En los años que estudió, pasaba parte de su tiempo libre con Gerald y a veces se les unía Phoebe. De vez en cuando se reunían con otras personas de su antigua clase, pero todos habían cambiado tanto, que Arnold siempre se sentía un poco fuera de lugar, en especial porque la vida en una ciudad y la vida en los pueblos eran experiencias completamente distintas. Quizá quien más lo pudo entender era Lila, pero ella en su adolescencia pasó suficiente tiempo con Rhonda para integrar los hábitos de ella.

Durante esos años algunos huéspedes se fueron y llegaron otros, sus abuelos fallecieron y sus padres se dedicaron a trabajo de investigación y a administrar la Casa de Huéspedes.

Cuando estaba por obtener su título se dio cuenta que todos sus amigos y conocidos de la escuela hicieron sus propias vidas. Algunos siguieron carreras universitarias, otros se desarrollaron en el arte y el teatro, algunos continuaron el trabajo de sus familias, otros escaparon de casa para hacer algo completamente inusual, algunos se casaron, otros tuvieron hijos, otros viajaron.

La tecnología avanzó y podían mantenerse en contacto a pesar de la distancia, celebrar sus logros y llorar sus penas a través de las pantallas. Saber que la mayoría estaba bien de algún modo tranquilizaba el corazón de Arnold.

También aprovechó el acceso a foros para hablar con personas anónimas sobre cómo se sentía y lo que le pasaba. Del luto que parecía no terminar nunca, de cómo no podía olvidar, de la culpa que seguía latiendo en él, incluso si había aceptado que no tenía responsabilidad, que apenas era un niño cuando eso pasó y que no había forma de que pudiera evitarlo. Saber que otras personas sufrían de manera similar daba un poco de consuelo.


Después de obtener su título pasó los dos primeros años trabajando en Ayudantes de la Humanidad en las oficinas de Estados Unidos, ayudando en comunidades locales, realizando algunas actividades de apoyo e integración.

Por ese tiempo Phoebe y Gerald se casaron y tuvieron a su primer hijo, del cual hicieron padrino a Arnold. Los tres sabían que Helga hubiera sido la madrina y no quisieron elegir a alguien más.

Después de eso Arnold consiguió que lo enviaran a San Lorenzo. Allí estuvo un año más.

Le encantaba su trabajo.

Le encantaba ayudar a otros, aprender nuevas cosas, conocer a distintas personas, compartir sus días con algo que se sintiera significativo. Como dijo el abuelo, tuvo tiempo para construir su respuesta.

Solo necesitaba que lo dejaran dormir en paz. El resto del tiempo podía ser esa persona amable, capaz de sacrificarse por otros, dispuesto a ayudar a todo el mundo, pero se hizo de una fama las pocas veces que alguien interrumpió su sueño y no reaccionó de la mejor manera.

En algún momento se encontró con la chica que se le había declarado años atrás. Estaba comprometida y su novio era un tipo amable y gracioso, que además se había graduado de medicina. Como el mundo es un pañuelo, eventualmente se dieron cuenta que ambos conocían a Phoebe. Estaban en San Lorenzo porque decidieron que después de la boda pondrían una pausa a su labor humanitaria y se establecerían para poder formar una familia, así que aprovecharían cada minuto hasta una semana antes de la ceremonia.

Arnold disfrutó cada instante con ellos, contento de ver feliz a su amiga y se despidieron deseándose lo mejor.

Cuando ellos se marcharon consiguió volver con Los Ojos Verdes.

Se dio cuenta que varios de los chicos de su edad habían vivido algunos años en los pueblos cercanos y conocían varios idiomas, que habían aprendido de los extranjeros, pero no habían permitido foráneos otra vez, excepto a Eduardo, el cual se ya hacía un par de años que se había cambiado las expediciones por trabajo administrativo, pensando que su cuerpo ya no estaba para el esfuerzo que significaba estar en la jungla.

El tiempo que pasó con Los Ojos Verdes preguntó por las notas que había encontrado en sus años como universitario. Pero, como era de esperar, no quedaba nadie que hubiera conocido al investigador y su visita se diluyó entre leyendas.

En los meses que estuvo con ellos, recopiló otras historias de la tradición oral, algunas de sus costumbres, rituales y otros aspectos de su vida cotidiana.

Helga seguía apareciendo en sus sueños, en la mayoría eran felices, compartían buenos momentos, fantaseaba con una vida tranquila. Pero cada vez que visitaba la caverna, ella decía cosas extrañas, le pedía que la encontrara y él prometía seguir intentando. Y aunque siguió todos los posibles caminos desde la aldea, no pudo dar con el lugar y sabía que Los Ojos Verdes no lo llevarían nunca a un lugar tan sagrado.


La noche del aniversario de su muerte coincidió finalmente con el ese sueño.

Esta vez ella murmuraba.

–¿Era demasiado ambicioso imaginar que podíamos tener una vida juntos?

Un giro a la izquierda...

–Ser felices...

Luego a la derecha...

–Compartir un futuro...

Otra vez a la derecha

–Arnold...

A la izquierda.

–Helga...

Tomó sus manos.

–Amarte toda mi vida no sirve si no estamos juntos – continuó ella, murmurando.

Arnold levantó la vista y vio las lágrimas que escapaban de sus ojos.

–Y no puedo dejarte...

Levantó su mano y limpió su rostro, besándola en la frente.

–¿Quieres llevarme contigo? – dijo – Hazlo...

–Tenemos que salir juntos de aquí...

–¿A dónde? ¿A qué te refieres?

–Nunca podría apartarme de tu lado...

–Helga...

–Por favor... Arnold...

–Helga... ¿qué quieres que haga?

–Tienes que volver a mí...

–Lo intento, Helga, pero ¿este lugar siquiera es real? Me volví loco con la esperanza de encontrarte y por más que pasa el tiempo, solo estás en mis fantasías. Cuando me miro al espejo noto que pasa el tiempo, ya no soy el chico que amaste. El viento se llevó los recuerdos de nuestro pasado juntos y nadie... nadie entiende como sigo aferrado a este amor... ni siquiera yo

Ella lo contempló.

–¿Acaso este dolor nunca se irá? –continuó él – ¿La culpa seguirá lastimándome con cada latido? ¿Por qué tenías que sacrificarte por mí? He pasado más de la mitad de mi vida buscándote... y ha sido difícil... he leído todo lo posible, he escuchado desde locos hasta sabios... ¿cómo vuelvo a ti? Dímelo... por favor... aunque sea una vez... contesta directamente

–Arnold, prometiste nunca abandonarme

Helga sonreía con tristeza.

–Yo no te obligué a atarte a mí

El llanto comenzó a romper su voz.

–Tú me mantuviste cerca, acunaste mi corazón con tus canciones, tus sonrisas e incluso tus lágrimas...

Cada palabra encendía una llama cálida en su pecho y aceleraba su corazón.

–Lo siento... no quise...

–Pude encontrar mi felicidad gracias a ti

Incluso con toda la tristeza, la sonrisa de ella era sincera.

Las partículas de luz se convertían en las mariposas negras.

El agua llegaba hasta sus rodillas y las sombras lo sujetaban hasta la cintura.

Arnold la abrazó.

–Seguiré buscando, Helga...


Al despertar salió a dar un paseo. Recorrió en silencio la aldea, alejándose de las casas, buscando soledad.

Llegó al mecanismo que hacía tantos años activaron con el relicario de Helga.

Suspiró con tristeza.

Tu corazón es más puro de lo que piensas

El recuerdo de sus ojos ese día jamás se iría de su mente, tampoco ese beso.

¿Qué hubiera sido de él si Helga no hubiera estado ahí?

–Vaya, vaya. ¿Acaso es el chico que apacigua volcanes?– murmuró una voz femenina y mayor junto a él.

Arnold se sobresaltó y miró a su lado.

–Hola... – dijo el chico – No sé de lo que habla... ¿Y quién es usted?

–Solo una anciana – dijo la mujer.

Algo había en ella que le recordaba a su abuela, quizá era el parecido en su voz o la forma en que sonreía.

–¿Nunca te contaron que naciste durante una erupción?

–¿Eso es verdad? Siempre creí que mi padre lo había inventado...

–Es cierto... – la anciana reía – muchas cosas en la vida pueden parecer un sueño... pero no siempre lo son...

–¿Qué quiere decir?

–Oh, no me hagas caso, solo son desvaríos de una anciana...

Arnold medio sonrió, mirando los dibujos con tristeza. Habían pintado su historia en el lugar y en ella aparecía Helga.

Acercó su mano a una imagen donde ella sostenía el relicario y lo delineó con la punta de sus dedos.

–Sus corazones siguen atados, ¿no es así? – continuó la anciana.

Arnold la miró.

–Pero Helga murió cuando éramos niños...

–Tu alma la sigue llamando... tus latidos lloran por ella...

–¿Qué? ¿Cómo...?

–He estado por aquí desde antes que tus padres se conocieran, he visto mucho, he oído mucho...

Arnold dudó un momento, luego la miró.

–¿Ha oído... sobre la Caverna de la Serpiente del Tiempo?

La mujer no contestó de inmediato. Cerró los ojos, con un gesto de concentración.

–Hacía muchísimo tiempo que no escuchaba de ese lugar

Arnold la miró con sorpresa.

–Se perdieron muchas historias cuando el Llanto Ancestral cubrió la jungla... y nuestros antepasados tuvieron que abandonar su hogar...

–¿Había otra aldea?

–Sí... había otra aldea hace tanto tiempo que probablemente los padres de tus padres todavía no habían nacido...

Arnold la miró con sorpresa. Si era así, el hombre que escribió el libro no había conocido la aldea donde él estaba, sino la otra locación.

–¿S-sabe dónde está ese lugar?

–Ahí no queda nada... excepto los fantasmas de nuestros antepasados que cuidan la tierra sagrada... ellos protegen la caverna...

–Tengo que ir allí – Trató de calmarse, no parecer un loco. –. M-me gustaría ir... tal vez sirva para mi investigación

–Nunca entenderemos la obsesión que tienen por desenterrar el pasado... por eso no nos gustan los extranjeros...

–Lo siento, no quise ofenderla...

–Lo sé, pequeño... tampoco yo... – la mujer sonreía con los ojos cerrados.

Pero era su mejor pista en años, no iba a abandonarla.

–Por favor, ayúdeme...

La mujer reflexionó.

–Según contaban mis abuelos... si cruzas el puente y sigues el curso del río durante dos días, descansando por las noches, podrás encontrar los restos de la vieja aldea cuando el sol esté en medio del cielo en tu tercer día de viaje. Podrás ver los restos de nuestro antiguo hogar, si es que la jungla no los ha reclamado

Arnold asintió. Si tenía suerte encontraría estructuras de piedra cubiertas por plantas, pero también era posible que los desplazamientos de tierra tras las lluvias hubieran borrado todo rastro de civilización. No perdía nada.

–Gracias... – el chico sonrió – Creo... creo que partiré mañana...

–Te deseo suerte. Estarás solo en esta aventura. Ninguno de los nuestros iría a ese lugar. Respetamos los designios de Los Guardianes... hubo alguna razón para alejarnos de ahí

Arnold asintió y se despidió de la anciana, dirigiéndose de regreso a donde residía.

–Espero que la encuentres...

Escuchó el susurro a su espalda y cuando volteó, no vio a la mujer.

Sacudió su cabeza.

Era de noche, estaba cansado. Ella debía haberse alejado en otra dirección y él debía haberlo imaginado.


Preparó todo lo que tenía para ir. Dejó todas sus notas y cuadernos a un chico que viajaba a pueblos cercanos para intercambiar algunas cosechas, pidiéndole que se las hiciera llegar a Eduardo. Sabía que explorar la selva por su cuenta era un riesgo absurdo, pero no tenía nada que perder.

Partió al amanecer, despidiéndose de todos con afecto, agradeciendo en su lengua todo el tiempo, los cuidados, las historias, las comidas y deseándoles prosperidad.


Arnold siguió las instrucciones. Iba preparado con un machete, una linterna y algo de comida para el camino.

En ese punto conocía todos los trucos para ahuyentar a los animales salvajes y todos los rituales para pedir protección a los espíritus y aunque no creía del todo en ello, prefería seguir las reglas de la jungla. Así que cada noche montó su campamento con cuidado.

Todavía no almorzaba el tercer día cuando se sentó en una roca a examinar su mapa.

Abrió su cantimplora y luego de beber, comió algunas frutas que había llevado y cuestionarse sobre su cordura riéndose de sí mismo.

¿Qué importaba?

Debía estar cerca. Tal vez podía seguir avanzando un poco más.

Apoyó su mano en la roca y nervioso rascó el musgo. Entonces se dio cuenta que la roca tenía una forma extraña. Se levantó y con cuidado quitó todo el musgo que pudo. No era una roca, era un ladrillo tallado. Buscó alrededor. Encontró varios muros destrozados.

La parte de él que amaba la arqueología estaba fascinado por el descubrimiento. Pero si esta era realmente la ubicación de la vieja aldea... eso solamente podría significar...

Regresó al río y se obligó a ser cuidadoso, porque todo lo que quería era correr. Llegó a la primera cascada. No fue fácil encontrar un camino para descender, pero logró hacerlo.

Cuando lo hizo su corazón se aceleró y estaba seguro que no era por el esfuerzo.

Estaba cerca, lo sabía, lo sentía en su cuerpo, una sensación eléctrica recorriendo su piel.

Helga...

Atardecía cuando encontró la segunda cascada, tuvo que arreglárselas para atravesar el río, porque del lado en que estaba no había forma de bajar.

Siguió avanzando y cuando la noche cayó sobre él finalmente encontró el claro.

Al otro lado del río.

No le importaba mojarse otra vez. La corriente esa noche no parecía terrible. Tenía su equipo. Logró cruzar con un poco de esfuerzo. Al hacerlo, el río se lo había llevado algunos cuantos metros.

Se quitó la ropa para estrujar el exceso de agua y tras vestirse otra vez se puso en camino para regresar al claro.

En el cielo las estrellas brillaban dibujando constelaciones imposibles de ver en la ciudad.

Más allá de la línea del horizonte oculta por los árboles, la luna comenzaba a alzarse en el cielo.

Cuando alcanzó el claro pudo ver su reflejo en el río, distorsionado por el movimiento del agua.

Un aroma dulce impregnaba el ambiente. Buscó alrededor y encontró el impresionante árbol que sangra espinas. Su tronco era ancho, pero no era más alto que otros árboles del lugar. Sus espinas parecían gotas de sangre, de un tono carmesí, filosas. Intrincados diseños se dibujaban en el tronco, dándole un aspecto sombrío. Tenía varios frutos y muchísimas flores, sus pétalos se difuminaban mezclando tres colores desde el centro hasta el borde: amarillo, celeste y rosado.

Sonrió con una imagen clara en su mente.

Apoyó su palma extendida en el tronco.

–Por favor, necesito tu ayuda para volverla a ver – le murmuró al árbol.

Con cuidado tomó un par de frutos y algunas flores con él, guardando todo en su mochila.

Volteó y caminó hacia la entrada de la caverna.

Miró el cielo por última vez antes de ingresar. La luna llena brillaba sobre él.

Al bajar la vista observó los símbolos tallados, los mismos que conocía bien. Le provocaron esa misma sensación que antes. Había algo siniestro en ellos. Pero esta vez se atrevió a tocarlos.

No pasó nada.

Inhaló profundamente, con los ojos cerrados. Cuando los abrió solo había decisión en su mirada.

–He venido por respuestas – dijo – y no me iré hasta obtenerlas...

Buscó su linterna y agradeció haber comprado equipo de calidad.

Notó que algunas gotas de lluvia comenzaban a caer en el momento en que encendía la luz.

Se adentró al lugar con precaución. El suelo parecía húmedo, pero sus pies no se hundían en el barro.

Caminó a paso firme, iluminando los corredores.

Su corazón golpeaba fuerte en su pecho.

Alcanzó un suelo rocoso y el eco de sus pasos era la única compañía.

No estaba su voz.

No estaba su llanto.

Pero no iba a abandonar.

Siguió avanzando. Cada tanto cerraba los ojos y recordaba el camino que había hecho cientos de veces.

La luz de su linterna comenzó a parpadear y de pronto se apagó. Intentó arreglarla, pero se dio cuenta que no encendería.

Esperó inmóvil que sus ojos se acostumbraran lo suficiente a la oscuridad. Pero no podía ver nada. En ese lugar todo era negrura.

Se preguntó qué tan difícil sería volver y se dio cuenta que antes, en sus sueños, nunca salió de la cueva, así que no conocía el camino. Solo podía avanzar.

Cerró los ojos. Respiró lentamente durante unos minutos y los volvió a abrir.

–Por favor guíame – dijo con seguridad –. He venido por respuestas y no me iré sin ellas. Que este lugar me entregue lo que merezco, una solución, una sentencia o la muerte. No pienso temer

Un brillo tenue apareció a la distancia.

Comenzó a correr.

–Aceptaré sin dudar

Un giro a la izquierda...

–Lo que este lugar me muestre

Luego a la derecha...

–Soy Arnold Shortman

Otra vez a la derecha

– Y he venido a buscar a Helga Geraldine Pataki

A la izquierda.

Arnold se quedó sin aliento al llegar a la cámara donde siempre encontraba a Helga.

La luz provenía de un conjunto de mariposas que habitaban el lugar. Las que estaban en los muros brillaban con distintos colores. Aleteando la luz se desvanecía y sus alas se volvían negras como obsidiana.

–¿Qué... es?

Las observó revoloteando y posando, dando vueltas. Era increíble, mágico... algo completamente nuevo.

Restregó sus ojos, incrédulo y agotado se sentó en el suelo, tratando de disfrutar la belleza del espectáculo, a pesar de que su corazón latía con dolor.

Al dejar su mochila en el suelo se dio cuenta de que las mariposas se estaban reuniendo en torno a ésta. La abrió y sacó de ahí las flores y los frutos del árbol.

Las mariposas se arremolinaban en torno a las flores, se posaban un momento y volvían a volar.

Sonrió.

Una mariposa se posó en su mano y la acercó a su rostro para observarla.

¿Cómo sobrevivían esas criaturas ahí? Tenían que salir en busca de alimento, ¿eran acaso como murciélagos? ¿Cómo serían sus ciclos? ¿Tendrían depredadores?

La mariposa voló lejos de él.

Contempló la cueva con atención. En un punto del techo notó que algunas mariposas desaparecían. Se acercó a revisar y había una pequeña abertura que probablemente les permitía entrar y salir. No era más ancho que un puño.

–Siempre creí... que de algún modo... podría... encontrarte aquí...

Murmuró, sentándose otra vez, dejando que el llanto escapara de sus ojos.

–Tenía la esperanza de verte otra vez...

Se recostó.

–Volver a tomar tu mano...

Una mariposa se posó en su nariz, la espantó con un soplido

–Y preguntarte si lograste escuchar que te amo...

Por horas miró el espectáculo frente a sus ojos, dejando el dolor, la tristeza, la culpa y la pena fluyeran fuera de él.

En la cueva solo se escuchaba el aleteo de las mariposas y su brillo era la única luz. El resto del lugar era silencio y oscuridad.

No sentía frío.

El cansancio en su cuerpo se había ido.

Y su corazón latía de tal forma que parecía ser atravesado por cientos de agujas.

–Siento mucho... no haber sido más rápido, más fuerte, más listo, más seguro...

Dijo de pronto.

–Si pudiera volver atrás y salvarte, lo haría

Se sentó otra vez.

–Helga... te juro... que haría lo que fuera por tener otra oportunidad...

Las mariposas estaban en el techo y en lugar de volar, caminaban, ordenadas, hacia el agujero que había visto. Como filas de luciérnagas.

Tomó su mochila y los frutos, dispuesto a regresar, pero al girar en la primera vuelta y avanzar sus pies se encontraron con agua. Agua que antes no estaba ahí.

Regresó y con cuidado cogió algunas de las mariposas intentando iluminar el lugar.

Nunca había notado la inclinación en el camino. Esa cámara estaba más alto que el resto.

La cueva se estaba llenando de agua. Por eso las mariposas escapaban. Y él estaba atrapado ahí.

¿El agua inundaría el lugar?

Cerró los ojos intentando pensar.

No podría salir, incluso si pudiera nadar en la oscuridad.

Tomó su mochila y se sentó a esperar lo inevitable.

Ya había jurado que aceptaría la respuesta que la cueva le diera y si esta era, que así fuera.

Miró sus cosas con decisión, repasando en su mente la lectura que sabía de memoria:

"Es necesario un ritual que para lograr comunicarse con los muertos. Pocos lo conocen y se relaciona con el consumo del fruto del árbol que sangra espinas."

También recordó lo que su madre le comentó: Ese fruto provocaba alucinaciones y uno entero era más que suficiente para provocar la muerte.

Arnold había tomado dos.

Los miró un instante.

El agua lo alcanzó y tuvo que ponerse de pie.

Las mariposas seguían caminando ordenadas, pero pronto desaparecerían.

Sostuvo las frutas en su mano.

–No conozco el ritual... no conozco las palabras exactas... pero sé... sé que Los Ojos Verdes honran a sus antepasados

El agua llegaba a sus rodillas.

–Honran a los muertos y a los Guardianes

El agua subía por sus muslos.

–Sé que los Espíritus Ancestrales siguen siendo parte de su cultura... y que es probable que mi sola presencia en este lugar sagrado se considere una profanación... pero ¿por qué tengo esos sueños? ¿Por qué siempre vuelvo a este lugar? ¿Por qué mi cuerpo conoce con detalle este camino?

El agua alcanzó su cintura.

–Dicen que mi madre estaba en trabajo de parto cuando un volcán entró en erupción... y que ésta se detuvo cuando nací. Si esta tierra alguna vez tuvo algo que ver conmigo... si tengo alguna conexión con este lugar... solo te pido que me dejes verla otra vez, contemplar sus ojos, ver su cabello... tomar su mano... y poder decirle que a pesar de todos estos años todavía la amo...

Mordió una de las frutas. Era en extremo dulce, empalagosa.

Estaba en completa oscuridad.

La mordió otra vez.

Su corazón se aceleró.

Comió el primer fruto por completo. Y de inmediato comió el otro.

Otra vez sus latidos aumentaron.

El agua llegaba a su pecho.

La corriente arrastraba barro, hojas, ramas y lianas. Podía sentirlas enredándose en sus piernas.

Su cuerpo se sentía adormecido.

El agua llegó a su cuello.

Cerró los ojos.

Era el final.

Su corazón siguió bombeando.

Entonces percibió un brillo tenue.

Abrió los ojos en el momento en que el agua lo cubrió.

Pudo ver su cabello rubio.

Helga lo abrazaba, llorando en su pecho.

Levantó su mano para acariciar su cabeza.

Ella levantó su rostro, mirándolo a los ojos y de inmediato lo besó.

Sus latidos dejaron de doler.

Arnold no podía estar más feliz.

Al fin se había reunido con Helga.