Disclaimer: Los personajes no me pertenecen a mí, sino a Sir Arthur Conan Doyle y a la BBC. Los utilizo simplemente con fin de entretenimiento y sin ánimo de lucro. Es puro entretenimiento.
Notas: Este fanfic participa en el Rally "The game is on!" del foro I am Sherlocked, para el equipo "El sabueso de Baskerville".
Advertencias: AU. John reportero. Sherlock naturalista. Johnlock.
Beta: Ertal77
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Tuvalu, Tuvalu…
Capitulo 4
7.
La luz de la luna se filtraba por una pequeña rendija e incidía directamente en sus doloridos ojos. Con mucha dificultad los abrió, esperando encontrarse solo en aquella húmeda habitación. Su cuerpo era reacio a responder, cada aspiración era motivo de un profundo dolor que no le permitía respirar con normalidad. Al principio le costó adaptarse a la baja iluminación, tan solo veía sombras, pero conforme los minutos avanzaban todo parecía más claro.
Giró el cuerpo hacia un lateral, con mucho cuidado de no gritar por el dolor, ya que no le apetecía que aquellos hombres regresaran tan pronto. Recordaba con añoranza el cajón superior de su mesita, allí en Londres, donde tenía su pequeña arma guardada, esa que por supuesto no tenía permiso para llevar a otro país, ¡cómo la echaba de menos!
Si tan solo aquel país tuviera una policía en condiciones, pero no, el cuerpo de policía no superaba la veintena de personas y una lancha costera, que cada día daba una vuelta por la reserva animal protegida. La mayoría simplemente se encargaba de pasear esperando que nada sucediera. Porque allí nunca nada sucedía. Por eso aquel era un lugar idílico como base de operaciones, para lo que fuera que esa gente hacía, porque entre preguntas y golpes no le había quedado nada claro.
Un ruido a su derecha lo alertó: no estaba solo allí. Arrastró su cuerpo como pudo para alcanzar el bulto del que había provenido aquel sonido, que ahora bien identificaba como un resoplido. Estiró con cuidado una tela para descubrir el rostro de aquel al que buscaba, por el que se había metido en todo aquel contratiempo.
—Ey— susurró mientras golpeaba ligeramente su rostro. No quería causarle más dolor del que por sí estaba claro que sufría. Tuvo que repetir la acción hasta tres veces para conseguir una mínima reacción de su parte. Abrió sus ojos y lo observó un instante antes de cerrarlos y susurrar unas palabras. John se tuvo que acercar mucho para entender qué era lo que decía: "no deberías estar aquí"—. Y tú tampoco. De hecho voy a hacer todo lo posible para sacarte de aquí…— John detuvo su frase mirando a su alrededor — …sea donde sea.
Con un gran esfuerzo se levantó. Necesitaba valorar su entorno, saber dónde estaban siendo retenidos. Lo último que recordaba antes de aparecer en aquella silla y ser interrogado, era seguir a aquel hombre de la lancha. Creía haber sido más sutil, pero cuando al voltear una esquina del puerto se encontró con tres hombres esperándolo comprobó que no había sido así. Recordaba que les sonrió e intentando disimular les dijo que si gustaban de salir en alguna de sus fotografías, que estaba haciendo un reportaje hermoso y que siempre daba gusto encontrarse allí con más turistas. Después de eso todo se volvió negro. Se pasó la mano por detrás de la cabeza, para descubrir que, efectivamente, alguien no había dudado en golpearlo allí de manera contundente. ¡Gracias a dios que provengo de una familia de cabezas duras!
Observó el exterior por las pequeñas rendijas de la pared. Parecía una choza, como su habitación, rodeada de agua y cuyas paredes no eran más que cañas finas y varias capas de brezo. Por lo que podía observar, fuera todo estaba en calma. Se aproximó a la única puerta de aquella estancia llena de cajas, ahora que podía ver mejor, parecía que se encontraban en una especie de almacén. La puerta estaba cerrada por fuera.
— ¡Oh dios! — exclamó al ver su mochila en un lateral de la puerta, luego se recriminó mentalmente por alzar la voz. Allí estaban sus cosas, menos su cámara — ¡Mierda!
Tomó de ella una cantimplora, el pan y una manzana antes de regresar junto al joven, que ahora parecía algo más despierto. Abrió la botella y la posó sobre sus labios con cuidado. Tenía un cardenal que los desfiguraba ligeramente y no puedo evitar resoplar airado, ¿qué escondían aquellos trogloditas? El hombre tomó un trago de agua, mientras John le instaba a beber, era como si por él fuera no lo haría.
— ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Te dieron comida o agua? —el chico negó con la cabeza. John se sentó a su lado, pasó un brazo por su espalda y lo alzó, recostándolo sobre su propio pecho—. Debes recuperarte o no podré sacarte de aquí.
Con mucha paciencia consiguió que comiera y bebiera, no mucho, pero lo suficiente. Y al terminar el joven recostó su cabeza sobre él. La presión que ejercía en su pecho le provocaba cierto nivel de dolor, aunque dudaba que en ese momento alguna parte de su cuerpo estuviera libre de esa sensación, pero era mucho más fuerte la necesidad de protegerlo, aunque no sabía el porqué.
—Ayer pasaron dos veces… dos hombres — comenzó como en un susurro, John intentaba mirarlo como si eso fuera a hacer que lo entendiera mejor. Cuando el hombre alzo su cabeza, prácticamente se rozaban. John no pudo evitar concentrarse en aquellos labios, que ya no recordaban a los que ayer había besado, levantó una mano y los rozó ligeramente, con pesar.
— ¿Ellos te hicieron esto?— la negativa en su rostro no le tranquilizo en absoluto. —Entonces, ¿quién?
— Moran.
— Mmmm… ¿Me dirás quién es para poder matarlo? — aquello provocó una pequeña sonrisa en aquellos magullados labios, una que mantuvo en el tiempo mientras asentía. — Me llamo John, por cierto.
—Sherlock.
Habían pasado unas horas desde que despertaran. Horas que John había invertido en retirar parte de la cubierta de brezo, en un lugar oculto de la vista por una gran caja: por allí esperaba poder salir al exterior. Aquellas paredes no eran una muralla después de todo. En ese tiempo, Sherlock había mejorado bastante, lo que daba a John esperanzas de poder sacarlo de allí.
Un ruido los alertó. Ambos regresaron exactamente a las posiciones donde los dejaron, acordaron hacerse los dormidos. Si todo ocurría como la noche anterior, aquellos hombres únicamente darían una vuelta y se marcharían. Tendrían entonces dos horas para alejarse amparados por la oscuridad de la noche.
La puerta se abrió lentamente y unos pasos hicieron crujir el suelo. La persona que estaba produciendo aquel sonido en la dura madera debía de ser enorme.
— ¿Cómo está la muñequita? — una voz cantarina lo inundó todo y un sonido sordo llegó hasta los oídos de John — Uhm… ¡Nah! Da pena. Así no es divertido, ¡Moran! ¡Despiértalo! — La risa que acompañó aquello hizo que John prácticamente saltara, pero ¿qué podía hacer él?, si al menos tuviera su arma… Cerró con fuerza los puños intentando controlarse. Sin duda había sido un error esperar.
Un gran golpe seguido de un alarido, provocó que aquella risa volviera a sonar, la odiaba, lo mataría sin dudar a dudas.
—No debiste seguirnos hasta aquí. Este no es lugar para alguien como tú, Sherlock.
—Víctor.
—Víctor, Víctor… lloriqueando como siempre—. Aquel hombre hizo un sonido exasperado antes de continuar—. Trevor hace mucho que murió, ¿no puedes olvidarte de eso?— Un largo silencio siguió a aquellas palabras— ¡Nah!, supongo que no. En fin, fue agradable verte de nuevo, aunque sinceramente das pena, ¿Moran?
— ¡Señor! —Aquella voz gruesa seguramente pertenecía al hombre más grande.
— Mis órdenes. No fueron cumplidas. Y ya sabes que eso no me gusta — la modulación de la voz era tan cambiante en cada una de esas frases que John tuvo por seguro que aquel hombre rayaba la locura — ¡Encárgate de eliminar a quien hizo esto! Sabes perfectamente lo que me divierte esta lucha sin sentido—. Una risa histérica le puso los pelos de punta—. Mis viajes ya no serían lo mismo sin Sherlock apareciendo en cada lado—. Unos pasos se acercaron a John— ¿Y este?
—Un reportero medioambiental. Nadie importante.
Un hombre abrió la puerta en ese momento e informó que todo estaba listo.
—Perfección… Moran, encárgate de que les dejen algo de comida antes de que nos vayamos—. La voz se había alejado como si hubiera salido por la puerta. El simple hecho de tener a aquel sujeto más lejos hizo que John se tranquilizara.
Pasaron unos minutos en los que John sentía que seguían acompañados. ¿Qué estaba pasando?
— Estoy harto de ti Sherlock, siempre Sherlock—. Un nuevo golpe unido a un lamento — ¿Qué verá en ti? — Una risa débil se dejó escuchar.
— ¿Celoso, Moran? Claro que lo estás, es tan obvio que das lástima—. Un gruñido fue la única respuesta que tuvo la débil intervención de Sherlock.
Los pasos se alejaron hacia la puerta, donde un hombre recibió unas instrucciones que para nada eran las ordenadas por aquel extraño líder. Muy al contrario, las órdenes silenciosas fueron que en cuanto abandonaran el lugar, los eliminaran.
Nada más oír cerrar la puerta John saltó junto a Sherlock, tomó su cabeza entre las manos y le obligó a mirarlo. Un pequeño reguero de sangre caía desde su nariz, uno que no le dolió tanto de ver como aquellas pequeñas lágrimas que lo hacían desde los ojos—. Dime que puedes andar, dime al menos que lo intentarás —. No esperó a obtener respuesta, simplemente lo arrastró por el suelo hasta donde estaba la abertura, no pesaba demasiado.
Terminó de abrir el hueco necesario y salió arrastrándose. Se detuvo un segundo a escuchar. Una gran algarabía llegaba hasta él, pero desde un punto alejado del que la choza les hacía de paraban. Parecía que estaba de verdad todo el mundo y aprovecharían aquello para simplemente desaparecer. No podía esperar más.
Metió la cabeza, tomó a Sherlock por las manos y le ayudó a salir. Luego lo dejó caer sigilosamente en el agua, pasos que él también siguió. Sherlock se dejaba hacer. John con cuidado pasó un brazo por su pecho y, asegurándose de que no tragara agua, comenzó a alejarse. Únicamente rezando por no ser descubiertos, ni por los hombres ni por ningún otro ser viviente del agua. Debían ir lo más lejos posible de aquellos y ni siquiera sabía en cuál de las nueve islas estaban.
8.
Habían conseguido llegar lejos. El que comenzara a llover intensamente sin duda fue un punto a su favor. Nadie pudo verlos, nadie pudo oírlos. La vegetación de aquella isla era densa. John había conseguido hacer una especie de refugio con grandes hojas para que no les cayera el agua libremente encima, dentro del cual mantenía a Sherlock contra su cuerpo. Hacía tiempo que se quedó dormido y esperaba que su temperatura corporal no cayera mucho o enfermaría.
Paseaba distraídamente los dedos por su cabello, pensando en todo lo que había ocurrido, pensando en donde estarían, y en donde conseguir un bote privado que los regresara a la isla de Funafuti, ya que por nada del mundo se atrevería a ir en el ferry. El día siguiente era martes y pensaba tomar ese avión de vuelta a Nadi. Ahora mismo la idea de aquel destartalado aparato que surcaba con valentía el cielo se le hacía de lo más aceptable.
—Gracias, John.
—¡Estás despierto! ¿Cómo te encuentras? ¿Te duele algo?
—Todo.
—Si bueno, pregunta tonta, lo lamento —. Ambos se quedaron mirando sonriendo dulcemente. John se sentía afortunado de haber sacado de allí a Sherlock, pero debía saber— ¿me lo contarás?
—Hace tres años que mi vida se cruzó con ellos —. La voz de Sherlock estaba matizada de un profundo dolor —, bueno más bien la de mi amigo, Víctor Trevor. Él era un gran activista medioambiental, magnífico en todas y cada una de las aportaciones que hacía a la causa. Alguien con grandes ideas, con grandes sueños… Una gran mente que el mundo se perdió por culpa de Moriarty y su red.
— ¿Por eso lo persigues? Quieres vengar a tu "amigo"—. John mordió la palabra sin ni siquiera ser consciente de ello.
—No es lo que piensas.
—Bueno, realmente no importa lo que yo piense —. John miraba a cualquier lado menos a esos ojos que lo analizaban, no quería mostrar ese dolorcito que se le había instalado en el pecho.
—Claro que sí importa. Intento reunir pruebas para desmantelar su red, la que un principio consideré que únicamente abarcaba la caza ilegal ahora es algo más extenso, narcotráfico, robo de antigüedades, asesinatos… hacen prácticamente de todo, requieres de algo y ellos simplemente te lo consiguen a un módico precio. Alguien tiene que detenerlos.
—Esa no es lucha para un hombre en solitario.
— No, no lo es—. Sherlock regresó a su posición, con la cabeza apoyada en el pecho de John. Escuchar su corazón latir, ahora con más fuerza, le hacía sentir menos solitario. Aunque solo fuera por unas horas—. Gracias.
—No hay de qué, Sherlock — dijo mientras depositaba suavemente un beso en su cabeza. Por un momento se permitió pensar en que siempre lo tendría así, entre sus brazos. Hacía unos días era un completo desconocido. Hacía unas horas ni siquiera sabía su nombre. Ahora deseaba tenerlo por siempre bajo su cuidado.
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N/A: Gracias a los que siguen esta historia, soy muy feliz de saber que están ahí y les gusta.
Un abrazo especial a Ertal77 por su trabajo de beteo, gracias querida.
Esta historia es para un Rally del foro I am Sherlocked y el tiempo se me acaba, por lo que solo quedará un epílogo, espero sea de su agrado.
Besos, Lord.
