Arnold despertó con la luz de la mañana y el ruido de sus padres que preparaban el desayuno.

Se había quedado dormido abrazando a Helga.

Ella no estaba. ¿Se había levantado antes que él? ¿O habría ido a dormir en el sofá? Más bien... a pretender que durmió en el sofá ¿Por qué no lo despertó?

Cerró los ojos, recordando las sensaciones del día anterior. ¿En verdad... ellos...?

Todavía sentía en su piel sus besos y caricias.

Se sentó en la cama.

Podía recordar cómo ella lo dejaba sin aliento y el brillo en sus ojos.

Miró alrededor.

Repitió en su mente las cosas que se susurraron en secreto y el sonido de los quejidos ahogados por sus manos o su boca.

Otra vez el maldito dolor de cabeza.

Estaba vestido. ¿En qué momento se vistió?

El libro que estuvo leyendo dos días atrás estaba en el suelo junto a la cama. ¿Cuándo se había caído? Recordaba haberlo dejado en el velador antes de decidir pasarle su cama a Helga.

Se levantó, preguntándose si sus padres los habrían descubierto... y si así era ¿qué dirían? ¿Estarían enfadados? ¿Esperarían a que ella se fuera para hablar con él al respecto?

Salió de la habitación. En el sofá no había nadie. Tampoco estaban las mantas o la almohada. ¿Acaso su madre ya había guardado todo? ¿Y dónde estaba Helga?

Su pulso se aceleró por el temor de ser descubierto. ¿Podía pretender lo suficiente? ¿Helga había escapado? ¿O tuvo alguna discusión con sus padres? ¿La habrían regañado? ¿O quizá solo reaccionó mal a que ellos mostraran preocupación?

–Buenos días, hijo – dijo Miles con una sonrisa.

–Hola, mamá, hola papá – dijo el chico, incómodo.

–¿Pasaste frío anoche? – preguntó Stella.

–No... – contestó extrañado.

No sabía cómo preguntar por la chica. Tal vez había ido a bañarse, porque no había visto sus cosas en el dormitorio. Aunque... ahora que lo pensaba, no sabía a qué hora viajaba... ¿Por qué creyó que se iría en la noche? Nunca le preguntó ni vio el horario. ¿Helga había escapado sin despedirse? ¿Después de las cosas que dijeron? ¿Después de jurarse amor mutuo y eterno...? ¿Después de todo lo que ocurrió esa noche...? ¿Ella huía...?

Su madre distribuía platos y tazones en la mesa, mientras su padre terminaba de hacer el desayuno.

Tomó asiento.

–¿Cómo te fue ayer con la terapia? – consultó Stella, sentándose junto a él, soplando su taza de café– ¿Crees que sea necesario volver a los medicamentos?

El chico pestañeó.

–¿Qué día es hoy? – dijo.

–Sábado...

–Pensaba que era domingo

–Bueno – dijo su padre, llevando los platos con la comida – Dormiste bastante, así que quizá estás un poco desorientado

–¿Cuánto dormí?

Sus padres se miraron entre sí.

–No lo sabemos – dijeron.

– Ayer regresamos a las cuatro – añadió Miles – y ya estabas dormido

–Entonces... todo lo que pasó... – murmuró, cerrando los ojos.

–¿Estás bien, hijo?

Su cabeza volvía a doler.

¡Arnold, cuidado!

Abrió mucho los ojos y miró a sus padres.

–Estoy bien – se esforzó por sonreír y añadió –. Creo que mi cerebro todavía se está habituando a no tener ayuda de los medicamentos y confundí el sueño que tuve con haber vivido este día...

–Sí, nos dijeron que podía pasar ¿lo recuerdas? – dijo Stella

Arnold asintió. No, no lo recordaba.

–Si te sientes mal tienes que decirnos

–Estoy perfectamente – Miró el plato. –. Se ve delicioso, gracias papá

Se obligó a comer.

Su corazón latía rápido.

Logró recordar su voz.

Volvió a soñar con ella.

¿Soñó que ella iba a San Lorenzo por él?

En su sueño ella se veía de su edad y lucía... distinta. Pero sus ojos y su cabello eran como recordaba.

Había olvidado lo real que podía sentirse un sueño.

Y tuvo que obligarse a pensar en cualquier otra cosa, porque estaba desayunando con sus padres y definitivamente no era el momento.


Esa tarde volvió a soñar con ella, recordando sus primeras citas. Luego vinieron otros sueños, en los que él regresaba a Hillwood y volvían a salir.

Estaba recuperándola poco a poco. Primero los recuerdos, después las fantasías, luego lo que había leído en sus diarios.

Helga volvía lentamente a colarse en su mente...

Y dolía...

Dolía horriblemente.

Pero era un dolor cálido.

Y era mejor sentir el dolor extrañarla que el vacío que le provocaba no poder siquiera imaginarla.

Sabía que eso no estaba bien.

Cuando regresaron a la aldea ni siquiera dudó en decirle a la chica que no sentía lo mismo, por fortuna ella lo tomó bien y mantuvieron su amistad.

Incluso si toda la gente en que confiaba lo hubiera empujado a intentarlo, aunque fuera por olvidar, insistía en no querer hacerlo. Por un lado, no iba a ser la clase de persona que usaba a alguien para algo así. Y por otro, si iba a caer en la locura, lo haría solo, sin arrastrar a nadie en su miseria.

Una semana después de regresar al pueblo volvió a él aquel sueño: el río, el claro, la entrada de la cueva y el llanto.

Despertó antes de entrar a la cueva.

Pasó un mes, hasta que tuvo ese sueño otra vez.

El lamento de Helga se escuchaba apenas, distante.

Intentó adentrarse en la cueva.

Pero volvió a despertar.

Había perdido la práctica de controlar sus sueños y moverse con libertad. Así que se propuso aprender sobre eso. La siguiente visita a la ciudad, después de su sesión de terapia se dedicó todo el día a investigar.

Onironauta

Sueños lúcidos

Leyó obsesivamente durante varias semanas. Intentó varios experimentos, hizo un diario anotando cada uno, los aciertos, los fracasos, qué tan cansado estaba antes de dormir, qué tal estuvo su ánimo, hasta lo que comía.

Se dio cuenta que era una bomba de tiempo. Tarde o temprano esto le explotaría en la cara y estaba completamente dispuesto a sufrir las consecuencias, si eso le permitía recuperar a Helga, aunque fuera mientras dormía.


Pasaban los días. Sin importar lo que hiciera, el sueño de la cueva siempre volvía de forma cíclica.

A veces lograba entrar, pero no podía obligarse a avanzar.

Otras veces se quedaba afuera, mirando el paisaje. Así pudo notar que la cueva estaba en la ladera de un cerro, que el claro no era demasiado grande y que había un árbol con una extraña fruta de espinas rojas que no conocía. También que la entrada era natural, pero tenía algunos símbolos grabados. Eran del lenguaje de Los Ojos Verdes.

Cuando despertó, dibujó los símbolos como los recordaba.

Decidió que debía aprender esa lengua y comenzó a estudiar las notas de su padre.

Los seguía acompañando a las expediciones y cuando acampaban lejos del pueblo siempre encontraba una excusa para salir a explorar la zona.

No se alejaba demasiado, pero buscaba los ríos. Trazaba los detalles en un mapa que había construido. Buscaba entre los árboles el extraño fruto, las hojas y el detalle de las manchas en sus troncos.


Así pasó un año más, visitándola en sus fantasías.


–Bien – dijo cuando se encontró en el claro, junto al río – Vamos a intentarlo...

Se acercó al río. Podía ver su reflejo distorsionado en el agua.

En ese lugar siempre había luna llena.

Caminó hasta la cueva y miró los símbolos.

Todavía no lograba traducirlos todos, pero había dos conceptos que se repetían, uno era el nombre que los Ojos Verdes le daban a la serpiente, el otro era lo que se podía traducir como "conocimiento".

Eran siempre los mismos, los había dibujado en sus cuadernos varias veces.

No se atrevía a tocarlos. Había algo sobre esos símbolos que era siniestro.

Siempre que entraba a la cueva era como atravesar una barrera invisible, que le helaba hasta los huesos. Pero una vez que se adentraba unos metros, recuperaba la temperatura de su cuerpo.

Escuchó con atención. No había un lamento esa noche, solo murmullos. Siguió el sonido caminando a prisa.

–Arnold...

¿Era la voz de Helga? Sonaba... como imaginaba que sonaría si ella no hubiera muerto.

–¿Me escuchas?

Tragó saliva y se aclaró la voz.

–¿H-Helga? – dijo pero fue demasiado despacio, así que intentó gritar –¡Helga!

Una luz tenue apareció para guiarlo.

–Arnold... estoy aquí...

Comenzó a correr.

–Por favor... vuelve a mí, mi amor...

Un giro a la izquierda...

–Mi dulce ángel amado de cabellos dorados...

Luego a la derecha...

–Si tan solo pudieras verme ahora...

Otra vez a la derecha

–¿Sería patético o bello lo que contemplarías?

A la izquierda.

La luz comenzó a desvanecerse.

–¡Helga!

Ella levantó la vista y sus ojos se encontraron.

Eran sus ojos, era su cabello...

Otra vez estaba más alta.

Otra vez parecía de su edad.

Y se estaba desvaneciendo.

–¡No!

Se acercó a ella, tomó su mano y la besó.

Podía sentir sus labios y su aliento. Podía sentir las lágrimas de la chica y las suyas mezclarse. Los dedos de Helga enredándose en los suyos y por un instante pareció real.

Cuando abrió los ojos las últimas partículas luminosas flotaban a su alrededor, volviéndose poco a poco más tenues... entonces notó un aleteo. No era que la luz se desvaneciera, era que se habían convertido en mariposas negras.

Comenzó a temblar. Tierra y algunas piedrecillas cayeron a su alrededor y sobre él. Se dio cuenta que el lugar estaba a punto de derrumbarse.

–¡Arnold, Cuidado!

Unas manos invisibles lo apartaron del peligro y por un segundo pudo ver sus ojos, antes que las rocas la cubrieran, convirtiendo el lugar en una tumba.


Despertó en su cama. Un sudor frío recorría su cuerpo.

¿Helga lo había salvado otra vez? ¿Por qué esta vez... el lugar se derrumbó? ¿O era acaso su mente mezclando esa obsesión con el accidente?

Intentó calmarse y volver a dormir, pero no volvió a soñar con ella. Ni la noche siguiente, ni la siguiente, ni la que seguía.

Comenzó a preocuparse y aunque dormía, no descansaba.

Hizo todo lo que había aprendido para intentar soñar. De todas las revistas leídas, de todos los sitios web: leer cualquiera de las notas que había hecho sobre otros sueños, imaginando en detalle que volvía ahí, intentar mantenerse consciente, inmóvil mientras su cuerpo se duerme, pero su mente no, intentar despertarse tras dormir cuatro horas o cinco horas y volver a dormir tras repetir una y otra vez que recordaría su sueño, preguntarse durante todo el día si acaso estaba despierto... nada funcionó.

Temía de algún modo haber "descompuesto" su capacidad para soñar. Y por otro, estaba seguro que ese lugar tenía que existir y tenía que ser real, tal vez de alguna forma cuando la cueva se derrumbó había perdido su conexión con ese lugar.

Pasó un mes y cuando se acostó, decidió que era suficiente de intentar forzar las cosas.

Se dijo a sí mismo que había pasado años sin soñar con ella, podían ser uno o varios meses, hasta que pudiera volverla a ver.

Quiero verla... quiero encontrarla...

Pestañeó.

Helga...

Otro pestañeo largo.

Necesito verte...

Un último pestañeo.

¿Dónde estás?


La luna brillaba sobre él. Escuchaba el río y podía ver la entrada.

Su ritmo cardiaco aumentó casi de inmediato cuando se dio cuenta que podía moverse a voluntad.

Avanzó dentro de la cueva algunos pasos.

–¿Recuerdas... – comenzó a escuchar una voz a la distancia – cuando nos llevaron a la ópera?

Una luz tenue apareció.

–¿Quién lleva a niños de cuarto grado a la ópera?

Comenzó a correr.

–Me dormí fantaseando... y por alguna razón soñé con Las Valquirias de Wagner...

Un giro a la izquierda...

–¡Ni siquiera estábamos viendo esa obra!

Luego a la derecha...

–Odiaba a Ruth...

Otra vez a la derecha

–Fue divertido imaginar que la destruía... para robar su papel... y ser tu Carmen

A la izquierda.

–Con mi resortera de oro – medio cantó con una risita triste.

–¡Helga!

Dijo al verla. Parecía triste.

–Oh, Arnold, ansiaba tanto que me encontraras

El chico se acercó a ella.

–Helga – dijo –, lamento haber tardado tanto...

–Parecías ignorarme...

–No fue mi intención. Yo... estaba tomando medicamentos... y no podía soñar... sé que esto es un sueño... pero aquí... aquí siento... siento que eres real...

–Al final... pudiste encontrarme...

Helga medio sonrió, pero él vio como las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

–Arnold...

Ella le tomó las manos y las llevó hasta sus labios para darle algunos besos.

Sus manos estaban frías. Sus labios eran tibios.

–Arnold... tenemos que irnos de aquí...

–¿Cómo? ¿A dónde?

–Por favor...

–Tenemos que salir juntos de aquí...

Esta vez Helga no se desvaneció. Pero él sintió como era absorbido por la oscuridad de la cueva que crecía a su alrededor. Manos deformes y viscosas lo sujetaban, arrastrándolo a una especie de sombra líquida.


Despertó.

¿Qué era eso? ¿A qué se refería? ¿Y qué fue lo que lo sacó de ahí? ¿Era eso... algo? ¿O era otra trampa de su mente?

Otro mes pasó.


Helga cantaba una canción...

Corrió en cuanto la luz se lo permitió.

Un giro a la izquierda...

Conocía esa canción...

Luego a la derecha...

Era una canción que él le había enseñado

Otra vez a la derecha

Le había dicho que era su favorita...

A la izquierda.

La abrazó en cuanto la encontró.

Helga desapareció en sus brazos, sin luz, solo mariposas negras, cuyas alas eran de piedra.

La oscuridad esta vez lo envolvió. Era como estar nadando en aceite.


Otro mes en su vida.

Con cada intento sentía que estaba más cerca de entenderlo.


Otra vez estaba frente a la cueva.

Entró siguiendo la voz de Helga.

–No sé por qué insistes tanto en buscarme...

Una luz tenue apareció para guiarlo.

–Yo solo te hago daño

Comenzó a correr.

–Tú eres tan amable, tan bondadoso... y yo... yo no valgo la pena...

Un giro a la izquierda...

–Sin importar lo que haga...

Luego a la derecha...

–Vuelves a mí una y otra vez

Otra vez a la derecha

– Con tu sonrisa y tus ojos amables y comprensivos, con tu absurdo optimismo...

A la izquierda.

–¿Cómo iba a dejar de amarte si siempre estás intentando alcanzarme?

–Hola... Helga... – dijo el chico al verla.

Ella volteó, con las manos en la espalda y una dulce sonrisa.

Fue como si le robara el corazón, pero no podía robar algo que era completa y absolutamente de ella.

–No tienes idea, tonto cabeza de balón, de cuánto te necesito...

–Helga... ¿por qué estás aquí?

–No puedo irme sin ti

–¿Qué significa eso? Tienes que decirme... ¿eres real? ¿Eres un fantasma? ¿Eres mi tormento? ¿Qué eres?

–Soy quien más te ama en este mundo...

Ella comenzó a llorar.

–Helga... ¿sabes dónde estamos? ¿Este lugar es real?

–Arnold... por favor... no me abandones

–No te abandonaré, eres tú la que siempre se va... tú... te desvaneces

Miró a los pies de la chica, que comenzaban a disolverse en pequeñas esferas luminosas, que flotaban y al chocar con los muros de la cueva se convertían en las mariposas con alas de obsidiana.

–¿Qué puedo hacer para que te quedes? ¿Cómo puedo... encontrarte?

–Si pudiera decirte... lo que en verdad pasa...

–¿Por qué no puedes decirme?

–Tienes que despertar... por favor Arnold...

Ella miró a los pies de él y el chico siguió su mirada.

Las sombras a su alrededor eran manos deformes y viscosas que lo sujetaban.

–¡Te voy a encontrar, Helga! ¡Lo prometo! – dijo el chico.

Las manos lo rodearon, hundiéndolo en la oscuridad.


Se sentó en la cama. Le faltaba el aire y tuvo que sacudirse las piernas, porque no se podía quitar la sensación de ser sujetado por aquello, fuera lo que fuera.

Con cada despertar abrupto abrazado por la oscuridad sentía que tenía que aprender algo más.


A veces el sueño de la cueva se tornaba en una pesadilla.

No iba a renunciar.

No sabía renunciar.


Los padres del chico decidieron que era tiempo de volver a Hillwood. Los abuelos ya estaban demasiado viejos para seguir a cargo de la casa de huéspedes y aunque seguían teniendo la misma energía en sus bromas, sus cuerpos ya no tenían el vigor de antaño.

Arnold se dio cuenta de esto con tristeza y se preguntó si había sido egoísta quedarse en San Lorenzo tanto tiempo.

Decidió que ya estaba ahí podía entrar a la universidad. Le dijo a su padre que quería estudiar antropología para seguir con su trabajo y le pidió todo el material que tuviera para estudiar.

Los años que siguieron aprovechó cada instancia, cada pista, para seguir buscando información.

Y en sus sueños seguía viendo a Helga.

Repitiendo el camino, buscándola una y otra vez.


Leyó tantos documentos como le permitió el tiempo, sin descuidar sus deberes.

En una de sus investigaciones descubrió que mucho antes que sus padres fueran a San Lorenzo, otro investigador vivió por años con Los Ojos Verdes y recopiló sus leyendas, pero como solo regresó con historias y ninguna evidencia física, la academia lo había desacreditado.

La obra recopilatoria se consideró ficción y era tan vieja, que las copias estaban desaparecidas. Por fortuna contaba con la ayuda de las bibliotecarias de la universidad, que entusiasmadas por el desafío y tras algunos meses de hacer llamadas, enviar correos y buscar en bodegas polvorientas, lograron conseguirle una copia del viejo libro.

En uno de sus capítulos decía:

"Los Ojos Verdes tienen un lugar conocido como La Caverna de la Serpiente del Tiempo, Guardiana del Conocimiento y Jueza de los espíritus.

Alejándose de la Aldea, siguiendo el curso del río, pasando la segunda cascada, es posible encontrar un claro. Es el único punto en la jungla donde crece el árbol que sangra espinas, cuyo fruto es preciado, pues dicen que consumirlo permite hablar con los muertos.

La entrada de la caverna está adornada con la escritura de los Ojos Verdes, advirtiendo de los peligros de ingresar sin haberse preparado. Mientras la caverna es descrita como un laberinto."


Arnold repitió en su mente: Un giro a la izquierda... Luego a la derecha... Otra vez a la derecha y a la izquierda.

Luego siguió su lectura:


"Creen que los espíritus de todos los que fueron y todos los que serían aparecen en ese lugar y se comunican con los visitantes, respondiendo a sus preguntas y guiándolos en su camino.

Dicen en sus leyendas que todos los sueños vienen de ese lugar y que algunas personas se pierden en sus ilusiones, cayendo en la locura. Por eso infunde gran temor y respeto entre los habitantes comunes que solo se acercan ahí para dejar ofrendas intentando calmar los tormentos, rogando por los no natos y deseando la paz de sus muertos.

También tienen un ritual para elegir al líder de los guerreros de elite de los Ojos Verdes, La Guardia del Sol, ágiles como jaguares, fuertes como bestias e inteligentes como la serpiente misma. Ellos deben recorrer los pasillos de la caverna hasta encontrar a los espíritus ancestrales que decidirán a quién le otorgan el honor y la responsabilidad.

Al mismo tiempo, funciona como un espacio sagrado. Los reyes, sanadores y brujos podían llegar a pasar tres noches meditando en su interior, en busca de respuestas, guía, consuelo. A veces todo lo que encuentran es la muerte.

No todos regresan, pero los que lo hacen, son capaces de grandes proezas."


–Perfecto – se dijo a sí mismo –. Una loca experiencia cercana a la muerte...


"Es necesario un ritual que para lograr comunicarse con los muertos. Pocos lo conocen y se relacionaba con el consumo del fruto del árbol que sangra espinas.

Y el lugar mismo, por su cercanía al río, era en exceso peligroso, pues ante una crecida repentina el lugar llega a inundarse.

Cuando esto pasaba, los habitantes decían que los espíritus inquietos, aquellos que anhelaban regresar a la vida por haberla perdido antes de tiempo, reclamaban a quienes se encontraran dentro, sumándolos a su aflicción colectiva."


Leer esa leyenda le dio escalofríos, porque las sombras que lo atrapaban en sus sueños se sentían húmedas y a la vez viscosas, como imaginaba que sería un cadáver descompuesto.

Le enseñó el libro a sus padres. Stella nunca estuvo en esa cueva y tampoco había oído de ella, pero Miles sí. Recordaba como asustaban a los niños con esas historias. Al repasar las notas, Stella revisó algunos de sus antiguos cuadernos. Conocía el fruto que refería. Era increíblemente tóxico. En pequeñas cantidades provocaba alucinaciones y un fruto entero era más que suficiente para provocar la muerte, pero al parecer tanto su aroma como su sabor eran deliciosos.

–Tal vez todas esas leyendas eran para mantener a salvo a la gente, lejos del río y lejos de esos árboles – comentó Stella.

–Puede ser... – admitió Arnold.

Pero en su cabeza solo había planes locos.


Tiempo después halló un relato con algo similar a lo que le pasaba mientras dormía. Un tal Randolph Carter. Un hombre obsesionado con sus sueños, aunque los suyos parecían viajes a mundos imposibles, que se fueron desvaneciendo con el paso del tiempo y la comprensión de la realidad. Hasta que encontró una extraña llave y símbolos en una cueva ubicada cerca de un terreno familiar y cómo al parecer había adquirido la habilidad de viajar entre los planos oníricos.

Era solo un relato.

Tenía que convencerse de que era solo un relato.

Era la Caverna de las Serpientes, la que los campesinos evitaban.

Tenía que ser una coincidencia. La serpiente estaba presente en muchas culturas.


Había leído sobre viajes astrales, sobre el hilo de plata y un montón de cosas más.

Ya no estaba seguro de cuál era el límite.

La bomba había explotado. La cordura lo había abandonado y cerrado la puerta. Lo peor es que ni siquiera la extrañaba y se había entregado feliz a sus desvaríos:

Soñar con ella.

Tenerla en sus fantasías.

Y la pequeña posibilidad de encontrarla una vez más en la realidad.


NOTA:


Day Six: Time after time/Bomb/College

Día Seis: Una y otra vez/Bomba/Universidad