–¡Arnold, cuidado!
Las palabras se perdieron entre el ruido. Golpes. Metal torcido. Vidrios rotos.
–Helga, por favor, responde...
Arnold se estiró para tomar su mano.
–Vamos a estar bien...
El dolor era demasiado.
–Helga... no vayas a dejarme...
Gritos. Luces parpadeantes.
Un ruido en sus oídos que apagó todo lo demás.
El tiempo se había detenido.
La mano de Arnold se apretó en torno a la de Helga.
–Te amo...
–¡Arnold!
Fue lo primero que dijo al despertar. Miró alrededor. Estaba en una camilla. Personal médico la rodeaba. El techo se movía.
No, no era el techo. Podía escuchar las ruedas y los pasos a prisa. La llevaban a algún lugar.
–¿Puede recordar su nombre? – dijo una mujer.
–Soy Helga... ¿Dónde está Arnold?
–¿Quién es Arnold?
–Estaba conmigo en el accidente...
–Debe ser el paciente en la otra ambulancia – dijo alguien más–. El reporte indicaba dos heridos...
Arnold...
–Tengo que encontrarlo ¿dónde está? – repitió Helga.
Estaba mareada. Las luces pasando sobre ella... no, ella pasando bajo las luces, era extraño.
Cerró los ojos.
–Arnold...
–Lo buscaremos más tarde, ahora necesitamos estabilizarla y detener la hemorragia, ha perdido mucha sangre
Las lágrimas escaparon.
No... no... no...
Pasaron una puerta.
Podía sentir la sangre, no podía ubicar la herida.
Al crecer como una Pataki el dolor no era algo nuevo en la vida de Helga, tanto el físico, porque pasaba metiéndose en peleas, como el emocional. Esto... esto era diferente, era insoportable. El temor que tuvo cuando hablaba con Arnold antes del accidente, fue reemplazado por el de la posibilidad de perderlo.
No ahora... por favor... ni siquiera pude decirle...
Un espasmo doloroso recorrió su cuerpo.
Si era el fin, tal vez... tal vez era mejor que no le hubiera dicho a nadie, lo último que necesitaba era condescendencia.
Médicos y enfermeras. Un objeto filoso se había enterrado de algún modo en su pierna. Suero, preguntas, respuestas, exámenes, una transfusión, algunos cuantos puntos por aquí y por allá.
–Bueno... todos sus exámenes están en orden
–Entonces yo...
–Estará bien, solo necesita descansar y cuidar su herida hasta que sane.
– Tengo que saber... ¿Dónde está Arnold?
La mujer asintió y revisó las fichas. Envió algunos mensajes y esperó que su teléfono vibrara.
–En cirugía – respondió.
–¿Es muy grave?
–Si todo sale bien, despertará en unas horas. Los médicos están haciendo todo lo posible...
–¿Cuáles son las probabilidades de que salga bien?
–... no lo sé...
–Oh, si lo sabe, para eso estudian... dígame
–Pero
–¿Cuáles? – repitió, fría, molesta.
–Veinte por ciento
Helga sonrió.
–Estará bien
–Eso espero
–Yo lo sé. Lo conozco de toda la maldita vida. Si él tuviera una chance en un millón de salir triunfal de algo, se aferraría a esa opción. Es la persona más optimista que existe... es a la única persona a quien he amado... y sé... sé que jamás me abandonaría...
La enfermera notó las lágrimas y le ofreció un pañuelo. Iba a darle un poco de espacio, pero Helga la detuvo. Le pidió que informara a su familia y le dictó de memoria la información de contacto. Luego la dejó ir.
Cuando se quedó a solas, se acurrucó en posición fetal, abrazándose a sí misma con las manos sobre su estómago. Una cortina era lo único que la separaba de otros pacientes.
¿Qué había salido mal ese día? Trató de recordarlo. ¿Qué había pasado esa mañana?
Salió a prisa porque se había dormido y olvidó peinarse, lo que le valió un par de bromas de sus compañeros, lo que la incomodó, aunque Arnold le hubiera dicho que le encantaba como se veía con el cabello suelto.
Una sensación de vértigo la obligó a cerrar los ojos.
Desde hacía varios días que se sentía mal, pésimo, horrible. Su humor era el peor que pudiera recordar en años y no sabía cómo arreglarlo. Por más que se propusiera estar bien y no reaccionar como la idiota de siempre, todo, absolutamente todo la irritaba. Lo peor es que no podía ocultárselo a Arnold. Incluso alguien tan distraído y optimista como él tenía que saber que algo pasaba.
Y es tu culpa...
Deseó estrangularlo cuando él propuso un plan para ese fin de semana. Pero en lugar de eso, aceptó. El desgraciado tenía esa mirada con la que podía obtener lo que quisiera de ella. ¡Tenía que hacerlo a propósito!
Se convenció a sí misma de que tal vez era lo que necesitaba para calmar sus nervios, que quizá durante esos días juntaría la fortaleza suficiente para decirle lo que escondía.
–Veré si está despierta... – escuchó la voz de la enfermera con la que había hablado.
Los pasos se acercaron y apartaron suavemente la cortina.
–Tienes visitas... – dijo en un susurro –, ¿quieres verlos?
Helga limpió su rostro y asintió, sentándose en la cama.
–Gracias por tu consideración – dijo.
La enfermera sonrió y se alejó.
Más pasos. La cortina volvió a moverse.
Los ojos preocupados sobre ella, hicieron todo más doloroso.
–Helga, querida, ¿cómo te sientes? – preguntó Stella.
–¿Te han tratado bien? – añadió Miles.
Ella asintió. Se había roto un brazo, el cual ya estaba enyesado. Y su herida más profunda ya no sangraba. Había necesitado una transfusión y ahora estaba conectada a un suero, pero estaría bien.
Los padres de Arnold la abrazaron con afecto genuino.
–¿Han...? – Tuvo que tomar aire y volver a intentarlo, porque su voz se quebraba. – ¿Han sabido algo de Arnold?
–Sigue en cirugía, querida
Al verlos a los ojos todo se hizo horriblemente real. Otra vez el llanto se apoderó de ella.
–Fue mi culpa – dijo entre lágrimas.
–No, querida – respondió Stella –. No fue tu culpa...
–Si no hubiéramos discutido... él... él...
–No fue tu culpa, linda – Stella le pasó un pañuelo y le sonrió –. Los accidentes pasan...
–Pero...
–Ni una palabra más sobre esto. Mi hijo estará bien... y tú también. Y cuando salgan de aquí, los dos estarán con nosotros para que podamos cuidarlos...
–Pero...
–Sin peros, señorita
–Sí, "mamá" Stella – dijo Helga, refunfuñando, pero tranquila.
Miles sonrió.
–Helga, ¿ya te dejaron comer algo? – dijo él.
–No he probado ni un bocado... – admitió la chica – Aunque no tengo mucha hambre
–Le preguntaré a la enfermera si puedes comer... y te traeré alguna golosina de las maquinitas
Stella y Helga intercambiaron una mirada y sonrieron.
–Gracias – contestó la rubia.
Miles salió del cuarto para cumplir su misión.
–Linda... – dijo casi de inmediato Stella – ¿Qué pasó? ¿Por qué discutían?
Helga... ¿acaso quieres... dejarme?
–Nada importante, estúpidas peleas de pareja...
–Helga...
–En verdad ya no importa
–¿Por qué será que no te creo?
La chica la miró. Stella no estaba enfadada con ella, solo preocupada. Dioses, la familia de Arnold se había convertido en su (segunda) familia desde que volvieron de San Lorenzo, la acogieron y cuidaron incluso antes de saber que estaban juntos. Llegó a pasar tanto tiempo en la casa de Huéspedes que bromeaban con dejarle una habitación. Stella ya conocía bien su carácter y de alguna extraña forma lograba entenderla. Distinguía cuando era sincera y al mimo tiempo era comprensiva cuando necesitaba tiempo.
–He estado... – Helga cerró los ojos y se abrazó a sí misma –. Hace un tiempo que no me siento bien, estoy cansada y me siento enferma. En lugar de hablarlo he intentado mantener a Arnold fuera de mis problemas, como la tonta que soy
–Helga...
–No me digas que no lo soy, porque lo soy. Sé que debí decirle antes y sólo alargué esto al punto en que él sacó sus propias conclusiones. Discutimos por eso. Parece que nunca aprendo. Yo lo siento...
–Querida, si no te has sentido bien ¿por qué no se lo has dicho?
–Lo intenté, es sólo... que me asusta... tengo miedo
–¿De qué?
La más joven negó, apretando mucho los párpados.
–Lo siento, Stella, pero esto es entre Arnold y yo. Prometo que te lo explicaré luego...
La mujer la miró un segundo y asintió, tomándole la mano. En ese minuto Helga se sintió como una niña asustada, confundida y necesitada de afecto. La abrazó y Stella le acaricio la cabeza, tarareando una canción muy muy despacio.
Miles regresó a los quince minutos con un montón de golosinas. Helga escogió las dos que eran sus favoritas y comió con lentitud. Más tarde Stella fue a buscar información sobre su hijo. Saldría de cirugía pronto y lo llevarían a la sala de recuperación. Así que regresó con Helga y le preguntó si quería ir a verlo.
–¡Por supuesto que sí! – dijo ella, intentando levantarse.
Necesitó que le llevaran una silla de ruedas, pero al menos le quitaron el suero. Los tres fueron a la sala donde estaba Arnold y al entrar vieron que él seguía conectado a un montón de lectores, cables y una bolsa que goteaba lentamente. Helga no entendía y no sabía para qué eran, pero temía que fueran lo que lo mantenía vivo.
Otro vuelco en su pecho, mientras un par de médicos charlaban y una enfermera anotaba algo en una hoja. Los tres profesionales saludaron a la familia.
–Asumo que son los Shortman – comentó una de las mujeres con bata, parecía ser la mayor.
Miles y Stella asintieron.
–¿Cómo está Arnold? – preguntó Helga.
–La cirugía fue un éxito – dijo la mujer con una sonrisa – Debería despertar dentro de la próxima hora. Cuando lo haga, es probable que se confunda y que algunas cosas parezcan incoherentes o sin sentido... – añadió revisando sus notas – con el tiempo eso pasará. También es posible que no recuerde el accidente. A veces los recuerdos vuelven de golpe, otras veces poco a poco y algunas veces no regresan, varía de persona en persona...
–Gracias – dijeron los padres de Arnold.
Helga no dejaba de mirar a su amado en la cama.
–Si despierta, presionen el botón junto a la cama y alguien del equipo vendrá de inmediato
Asintieron mientras los profesionales se retiraban.
Pasó una hora y la puerta de la habitación se abrió otra vez.
–¡Hermanita! – dijo una voz preocupada, justo antes de abrazarla.
–Olga, suéltame, estoy convaleciente
–Lo siento... – añadió, arrodillándose frente a ella y mirándola con los ojos llorosos.
–Estoy bien, en serio, solo tuve algunos rasguños... y algunos puntos... y tendré una nueva cicatriz genial en unas cuantas semanas... no fue nada grave... – miró a Arnold – No para mí... y Arnold... Arnold estará bien – no pudo evitar un puchero –. Sé que estará bien
Olga volvió a abrazarla.
–¡Eres tan fuerte!
Por suerte los padres de Arnold apartaron a Olga y lograron calmarla antes que siguiera la escena. Luego los cuatro charlaron, alternando la atención entre las máquinas y el rostro impacible del rubio.
Por favor... despierta...
Otra hora pasó y acabó el horario de visitas.
Una enfermera intentó convencer a Helga de ir a descansar a su habitación.
–No... – miraba a Arnold – dijeron que despertaría...
–Necesita descansar
–Helga, hazle caso – dijo Stella, seria.
–Pero...
–Tienes que confiar en el personal del hospital ¿está bien?
Helga apretó los dientes y asintió.
La llevaron de regreso a su habitación y la ayudaron a subir a la cama. Cerraron las cortinas para darle privacidad y se retiraron. Logró escuchar que los padres de Arnold le ofrecían a Olga llevarla a casa.
Se hizo un ovillo en la cama. Tenía mucho frío, aunque era verano.
Llevaba tanto tiempo durmiendo con él, que no le tomó nada darse cuenta de cuánto extrañaba sentirlo a su lado.
Maldición, Arnold... tienes que despertar... prometiste estar siempre conmigo...
Miró el anillo en su mano izquierda.
No pudo dormir. Seguía repasando ese día.
Al llegar del trabajo, notó que él tenía el almuerzo listo. Era algo delicioso. Seguía cocinando lo que a ella se le antojara, aunque él llevaba años desde que había elegido una alimentación "más ética y acorde a sus principios".
Pasos suaves se acercaron a la cocina.
–Llegas temprano – dijo Arnold, con su entusiasmo habitual.
–Sí, había un cumpleaños en el trabajo, así que salimos antes – contestó con desprecio.
–¿Y no quisiste ir?
–Ni loca – Helga se dejó caer en una silla, mientras Arnold servía la comida–, ya es suficiente soportar a esos idiotas toda la semana, como para hacerlo también en mi tiempo libre. Además, prefiero mil veces almorzar contigo
–¿Tienes mucha hambre?
–Algo ¿por qué?
Arnold se acercó a ella, abrazándola por la espalda y apartó su largo cabello para besar su cuello.
–Porque... –dijo él, subiendo poco a poco hasta su oído – pensaba que podríamos disfrutar un postre...
El cosquilleo cálido se deslizó por su cuerpo y ella cerró los ojos, sintiendo la presión del aire que subía, para escapar como un suave quejido.
La húmeda respiración en su oreja, sus dedos entre su cabello, la calidez de su cuerpo cerca.
Y el estúpido teléfono tenía que interrumpir.
Arnold sacó su móvil de su bolsillo, dispuesto a colgar.
–Lo siento, Helga, es importante, tengo que contestar
El chico se alejó, hablando con seriedad.
–Estúpido cabeza de balón con su estúpido trabajo ¡Acaso su jefe no entiende el concepto de un viernes!
Subió un codo a la mesa, mientras apoyaba su mejilla en su mano, mirando hacia la sala, donde Arnold caminaba de un lado a otro contestando preguntas y coordinando cosas.
Si hubiera llevado un traje formal, parecería un serio hombre de negocios.
Y te ves tan atractivo con traje que...
Negó, apartando esos pensamientos de su mente.
Suspiró y volvió a mirarlo. El chico se quedó de pie dándole la espalda.
–Tan profesional, tan seguro, tan firme, tan claro ¡Oh, amado mío! Si supieras como te admiro. ¡Pero cómo es posible que me dejes así! Ya verás, esto amerita venganza... aunque... oh ¿Qué culpa tiene de trabajar rodeado de incompetentes el pobrecito?
Cuando Arnold regresó Helga ya estaba comiendo.
–Perdiste tu oportunidad, cabeza de balón – dijo ella.
El chico sonrió justo después de dejar escapar un suspiro de resignación.
Le contó que tenía todo listo para el viaje, empacó todo lo que necesitarían para ese fin de semana de relajo, incluso preparó una lista de reproducción para el camino. Helga lo escuchó con atención.
Estúpido cabeza de balón, ¿Cómo puedes ser tan considerado? Todos estos días te he tratado horriblemente y tú... tú solo... Tan ingenuo, tan dulce, tan amable, ¡Cómo te desprecio! Y sin embargo... oh, Arnold...
–Cómo te amo... – murmuró.
–¿Dijiste algo, Helga? – dijo él, terminando de lavar los platos.
–Q-que a qué hora nos vamos
–Falta que empaques tu ropa, no quise elegir algo por ti
–Sabes que siempre uso lo mismo – respondió ella, poniéndose de pie con pereza.
–No siempre – dijo él, alzando una ceja, con una sonrisa traviesa – Y especialmente no las noches que nos quedamos fuera...
–No usar nada no cuenta – respondió ella sin perder el ritmo.
Estuvo conforme cuando lo vio sonrojar. Entonces le dio la espalda y se dirigió al dormitorio para preparar sus cosas. Tomó su bolso del gimnasio y lo vació sobre la cama para guardar ahí lo que llevaría al viaje.
Oh, rayos... ¿tendría que cancelar su suscripción al gimnasio? Bueno, Helga, eso es problema para la tú del lunes...
Guardó rápido la ropa que necesitaría, incluyendo su traje de baño. Luego se sentó en la cama. Con un bufido molesto abrió el cajón de su velador y tras mover algunas cosas sacó el sobre y la caja que había escondido hacía algunos días. Definitivamente confrontaría a Arnold en la playa, esa misma noche o tal vez a la siguiente.
Cerró los ojos un momento. Estaba cansada, asustada, enojada, todo a la vez.
–¿Por qué ahora? – se decía.
Bueno, no es que fuera del todo una sorpresa, pero justo ahora que Arnold acaba de cambiarse a un nuevo empleo y las cosas todavía no se estabilizaban. Ganaba un poco menos que antes, aunque existía la posibilidad de que ganara más en el futuro. Pero lo más importante era que se trataba de un trabajo que lo hacía realmente feliz. Y fue ella quien lo empujó a tomar esa oportunidad. Podía hacer horas extra como loca y pelear para obtener mejores proyectos, pero el agotamiento le iba a pasar la cuenta pronto, si es que no lo estaba haciendo ya. Y, claro, al final sería él quien pagaría las consecuencias.
Se acercó a la puerta y notó que Arnold seguía ocupado en la cocina. Con rapidez se quitó la ropa que había llevado al trabajo y se puso un cómodo vestido rosa. Después de acomodarlo sacó su relicario y lo abrió.
Era más pequeño, con un diseño delicado, algo apropiado para usar a diario. Se lo había dado Arnold en su primer aniversario... bueno, el nuevo aniversario.
El anillo en su mano brilló. Ella lo miró, dando otro suspiro, recordando el momento en que Arnold colocó ese anillo en su dedo.
La foto que tenía el relicario era de ese día. Ella escribió sus propios votos, porque se negaba a declararle palabras que no salieran de su alma.
Años de amor leal y obsesivo eran prueba más que suficiente de que le sería fiel...
Y sabía que lo amaría cada segundo, cada hora, hasta el final de sus días. Amarlo era fácil, respetarlo, ya veremos... porque a veces San Arnoldo podía sacar de quicio a cualquiera.
Se sentó en la cama, sin dejar de mirar la sonrisa de su amado.
Las cosas que dijo él... de cómo estaba dispuesto a hacer todo por hacerla feliz, cuidarla, protegerla, amarla, con cada latido y cada aliento. De cómo era afortunado de que su rostro fuera lo primero que viera cada mañana y de poder abrazarla cada noche al ir a dormir...
–Tan cursi... y tan dulce... oh amado mío...
Escuchó pasos y por hábito escondió su relicario.
Supo que él lo notó porque dejó escapar una risita.
–¿Sabes que adoro que sigas haciendo eso?
–No sé de qué hablas – respondió ella, evadiendo su mirada.
–Lo que tú digas, Helga – dijo alzando una ceja mientras sonreía.
Se acercó.
–Te ves hermosa...
La abrazó para besarla.
Helga miró de reojo su bolso abierto. El pánico creció en su pecho.
–¡Arnold, espera! – lo apartó al tiempo que se ponía de pie.
–Helga, ¿h-hice algo malo?
–No. Estoy nerviosa... por... el viaje...
–No tenemos que ir si no quiere
–Iremos, se me pasará en el camino
–Pero...
–Necesito unos minutos a solas, te alcanzo en el auto
–Lo que tú digas, Helga – repitió, esta vez con un tono triste.
Lo vio salir con un aire decaído. La culpa dolía. Era consciente de su actuar impulsivo, pero se sintió acorralada. No quería tener esa conversación, no estaba preparada.
Metió un par de cosas más en su bolso y luego de revisar que todo estuviera en orden, fue hasta la entrada y subió al auto.
El motor arrancó y unos diez minutos más tarde estaban en la carretera.
–¿Te echaste bloqueador? – dijo Arnold de pronto.
–Rayos, sabía que olvidaba algo
–Hay uno en la guantera. Ocúpalo
–Lo haré cuando lleguemos
–Te dará el sol en el camino, así que...
–No puede ser tan malo...
–Helga, siempre dices eso y al final terminas quemada y quejándote. Es por tu bien
–¿Quién te nombró encargado de la seguridad dermatológica?
–Ese rol viene con el anillo y las promesas frente a un altar... – respondió él, con su sonrisa de siempre.
–Uf, está bien. Usaré tu estúpido bloqueador
Buscó en la guantera y se sorprendió de encontrar una botella del único bloqueador que le gustaba, uno que no dejaba manchas blancas, era suave y olía bien.
–Idiota – dijo, mientras abría la tapa.
¿cómo podía ser que él se preocupara hasta por esas cosas? ¿Acaso ya se había dado cuenta? No, no, no, no podía ser, ella apenas estaba asimilando todo eso y su amado Arnoldo era infinitamente más despistado. Solamente era su absurda amabilidad de siempre.
Helga aplicó el bloqueador con cuidado en su piel expuesta.
–¿Contento?
–Sí
Arnold volvió a sonreír y ella sintió el rubor en sus mejillas.
Lo miró con atención, sabiendo que los ojos de él estaban en el camino. El viento movía su cabello y su piel estaba ligeramente bronceada. Claro, el verano estaba por acabar y él insistía en ejercitar al aire libre cada mañana, después de dejarla en el trabajo.
Pasaron algunas señales. Llegarían a la playa en una hora. La música era agradable.
–Helga... ¿recuerdas ese paseo que tuvimos en sexto grado? – dijo él, de pronto.
–Tuvimos varios paseos en sexto grado y eso fue hace años, así que tienes que ser un poco más específico si quieres hablar de algo...
–Cuando fuimos al museo ferroviario
–Oh, claro que lo recuerdo... ¿Cómo podría olvidarlo? Fue... fue la primera vez que dijiste que me amabas
Arnold sonrió, mirando la carretera. Luego su mirada se entristeció.
–También... ese día tuvimos una discusión...
–¿En serio? – dijo ella –¿Qué hiciste para hacerme enfadar?
–Te enfadaste porque yo estaba contento cuando el señor Simmons nos asignó como pareja para la excursión. Nos quedamos atrás... y dijiste... dijiste que si seguía actuando así toda la clase se daría cuenta. Dijiste que así las cosas no funcionarían y que era un problema
–¿En verdad dije eso?
–Algo así... al menos eso si lo recuerdo... y por un segundo en verdad pensé... – Arnold tomó aire y sus ojos se volvieron tristes. – pensé que romperías conmigo
–¿Por qué haría eso?
–No lo sé, Helga, sólo creí que pasaría...
–¿Por qué estás pensando...?
Entonces ella comprendió. Su forma de actuar lo estaba poniendo contra las cuerdas otra vez y él no tenía idea por todo lo que ella estaba pasando. Solo veía sus reacciones, sufría las consecuencias...
–Lo recordé, porque últimamente me siento como ese día. Siento que estás enfadada conmigo – dijo él, confirmando sus sospechas.
–Despierta, Arnoldo – trató de bromear –, SIEMPRE estoy enfadada
–No es cierto. Siempre FINGES estar enfadada, pero últimamente de verdad lo estás. Tengo la sensación de que me evitas... que escondes algo...
Helga lo miró un segundo. Odiaba que tras todos esos años juntos él hubiera aprendido a leerla y que sus máscaras se volvieron transparentes para él.
–Helga... ¿acaso quieres... dejarme?
Ella sintió el dolor en sus palabras.
–¿Qué te hace pensar que...?
–Sé que las cosas no han estado bien y que tuviste que hacerte cargo de muchas cosas cuando cambié de trabajo. Sé que es agotador y que debes estar cansada de todo esto –dijo con prisa –, pero sé que es temporal, sé que podemos solucionarlo. Puedo ser el hombre que necesitas a tu lado, Helga, no solo... a quien sigues amando por costumbre...
–Arnold... yo no...
–¿No qué?
–No es por costumbre, no eres un hábito y NO pienso dejarte – levantó su mano izquierda hacia su rostro – Métete en la cabeza que la única forma en que te librarás de mí es cuando muera...
–¡Helga!
–Ok, no fue gracioso – apretó los dientes, frustrada –. Sé que las cosas no están bien, rayos, las últimas semanas han sido terribles, pero si algo has tenido siempre es tu estúpido optimismo
Un giro a la izquierda...
–Hasta mi optimismo tiene límites, Helga. ¿Qué quieres que crea si todo el tiempo me rechazas? Actúas como si no me quisieras cerca, como si... si te diera asco...
Asco
–No... no ha sido mi intención – ella volteó, mirando por la ventana – Yo... no... no es eso...
–¿Entonces qué es? ¿Acaso... acaso te arrepientes de habernos casado?
Un giro a la derecha...
–¡Eso nunca! – Helga sintió su corazón latir con fuerza. Dolía. Sabía que él debía sentirse igual y que todo era su culpa.
–Entonces dime de una vez...
Abrió la boca, pero las palabras no salieron. Otra vez los malditos latidos, tan rápido, tan fuerte, que juraba que él podría escucharlos. Un pitido en sus oídos. Las manos le temblaban.
Arnold tenía razón. Las cosas no iban bien últimamente y ella solo lo empeoraba.
–Por favor, di algo – dijo él.
La tristeza en su voz dolía.
–No puedo
Otro giro a la derecha...
–¿Por qué no?
–¡Porque no puedo! ¿Está bien?
–Helga, no puedo adivinar lo que te pasa todo el tiempo... es extenuante
–¡No tienes por qué adivinarlo! Solo... no estoy preparada... por favor, necesito algo de tiempo...
Un giro a la izquierda...
–¿Tan grave es?
El ruido de un golpe y ruedas derrapando en el pavimento. Helga apenas logró mirar hacia el lado del conductor.
–¡Arnold, cuidado!
La última palabra se confundió con el fuerte impacto que los sacó de la carretera activando los airbags.
Helga notó con horror y miedo en su pecho como el auto giraba, rebotando una y otra vez, primero contra el asfalto, luego en tierra. Escuchaba el ruido del metal aplastándose, los golpes de los objetos en la cajuela, los vidrios rotos. Hasta que el auto dio un último balanceo y se detuvo.
No se atrevía a abrir los ojos. Permaneció inmóvil, abrazándose a sí misma.
–He-Helga... por favor... responde
Sintió que Arnold sujetaba su mano.
–Vamos a estar bien...
Ella apenas respiraba. No era capaz de moverse. Sentía la sangre escurriendo por su muslo. Era bastante. No podía reconocer la herida y tenía miedo de averiguarlo.
Escuchó un quejido de Arnold, el ruido del broche del cinturón, pero no logró soltarlo.
–Helga... no vayas a dejarme...
Gritos. Otros autos.
Un pitido en sus oídos.
El tiempo pasaba lento.
Todo le dolía. Sentía la presión del asiento, la mano de Arnold.
–Te amo...
No podía responder. Su cuerpo no le obedecía. Dolor. Sangre. Un espasmo. Más sangre.
–¡Rápido! ¡Por aquí!
Ruidos de metal torcido y vidrio cayendo. Alguien la giró, examinando sus ojos con una linterna. Seguía sin poder moverse.
Le quitaron el cinturón y la sacaron del auto.
–¡Hay que estabilizarla!
Luces parpadeantes. Sirenas. Instrucciones.
Una presión dolorosa en su pierna.
No pudo gritar.
Una máquina cortaba la puerta del lado de Arnold. ¿Por qué no podían sacarlo por donde la sacaron a ella?
Tenía los ojos abiertos. Sabía que le hablaban, no podía responder.
Arnold reacciona...
Un paramédico se interpuso en su visión. Quiso apartarlo, pero su cuerpo no obedeció.
Frío.
Voces indistinguibles.
Parpadeo.
Luces parpadeantes.
Movimiento.
Puertas cerradas.
Oscuridad.
Al día siguiente Miles y Stella la encontraron junto a Arnold. Helga se instaló ahí en cuanto se lo permitieron.
–Arnold... mi amado... no se te ocurra dejarme... – susurraba ella, acariciando su mano.
Pasaron toda la mañana acompañándolo.
Una enfermera le recordó a Helga que tenía que comer, Miles la arrastró hasta el comedor del hospital, prometiendo comprarle lo que quisiera. Stella dijo que iría a hablar con alguien.
Tres pudines de tapioca después Helga regresó a la sala donde estaba Arnold.
–Helga, querida... – dijo su suegra cuando regresó.
–Se pondrá bien, ¿cierto? Solo... está tomando más tiempo de lo normal
–Los médicos no saben bien lo que pasó... pero luego de explicarles nuestra historia, creen que habernos expuesto a la enfermedad del sueño antes de su concepción o tal vez que ustedes se expusieran cuando fueron a la aldea... influyó en cierto modo... en cómo reaccionó a la anestesia...
–¿Eso piensan?
–Tendrían que hacer algunas pruebas, pero hasta el momento todas sus lecturas están bien, respondió bien a la cirugía, así que simplemente está...
–Dormido
–Exacto...
–¿Entonces le ayudaría lo mismo que sirvió en la aldea?
–Supongo que sí, pero podría tardar semanas en conseguir los suministros para preparar el remedio... y no es seguro...
–Es una opción... por favor, Stella...
–Ya hice las llamadas, querida, sólo quiero que sepas que esto podría tomar tiempo.
Helga miró a Arnold. Con esfuerzo se levantó de la silla y se acercó a darle un beso en los labios.
–Por supuesto que no va a funcionar... no es un estúpido cuento de hadas... – dijo con una sonrisa triste, esperando muy en el fondo que él abriera los ojos y le probara que estaba equivocada.
Pero no fue así.
Pasó un día.
La chica pidió quedarse en la habitación él.
Pasaron otros dos.
Helga comenzaba a volverse loca. Su cuerpo estaba sanando y cada vez sentía más la urgencia de tener esa conversación pospuesta con Arnold.
–Mi amado... mi adorado Arnold... – murmuraba mientras acariciaba su rostro, atenta a sus pestañas, por cualquier pequeño signo – Ya que... parece que seguiremos aquí... tal vez... tal vez pueda contarte algunas cosas... ¿Alguna vez te dije de lo que hice en el Festival del Queso? Detestaba tanto a Ruth...
Jugando con sus dedos, comenzó a relatar todas las cosas que hizo antes que empezaran a salir.
Por las noches se recostaba junto a él y le seguía contando historias por horas. Le preguntaba si recordaba esta o aquella cita, esta o aquella situación. Momentos compartidos, anécdotas, locuras. Le narró cada plan que ejecutó para alejar a las chicas que le interesaban y acercarse a él. Y cuando no le quedaron historias, comenzó a hablar de sus miedos, sus sueños, sus fantasías, sus anhelos.
Durante ese paseo... cuando te dije que las cosas no resultarían así y dije que era mejor revelar a nuestros compañeros que estábamos saliendo. La sonrisa en tu rostro era hermosa, ese beso fue tan dulce y tú... tu dijiste por primera vez que me amabas. Creo que pocas veces en la vida mi rostro ha enrojecido tanto.
La primera Navidad que pasamos juntos... esa guerra de nieve... no la gané yo. Tu beso... tu beso me desarmó por completo. Y dormir a tu lado por primera vez fue... demasiado hermoso para mi pobre y adolorido corazón...
Amé el apoyo que me ofreciste cuando tuve la oportunidad de cambiarme de escuela. Gerald y tú fueron los mejores novios que Phoebe y yo pudiéramos pedir...
Cuando vomité en la escuela y me prestaste su suéter y me acompañaste a casa... y mientras me bañaba buscabas en mi armario, descubriste que yo fingí ser Cecile. Y camino al hospital no dijiste nada. Durante días no dijiste nada. Y yo notaba tus nervios y me preguntaba si verme enferma te había dado asco... Y lo que dijiste... de lo maravillosa que fui... de lo hermosa que era... y me hiciste llorar. ¡Idiota!
Cuando tus padres decidieron volver a San Lorenzo, ese verano te extrañé tanto...
Un par de años más tarde, cuando dijeron que estarían ahí todo un año, odié tanto que te negaras a ir por mí. Ese estúpido plan de hacerte creer que te engañaba con Wolfgang... fue de lo más patético. Tuve que hacer su tarea de escritura el resto del año, pero funcionó.
Y cuando te peleaste con el trío de idiotas cuando se burlaron de mí por mi aspecto... eso fue tan innecesario... pero... te veías tan bien con tus movimientos de karate, que no quise detenerte. También te peleaste con Brainy por un mal entendido. Y tuve que aclararle por qué habías terminado conmigo y la mentira y amenazarlo para que guardara el secreto.
La mejor noche de mi adolescencia fue una de las dos que pasé en San Lorenzo cuando escapé para verte... ¿Fue tan hermoso para ti como lo fue para mí? Oh, Arnold. Fuimos tan ingenuos. Te juro que estaba tan asustada cuando regresé y solo... solo me juré que nunca más sería tan descuidada cuando regresaras... porque sabía... sabía que volverías a mí...
–Estúpido cabeza de balón – dijo un día entre lágrimas de frustración.
Estaban por cumplirse dos semanas, Stella ya estaba trabajando en la cura.
–¡No puedes quedarte así! – continuó Helga – Dijiste... dijiste que saldríamos de esto... yo te escuché, dijiste que me amabas... por favor... Arnold, sé que no respondí en ese momento, pero también te amo, te amo tanto, te adoro, a ti, a tu perfecta cabeza con forma de balón, a tu estúpido optimismo ciego, a tu sonrisa segura... esos hermosos ojos... por favor... vuelve, Arnold... vuelve conmigo...
La desesperación en su pecho se convirtió en un llanto angustiante y se derramó sobre la almohada.
Bip.
–Arnold... por favor... estoy aquí
Más lágrimas.
–Arnold... quiero estar siempre contigo...
Bip.
Un dolor horrible en su pecho.
–Arnold, te amo...
Bip.
Una mano acariciando su cabeza.
Ella levantó la vista y encontró la dulce mirada sobre ella. Su lado más racional presionó el botón que llamaba a la enfermera, al mismo tiempo que lo abrazaba con fuerza.
–No llores, Helga – dijo él con una sonrisa – Al fin... al fin te encontré...
Ella no dejaba de llorar.
–Tonto cabeza de balón...
–Helga... ¿esto... es real? – dijo él –¿Estás bien?
Ella lo miró y asintió.
El chico acarició su rostro.
–Pensé... que habías... muerto...
–Solo tuve algunos rasguños, Arnold... casi todo el impacto fue en tu lado del auto...
–¿Auto? No... espera... – la miró bien –. No moriste
–Criminal, claro que no
–Pero... yo estuve en tu funeral...
Helga se sentó en la cama y lo miró con atención.
–¿De qué estás hablando? – dijo ella.
–Helga... habías muerto... y yo pasé años... soñando contigo... y una parte de mí... creía que seguías viva...
–Esto debe ser por mis estúpidas bromas. Bliss dijo que debía dejar de hacerlas...
–¿Qué?
–Dije que te solo librarías de mi si moría. Arnold... llevas casi dos semanas en coma
–¿Dos semanas? – Cerró los ojos. – Espera... ¿en qué año...? – Notó un brillo en la mano de la chica – ¿Te casaste?
–Sí...
Al notar la tristeza en sus ojos ella comprendió de inmediato y tomó la mano izquierda del chico para enseñarle que él usaba un anillo idéntico
– Nos casamos, cabeza de balón. Tú y yo, el año pasado. ¿No lo recuerdas?
Una enfermera entró en ese momento y Helga se negó a abandonar a su confundido esposo.
Cuando al fin se quedaron a solas, le tomó casi una hora que él le describiera lo que él creía que había pasado y luego ella contándole sobre algunos hitos... sin éxito.
–¿Entonces no recuerdas... nada de nuestra vida juntos?
–Es confuso... – admitió él – Hay cosas... que llegan... a ratos... como cuando me mostraste los anillos. Recuerdo que mandamos a hacer esos anillos... pero yo... yo leí tus diarios de vida...
–Arnoldo, solamente escribo poemas en mis diarios... pero estos días... te conté de las muchas tonterías que hice cuando éramos niños... creo que de alguna forma me estabas escuchando y como pensabas que estaba muerta, tu cerebro lo convirtió en diarios...
–Pensaba que imaginaba tu voz... pero si era tu voz – le acarició el rostro – También... te veía en mis sueños... quiero decir, dentro de esa vida... cuando me iba a dormir, soñaba contigo. Lo siento... es confuso
–Un poco... – ella medio sonrió –, pero tenemos tiempo, Arnold, todo el que haga falta... solo quiero saber... si no recuerdas nuestra vida... ¿aún me amas?
–Siento que no he dejado de amarte ni un solo día...
Helga lo besó, llorando.
–Gracias por quedarte conmigo – dijo él.
–¿Bromeas? No hay forma de que me alejen de ti
–Debí saberlo
Ella se recostó a su lado y se quedaron así algunas horas.
Finalmente llegó el día en que le dieron el alta al chico y pudieron regresar a casa, aunque solo a empacar, porque Stella insistió en que pasaran unos días o semanas en la Casa de Huéspedes para cuidar de ellos. Las opciones eran aceptar y regresar a la antigua habitación de Arnold, o tenerla todo el día en la pequeña casita que habían rentado.
Cuando terminaron de empacar, llamaron a los padres de Arnold para que fueran a recogerlos y se sentaron en la cama a esperar.
–Helga... lamento haberte asustado
–No es tu culpa. Voy a demandar a ese anestesista
–Tampoco creo que sea su culpa... estas cosas pasan...
–Lo haré de todos modos. Quiero venganza. ¡No te imaginas lo terrible que fue!
–Helga, en serio lo siento
–Ya deja de decir tonterías. Si alguien tiene la culpa de todo esto... soy yo
–¿De qué hablas?
Helga se recostó en la cama y lo invitó a hacer lo mismo. Ambos se acurrucaron, mirándose. Arnold jugaba con sus dedos.
–¿Recuerdas lo que pasó antes del accidente? – dijo ella.
El chico negó.
–Me invitaste a la playa, íbamos a tener un fin de semana para relajarnos...
–Creo que no salió muy bien
–Definitivamente no
Ambos rieron.
–El asunto, Arnoldo, es que estuve actuando como una idiota las últimas semanas. Sé que te hice sentir mal. Te estuve apartando y rechazando, actuando más incómoda de lo normal... y no es que hayas hecho algo malo... – cerró los ojos – es solo que... no me he sentido bien y primero no estaba segura por qué y luego lo supe y me asusté... dioses. Esto es horrible, se siente horrible, me he sentido pésimo... ¿sí? Y no sabía cómo explicarlo...
–¿Qué quieres decir?
–No es divertido estar así... no entiendo cómo hay gente que lo encuentra maravilloso... es una locura... todo se siente fuera de lugar...
–Helga, me estás asustando
–¡Yo estoy asustada! ¡Aterrada!
Helga sentía ganas de llorar. Entonces Arnold acarició su rostro.
–Tómate tu tiempo... – dijo él –Esperaste días por mí, lo menos que puedo hacer es esperarte...
Helga abrió los ojos y la mirada de Arnold la desarmó por completo. ¿Cómo podía estar tan enamorado de ella para aguantarla? Era una tonta
Respiró profundo.
–Lo que intento decir es que te he tratado mal porque estoy irritable y asustada y furiosa y mi cuerpo se está adaptando a esto y es horrendo... y me aterra cómo puedan resultar las cosas y como puedan cambiar las cosas para nosotros... pero... pero... al mismo tiempo estoy feliz y emocionada de compartir esto contigo... y tal vez no estamos listos... rayos, yo sé que no estoy lista...
Arnold la miraba con preocupación.
–Quizá nunca esté lista... –continuó ella – y con mis antecedentes, seguramente tendré mucho que aprender, pero quiero... quiero enfrentar esto contigo... sé que si hacemos esto juntos va a resultar bien. Arnold... yo... estoy embarazada
Helga lo miró sintiendo el temor creciendo en su pecho, hasta que Arnold la abrazó con fuerza.
–Dime que no estás bromeando – dijo él en su oído.
–No estoy bromeando, Arnoldo, esto es serio
–¿Cuánto...?
–Ocho semanas...
–¿Y después del accidente...?
–Todo bien... de alguna forma... entre tus reflejos y los míos... logramos mantenerle a salvo...
–¡Esto es maravilloso!
–¿No estás... enfadado?
–¿Por qué iba a estarlo?
–Es que... bueno... las cosas no han ido bien de dinero
–Podemos reducir algunos gastos... llamaré de inmediato para anular el alquiler... volveremos a la casa de huéspedes... puedo buscar otro trabajo...
–No quiero que renuncies a tu empleo ese lugar era tu sueño
–Por ti...
–No quiero que hagas sacrificios así por mí... nos las arreglaremos. No me importa el dinero. Me asusta más... arruinarlo... ¿Crees que podemos hacerlo bien?
–Vamos a hacerlo bien – le acarició el rostro – Si estamos juntos, no hay nada que no podamos hacer...
Helga sonrió y asintió, dejando escapar algunas lágrimas.
Arnold la abrazó, inhalando su aroma.
Ella era real
Lo que tenían era real
Y jamás se apartaría de su lado.
NOTA:
Day Eight: Creator Choice: Secret
Día Ocho: elección del creador: Secreto
