Si atacaba con más fuerza, para terminar el encuentro lo antes posible, le daría la razón a Watarigani respecto a que eso le gustaba. Si pudiera acabarlo de un golpe, podría negarlo todo y demostrar superioridad moral y de combate, pero eso estaba fuera de sus posibilidades.

—Si eso es lo que quieres, derrótame~~~~ Anda~~

Y ahora no podía derrotarlo, no cuando llevaba unos veinte segundos acicateándolo con esa cantaleta. De modo que no hizo nada, y Tetsuya aprovechó para vencerlo prestamente utilizando una nueva maniobra especial, que se basaba en encoger el pivote central de su yoblade para que los lados presentaran una separación menor, y así dar un golpe más potente.

La alegría de la victoria no le duró mucho, porque comenzó a preocuparse por haber tenido que usar su táctica especial antes de tiempo. Ahora que Ginga la había visto, indudablemente ofrecería más resistencia que Benkei. Ni por un segundo le pasó a Watarigani por la cabeza la posibilidad de que Ginga no cayera en su trampa en absoluto.

—¡Ginga! ¿Atacas así a tu mejor amigo?

—Tú no eres mi amigo.

—¡¿Cómo puedes decir eso?!

—¡Tú eres el que siempre dice que me detestas!

—¡Por lo mismo, si ya no te detesto, entonces ya podemos ser amigos!

Ginga, como todo buen protagonista shounen, era susceptible a perdonar a sus antiguos enemigos en cuanto mostraran la más mínima señal de aliarse con él. En el fondo de su corazón, aceptó a Watarigani como un nuevo buen amigo, al que podría confiarle que entrenara a su hijo en caso de que él muriera en la batalla de Watarigani y Ginga contra su hermano extraterrestre perdido (de Ginga).

—¿Amigos, entonces?

—¡Amiwiwis~~~! —corroboró Tetsuya con entusiasmo.

—¡Pelearé contra ti con todo mi poder, hermano del alma realmente mi amigo! —exclamó Ginga, eufórico.

—N-no, nonononono, espera, ¿qué es eso? —dijo Tetsuya apresuradamente, señalando a la derecha, distrayéndose del combate. Ginga no le hizo el más mínimo caso, y no vio la formación de ovnis en forma de cangrejo que surcó el cielo sobre el estadio.

Tetsuya intentó usar su ataque especial, pero no acertó a ejecutarlo, pues Ginga ya lo había visto y había planeado un contraataque apropiado.

Watarigani se fue del estadio echando pestes contra Ginga, que por su parte estaba genuinamente satisfecho de su encuentro. Y sin embargo...

Algo había cambiado. Su odio no se sentía tan intenso ese día. ¿Era porque la felicidad de la remodelación gratuita lo había inmunizado contra la amargura? ¿O sería otra cosa?

En su plática con el mar ese día, le externó ese cambio. El mar, en primera instancia, era feliz porque su bienamado Watarigani era feliz. En segunda instancia...

—Ah, pero ya debo irme. Tengo que ir a reportar lo sucedido a Shining Quasar. Me acaban de nombrar ejecutivo de alto nivel. Quizás tenga la cangreja suerte de que me asciendan rápidamente y pueda comprar un yate para que pasemos más tiempo juntos.

El mar rompió alegremente contra la saliente en la que estaba Watarigani.

Lejos de ahí, Kenta conoció a la persona que más odiaría en su vida. Todo empezó cuando se disponía a enfrentar a un chico intrascendente en la semifinal de uno de los desafíos. Escuchó un fuerte ruido a sus espaldas, y vio una improbable nube de espeso polvo, de entre la cual salió un sujeto extraño, de pelo bicolor, ojos color ladrillo y cintura breve, combinación nunca antes vista en un yoluchador en la historia. El susodicho le dijo a Kenta que probablemente sería más interesante enfrentarse a él que a su rival oficial. El clon del DJ lo amonestó severamente por intruso. Pero el muy engreído no entendía razones ni tenía la más elemental vergüenza, y no prestó la más mínima atención a sus reclamos. Con inconcebible sorna, le preguntó a Kenta si acaso era fuerte. La audiencia respondió por él: para ese entonces, Kenta ya tenía varios fanseses de todos los géneros y afiliaciones políticas, que no tardaron ni un segundo en animar a Kenta para que derrotara al irresoluto invasor de una vez, obligándolo así a retirarse para que el torneo siguiera su curso.

El irresoluto anunció que se llamaba Sora, y era el discípulo único y predilecto de Ginga. Iniciaron el combate auspiciosamente, aunque Kenta todavía estaba impactado por las declaraciones de Sora. No podía ser cierto, ¿cierto? ¿Qué se suponía que hiciera ahora? ¿Debería derrotarlo rápida y humillantemente para que dejara de pronunciar el nombre de Ginga en vano? Pero, si era cierto... No, ¿cómo rayos iba a ser cierto? ¿De cuándo a acá Ginga tomaría aprendices así como si nada, sobre todo después de haberse negado terminantemente a hacerlo antes? Y vaya que le habían rogado al respecto. Se vio forzado a regresar a la realidad cuando escuchó la siguiente atrocidad que salió de las fauces de Sora.

—¡Ciber-meteoros de pegaso!

Y un cuerno. Kenta vio con un horror inenarrable la técnica de Sora, que era una copia fiel de la técnica especial de Ginga.

Claro, excepto por el pequeño detalle de que la técnica de Ginga funcionaba, y la de Sora no.

Estupefacto (¿de veras había pasado unos treinta segundos odiando profundamente al tipo?), Kenta vio a Sora salir apresuradamente del estadio, cuyos asistentes habían estallado en carcajadas, advirtiéndole que no sería la última vez que sabría de él.

Pero por supuesto que no, pensó Kenta, sonriendo malévolamente en su interior, como villano decidido a destruir al mundo sólo para fastidiar ligeramente a alguien. En cuanto terminó el torneo, Kenta invirtió toda su energía y sagacidad en rastrear a Sora, lo que no fue muy difícil, considerando la tendencia de los yoluchadores errantes novatos a gritarse a sí mismos.

Kenta encontró a Sora fallando mil veces la técnica clonada en la playa. Había algo extraño en su ejecución, pero Kenta no atinaba a deducir qué era lo que fallaba. ¿Sería la falta de una bufanda? ¿La diferencia en la elasticidad de la columna?

El lado sociópata de Kenta emergió sutilmente.

—¡Sora! Te estaba buscando —dijo, con una inocencia tan absoluta que él mismo creía en ella.

—¿Ah? Kenta...

—Quería preguntarte... ¿dónde aprendiste tu técnica especial?

—Bueno, pues...

—¿Cómo está Ginga? Hace rato que no lo veo.

—Eh, supongo que bien...

—Oh, entonces es por eso —notó Kenta, ignorando por completo el volumen de ponzoña que destilaban sus palabras—. Con razón no dominas la técnica, obviamente no se tomó el tiempo de enseñarte bien.

—Más bien es que no sabe que soy su aprendiz —reconoció Sora, algo avergonzado.

—¿Que que qué? ¿Cómo es eso? —ahora Kenta estaba genuinamente interesado.

—Bueno, yo decidí por mi cuenta que era el aprendiz de Ginga después de verlo en un torneo. Aunque quizá sí me eligió. Después de todo, se me quedó viendo un rato, como cuatro segundos y medio.

¡¿QUIÉN NARICES SE CREÍA ESTE COMO PARA PENSAR QUE GINGA PODRÍA VERLO A ÉL?! ¡Era una nulidad total! ¿Se creía cool por decolorarse la mitad del cabello? ¿Era tan obsesivo como para comprarse pupilentes casi del mismo color que Ginga? El muy inútil ni siquiera comprendía el nivel de su patetismo, de creer que por un breve semiencuentro ya existía una relación profunda entre él y Ginga. Si fuera tan importante, Kenta sentiría algún lazo de hermandad hacia Sora, pues el lazo que lo unía a Ginga era tan poderoso que podía captar sus emociones a varios cientos de kilómetros.

(Y Ginga no estaba tan lejos, o Kenta lo sabría).

—... y con esa mirada me bastó para saber que quería que me convirtiera en un yoluchador tan poderoso como él.

—Sí, ¿verdad? Mi amiwiwis Ginga tiene ese efecto —comentó Kenta distraídamente.

—... ¡¿ERES AMIGO DE GINGA?!

—Sí, claro.

—... ¡MUERE, PESHRRA!

Se enzarzaron en una pelea de niñatos bastante bochornosa. Cualquiera habría pensado que Kenta estaría en desventaja, ya que Sora casi le sacaba medio cuerpo de altura, pero Kenta era sorprendentemente ágil y artero, como una serpiente acorralada.

Siendo yoluchadores errantes sin supervisión adulta, claro, no estaban bien alimentados, y sus fuerzas se agotaron rápidamente. Quedaron tendidos en el suelo uno al lado del otro, jadeando y cubiertos de sudor y arena.

—Es absurdo. Que Ginga decida —soltó Sora, frunciendo el ceño levemente.

—¿Qué rayos quieres decir con eso? —gruñó Kenta, lanzándole una mirada suspicaz.

—Que compitamos limpia y justamente por el título de mejor de los mejores amigos de Ginga, y que él decida, y los dos respetamos la decisión y eso.

—Jamás —bufó Kenta. ¡Sería tonto si siquiera considerara esa posibilidad por un instante! Él ya era la persona más cercana a Ginga, y no tenía que hacerle concesiones a ningún advenedizo poser y sin escrúpulos.

—Y se pondrá menos incómodo si somos amigos. Así que, somos amigos a partir de ahora —dictaminó Sora unilateralmente, sin dedicar medio segundo a reflexionar sobre el hecho de que todas sus relaciones recientes parecían iniciar sólo porque a él le daba la gana, sin el conocimiento ni consentimiento de la otra persona involucrada.

Así fue que Kenta y Sora iniciaron un breve viaje juntos, durante el cual Sora desarrolló su propia técnica especial con la escasa ayuda de Kenta, ganaron un desafío por parejas sin gran problema, y finalmente Kenta pudo deshacerse de él, señalando que era más fácil que los dos consiguieran puntos y se reencontraran en el torneo, sin falta.

Pero claro, Kenta no tenía que hacer un análisis matemático formal para saber que era imposible que Sora consiguiera los 50,000 puntos necesarios, siendo que había comenzado hace muy poco y era básicamente un palurdo en el yoblade. Lo que no sabía era que eso no significaba que se hubiera librado de él definitivamente, y que en efecto se reencontrarían antes del fin.