En este capítulo: Por fin se revela el nombre del torneo para el que se están reuniendo puntos y eso. Sí, me tomó todo este tiempo decidirlo. Sí, ahora es obvio que así debió ser desde un inicio. No, no me declaro culpable.
Para mí, tú eres el mar
(El juramento de Phoenix / Brilla Virgo)
Así pues, el torneo terminó con casi todos empatados en tercer lugar, Yuu en segundo, y Kyouya en primero. Es decir que recibieron 1000, 3000 y 10000 puntos, respectivamente. Lo que significaba que sólo Kyouya había terminado de reunir los puntos suficientes. A Ginga no le preocupaba mucho su suerte, ya que estaba a 2,000 puntos y, como le había recordado Kyouya, era el protagonista.
Mientras los demás se apresuraban a reunir los puntos restantes, y Kyouya partía a un lugar indeterminado a actividades ignotas, Ginga se dio tiempo para conversar con Madoka sobre el yoblade, el torneo, y la vida en general. Pero, más que nada, sobre el yoblade. Lo cual les tomó varios días, suficientes como para que Tetsuya decidiera, por cuenta propia y sin consultarlo con nadie, que había que evitar que Ginga entrara al Torneo Galáctico. Trazó un plan rápidamente, considerando lo que sabía de Ginga y compañía, y se dispuso a ejecutarlo.
Con un disfraz perfecto y nada sospechoso, se acercó a Madoka y Ginga mientras conversaban.
—Huy, ¿ya has visto una de estas chunches? —preguntó Madoka, mostrándole a Ginga una especie de banda de silicona con un display lcd más corriente que común.
—¿Qué se supone que es? —dijo Ginga, tras observar el artefacto un rato.
—Un contador inteligente de puntos.
—¿O sea...?
—No sólo sirve para almacenar tus puntos, también publica en tu feisbú cuando ganas puntos, cuenta cuántos pasos has dado, mide la fuerza de lanzamiento de yoblade, cuenta calorías, ayuda a hacer croché, mide la presión arterial, se conecta por bluetooth...
—... ¿algo más?
—No que yo recuerde, pero probablemente agreguen más funciones en futuras versiones del firmware.
—Fascinante —interrumpió Tetsuya. Enata se calló su decepción por que no notaron que Watarigani se acercaba, acrecentada por el hecho de que no lo reconocieran de inmediato—. ¡¿Eres Ginga, ¿verdad?!
—Eh, sí.
—Fue cierrrrrtamente interesante ver tu participación en los eventos recientes. Sigo tu carrera con parrticularr interés.
Enata, exasperado por completo pero sin dar señas de ello, se excusó de prisa, sin que a nadie le importara.
—Ah... ¿Gracias?
—¡Oh-jojojojó, cuánta humildad en tu proceder! Pero bueno, hablaban sobre contadores de puntos, a los que también soy aficionado. Continúen, por favor.
Ligeramente ciscados, Ginga y Madoka retomaron la conversación. Pronto olvidaron que había un sujeto raro escuchándolos, y se dejaron llevar por el mutuo placer de su compañía. Distraído como estaba, Ginga le prestó su contador de puntos en uso a Tetsuya sin notarlo.
Pero sí notó cuando Tetsuya comenzaba a alejarse discretamente, y tanto él como Madoka decidieron prestarle toda su atención, sólo para encontrarse con que Tetsuya señalaba, horrorizado, algo atrás de ellos. Se volvieron. No había nada. Se desvolvieron. Tetsuya ya se había alejado varios metros, y seguía acelerando. Comenzaron la persecución.
Acorralaron a Tetsuya en un edificio en construcción, pero sólo porque otra persona se les había adelantado y le bloqueaba el paso. Llegaron a tiempo para ver cómo el desconocido le arrebataba el contador a Tetsuya y lo arrojaba (a Tetsuya, no al contador) lejos de sí, reprochándole sus malas artes. A Tetsuya no le importó el regaño, pero sí el golpe que se dio al aterrizar. Además, el tipo indudablemente estaba loco, a juzgar por su indumentaria de villano de broma de caricatura canadiense, peluca de super saiyan, antifaz de apariencia aviar, y su voz sospechosamente ronca. Sin mencionar que era demasiado viejo como para preocuparse tanto por el honor/espíritu de los yoluchadores y tonterías similares.
Derrotado, pero no vencido, Tetsuya decidió hacer mutis antes de que notaran que había logrado transferir parte de los puntos de Ginga a su contador mientras huía. El tipo del antifaz siguió riñéndole, hasta que desapareció de su vista. Ginga carraspeó.
—Eh, gracias por recuperar mi contador.
—¿Gracias? ¿Te parece apropiado decir "gracias" en esta situación?
—... ¿no lo es?
—Muchacho, me temo que no comprendes. Esto que tengo en mis manos —levantó el contador— representa el espíritu de los oponentes que has vencido. Cada punto es resultado de una batalla, y debería tratarse con la misma consideración que una cabeza, corazón, u otro apéndice.
—Entiendo. ¿Me lo devuelves, por favor?
—No.
—¡¿Pero porqué no?! —explotó Ginga, con justa razón.
—Si lo perdiste una vez, lo perderás dos veces. No, no tienes edad suficiente para esta responsabilidad.
—¡Claro que soy responsable!
—Alguien con mayordomo, por definición, no es responsable.
Enata, que venía llegando, dio media vuelta y se escondió entre las sombras.
—¡Da igual! —soltó Ginga por fin—. No cambia el hecho de que es mi contador.
—¿Tienes la factura, nota de venta u otro documento que acredite la propiedad?
—Eeeh...
—Exactamente. En fin, ¿qué estarías dispuesto a hacer para recuperarlo?
Ginga meditó unos instantes. "'Solo, en un lugar oculto, y con alguien que te quiera faltar al respeto, jamás', solía decir mi, eh, sensei" le había dicho Enata cuando le contó de la vez en que Merci lo había engañado con la farsa del programa de televisión.
—Nada que me lleve a un lugar oculto con un desconocido que no parece respetarme mucho .
—Bastante razonable. Lo que propongo es un duelo en una ubicación tan precaria que un paso en falso signifique la muerte o lesiones incapacitantes a largo plazo.
—De acuerdo. ¿En la viga más elevada de esta obra en construcción?
El desconocido asintió, y de un salto sobrehumano llegó al sitio acordado. Ya ahí, le tocó esperar a Ginga, que tuvo que escalar como mejor pudo, mientras Madoka realizaba una rápida investigación sobre la legalidad de todo el asunto y Enata preparaba sándwiches ridículamente con demasiados ingredientes para resultar práctico.
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—Me devolverás mi contador cuando te derrote, ¿no?
—Sí, claro. Tienes mi palabra de honor.
—¡Pero Ginga, no tienes que enfrentarlo! ¡Los precedentes legales están a tu favor! —gritó Madoka, desde abajo. Naturalmente, dados los metros de distancia entre ellos, Ginga no la escuchó.
—¡SEÑOR GINGA, LA PALABRA DE HONOR DE ALGUIEN QUE NO DA SU NOMBRE NO VALE EL PAPEL EN EL QUE ESTÁ ESCRITA! —informó Enata. El desconocido y Ginga lo escucharon fuerte y claro, igual que el resto de la ciudad.
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—... ¿y eso a santo de qué viene? —le preguntó Tetsuya al mar.
—Ni idea.
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—Tiene un buen punto. ¿Quién rayos eres? —preguntó Ginga.
—Fénix.
—Ya, en serio.
—Si fuera a revelar mi identidad, no usaría una máscara.
Ginga suspiró, se encogió de hombros, y comenzaron el combate, durante el cual Fénix mostró una clara y preocupante falta de cuidado. Su yoblade podía incendiarse a voluntad, y, a diferencia del combustible para aeroplanos, era capaz de derretir vigas de acero. Ginga casi se cae y recibe quemaduras de tercer grado, pero siguió combatiendo mientras el yoblade de Fénix rebotaba de un lado a otro sin recibir daño alguno. Ginga intentó todos sus ataques especiales, pero ninguno funcionó. Ginga resbaló después de uno de ellos, y sólo se salvó porque él y Pegasus se enredaron en una viga no dañada.
—Eres una vergüenza. Pierdes en un gran evento y no te importa porque ganó tu amigo, o porque te divertiste, o porque empataste con todos los demás en el tercer lugar y para efectos prácticos ya calificaste para el Torneo Galáctico. Si pierdes una vez lo pierdes todo. Las generaciones que no experimentaron el nivel de dificultad Nintendo no comprenden esta simple verdad de la vida. Pero ahora lo vas a sentir en carne propia.
Fénix aplastó el contador de puntos de Ginga entre sus dedos índice y pulgar, con lo que efectivamente tatuó en el alma de Ginga la idea de que perder era algo irremediable y más le valdría extinguirse de la existencia que seguir pululando en la vida tras haber perdido.
—¡Es cierto! —aceptó Ginga en voz alta—. ¡Y juro en este instante que volveré a reunir todos los puntos, porque no volveré a perder, y el día que pierda me ma...! ¡... me retiraré del yoblade! —terminó, decidiendo que eso de matarse era algo demasiado extremo.
—Eso es justo lo que quería oír —dijo Fénix, y se fue planeando.
Ginga lo vio irse, atónito, ya que lo había dejado en esa posición tan precaria. Estaba seguro de que atentaba contra los derechos del niño. Estupefacto como estaba, y rabiando contra sí mismo, no notó que Madoka había ido a buscar ayuda y Enata voló para desenredarlo y devolverlo a nivel del suelo de la misma manera sobrehumana.
—Ginga. Ginga. Joven Ginga —Enata iba incrementando la fuerza que usaba para palmear la mejilla de Ginga con cada golpe. Finalmente, Ginga le prestó atención—. El contador tenía menos puntos cuando Fénix lo destruyó.
—¿Cómo?
—Alcancé a ver que los últimos números eran 627.
—¡Yo tenía 48000 cerrados!
Enata asintió.
—Es posible que Watarigani los tenga.
—Sí, casi seguro.
—Iré a persuadirlo para que los devuelva.
Otra vez, pensó Ginga, al percibir nuevamente el aire de mercenario de guerra del Golfo Pérsico que adoptaba Enata de repente.
—No, Fénix tiene razón. Es deshonroso para mis rivales que haya perdido tan ridículamente y me lo tome tan a la ligera.
—¿No es deshonroso también dejarse robar los puntos?
—... Bueno, sí.
Así pues, Ginga fue a buscar a Madoka, y Enata a convencer a Tetsuya de que hiciera lo moralmente correcto, aunque tuviera que emplear medios inmorales para lograrlo.
— — —
—Ahora que ya tienes más de 50000 puntos pasarás más tiempo conmigo, ¿no?
—Lo intentaré, pero entre mis obligaciones con Shining Quasar y el negocio de las partes... No pongas esa cara, Mar.
—Además, tendrás que reunir tus propios puntos —intervino Enata, guardando una prudente distancia. Watarigani hablaba con una pelirroja, y, considerando que el mundo en esos tiempos parecía una serie shonen, seguro tendría un pésimo carácter.
Cuando se volvió, con cara de pocos amigos, Enata confirmó sus sospechas: era pronta para la ira, y recondenadamente linda.
—¿Qué percebes haces aquí? —preguntó Tetsuya. Enata tardó unos segundos en quitar la cara de pazguato.
—Los puntos, Watarigani. Devuélvelos.
El mar comenzó a picarse.
—No, no creo. Al fin y al cabo, Ginga es el protagonista. Le bastará un montaje para reunir cientos de miles de puntos, justo a tiempo para el torneo galáctico. ¿Pero yo? Yo debo trabajar como comisionista para vivir.
—E-es razonable, pero...
—Pero nada. Con permiso.
Watarigani se dio la vuelta enérgicamente, extendiendo su brazo y su capa alrededor de la pelirroja, descubriendo el contador de puntos que llevaba a la cintura. Enata tragó saliva y se lanzó a tomarlo a la mala.
Una ola lo revolcó varios metros por la playa, y cuando logró ponerse en pie y abrir los ojos sin que le escocieran por el agua salada, Watarigani y Mar no estaban por ningún lado.
Regresó con Ginga, salado y enarenado, y vivieron más aventuras que se resumieron en el montaje al que aludió Watarigani, durante el cual conocieron a Teru, un ex-bailarín de ballet que se había obsesionado ligeramente con el yoblade y Ginga tras dos meses en un hospital con un servicio de cable tan desagraciado que sólo podía verse el canal de la NQNTNMQHA. Eso, aunado a que su prometedora carrera de bailarín (de la que nadie tenía noción alguna) se había terminado debido a un extraño accidente, lo había empujado al yoblade.
Enata hizo cuentas, y calculó que Teru se había hiperpropulsado al estrellato del yoblade en, más o menos, tres semanas, recién salido del hospital.
Mi querido Enata,
Jamás olvides que el yoblade es un deporte idiota. No caigas en el error de respetar a los yoluchadores más allá de lo estrictamente necesario. Un percebe aporta más al mundo.
