Disclaimer: Los personajes no me pertenecen a mí, sino a Sir Arthur Conan Doyle y a la BBC. Los utilizo simplemente con fin de entretenimiento y sin ánimo de lucro. Es puro entretenimiento.
Notas: Este fanfic participa en el Rally "The game is on!" del foro I am Sherlocked, para el equipo "El sabueso de Baskerville".
Advertencias: AU. John reportero. Sherlock naturalista. Johnlock.
Beta: Ertal77. ¡Muchísimas gracias querida!
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Tuvalu, Tuvalu…
Capítulo 2
3.
Las antorchas ya estaban encendidas cuando John acudió al restaurante que tenía asociado a su reserva. No era más que un chiringuito de playa al que habían colocado unas tarimas flotantes, donde se localizaban las mesas, pero la comida era buena.
Esta vez eligió otra mesa, una más alejada del escenario, donde de un momento a otro empezaría el típico espectáculo de música y danza. La noche anterior la magnífica bailarina principal no paraba de mirarlo encandilada, tanto que por un momento pensó que incluso le invitaría a subir al escenario y bailar. No quería que aquello volviera a suceder, habría sido lo más vergonzoso de su vida si así hubiera sucedido.
Como el buen reportero que era, John siempre llevaba su preciada cámara consigo, así como varias tarjetas de memoria donde se almacenaban todas las imágenes. Demasiadas sin duda. Tomó su cámara mientras esperaba ser atendido. Algo que, como todo, allí los lugareños hacían con mucha calma. Colocó la última de ellas y comenzó a eliminar todas esas imágenes de relleno, esas que no terminaban de mostrar lo que él quería. Necesitaría espacio para muchas más en cuanto todo se inundara.
En la pantalla de la cámara apareció entonces la imagen de aquel joven de la playa. Realmente había quedado magnífica. Permaneció largamente observando su perfil, sin considerar qué era realmente lo que pretendía hacer desde el primer momento en que comenzó a visualizar las imágenes de su cámara. ¿Qué sería lo que pensaba aquel hombre? Seguramente si le hubiera preguntado, la contestación habría sido "nada": siempre se contesta eso cuando realmente estamos pensando en tantas cosas que sería difícil dar una contestación adecuada.
Al levantar la vista, como si hubiese saltado de su cámara, aquel hombre se encontraba frente a él. En esa ocasión, permanecía con los ojos cerrados en una pose meditativa. Se permitió un segundo de observación. O de ensoñación más bien, si nos centramos en cuales fueron los pensamientos que provocó en la mente de John, pensamientos sobre la blancura de su piel, lo suave que parecían sus manos o cómo su alborotado cabello le aportaba un aire infantil. Y esos labios…
El hombre abrió los ojos en ese momento, y lo observó tan detenidamente que John tuvo que bajar la mirada avergonzado por sus pensamientos. Seguramente lo catalogaría de licencioso si pudiera saber todo lo que había pasado por su mente en un momento.
Pasaron los minutos y el hombre seguía observándolo. Vale John, le debes una disculpa; tú lo sabes, él lo sabe, no seas cobarde. Tomó una respiración profunda antes de comenzar a hablar. Ni siquiera era necesario alzar la voz ya que las mesas estaban demasiado juntas.
— Yo… — pero aquel hombre alzó la mano para detenerlo.
—No estoy interesado.
— ¡Perdone!, ¿qué? — dijo contrayendo el gesto, ¿acaso había sido tan obvio?
— Un hombre solo, en una isla remota— comenzó con una extraña sonrisa en los labios —. Su cámara me podría indicar que no es más que un turista, pero la calidad de la misma asociada a su mirada crítica cuando visualiza las fotos, me informa que es más que un hobby, un trabajo. Su ropa, así como su porte, claramente militarizados, me indican que es usted corresponsal, pero no uno cualquiera. Corresponsal de guerra sería mi deducción si me preguntaran. Si unimos todo eso, al lugar donde se encuentra y a su cara de completo aburrimiento, me inclino a pensar que no está aquí de vacaciones si no cubriendo un reportaje que obviamente no quería realizar. Su mente busca una distracción. Y le puedo asegurar que esa no seré yo.
El silencio se hizo entre ellos. John intentaba procesar todo lo que aquel hombre había dicho y no pudo más que estallar en una gran carcajada mientras decía — ¡Wow! ¡Magnífico!
La cara que puso aquel hombre ante aquello no alivió para nada sus ganas de reír.
— ¿Le parece?
—Por supuesto. Increíble. Yo al contrario solo puedo preguntarme qué le habrá traído a usted a un lugar como este. Un hombre solo, en una isla remota… — repitió sus palabras y pudo ver formarse una verdadera sonrisa en sus labios, nada que ver con aquella altiva del comienzo.
—Vacaciones.
— ¡Ja! Perdón… ¿en serio?, ¿aquí? — John realizó un movimiento con sus manos indicando el entorno.
—Necesitaba pensar. Solo.
— ¡Oh, pues lo lamento! No era mi intención molestarle—. En ese momento el camarero trajo la comida de ambos. Y John se centró en su plato, ciertamente sí le habría gustado conocer a aquel hombre, pero su manera cortante de hablar le indicaba que su presencia no era bien recibida.
—Aceptadas.
— ¿Aceptadas?— levantó una ceja sin comprender.
—Sus disculpas—. El joven hizo una mueca exasperada, como si fuera demasiado trabajo eso de explicarse, con unos ojos de un color indescriptible.
—Oh, bueno, sí, bien—. John bebió de su vaso y evitó mirarlo más.
— ¡Qué elocuencia! Así no creo que vaya a ser un gran artículo—. Pese a sus esfuerzos sí tuvo que mirarlo, para descubrir que era observado con sorna.
—Cuando escribo pienso mejor— ¿Qué tontería había dicho? Estaba claro que hablar con aquella persona estaba siendo un error, ya no tenía ni hambre y eso que no había dado más que dos bocados.
—Extraño.
—Bueno, ya gracias—. Aquello era demasiado. Se sintió realmente cansado y sin ganas de nada. Tomó algo más de su cena, ya sin entablar más conversación con él. No podía evitar que sus ojos se desviaran hacia él de vez en cuando, solo para descubrir que seguía bajo un profundo análisis. Uno que lo estaba poniendo realmente nervioso— ¿No había dicho que no estaba interesado? — le dijo mientras le guiñaba un ojo. El joven únicamente parpadeó, como si aquello no lo hubiese esperado. John dejó todo en la mesa, se levantó y dejo salir de su boca de manera casi inaudible un buenas noches antes de dar media vuelta y desaparecer. Conforme se alejaba, seguía sintiendo aquella intensa mirada sobre sí, aunque seguramente no eran más que imaginaciones suyas.
4.
Por primera vez en tres días amaneció lloviendo. Algunas pequeñas gotas se filtraban por algunos lugares de su choza y el aumento de la humedad hacía que todo su cuerpo doliera, sobretodo su hombro, en el que posó una mano y realizó un pequeño frote para mitigar el dolor.
Al alzarse de la cama comenzó a estirar cada uno de sus músculos, para evitar que el dolor le acompañase todo el día. Había dormido realmente mal, tal vez por la cama, tal vez por la humedad o tal vez por el idiota de la noche anterior. Recordaba haber estado repasando toda la conversación una y otra vez en su cabeza, sus expresiones, su sonrisa, y se encontró con que en el fondo, le había parecido interesante, muy interesante, demasiado interesante. Pensativo, tomó su ropa y se dirigió al baño. Se desvistió para descubrir que todo ese pensamiento había tenido ciertas consecuencias físicas. Por dios John, necesitas una ducha fría, ¡ya!
Es increíble como la mente juega con nosotros, aportándonos los más sugerentes de los escenarios cuando estamos excitados. Así John, bajo el chorro de agua tibia, con todo el cuerpo enjabonado, podía englobar su sexo mientras imaginaba frente a él a aquel hombre de ojos imposibles, arrodillado, haciéndolo callar una y otra vez, mientras su cuerpo se contraía entre oleadas de placer, gimiendo sin pudor en la soledad de sus aposentos.
Ya más relajado, John salió de la ducha para descubrir con horror que la ventana del baño había permanecido todo el tiempo abierta. Rápidamente se colocó los pantalones para poder asomarse y ver si había alguien cerca. Justo a tiempo para ver a aquel hombre alejándose por la pasarela. Seguramente lo habría escuchado todo, ¡Mierda!¡Joder!¡Mierda! pensaba mientras se terminaba de poner toda la ropa.
Aquel día John tomó el ferry para visitar algunas de las otras islas. Llovía a intervalos, pero la gente no parecía darle ninguna importancia, acostumbrados a aquel tiempo tan caluroso era normal que agradecieran algo de lluvia sobre su piel. Era poca la gente que las habitaba, con una vida sencilla pero feliz. Descubrió con asombro que la gente no quería ser evacuada a Nueva Zelanda, la mayoría ni siquiera creían posible que sus tierras fueran a desaparecer pese que el agua comenzaba ya a estar presente muy cerca de sus casas. Simplemente no lo entendían. El peligro era real.
Llegada la noche, John se arregló algo más para la cena, no era algo demasiado evidente: solo una camisa roja, algo de colonia y el pelo peinado lo más perfectamente que la poca iluminación de su cuarto de baño le permitió. Había pasado todo el día pensando en cómo iniciar nuevamente una conversación con él, incluso una contestación no muy desagradable en el caso de que este aludiera a su momento de desahogo matutino. Pero no estaba, miró en todas las mesas y nada. Era increíble la sensación de desilusión que aquello había provocado en él. Apenas había intercambiado unas pocas palabras nada agradables y sin embargo quería saber más de él, quién era y a qué se dedicaba, por ejemplo.
No pudo evitar preguntar por él al camarero. Cada noche había sido el mismo, así que seguramente recordaría a alguien tan particular como él. Lo magnífico del lugar es que era una antigua colonia británica, por lo tanto pese a que la población hablara tuvaluano, la mayoría de las personas hablaban también inglés. Al principio a John le costó explicarse bien, pero finalmente el hombre entendió a quién se refería. Solo le dijo que seguramente habría perdido el último ferry, que era algo común en él, y que solía dormir a la intemperie. Pero que no se preocupara, porque era naturalista y seguro sabía lo que hacía.
— ¿Naturalista?— Era clara la cara de incomprensión ante aquello, no le cuadraba en absoluto.
—Sí, eso— dijo el hombre mientras le ponía los platos en la mesa — creo que investiga nuestra fauna y flora, lo cataloga, esa es la palabra creo, reúne datos….
El hombre se fue a preparar otra de las mesas para un hombre mayor y John quedó allí removiendo su comida totalmente pensativo. Ciertamente a media tarde había dejado de llover, pero por nada del mundo dormiría en la playa. Por otro lado, habría pensado cualquier cosa de aquel engreído, pero naturalista no era una de ellas. Tal vez debería investigar sobre aquello. ¿Quién era? ¿Y qué hacía en aquel país perdido en el océano?
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N/A: Gracias por leer, ¿qué les parece? ¿Se meterá en problemas John persiguiendo al naturalista? xDDD Espero que les esté resultando interesante.
Debo terminarlo lo antes posible, así que me voy a escribir…
Besos y abrazos, Lord.
