Lady Stardust
(El cautivador Piscis)

—Quizá 50,000 puntos fue demasiado elevado —caviló Doji en voz alta, notando el bajo número de participantes que podrían alcanzar esa cifra, según los cálculos de Merci—. Debe haber una forma... de otro modo, no habrá campeonato.

Resopló, descolgó el teléfono, llamó a la NQNTNMQHA y exigió que hicieran torneos que dieran más puntos a los ganadores, orden que debía hacerse efectiva inmediatamente.

A la NQNTNMQHA no le gustaron sus exigencias.

—Igual hazlo —dijo al final el presidente al director, encogiéndose de hombros—. O el tipo no dejará de llamar.

Así fue que se organizó con presteza un desafío que daría 10,000 puntos a quien lo ganara. Nuestros protagonistas acudieron al desafío como abejas al desagüe de una fábrica de jugos.

—¡Ah, la atmósfera de este sitio es electrizante! —exclamó Ginga, satisfecho, al ver a todos los yoluchadores que se habían congregado alrededor del estadio. Enata se apresuró a colocarle una pulsera antiestática (como la que él mismo usaba siempre), un amuleto protector, y atomizarlo con suavizante de telas disuelto en agua—... ¿qué tanto haces ahora?

—Nunca está de más prevenir las descargas eléctricas súbitas.

—¿Por los incidentes de combustión espontánea?

—... bueno, sólo algunos de esos fueron causados por descargas eléctricas. Los demás fueron genuinamente espontáneos.

Ginga frunció ligeramente el ceño. ¿Eran imaginaciones suyas, o Enata parecía sentirse responsable de algo de eso?

—¡Ginga! —llamaron dos voces a sus espaldas. Ginga se volvió rápidamente, dándole un bufandazo almidonado a Enata, y vio a Benkei y Kenta aproximándose a él.

Se enzarzaron en esas conversaciones protocolarias sobre lo emocionados que estaban por a) verse, b) la posibilidad de enfrentarse entre sí, c) la posibilidad de encontrar nuevos rivales dignos. Hikaru y Hyoma llegaron a la mitad de esa conversación, uniéndose a ella con una naturalidad que haría suponer que la habían escuchado entera. Madoka también se apareció con el sigilo de un ninja. Enata suspiró para sus adentros: ¿estos niños nunca estaban alertas? Cualquier día de estos terminarían siendo secuestrados, atropellados, asaltados o todas las anteriores.


—Mi querido Enata, no es paranoia si estás seguro.

Enata asintió cansadamente. Había pasado los últimos dos meses en alerta permanente.

—Pero eso tiene dos significados.

Enata esperó pacientemente a que le revelaran el segundo significado, pero eso nunca pasó. Días después llegó a la conclusión de que tal vez tendría que descubrirlo por sí mismo.

Una semana después, el cansancio acumulado lo hizo dormir profundamente en contra de su voluntad. Al despertar, lo comprendió.

No es paranoia si estás seguro [=a salvo]. [Es prevención].


—Entonces, ¿cuántos puntos llevan? —preguntó Madoka, mientras comían.

—22,500 —dijo Hikaru, como si creyera que era la gran cosa.

—25,000 —soltó Benkei inmediatamente, para bajarle los humos. También creía que era la gran cosa.

—¡Pues yo tengo 32,000! —chilló Kenta, como si el hecho de que el número fuera mayor hiciera necesario que lo pronunciara con más decibelios.

—Y yo 35,000 —dijo Hyoma, como persona normal y decente que reporta un hecho desapasionadamente—. ¿Y tú, mi amiwiwis del alma MÍO DE MÍ, Ginga? —preguntó, con más dulzura.

—Ah, 47,000.

—¡¿Y entonces qué rayos haces aquí?! —barbotó Benkei—. ¡Los 10,000 de premio son mucho más de lo que necesitas!

Ginga se encogió de hombros, sonriendo mientras masticaba una de las hamburguesas que Madoka les había llevado. Rápidamente sus mentes de yoluchadores abandonaron la línea de la lógica común, y pudieron ver que, naturalmente, no había forma de que Ginga no se presentara a un torneo de esa envergadura. Atentaría contra todo lo bueno, honorable y sano del mundo si se apartara para asegurar que alguno de sus amigos terminara de conseguir los puntos necesarios de una vez. Sería el colmo de la grosería actuar tan condescendientemente hacia ellos. Todos, claro, excepto Benkei, cuya orográfica esencia lo mantenía relativamente cuerdo, razonable y terco.

—Por cierto, ¿sabes cuántos puntos lleva Kyouya? —preguntó Kenta a Madoka, seguro de que si Kyouya era el tema de conversación, Benkei dejaría de fastidiar a su queridísimo Ginga. En su fuero interno, le parecía algo risible el nivel de devoción desquiciada de Benkei hacia Kyouya.

—A ver... 40,500.

Kenta había estado en lo cierto. Benkei dejó por completo el tema de Ginga para concentrarse en Kyouya. Entretenidos como estaban en eso, no notaron el escándalo de un helicóptero al aterrizar frente al estadio.

Pero Enata sí. Entre el ruido, el viento, y LA MALDAD que percibía del recondenado aparato, no pudo concentrarse en otra cosa. Y por supuesto, tal como había sospechado, del helicóptero descendió Tsubasa, ignorando todo sentido común y dando un salto. Yuu había bajado antes que él, y era notable que el viento provocado por las hélices no hubiera lanzado a un niño tan pequeño, flacucho, y con ropa tan holgada. Pero las improbabilidades físicas no lo distrajeron, y vigiló atentamente cómo se internaban en el estadio, seguidos por el contenedor de todos los estúpidos estereotipos sobre gemelos, obviamente fraguando planes malvados que llevarían al mundo a la destrucción total anticipada y no autorizada.

Siguió a los chicos, que se habían levantado y estaban buscando a Kyouya entre la multitud, por pura inercia. Benkei y Kenta llamaban a Kyouya a gritos, como si eso pudiera funcionar. Ginga y Enata los acompañaban en silencio, cada quien pensando en sus cosas. Hikaru y Hyoma habían hecho mutis discretamente, para no tener que presenciar por un segundo más el interés de Ginga en saludar a Kyouya. ¿Es que ellos no eran suficiente?

Kyouya, por su parte, hacía rato que los había ubicado, pero preferiría morir a ir hacia ellos si lo llamaban así, tan poco discretamente. Hasta estaba pensando en retirarse del lugar, antes de que alguien lo reconociera y delatara su presencia a sus buscadores.

Pero no lo hizo, porque algo había llamado su atención, y justamente Benkei, Kenta, Ginga y demás estaban llegando a las inmediaciones de tal anomalía. Era una especie de teatro sobre ruedas, decorado con elementos japoneses, y en él un tipo maquillado como geisha a medias hacía danza interpretativa. Por alguna razón, estaba rodeado de espectadores.

Se acercó un poco más cuando se convenció de que Benkei había enfocado su atención en otra cosa que no fuera buscarlo. Alcanzó a oír como un sujeto irrelevante le preguntaba al intérprete por su destino en el torneo que se avecinaba. El geisho arrojó algo (que si Kyouya hubiera estado más cerca, habría identificado como pétalos de flor de cerezo), hizo algunos pases extraños más, y finalmente se sentó sobre un cojín, frente a un plato con agua en el que habían caído algunos pétalos.

—No, este torneo no es apropiado para ti. Si entras sólo perderás el tiempo. Mejor ve y busca otro —salmodió el geisho, como en trance.

—Ah, qué mala pata. Esos diez mil puntos eran tentadores —suspiró el consultante, sin sospechar ni remotamente que tal vez el adivino de todas sus confianzas sólo quería apartarlo del torneo para tener menos competencia por los antemencionados puntos. Por otra parte, nadie más pensó en esa posibilidad, y es gracias a la avasalladora inocencia que exhibe el yoluchador promedio que los planes de Tetsuya Watarigani generalmente funcionan de perlas.

—Huy, mira, un adivino —dijo Kenta.

—¿Crees que en serio tenga poderes místicos? —caviló Ginga. Había visto varias cosas raras durante sus viajes recientes, pero ninguna involucraba bailes extraños, así que no se sentía seguro de nada.

—¡Ah, eres tú, gran gurú espiritual con el que no tengo ninguna conexión monetaria! —dijo de improviso alguien que llegaba apresuradamente—. Quiero agradecerle, poderoso maestro, sus amables y acertados consejos, que me han ayudado a resolver varios problemas que me tenían muy atribulado en el pasado.

—Cierto es —dijo otro aparecido—, que los consejos de este hermano en la fe siempre son sabios y atinados, y sus poderes místicos son realmente genuinos, a diferencia de otros estafadores. Lo más importante es que siempre busca ante todo hacer el bien, y gracias a su prudente ayuda, he conseguido varios miles de puntos, sin ser afectado por envidias ni maledicencias.

A Kyouya le dio un tic en el ojo. ¿Era él el único que notaba el tono falsísimo con el que los dos aparecidos habían recitado acartonadamente?

—Ah, me halagan sus amables palabras, pero estoy en este mundo para ser un vehículo de la voluntad divina y ayudar a mis semejantes sin esperar recompensa alguna —dijo el geisho, escondiéndose tras un abanico, como toda dama recatada que se precie de serlo. Enata por fin dejó de pensar en las horribles cosas que pensaría hacer Tsubasa y se concentró en la obvia estafa que tenía ante sus narices. Vehículo de la voluntad divina, sus polainas. No tenía el carné que lo certificara como tal.

—¡Sus poderes son obviamente verídicos! —jadeó Kenta.

—¡Sí! ¡Pidámosle que nos lea la suerte! —coincidió Benkei.

—¡Será divertido! —asintió Ginga—. ¡No es como si esto fuera una serie shounen, así que puede ser que no sea el destino que yo gane este torneo nada más por ser el protagonista!

—Son unos reverendos idiotas —gruñó Kyouya por fin, aproximándoseles sin ser notado—. La adivinación no existe.

—¡KYOUYA! —exclamaron Benkei, Kenta y Ginga. Kyouya les bufó, todavía indignado por su comportamiento.

—¡N-no creas que te extrañé, b-baka! —balbuceó Benkei, segundos antes de intentar abrazar a Kyouya, que utilizó un bastón de hockey para mantenerlo a raya.

—¡No me toques con tus manos de tipo supersticioso! —siseó Kyouya, quien siempre había creído que la credulidad y estupidez podían contagiarse—. ¡Todo el que crea en adivinos es un rematado imbécil! —exclamó, en voz más alta, sin pensar que tal vez no fuera una idea tan brillante, dado que estaba en las inmediaciones de una muchedumbre considerable que, a todas luces, creía en los adivinos.

La muchedumbre se volvió hacia ellos lenta y peligrosamente.

—¿Porqué no te callas? —dijo uno de ellos.

—Ah, perdón, ya no vamos a interrumpir —se apresuró a responder Ginga, haciéndole una señal a Enata para que callara a Kyouya por cualquier medio necesario. Enata asintió, y le embutió una rebanada grande de pastel a Kyouya, que dejó de protestar inmediatamente. Por un rato.

—Hey, hey, hey, el de azul, ¿no eres Ginga? —llamó el Geisho desde su estrado.

—¡¿Cómo lo supiste?! —se sorprendió el aludido, ignorando los refunfuños de Kyouya.

—Deben ser sus poderes místicos —le susurró Kenta a Benkei, quien asintió fervorosamente.

—Bueno, eres el protagonista. Por ley, todos en la serie deben conocerte.

Kyouya tragó el pastel, satisfecho, mientras de la muchedumbre surgía un murmullo de avergonzada admisión. Enata alcanzó a comprender un "¡pensé que lo educado era fingir que no era así!". Pero Ginga no se dio por aludido, ni procesó las implicaciones de la afirmación del geisho, distraído por la súbita aparición de un individuo, que se abrió paso a empujones entre la gente para señalar acusativamente con el índice al geisho.

—¡Me mentiste y perdí todo en mi vida!

—¿Disculpa?

—¡Me dijiste que fuera a un torneo en la capital del sur, pero terminé en Dragon Ball, un extraterrestre destruyó el mundo, y el estúpido dragón no pudo reconstruir mi chimistreta de los puntos quesque porque era hechicería de otro universo! ¡Ahora no tengo puntos, perdí a mi novia, mis hijos no quieren verme, y me enviaron a la clase de niños con problemas de aprendizaje!

—Claramente recuerdo haberte dicho que fueras la próxima semana. Los astros no están alineados correctamente para ti todavía.

—¡Ya es tarde para eso! ¡Pagarás! —y diciendo eso, hizo la señal universal de extender la mano con un yoblade listo para ser lanzado para declarar su intención de batirse en duelo. El geisho suspiró audiblemente, alistó su yoblade, dio un salto, hizo una serie de piruetas dignas de una serie sobre ninjas, y aterrizó atrás de su retador. Comenzó la pelea.

Sin decir "esta boca es mía", el geisho dibujó un pentagrama en el aire con la mano con que manejaba el yoblade, haciendo aparecer un círculo mágico en el espacio entre el geisho y el agraviado, sin que nadie se extrañara en absoluto.

Entonces, con un gesto tan determinante como el sonido de una moneda que cae al suelo, el geisho hizo un último ademán, y su retador salió volando, con apenas tiempo para clamar que regresaría a buscar venganza en un futuro indeterminado.

—Eso no va a a pasar —masculló el geisho distraídamente.

—¡Eso fue genial! —exclamó Ginga, robando cámara como se esperaba de él—. ¡Muero de ganas por enfrentarme a ti!

—No comas ansias —respondió el geisho, y se fue del lugar caminando tranquilamente, sin preocuparse porque dejaba su carruaje abierto, donde se encontraban todas sus posesiones materiales y la nada despreciable cantidad de dinero que había acumulado esa misma mañana.

—Eso sonó bastante ominoso —observó Benkei, cuando recuperaron el habla (todos, excepto Enata, cuyas divagaciones paranoicas tenían un nuevo protagonista).

—¡Debe ser un auténtico adivino!

—Lo más probable es que sepa que, al llamar tanto la atención del protagonista, es inevitable que tenga que enfrentarse a él —refunfuñó Kyouya, dando fin al pastel—. Lo enseñan en "Personaje Recurrente En Shounen I", por todos los cielos —agregó, lanzando una mirada de desaprobación a sus compañeros yoluchadores personajes recurrentes y principales.

—Obviamente sabes todo sobre eso —soltó Enata sin darse cuenta. Ginga se le quedó viendo unos segundos: ¿cuándo había perdido la mayordomeidad? Ahora parecía guarura con síndrome de posguerra, mirando de un lado al otro y siendo visto y oído por los presentes.

—Pero por supuesto que lo sé —respondió Kyouya, muy ufano—. Fui el primero de mi clase en "Primer Rival Que Se Convierte En Amigo", con especialidad en "El De Los Entrenamientos Ridículamente Estrictos". No conseguí este papel por palancas.

—... ¡ERES GENIAL, KYOUYA!

Y así, alegremente, se dirigieron al estadio. Ginga sería el primero en pelear, en un duelo especial y místico programado con el único propósito de inyectarle entusiasmo a la tarde, por lo que fue el único que no se dirigió a las gradas.

— · — · — · —

—¡Comienza el desafío de los 10,000 puntos! —anunció el DJ original—. ¡Inauguramos con un sólo duelo, aunque tengamos espacio para realizar cuatro a la vez, porque de todas formas a nadie le interesarían los demás duelos! ¡De un lado tenemos a Giiiiiiiiiiiiiinga, y por el otro a Ryutaro!

—¡Ah, eres tú! —saludó Ginga, al notar que Ryutaro no era otro que el geisho.

—La suerte es absoluta —se limitó a afirmar Ryutaro, como si eso le explicara algo a Ginga, y se dispuso a lanzar.

No perdió un segundo tras el conteo para invocar su círculo mágico y lanzar el yoblade de Ginga por los aires.

—¡Lástima que ya había visto tu ataque! —exclamó Ginga, plantándose bien en el suelo con ayuda de las botas con casquillo de metal que se había puesto antes de iniciar el encuentro, previendo que en algún momento tal vez se enfrentaría a Ryutaro.

—Ni que ese fuera mi único truco —respondió Ryutaro, haciendo aparecer una estampida de liebres salvajes con un pase de su mano, que provocaron que Ginga tuviera que hacer movimientos poco pensados para evitar que se enredara la cuerda de su yoblade.

—Eso no basta —gruñó Ginga, justo a tiempo para recibir un puñado de confetti y serpentinas en la cara—. ¡Esto no...! —unas palomas comenzaron a volar alrededor de su cabeza—. ¡Esto no puede ser válido! —clamó, viendo en dirección al DJ.

—Oh, las reglas son muy claras respecto a la alteración de la realidad —le informó el DJ—. Los participantes en el duelo pueden usar magia o ejercer violencia física a discreción. Sólo los espectadores y personas en la banca tienen prohibido interferir, incluso si es para salvarle la vida a alguien.

—Son reglas un poco salvajes —señaló Ginga.

—Así estaba predestinado que fueran —intervino Ryutaro.

—No puedes acusar al destino de todo —dijo Ginga con severidad.

Pero a Ryutaro no le importó mucho que digamos, y su yoblade comenzó a emitir un molesto infrasonido que mareaba a Ginga y lo hacía tener alucinaciones leves, pero extrañas y no euclidianas. Lo cual tampoco iba contra las reglas.

Aunque Ginga sentía que un hacha le partía la cabeza, Ryutaro no conseguía dar el golpe de gracia. Pronto comenzó a invadirlo la certeza de que podría privar a Ginga de todos sus sentidos y romperle la mitad de los huesos, y aún así, arrastrándose como una babosa con Parkinson, lograría ganar la batalla. Esa certeza se fue solidificando conforme pasaban los segundos y Ginga comenzaba a aturdirse tanto por el dolor que pronto ya no lo percibiría en lo absoluto.

Lo que sí notó fue un cosmos cálido que le daba fuerzas para seguir en pie, pero no para hacer mucho más. Cuando el desequilibrio de fuerzas llegó al punto más preocupante para los fans y amigos de Ginga (hasta Kyouya comenzaba a creer que, tal vez, Ryutaro sería el "Rival Místico Que Derrota Al Protagonista Y Le Enseña Algo Sumamente Importante"), Ginga logró despertar su séptimo sentido, hizo estallar su cosmos, y desató una minitormenta de energía que rompió el círculo mágico de Ryutaro y lanzó su yoblade fuera del plato.

El plato también quedó agrietado e inutilizable para el resto del torneo, pero nimiedades como esa jamás preocupan a los yoluchadores errantes. Ni a los DJs oficiales de la NQNTNMQHA, que lo ven como una forma fácil de dejar que los yoluchadores sean los que monten un espectáculo emocionante en vez de ellos.

—Así que era inevitable —suspiró Ryutaro, cerrando su abanico y dándose vuelta para irse. Ginga iba a soltar un breve discurso sobre haber sido un buen enfrentamiento y esperar con ansias el siguiente, pero le dolía demasiado la cabeza, y los gritos del DJ no le ayudaban para nada.

En las gradas, Kyouya y Enata suspiraron aliviados. Ryutaro no se convertiría en un personaje principal, lo que les evitaría tener que lidiar con sus extrañas hechicerías y la insípida credulidad de los demás al respecto.