—Sube, yo abro acá —le indicó a la chica mientras cerraba la puerta de la vivienda.

Naruto se fue a abrir la reja del patio después de haber descubierto el auto: un Dodge Charger SRT8, su pequeña gran adoración. Introdujo la llave en la cerradura del portón, notó de reojo que su copiloto no abordaba. Alzó la vista, Hinata estaba de pie junto a la puerta.

—¿Qué pasa?

—Es… está cerrado…

—Ah, claro, claro…

¡Seré imbécil! Se buscó las llaves y desbloqueó las puertas apretando el seguro del llavero. El auto soltó un amable bip bip.

—Ya está —le sonreía.

Quería portarse atento con ella, lo ideal habría sido conocerse de palabra, compartir anécdotas, ¡ser amigos! Después de todo vivirían juntos de ahí hasta sabe quién cuánto tiempo. Pero no, las hormonas aplastaban su voluntad y el resultado achicharraba su cerebro. No podía hacer memoria de la última vez que estuvo más incómodo, y no le era de ningún consuelo pensar que para ella no sería mucho más fácil. Su móvil vibró dos veces, era un mensaje de texto; lo leería más tarde, seguramente era Shion para joderle la psiquis una vez más, cosa que no necesitaba en ese mismo momento. Abrió el acceso del estacionamiento y entró al carro.

—Perfecto, nos vamos —le dijo a Hinata ya sentado y encendiendo el auto.

—Tu… tu cinturón…

La miró estupefacto. Se miró el cinturón. La volvió a mirar estupefacto. ¿Le estaba pidiendo que se sacara el cinturón? ¿Le venía acaso con una propuesta indecorosa?

Hinata se puso colorada al comprender el retorcido significado que él le daba a sus bienintencionadas palabras.

—Quiero decir… ponte tu cinturón de seguridad.

—¡AHH! Jejeje… ¡Por supuesto!

Iba a ser un viaje muy largo. El rubio se abrochó el cinturón de seguridad, puso la reversa y esperó a distraerse con la conducción. ¡Ja! Como si eso lo hubiera salvado antes. Se dio la vuelta, puso la primera. Antes de avanzar más Hinata expuso una duda.

—¿N-no quieres que cierre el portón?

—Nah, qué va —tocó la bocina varias veces y partió—. Que cierre el teme. Este barrio es relativamente tranquilo, no pasa nada.

Lo estamos manejando mejor, bien, sigue así…

Hinata se fijó en que de verdad, a él le resbalaba la experiencia del tercer piso. Bajó la vista, atacada por un sentimiento amargo. Llegando a la intersección el bishii se detuvo a esperar que no viniera nada, mientras miraba por el lado de su acompañante se fijó en la cara que ponía. Su seguridad se le fue a la mierda, volvía a sentirse una basura.

—Hina-chan, ¿qué pasa?

—Nada —giró la cara para no ser vista, si iba a ser la única a quien le hubiera importado aquél suceso prefería que él no se enterara.

El conocía ese tono de voz, esa conducta, esa mirada. Los "nada" de las mujeres eran un todo que si no tomaba en cuenta no se demoraban en crucificarlo.

—Bueno, esa fue una pregunta estúpida… escucha, sé que no actué de la mejor manera, pero es que si vamos a vivir juntos no podemos comenzar a relacionarnos como dos extraños en una fiesta, ¿me entiendes?

No contestó. Ni siquiera se tomaba la molestia de darle la cara. Pero es que ella no se sentía con la fuerza de decirle absolutamente nada; ni recriminaciones, ni disculpas, ni pedirle que dejaran todo el asunto en el olvido.

—Bien —respondió él. Ni se fijó en los autos que venían, sólo puso el cambio y se metió en la avenida.

Ya la muchacha comenzaba a asustarse. El giro había sido lo suficientemente brusco como para provocar un choque, por suerte no pasó a mayores. Creía que el viaje sería igual de acelerado hasta el supermercado, pero luego de cinco minutos terminaban un tranquilo viaje para llegar al estacionamiento. Bajo un sepulcral silencio.

El joven puso el freno de mano, se sacó el cinturón con tedio. Juntó fuerzas con un largo suspiro antes de hablar.

—Mira, lo siento, ¿sí? Si quieres te lo sigo repitiendo, de verdad no fue mi intención, pero es que… es sólo que… ¡eres preciosa! ¡¿Te has visto en un espejo? ! ¡Fue inconsciente de mi parte, lo reconozco! Estabas ahí, mirándome con esos ojos de cachorro abandonado y, no sé… algo en mi cabeza dejó de funcionar. ¡Tampoco soy de fierro, cualquier otro habría caído igual que yo! Por favor, no quiero que te hagas una idea equivocada, no soy de andar de chica en chica para divertirme. Nunca lo he hecho y nunca lo haría, mucho menos con alguien como tú… Necesito que sepas que no quise faltarte el respeto.

Gracioso. Ahora el de los ojos de cachorro abandonado era él. Sus disculpas parecían sinceras, no es que Hinata fuera de desconfiar de la gente, pero él parecía haber puesto todas sus energías en admitir su pequeña gran verdad respecto a ella. Se había equivocado, pero no con malicia. Pero digamos que ella tampoco se lo había puesto muy difícil, ¿verdad?

¿Acaso no debería ella ser sincera también y admitir su porción de culpa en el confuso enredo que habían causado los dos?

—M-mi cabeza… también dejó de funcionar cuando te vi tan cerca…, tú… tú también eres muy lindo…

Sus palabras eran pronunciadas con un suave, casi infantil, susurro. Se sorprendía de lo que escuchaba, la joven se apretaba las manos sobre la falda, se las miraba con las mejillas encendidas, ganándose su más absoluta atención.

—…Yo también lo siento, Naruto-kun.

Ya él bajó la mirada. Su sonrisa de paz coronaba la gratitud para con ella por hacérselo un millón de veces más fácil de lo que era con Shion.

—Ahora que compartimos un techo somos familia. Hoy me gané dos hermanas, no quiero llevarme mal con ninguna. De verdad lamento haber comenzado tan mal.

—¿D-de verdad crees eso?

—¡Claro que sí, 'ttebayo!

Sí, era verdad. No podía negar que las nuevas inquilinas eran bastante bonitas, ¿pero y qué? En Tokio había cientos de ellas. En cambio, sólo había dos viviendo con él en su misma casa. Ambos se quedaron esperando que el otro siguiera hablando, aunque sabían que nadie diría nada. Luego de un largo instante él se decidió a hablar, no por incomodidad, más bien porque el tiempo apremiaba.

—¿Y qué vamos a cocinar hoy?

Hinata levantó su rostro sonriente, lo miró como si de verdad fuera su hermana consentida.

—No sé. ¿Qué se te ocurre?

O O O

La rubia estaba contrariada al no encontrar sus llaves dentro de su bolso. El relajo de ser despachada de clases más temprano se terminaba de manera desagradable.

—¡Maldita sea!

Revolvía con su mano libre entre sus lápices y cuadernillos, hasta llegar a cortarse con una de las plumillas que usaba para afilar sus grafitos.

—¡Kuso!

Lanzó el porta-planos lejos y se sacó los audífonos del iPod con femenina furia. Ahora procedía a vaciar el contenido de su cartera bajo el cobertizo de su casa.

—¡Kuso, kuso, kuso!

Y las llaves no aparecían. Sin moverse de su sitio se estiró para golpear la puerta con ganas.

—Que alguien abra la maldita puerta… —mascullaba. Más que intentar hacerse escuchar para que alguien le abriera (sabía que era improbable que hubiera alguien en la casa), estaba descargando su ira contra la madera. Era tal su ensimismamiento, que cuando la puerta se abrió la fuerza de su puño la lanzó al otro lado del umbral. Un chico con una toalla enroscada en la cabeza se había aparecido a recibirla.

—¿Por qué el escándalo? —preguntó él, viéndola tirada boca arriba en el recibidor.

—¿Qué haces acá? —contestó ella, viendo su rostro volteado con el techo sobre su cabeza.

—¿Desde cuándo no puedo estar en mi propia casa?

Ella se puso de pie. Mirando sus brillantes glaucos le quitó la toalla sin que él opusiera resistencia.

—¡¿Volviste a saltarte clases para decolorarte el pelo? !

—No, el decolorado es la primera parte; me lo voy a teñir ahora. ¿Me das una mano?

—¡Pero Gaara…!

—Bueno, si no quieres… —le respondió entrando a la casa. La rubia metió sus cosas de vuelta a su bolso, tiró en porta-planos a la casa y cerró la puerta por dentro. El enojo daba paso a la preocupación, lo siguió hasta el baño, donde el muchacho comenzó a vaciarse un tubo con una sustancia roja en la cabeza.

—Gaara, no sé qué se te ha metido en la cabeza últimamente, pero no puedes seguir faltando a clases por nimiedades.

—No son nimiedades. Se me ocurrió una nueva canción y…

—¿Entonces eso era?

—Temari… —le respondió, pidiendo que le dejara continuar. La chica accedió— como sabes, se viene el festival de la escuela. El presidente de la junta estudiantil me preguntó si podría llevar la banda a tocar un par de canciones. Le dije que no había problema y, bueno, como todos estaban ocupados organizando todo me vine a trabajar en esta canción. Ya sabes que no tenemos muchos temas propios todavía.

—Querrás decir que te volviste a saltar la reja de la escuela para escaparte. Que yo sepa, los alumnos no tienen autorización para salir del campus antes de las tres y media, ¿me equivoco? —le regañó, sabiendo que a él no le afectaba en lo más mínimo su reprimenda—. No entiendo cuál es el drama con tocar covers de otras bandas.

—Ya no soy ningún adolescente.

Ella lo miró, suspirando. Todavía vestía los pantalones de la escuela y la camiseta que solía usar debajo de la chaqueta cerrada de cuello Mao. De hecho, sí lo eres. Vio que el color no se esparcía bien en su nuca y decidió darle una mano.

—A ver… —le dijo, sacándose su chaqueta y sentándolo en el sanitario— ¿Entonces no has seguido faltando a la escuela?

—Es verdad —cerró los ojos un momento, le relajaba que le acariciaran la cabeza—. ¿Y sabes a qué hora llega Kankuro?

—Uhn… ayer me dijo que ya no lo veríamos ni viernes ni sábados ni domingos. Consiguió un empleo en un local de juegos arcade, en el centro.

—Ya veo.

—Eres el único que aún no tiene un trabajo estable —no hubo réplica, sólo silencio y una buena dosis de secreto remordimiento. El cabello de Gaara estaba finalmente cubierto de tinte rojo—. Ya está. ¿Cuánto tiempo tienes que dejarlo?

—No lo sé, siempre lo dejo media hora.

—Media hora, entonces. Trata de no chorrear por toda la casa, ponte algo para cubrirte.

Temari se enjuagó las manos. Sabía que a su hermano se le hacía difícil conseguir empleo, culpa de aquellos escabrosos años de rebeldía que le habían dado una pésima fama entre los comerciantes de la zona… y también entre los oficiales de policía, quienes se encargaban de esparcir su "perfil delictivo" como advertencia. Su actitud había sufrido un cambio radical desde hacía un par de años, justo al hacerse amigo del mestizo de dos calles más allá. Siempre estaría agradecida con él por sacar a su hermanito del profundo agujero en el que se encontraba. Ahora eran otros tiempos, más tranquilos, centrados y responsables. ¿Más esperanzadores, tal vez? Sí, podía ser.

Después de que mamá y papá se hicieran pedazos en ese accidente de auto, algo de esperanza les vendría bien.

—¿No tienes instituto hoy?

—Sí —contestó él, tapándose el cabello con una vieja toalla teñida de rojo por el ritual de siempre. Apoyó su mano en el hombro de su hermana antes de salir del baño para agradecerle la ayuda; no era necesario aclararle que aún era temprano para sus clases de reforzamiento—. Hay estofado y arroz en la cocina. Estaré en mi habitación.

Subió los escalones de dos en dos y se encerró en la pequeña habitación. La canción que sonaba de fondo era rasposa y eléctrica, iracunda. Lo primero que hizo fue cerrar el reproductor de MP3 de su computador; el amplificador al que estaba conectado se calló enseguida. Necesitaba silencio.

Sobre su cama descansaba su libreta encuadernada, una privada colección de pensamientos, registros, memorias y canciones originales. Ese día tenía una figura en la cabeza, un estado anímico que necesitaba plasmar en palabras. Necesitaba deshacerse de ese mal recuerdo, depositarlo en una maldita canción. Imaginaba las bases, la batería y el bajo; la guitarra estaba difusa, pero no era problema. El resultado final no dependía sólo de él, sino de toda la banda. Ahora tenía más que suficiente para armar la melodía de la voz, su voz.

Retomó el trabajo a medias que había dejado antes y el mundo dejó de importarle. La cantaría una vez más a solas, quizás cambiaría algún detalle, entonces estaría finalmente lista: la tercera canción para su banda sin nombre.

O O O

—Y bueno, cuéntame algo de ti.

—¿Algo? ¿Algo como qué?

—Bueno, no lo sé, cualquier cosa.

—Hhm.

—¡Vamos, no seas tímido!

—Algo que nunca he sido es tímido.

—Pero sí eres gruñón.

—No soy gruñón; Naruto es gruñón, yo sólo soy serio.

—Claro… bueno, estoy esperando.

—¿Qué cosa?

—¡Que me cuentes algo de ti!

—Hhm.

—Eres imposible, ¿sabes?

Sasuke y Sakura limpiaban la cocina, ella se dedicaba a los platos, ollas y servicios sueltos por cualquier parte y él a desinfectar el refrigerador. Las lindas y enormes argollas de plata que traía en las orejas las había dejado sobre la mesa del comedor y sus mangas las llevaba recogidas hasta arriba de los codos, igual que su compañero de faena.

—Mejor pregunta algo, yo veo si puedo responderte.

—¿Habría algo que no podrías responder?

—Por supuesto. Eres el tipo de niña que no sabe distinguir entre tener confianza y ser confianzudo.

—¡¿Qué estás diciendo? !

—Lo que oyes.

—No me tientes, Sasuke-kun, tengo un cuchillo acá mismo.

—Pensé que querías que te respondiera.

Ella le dedicó una mirada colérica a la puerta que cubría al azabache, metido en el refri. Se calmó a la fuerza. Bueno, con el tiempo aprendería a manejarlo.

—¿Y tienes novia?

—Ah, pregunta difícil.

—¿Por qué?

—Hay algunas que presumen serlo, pero no le he dado el pase a ninguna.

—Ya veo. Un playboy.

—Qué anticuado el término.

—Voy a ignorarte, ¿sí? —le dijo juguetonamente, bajo una gran sonrisa—. Me habías dicho que tenías un hermano, ¿cómo se llama?

—…Itachi.

—No te gusta hablar de él, al parecer.

—Podría decirse.

—¿Se pelean mucho?

—Cada vez que cambiamos palabra, sí.

—¿Cuántos años tiene?

—No lo sé, veintisiete o veintiocho.

—¿No te sabes la edad de tu propio hermano?

—No.

Tiempo fuera. Afuera sonaba el tráfico, omnipresente incluso en una alejada zona suburbana como aquella. Un intermitente ladrido de perro. Alguien golpeaba una alfombra con una escoba. Otro alguien regaba sus plantas. Pájaros piaban, tranquilos. Un murmullo ininteligible compuesto por dos voces femeninas, lejanas.

El cielo estaba nublado, pero la temperatura había subido un poco con el avanzar de la hora. Dentro, la cocina era iluminada por una difusa y constante luz plateada. La chica de rojo y el joven de negro compartían ese amplio espacio llenándolo con el sonido de la loza, el agua corriendo, el restregar de la vieja esponja contra el zinc del refri, el esmalte de los platos. Esa tranquila tarea que en vez de ser una verdadera lata la vivían como una rutina acogedora.

Bueno, era su casa, su cocina.

Y dicho fuera de paso, una linda y muy funcional cocina. Sakura iba restregando los trastes en una cubeta del lavaplatos y luego los apilaba en la contigua para enjuagar al final. El tener dos fuentes para el aseo era un gran plus, nada que ver con su antigua residencia. Frente a ella tenía un enorme ventanal con vista al abandonado —pero amplio y con mucho potencial— patio trasero. A su derecha, en la pared frontal, tenía la puerta que daba afuera, y en la pared lateral, una segunda puerta hacia alguna bodega o depósito, según pensó. Atrás suyo, ambas paredes laterales estaban provistas de numerosas gavetas y aparadores. A su izquierda, el grande y antiguo congelador, la estufa y una campana metálica. Al fondo, el dichoso mini-bar. Dos ampolletas desnudas colgaban del techo. El opaco piso de baldosas color terracota estaba necesitado de un trapeador, al igual que las que adornaban las paredes, de un alegre verde pistacho.

Por último, el centro lo ocupaba una sencilla mesa de madera, con seis banquitos debajo de ella. Parecía una estancia sacada de una película gringa de 1950, con los electrodomésticos cromados, los manteles de algodón y las anticuadas cortinas floreadas incluidas… sólo que bajo montañas de basura acumulada por meses.

—Cuando despejemos aquella mesa podríamos comenzar a usarla.

—Hhm. Ya la limpio, terminé con esto.

—¿Tan rápido?

—El dobe ya había despejado todo, sólo quedaba sacar la comida pegada.

—Ugh, qué asco. Bueno, conociendo a Hina-chan seguro se entusiasma comprando y llegan con varias bolsas del supermercado. Fue bueno limpiar ese desastre de refrigerador.

No te veo manteniendo una casa limpia tú sola, pensó él con malicia. Después se le apareció una duda.

—¿Dónde se estaban quedando ustedes dos?

—¿Te refieres a vivir?

—Hai.

Cortó el agua. Corrió la boca a un costado. Dio tres golpecitos con las uñas contra la superficie metálica.

—Nos estábamos quedando en casa de Hina-chan hasta una semana atrás, que fue cuando su padre la echó de su casa. Esta última semana hemos estado quedándonos en hoteles cápsula de noche y trabajando de día.

Se secó las manos con el primer paño a su alcance. Cualquier persona diría a continuación algo así como Lo siento o tal vez Oh, no debí preguntar, pero pensó que viniendo de alguien que había perdido a sus padres siendo tan joven no sería algo muy conmovedor.

—Unas sobrevivientes, sou ka.

…Y curiosamente tenía una respuesta cortés y aún así completamente carente de lástima. Le sonrió agradecida.

—Lo que queda tiene que remojar un rato, tiene mugre pegada —se acercó para ayudarle a despejar la mesa, le quitó la bolsa de basura para sostenerla mientras él la iba llenando—. ¿Y? ¿No me vas a preguntar?

La miró extrañado.

—¿Qué cosa?

—¿Que qué hace una occidental como yo en un lugar como este?

—Si quieres contarme, no creo que el que no te pregunte te detenga. Además esa frase está más que trillada, me las arreglaría para formular la pregunta de una mejor manera.

—Sí que eres imposible, ¿sabes?

—¿Y vas a hablar o no?

Otra vez lo miró con odio. Él respondió, sin muchas ganas:

—Está bien, ¿cómo es que pasó?

—Nací en Japón, soy japonesa —acortó su historia a propósito y siguió poniendo atención a la limpieza.

—¿Eso es todo?

—No.

Y no dijo más. Sasuke sabía a lo que estaba jugando, quería que él le preguntara. La señorita modelo se comportaba de manera infantil. La verdad le causaba mucha gracia… confirmaba todo lo que él había deducido de ella hacía sólo unos minutos.

—Está bien, tú ganas. ¿Cómo es que siendo inglesa naciste en Japón?

¡Victoria!

—Pues, ya que lo preguntas… mi mamá terminó una relación con un novio en Manchester para venir a estudiar acá. A las pocas semanas se dio cuenta de que estaba embarazada de ese novio, cuando trató de contactarlo él se hizo el desentendido, así que decidió aguantar en Japón todo el tiempo posible antes de regresar a Inglaterra a criar a su hijo sola. En la universidad le dijeron que no había problema en congelar sus estudios y continuarlos después del embarazo, lo que ella al principio descartó, pero a los meses conoció a este japonés a quien no le importó su estado. Se enamoraron, se comprometieron y ella decidió establecerse acá.

—Ya veo. Entonces te dieron nombre y apellido japoneses.

—Hai.

—¿Y alguna vez has ido a Inglaterra?

—Uhm, sí, varias veces. Mi abuela siempre pide que la vayamos a visitar, incluso nos ha llegado a pagar los pasajes para que viajemos. De hecho, tengo agendada una sesión de fotos allá dentro de poco.

—¿También irá Hinata-chan?

—No… la oferta me la hicieron solamente a mí, así que a los hombres de la casa les va tocar cuidarla en mi ausencia.

—Al momento de cerrar el trato quedó claro que nos va tocar cuidarlas a las dos, sobre todo de ustedes mismas. Se les nota que están locas.

Sakura se rio como si le hubiera dicho algo gracioso.

—Entonces es verdad —le dijo Sasuke, mirándola con los ojos entrecerrados, como sospechando lo peor de ella—. La verdad lo siento por la pobre Hinata-chan, siendo corrompida por alguien como tú.

—¡Nee, que yo no he corrompido a nadie, ¿eh? ! Ella fue la que me llevó a China a rastras… yo soy la víctima aquí.

—Seguro, tú una víctima. Y yo soy tan alemán como el dobe —se quedó pensando mientras echaba unos vasos plásticos llenos de una mezcla de ceniza de cigarrillo y cerveza en la bolsa de basura—. ¿Por qué fueron a China? ¿Trabajo?

Siendo sincera, temía esas preguntas. Pero debía contestarlas de la mejor forma posible, sabía que eran inevitables.

—Fue por esa mala experiencia de la que hablaste hace un rato… Hina-chan se dio cuenta de que ya estaba tocando fondo en mi patético papel de víctima y me sacó del país a ventilar mi cabeza —sonrió—. Fue la mejor decisión en el mejor momento, sólo llegamos con el equipaje justo y recorrimos buena parte de Sichuan pidiendo aventones.

—Lo sabía. Están locas.

—Pues… sí, tienes razón.

Sonrió con nostalgia.

O O O

Hinata tomó un mapa y lo extendió sobre la cama. Otra vez se había pillado a Sakura llorando sola. Comprendió que ya ningún abrazo, ninguna palabra de aliento, ni siquiera su sola compañía eran suficientes para hacerla sentir mejor.

¿A dónde vamos? —le preguntó a Sakura, quien en ese tiempo aún tenía el cabello rubio.

¿Eh? —le respondió desorientada.

Has estado trabajando y no te has comprado ni un par de zapatos, es hora de gastar lo ganado. Nos vamos de vacaciones fuera de Japón.

Ya, Hina… no jodas, no estoy de humor —le respondió tapándose bajo la almohada.

La pelinegra la miró sin expresión alguna. No era de buscarle discusión a nadie, ni siquiera a su mejor amiga. Pescó el mapa y se fue al teléfono. Discó un número escrito en el dorso del papel y esperó al tono.

Ko-konnichiwa, quisiera reservar dos pasajes a… —cerró los ojos y lanzó el índice al azar sobre el papel. Al abrirlos siguió hablando— China, a Sichuan. Hai, primera clase. ¿Para cuándo…? Etto… ¿cuál es el vuelo más próximo disponible?… ¿D-de verdad? Sí, esta noche está bien… A nombre de Hyuuga Hinata… N-no, disculpe, mejor a nombre de Hyuuga Hiashi… Sí, el mismo… ¿El número de mi tarjeta? U-un momento, por favor… —buscó con prisa su billetera y sacó su Visa Platinum para darle el número a la vendedora— Ventana, por favor… ¿Hora y media? Hai… Hai, arigatou goziemashita.

Cortó el teléfono. Miró a la rubia tendida en la cama, aún inmóvil. En ese tiempo vivían en la residencia Hyuuga, compartían el cuarto de Hinata. La pelinegra comenzó a desvestirse, dejando su uniforme de preparatoria dentro del cesto de ropa sucia del cuarto de baño. En ropa interior se fue a buscar un par de mochilas de acampar dentro del walk-in closet, le lanzó una a Sakura.

Si quieres puedo hacer tu equipaje, no es problema. Tenemos una hora para arreglar nuestras cosas y una hora para hacer otros trámites antes de salir. Debemos estar a las ocho en el aeropuerto, una hora y media antes del vuelo a Chengdu, para el pago y el registro de equipaje, ¿de acuerdo? de lo contrario perdemos la reservación de los pasajes.

Sakura no le dijo nada. Levantó la mirada, su amiga se había envuelto en una toalla, se perdió en el baño echando a correr el agua de la ducha. Miró el calendario de Hello Kitty lleno de garabatos colgado sobre el velador; ese día era el último antes de las vacaciones de verano. Finalmente, Hinata se asomó por la puerta para decirle una última cosa con una resplandeciente sonrisa.

Recuerda llevar tu cámara, ¿vale?

O O O

La chica salió de su apartamento hecha una bala. Tenía todas las decisiones en su cabeza, las ganas en su corazón y la moneda que lo iniciaría todo en su puño cerrado.

—¡¿A dónde vas? ! —le gritó su hermana desde su dormitorio, antes de que cerrara la puerta principal.

—¡Al teléfono!

Paf. El terremoto de mayo había sido una verdadera catástrofe, pero afortunadamente no había alcanzado esa zona con mucha fuerza. Por otro lado, el ascensor sí había sufrido las consecuencias del sacudón. Ya llevaban cinco meses subiendo y bajando los mismos seis pisos a pie.

¡Doce pisos diarios! ¡Giros más fuertes! ¡Aterrizajes más ágiles! ¡Mayor velocidad! se repetía una y otra vez para darse ánimos. Cuando llegaba al primer piso, siempre se reía por la última frase que se decía a ella misma: ¡Y un trasero de envidiarse!

—¿A dónde vas con tanta prisa, chiquilla? —preguntó el encargado de portería, mientras recibía al cartero.

—A hacer una llamada importante, señor Zhang.

Salió del edificio sin perder el ritmo y llegó corriendo al centro de llamados, a tres cuadras de su casa.

—Quiero hacer una llamada.

—¿Local, larga distancia…?

—Internacional. A Japón… la promoción de un minuto, por favor.

—Cabina 6.

—Xie xie!

O O O

Finalmente ya tenían el carrito lleno de provisiones y artículos de aseo de todo tipo, suficiente para sobrevivir un par de semanas. Sin más, se fueron a hacer la fila en la caja.

—¿Cómo lo hacemos para pagar? —preguntó la joven.

—Pues yo creo que con efectivo, porque acá no aceptan… ¡Ah, te refieres a…! —se pegó un palmetazo en la cabeza—. El precio del arriendo incluye la comida, no te preocupes. Yo pago todo.

—Es cierto, tengo que pagarte este mes… ¿Podemos pasar a un cajero antes de ir al auto?

—Claro, yo también tengo que sacar algo de plata.

—Amm deja pagar esto aparte… —dijo tomando un paquete con bizcochos y galletas para Sakura, quien acostumbraba a tomar su rutinario té británico a las 5, costumbre que ella también había adquirido de buena gana.

—¡Dame eso! —le dijo quitándole los dulces, encantado por lo fácil que le resultaba—. Los dueños de casa también vamos a comer, si les dejamos a ustedes comer tanta azúcar van a engordar. Ni una palabra, yo los pago, 'ttebayo!

—Buenas tardes, señor —lo interrumpió la familiar voz del cajero, casi asustando al rubio.

Naruto pestañeó sorprendido hacia la persona que lo saludaba y Hinata hizo lo mismo por instinto. Era un chico de ojos negros astutos, tez morena y el cabello castaño oscuro tomado en una coleta.

—¡Nee, Shikamaru! Creí que sólo tenías turnos el fin de semana…

—Le estoy haciendo un favor a un compañero, me pidió que lo remplazara —explicó mientras que comenzaba a pasar los productos por la registradora—. ¿Quién es tu amiga? ¿Novia nueva? Menos mal que te apareciste por mi caja, sino quién sabe cuándo me habría enterado. A ver si nos presentas, ¿eh?

El acusado bufó molesto.

—No tengo novia —en un instante cambió su gesto de enojo por su sonrisa usual—. Es Hinata, ella y una amiga llegaron hoy a la casa. Son nuestras primeras inquilinas.

—Mu-mucho gusto, Hyuuga Hinata —se presentó la chica, haciendo una fugaz reverencia.

—Nara Shikamaru —inclinó la cabeza levemente mientras pasaba el código de una mata de apio sobre el mesón—. Si vas a vivir con Naruto y Sasuke nos veremos seguido. Supongo que estarás esta noche para la fiesta.

—¿Fiesta…?

—Todos los viernes hay fiesta en la 09 de Konoha —contestó Shikamaru—, al parecer no te avisaron.

Hinata miró contrariada a su rubio acompañante. Él hizo un gesto con la mano como si no fuera la gran cosa.

—¿A qué hora llegas? —le preguntó a su amigo.

—Temprano, alrededor de las once. Así me evito las entradas dramáticas de Karin.

—Jeje… bueno, así es ella. Oye, ¿ya hablaste con tus papás?

—Aún no. Pero apenas tenga respuesta te aviso, ¿vale?

—No te apures. Sólo llevamos una habitación tomada.

Justo en ese momento pasó el último ítem por la caja.

—Entonces esta noche tenemos un buen motivo de celebración —comentó Shikamaru en lo que se imprimía la boleta de compra. Naruto sacó su billetera y pagó en efectivo—. Sí que es raro verte salir del supermercado con algo que no sea alcohol y ramen instantáneo.

—¡Oi! No digas esas cosas, ¿qué pensará Hinata-chan de mí después? —se despidió el bishii, llevándose a la joven del hombro. Le daba una última cara de fastidio antes de irse—. Nos vemos más tarde.

—Gracias por su compra, vuelva pronto.

¿Que no es su novia? Claro, a ver cuánto dura eso. Pensó Nara. Cuando Shion se entere…

O O O

Ya saliendo del súper, después de sacar plata del cajero automático, se pusieron a meter las bolsas en la cajuela del auto. En el bolso de Hinata comenzó a sonar su celular. El número tenía más de diez dígitos y no estaba dentro de su lista de contactos.

—¿Moshi-moshi?

¿Hinata?

—Ha-hai… ¿quién habla?

¡Al fin puedo comunicarme! He estado tratando de llamar a Sakura por más de media hora. Tonta yo, ¡recién ahora se me ocurrió llamarte a ti!

La oji-gris miró extrañada a Naruto, como si él pudiera decirle quién la estaba llamando.

—Etto… disculpe…

¡Soy yo, Tenten!

—¡Tenten! —su voz retomó fuerza, como si conociera a esa persona de toda la vida—. ¡Pero qué sorpresa! ¿Cómo has estado?

¡Aliviada de que al fin puedo comunicarme con ustedes! Oye, Hinata, no tengo mucho tiempo, es una llamada internacional y ya sabes…

—Claro, dime ¿qué pasa?

Es que… me estaba preguntando si su oferta sigue en pie…

¿Oferta? ¿Cuál oferta? ¡Claro… aquella oferta! Volvió a mirar a Naruto. Las cosas habían cambiado un poco, sería más difícil pero al mismo tiempo esa llamada llegaba en el momento más oportuno.

—…Tampoco me quiero aprovechar de su hospitalidad, sólo serían unos días antes de establecerme…

—No pasa nada, no te preocupes —dijo sonriendo—. Pues… ya no nos estamos quedando en mi casa, nos acabamos de cambiar a una pensión.

¿De verdad? ¡Perfecto! Oye, ¿crees que tengan una habitación disponible para mí? —dijo algo temerosa la voz al otro lado de la línea, Hinata no alcanzó a responderle. Sonó un pitillo de fondo—. ¡Oh, no, se me está terminando el saldo! Escucha, sólo quería preguntar directamente, ahora mismo les mando un mail para quedar de acuerdo. ¡Y dile a Sakura que conteste su…!

Y el pitillo volvió a sonar antes de que se cortara la llamada.

—¿Quién era? —preguntó Naruto, supuso que podía preguntar.

—Tenten —le contestó sonriendo—, una amiga que hicimos en China; su tercera inquilina.


Zaff no sé si leas esto... esta historia no la pienso dejar abandonada (por el momento). me aventuro a decir que aún está peligrando un poco, ya que si llega un día en que actualice y los reviews vuelvan a estar flojos, sabré que nadie la extrañará demasiado si decido borrarla. me encantaría que le dieras una oportunidad, claro, pero entenderé si sólo te quedas con "al país calavera". apropo, es bueno leerte otra vez :) no te pierdas mucho!

Safumita muchas gracias! en realidad disfruto mucho escribiendo, así que es un hobbie bien gratificante. es muy buena onda que lo aprecien, gracias por el detalle. gracias por el review, espero que este capi te haya gustado. saludos!

annia37 me alegro mucho que te haya gustado, ojalá este capi también haya sido de tu agrado. gracias por el review, espero leerte pronto!

si tiene críticas, bienvenidas sean.