Perplejos. Así se encontraban esos dos hombres frente a la jovencita que había enviado Mamma Paska a la mansión Laurel y que por supuesto, se trataba de Gaia, pero con un enorme vacío en su memoria. Gracias a Cynthia y la gran sorpresa de encontrarla en la choza de la curandera gitana, pudieron recuperarla sana y salva.
— Muy bien, señorita Hada — alejó la taza de té de sus labios con un movimiento torpe, su mano no dejaba de temblar — Ya le están administrando las hierbas medicinales a mi esposa y tenga en cuenta que, tanto usted como su cuidadora, serán enormemente gratificadas si ella mejora —
— Me alegro por eso, su excelencia — su té seguía intacto, no le agradaba en lo absoluto su aguado sabor — Mamma Paska es una mujer muy sabía y estoy segura de que funcionarán —
Sus ropas eran humildes, livianas y paupérrimas teniendo en cuenta el clima otoñal que los atravesaba, pero le sentaban de maravilla a su hermosa figura los tonos verde oliva y caramelo que portaba.
— Señorita Hada…— habló el otro hombre presente que no le apartaba la mirada — ¿Cuánto hace que vive con Mamma Paska en su casa? —
— Pues…— estiró los dedos de sus manos al sentirse extraña, sus ojos verdes expresivos, la ponían nerviosa — Un poco más de una semana, señor Conde — mordió sus labios sin saber qué decir al respecto o explicar cómo había llegado allí — ¿Por qué lo pregunta? —
— Bueno… —
Una multiplicidad de ruidos estridentes y objetos cayéndose, irrumpió cualquier posible plática amena entre ellos. La Gran Duquesa había despertado, estaban seguros e ingresaría al recinto como una tempestad.
— ¿¡Es cierto!? ¿¡Ella está aquí!? —
Abrió la puerta con una pequeña embestida y con su hijo recién nacido en brazos, increíblemente despeinada, descalza y todavía en camisón.
— ¡Gran Duquesa! ¡Espere!— Cynthia y otras empleadas más, aparecieron en el lugar con los rostros desencajados — ¡Acaba de despertar y se hará daño! — por supuesto, no las escuchó.
— ¡Dea! ¡Por todos los cielos! — sus hermanos también la habían seguido sin posibilidad de atraparla — ¿¡Qué crees que estás haciendo!? —
Logan alcanzó a sujetarla de los hombros, justo a tiempo, al verla caminar a traspiés.
— ¡Con un demonio, mujer! — su hermano mayor estaba furioso — ¿¡Estás loca!? ¡Dame al bebé! —
Había despertado a razón de quince o diez, podía caer en cualquier momento a causa de la debilidad muscular o el estado febril que aún no la abandonaba.
— ¡No! — lo alejó de él llevándolo hasta su pecho — ¡Es mi hijo y no te lo daré! ¿Quién te crees que eres para ordenarme algo así? — quitó el agarre sobre ella al removerse — ¡Apártense de mi camino y no vuelvan a tocarme, soy la Gran Duquesa! ¡No lo olviden! —
Ambos ignoraron, completamente, que ella pertenecía a uno de los rangos más altos dentro de la nobleza. No era la primera vez que les daba dicha advertencia, debían respetarla como tal o su altanería sería cruelmente castigada. Y entró a la habitación en una pose recta, recompuesta y tan digna como era. Pobre de aquel que intentara detenerla o ponerle una mano encima, porque los condenaría a qué le cortaran la cabeza.
— Y tú, no digas nada — se dirigió a su esposo con los ojos más fríos que había visto jamás — ¿Cómo osas ocultar a mi hermana perdida de mí? —
Habló retórica, encontrándolo mudo y pasmado por su violento exabrupto al ingresar. Su esposa podía llegar a ser tan violenta y cruel como una serpiente cuando perdía los papeles.
— Dea, amor mío, creí qué… —
Giró el rostro para no verlo y mucho menos, oírlo. No quería hablar con él o escuchar alguna de sus patéticas excusas de nuevo. Más tarde lo arreglarían todo.
— Sí, mi vida, me sentaré y no volveré a hacerlo —
De un sólo movimiento de mano la servidumbre se marchó, dejando a los hermanos Curtis, al Gran Duque y el Conde, en un ambiente muy incómodo.
— Usted — dijo y se acercó a la Gran Duquesa como un gatito asustado — Es igualita a mí —
Inclinó la cabeza al observar con curiosidad el parecido en sus rostros. Dos gotas de agua o ambas caras de una misma moneda. Tan distintas, pero tan iguales a la vez, que la llenaba de un millón de preguntas al tenerla enfrente.
— Sí, tienes razón — temblaba como una hoja con su bebé en los brazos, por suerte, era un pequeño dormilón que no había despertado por la histeria y los gritos de su madre — Somos igualitas, ¿Verdad? —
Dirigió los ojos hacia arriba para soportar el llanto. En su pobre y triste estado febril, de delirios y llantos, había soñado que no volvería a verla por el resto de su vida. Ahora estaba allí, en la finca, con su cabello mucho más corto que antes, una radiante sonrisa y rastros de heridas por todas partes, pero estaba viva.
— ¿Cómo se llama? — señaló al bebé en su pecho.
— Sebastián — carraspeo para acomodar su voz — Su nombre es Sebastián y tiene siete días de vida —
— Es un nombre muy bonito — lo picó en la mejilla con un dedo — ¿Puedo cargarlo? —
— Claro — lo dejó en sus brazos despacio y procurando no despertarlo — ¿Cuál es tu nombre? —
Le habían dicho que su hermana perdió la memoria, pero quería comprobarlo.
— Mamma Paska me dice Hada — respondió sin interés y contemplando enternecida a la criatura en brazos — Pero no creo que sea mi nombre realmente —
— Tampoco lo creo, eres como la madre tierra encargada — los hombres con ellas las veían interactuar como dos seres vivos muy extraños — Yo te hubiera llamado Gaia —
De repente, al oír aquel nombre, su mente sufrió un colapso y todo a su alrededor oscureció. Alguien desconocido quitó al bebé de sus brazos y sin saber cómo ocurrió, tanto ella como la Gran Duquesa, se desmayaron.
— ¡Dea! —
Gritó aquel nombre al despertar dentro de una habitación extraña.
— ¡Aquí estoy! — el rostro pálido, delgado y demacrado de su hermana apareció en su campo de visión — ¡Gaia! — la llamó, ya que parecía aturdida.
— ¡Dioses, hermanita! — la abrazó llorando como jamás en la vida — ¡No podía recordar nada o a nadie! ¡Tenía tanto miedo! —
— Lo sé… Lo sé — le dió palmaditas en la espalda como una niña — El oso que los persiguió debió asustarte mucho, ¿No es así? — asintió, limpiándose las lágrimas con las sábanas.
— Sí, tuve que saltar al río o nos mataría — observó alrededor y estaban solas en la habitación de su hermana — ¿Cómo está el pequeño Nicholas? ¿Pudo sobrevivir? ¿Se encuentra bien? —
— Está bien, sano y salvo, gracias a tí — explicó con la tranquilidad de una madre — Extremadamente feliz y con ganas de ver a su hada salvadora — la apartó para peinar su cabello y verla a la cara — Textuales palabras —
En ese mismo momento se dieron cuenta de que quizás, si el destino las odiase un poco más, no hubieran podido estar juntas nunca más.
— Es un niño tan adorable, hay mucho del Conde en él — una pequeña sonrisa nostálgica se plasmó en sus labios — Y mucho de Aslan también — susurró por lo bajo, ya que alguien podría entrar y oirle.
— Él ya lo sabe —
Se incorporó de la cama, ya que su bebé tenía hambre y pedía por ella, parecía un gatito por los tiernos ruiditos que hacía.
— ¿A qué te refieres? —
La observó con detenimiento, había ocupado una mecedora para amamantar a su pequeño.
— El Conde — su hijo era un glotón, se atoraba con su leche — Él ya es consciente de que el pequeño Nicholas no lleva su sangre —
— ¿¡De qué diablos estás hablando, Dea!? — se tapó la boca por la mirada ácida que le dio, la Gran Duquesa no toleraba groserías en su presencia — Lo siento, me dejé llevar, pero no entiendo nada —
— Como lo dije, el Conde Hellsing sabe la verdad sobre su hijo — palmeó la espalda de su bebé al colocarlo en su hombro — Él ya lo sabe, Gaia y no es muy difícil de entender — no podía ser más clara.
— Pero, ¿Cómo? — estaba estupefacta.
— Siempre lo supo — se meció de un lado a otro para hacerlo dormir y regresarlo a su cuna para que tenga dulces sueños — Lai me lo dijo y a él parece no importarle, porque Nicholas siempre será su hijo, aunque su padre biológico sea nuestro hermano mayor —
— Es muy extraño todo esto — se levantó de la cama y caminó hasta la puerta para tomar el pomo — Es como una expiación — la abrió de golpe y dos cuerpos enormes cayeron dentro — ¿O no, hermanos? —
Parecía mentira e irreal para todos en Laurel, pero las hermanas al volver a verse, recuperaron la salud y esas sonrisas ya encantadoras que robaban almas.
— ¡Mamma Paska! — gritó extasiada de felicidad — ¡Mamma Paska! — se aferró a ella como una lapa — ¡Que alegría me da verla, muchas gracias por venir a visitarme a Laurel! —
No cabía en ella la felicidad de volver a ver a esa gentil mujer que le salvó la vida.
— Gracias a ti por invitarme, mi niña — tomó sus manos al separarse y la contempló completa — Así que resulta que, eres una cantante famosa —
Envuelta en uno de sus vestidos de diseñador y arreglada como una señorita de alta alcurnia, ahora podía reconocerla. Ella era Gaia Curtis, la famosa cantante de ópera y obras musicales en uno de los teatros más reconocidos de Londres.
— Créame, si lo hubiera recordado en el día que abrí los ojos, estoy segura de que se lo habría dicho, Mamma Paska — entrecruzó un brazo con ella — Acompañeme, la Gran Duquesa quiere verla —
Una humilde curandera de origen gitano como ella, no podía creer que pisara por primera vez, un lugar tan magnífico y elegante como la mansión Laurel.
— ¿Eso es laurel blanco? — preguntó al atravesar el jardín.
— Sí, así es, está por todas partes — señaló alrededor girando un dedo — Es por esta razón, que la mansión lleva ese nombre —
— Es una planta magnífica y en mis tierras, se dice que aleja la mala suerte — arrancó una ramita para guardarla en un pequeño bolso — Tú no viste nada y yo tampoco, pequeña —
— Descuide, Mamma Paska — soltó una pequeña risa traviesa — Su secreto está a salvo conmigo —
Estaba nerviosa, algo muy impropio de la Gran Duquesa, pero quería que todo saliera perfecto para recibir a su próxima visita.
— Judith, ¿Podrías preparar más té? —
Tocó la tetera con las manos y la temperatura no era de su gusto o agrado.
— Excelencia, no creo que a esa mujer le importe la temperatura que pueda tener el té — excusó, cumpliendo con su labor.
— Esa mujer, como tú dices, salvó mi vida y la de mi hermana — reprendió con las manos en la cintura, ya que no le agradó su tono — Sin ella y sus hierbas medicinales, ninguna de las dos estaría aquí — la apuntó desde su lugar — Cuida tu lenguaje la próxima vez —
— Lo siento — realizó una vergonzosa reverencia — No lo volveré a hacer — se marchó para preparar más té.
— Dea, todo saldrá bien, tranquilízate —
La doctora Irene y la Condesa Hellsing también se encontraban allí esperando a la curandera. Ambas eran nobles y debían estar presentes para recibir a un invitado tan importante.
— Lo sé, pero estoy tan nerviosa que comenzaré a lactar —
— No digas eso — llevó las manos a su pecho — Que aún recuerdo cuando Nicholas lloraba y me sucedía lo mismo, la leche salía como si nada — rieron como locas por los infortunios desagradables de la maternidad.
— Es normal que eso ocurra, querida prima — ellas eran primas hermanas por parte de padre — El llanto de los bebés es un enorme estímulo para cualquier madre —
Como una gran doctora de excelente reputación, era conocedora de los cambios extremos que atravesaba el cuerpo de una mujer durante el embarazo y la lactancia.
— Es por aquí, Mamma Paska — abrió la puerta de la sala de té en donde ellas se encontraban.
— Bienvenida — saludó la Gran Duquesa y de pie junto a las demás damas presentes — Me alegra mucho al fin conocerla, Mamma Paska — estrechó sus manos entre las suyas.
— Y yo a usted, Gran Duquesa — su belleza y elegancia la eclipsaron por completo — Es un honor para mí estar aquí y además, permítame decirle que es tan hermosa como lo imaginé, al igual que mi niña — se refería a su hermana — Ambas fueron bendecidas por las estrellas — sus palabras fueron tan hermosas que le figuró a una poetisa.
— Por favor, llámame Dea — la guió a la mesa — Y espero que todo aquí sea de su agrado —
— Le juro que lo es —
Los cuatro hombres reunidos en la oficina del Gran Duque jamás llegarían a buen puerto, pero esa vez, harían todo lo posible por intentarlo.
— ¿Estás seguro que el arzobispo anulará su matrimonio, Logan? — asintió desde su sitio.
— Lo hará si se confirma la infidelidad de la Condesa — afirmó, dejando la taza de té vacía a un lado.
— De ninguna manera — el Conde se negó rotundamente a ese hecho — No voy a exponer a Megan a esa clase de humillación pública jamás — él bebía brandy junto a los otros tres hombres — Y mucho menos, a Nicholas — bebió hasta el fondo — Y creo que tú también estás de acuerdo conmigo, Fleming —
— Por supuesto que lo estoy — él hizo lo mismo y pidió al mayordomo un poco más — No hay que exponer a los niños a esta clase de situaciones y mucho menos, a los problemas existentes entre mami y papi —
Sonrió cínico, como cada vez que lo hacía cuando tocaban el tema o cruzaba palabra con él.
— Aslan — advirtió el Gran Duque detrás de su escritorio — Cuida tu tono — rodó los ojos sin importancia — Es la primera y la última vez que lo diré, no te dirijas de esa forma a Keilot otra vez o tendré que castigarte —
— Bien, lo siento — se disculpó, dejando el vaso vacío en la pequeña mesa bajo sus pies — No volveré a hacerlo — todo fue silencio.
— Tengo una idea — habló el sacerdote agudizando la mirada — Sé que no es una solución digna para los nobles como ustedes pero, creo que es algo podría usar a su favor, Conde —
Todo era risas y diversión dentro del salón de té en la mansión Laurel. Mamma Paska era sumamente divertida, sabía y adorable. Una mujer de mundo, que había visto y vivido muchas cosas a lo largo de los años, lo cual la hacía extremadamente sabia ante ciertas situaciones.
— ¿Hombre prohibido? —
Dijo sorprendida la Doctora Irene, ya que Mamma Paska leía la palma de su mano.
— Sí, mira — señaló la línea del amor en su mano que era atravesada por otra de origen desconocido, formando una cruz — Tienes la marca del amor errado y eso indica que amas a un hombre prohibido, niña —
— Eso es…— susurró sin aliento — Cierto, Mamma Paska — todas sabían de quién hablaba — Lo nuestro es prohibido ante los ojos de Dios y el mundo, perderíamos mucho si sale a la luz —
— Lo sé — cerró su mano para darle consuelo — Pero él te ama con tanta intensidad, que está dispuesto a dejarlo todo por tí, tendrían que intentarlo — la animó sin hablar más del asunto — ¿Y que hay de usted, Condesa? — le ofreció su mano, pero no intentó tomarla en respuesta.
— No hay nada en mí que quisiera saber, Mamma Paska —
— ¡Tonterías! — tomó su mano a la fuerza — Todos tenemos nuestro destino en la palma de la mano — miró las líneas con atención y como tan bien sabía hacerlo.
— ¿Y eso qué significa? —
— Que podemos cambiarlo — sonrió complacida — Espere y verá, Condesa — le palmeó la palma en un gesto amistoso sin nada que decir o revelar — Espere y verá —
Caminaba de un lado a otro dentro del invernadero de cristal, esperándola. Había recuperado la salud gracias a sus diligentes cuidados y ahora estaba allí, con el corazón en la mano, esperando impaciente su hermosa presencia.
— Doctor Lyndel, ¿Qué hace aquí? —
Parpadeó perpleja al verlo allí, ya que no era la persona a quién pretendía encontrar.
— La estaba esperando, señorita Curtis — le entregó una rosa azul que había llevado consigo — Sé que es muy irrespetuoso de mi parte el abordarla así, pero fueron días muy oscuros para mí, al usted desaparecer por tanto tiempo y entonces me dí cuenta que… — respiró profundo para darle el valor de continuar — La amo, Señorita Curtis — se hincó a sus pies buscando algo en uno de los bolsillos de su traje — La amo profundamente y me…—
— ¡Doctor, espere! — lo interrumpió antes de que hiciera lo que imaginaba — Estoy segura de que usted no me ama en lo absoluto — extendió ambas manos para detenerlo — Sólo siente una inmensa admiración por mí y… —
— No — se incorporó, moviendo la cabeza de un lado a otro — Yo estoy enamorado de usted y desde la primera vez que la ví cantando en Fleming's — dió un paso y ella otro, pero en sentido contrario, algo había cambiado a sus ojos — Le envié muchísimas cartas y flores desde entonces, siempre voy a verla a cualquier espectáculo u obra en la que usted esté presente — ahora podía recordarlo bien, él era ese admirador psicópata que no paraba de enviarle flores y cartas a cada hora — Yo la amo, Señorita Curtis, lo sé —
Su estridente risa rompió el ambiente. Una risa tan maniática y perversa, que la hizo temblar, asustándola de una manera inexplicable.
— Por favor, se lo suplico, no me rechace —
Había retrocedido tanto, que se encontró sin salida entre él y la pared, no podía huir. Se había convertido en su presa y estaba a punto de ser comida viva por él.
— ¿Qué cree que hace? — el cañón de una pistola llegó a su sien — Lo preguntaré una vez más, Doctor Lyndel — los ojos fríos y furiosos del Conde Hellsing le helaron la sangre — ¿Qué cree que hace acosando a una pobre e indefensa mujer de esta forma? —
— Eso a usted no le incumbe — respondió en el mismo tono que él — Lárguese — exigió, como si tuviera todo el derecho de hacerlo.
— No me apetece —
Lo apartó de un empujón y lo apuntó a la cara. No le temblaba la mano y estaba dispuesto a apretar el gatillo con tal de defenderla.
— Exijo un duelo por su insolencia, Conde Hellsing — le arrojó un guante que impactó contra su mejilla.
— No tiene porqué hacerlo — pulsó el martillo — Puedo matarlo justo aquí y ahora —
— ¡Conde, no! — aferró su brazo impidiendo que hiciera una locura — No es necesario, yo puedo encargarme de él — se interpuso entre los dos — Doctor Lyndel, me siento halagada y tal vez un poco furiosa, pero la respuesta es no — ultimátum.
— ¿Por qué? — el dolor de su rechazo lo atravesó como una lanza.
— Porque no lo amo y jamás lo haré — explicó sin remordimientos — Además… — llevó ambas manos a su vientre — Espero al hijo de alguien más aquí —
Ella siempre admiraba la luna, sentía que era su amiga y confidente, que guardaba sus más profundos secretos y estaría completamente agradecida por ello.
— ¿Preciosa? — su esposo apareció en el balcón, buscándola — Te he dicho millones de veces…— la cargó como una princesa al quitarla del barandal — Que detesto que te sientes allí a mirar la luna, me da pánico el sólo hecho de imaginar el verte caer y no poder hacer nada para atraparte —
La sentó sobre una silla junto a la venta y descorrió las cortinas para que admira la vista un poco más.
— ¿Por qué siempre fuiste un paranoico conmigo, Lai? —
Jamás entendería esa obsesión y devoción malsana que él tenía por ella, a pesar de su origen humilde y ser una plebeya.
— Porque eres todo lo que está bien en este mundo, amor mío — juntó sus frentes como siempre lo hacía — Eres mi universo, mi luz en la oscuridad y aquello que tanto esperaba desde que era un niño —
— Espero no haberte defraudado —
Rodeó su cuello con los brazos para entregarle un pequeño beso en los labios. Todavía recordaba lo que él había hecho por ella y todo lo que había luchado, para que el mundo aceptara su amor. Era capaz de dejarlo todo, huir del ducado si era necesario con tal de estar juntos.
— Jamás lo harías, mi Gran Duquesa — la tomó en brazos una vez más para llevarla a la cama — Por qué gracias a tí, me convertí en un buen hombre — la depósito en su lecho lentamente — Fuiste y siempre serás mi dulce expiación —
La arrastraba con él a ese lugar secreto, en otras palabras, al cobertizos del establo donde se habían encontrado y amado clandestinamente tantas veces.
— ¡Ven aquí! — la cargó al tomarla de las piernas y contemplarla con sus ojos llenos de felicidad — ¿Por qué no me lo habías dicho antes? — reclamó como un niño, haciendo un triste y ofendido mohín.
— Porque recuperé la memoria hace un poco más de un mes y además… — besó sus labios por un instante — Porque Irene acaba de confirmarlo esta noche —
— Te amo con todo lo que soy, Gaia Curtis — el deseo y anhelo de los dos, se había hecho realidad al fin — Y ahora, nunca más, te dejaré ir —
Dos años transcurrieron y todo cambió después de eso. Los pecados fueron expiados, uno a uno y sin dejar rastros. Algunas familias se desintegraron, otras se construyeron y algunos hospicios fueron abandonados, pero sin arrepentimientos ni remordimientos. No eran impíos y jamás lo serían, pero al menos lo intentarían con el pasar de los años.
— Muy bien — miró alrededor del extenso jardín y todo se veía perfecto — Los invitados están llegando, los niños están con su pony y la niñera en el jardín de atrás, por cierto…— se detuvo un momento con un dedo en los labios — ¿Dónde está mi esposo? — un pequeño detalle en el cual no había reparado.
— ¡Aquí estoy, amor mío! ¡Aquí está Lai!— la levantó en vilo para sentarla en uno de sus antebrazos — ¿Me extrañaste? —
Más que un duque parecía un rey con su traje azul témpano y perfectamente arreglado.
— A veces — sonrió desde arriba al sostenerse de sus hombros.
— Eres hermosamente cruel, ¿lo sabías? — la dejó en pie y observó con adoración — Estás preciosa — acarició su mejilla con ternura — Este siempre fue tu color —
El color vino le sentaba de maravilla, resaltando el claro de sus ojos, el fulgor piel y cabello oscuro.
— Lo sé, fue un hermoso regalo de cumpleaños — rodeó su cuello con los brazos — Gracias —
— Feliz cumpleaños, mi Gran Duquesa — inclinó su cabeza para besarla en esos dulces y rosados labios.
— ¡Keilot! — su grito los interrumpió — ¡Ya basta! ¡Déjalo! —
Llevaba aprisionado a su hermano mayor por el cuello y debajo del brazo. Estaba indefenso y rojo cual manzana, los fuertes brazos del Conde Hellsing eran de temer.
— ¡Esta vez no te dejaré ganar, Fleming! — sólo los dioses conocían porque peleaban esta vez — ¿¡Cómo te atreves a intentar robarme a mi esposa y llevarla a París!? ¡Te dije que te mataría si volvías a hacerlo! —
Ahí estaba el hito de la cuestión, no era la primera vez que se llevaba a Gaia y a su hijo pequeño Daven sin su consentimiento.
— Keilot, por Dios — habló su ex esposa sin entrar en pánico, como si lo que estuvieran haciendo, era algo de todos los días — Tiene el cuello frágil, suéltalo — lo soltó de un empujón.
— Es mi hermana — dijo ahogado, llevándose las manos al cuello — Puedo hacer con ella lo que… — una le mano tapó la boca desde atrás.
— No, no puedes —
Su hermano Logan, ahora un hábil boticario anexo al consultorio de la doctora Irene, ahora su flamante esposa desde hacía unos meses, había irrumpió su próxima condena.
— Y guarda silencio o te meterá un tiro en la frente —
El Conde Hellsing temblaba de furia llevando una mano a la pistola que siempre cargaba con él. Aslan Hellsing le había arruinado tantas veces la vida, que no podía tolerarlo más.
— ¿Qué les dije? — advirtió el Gran Duque con un dedo, apuntando a uno y a otro — No quiero peleas o discusiones el día de hoy — el mundo se detenía cada vez que él daba un ultimátum — Es el cumpleaños de mí cuñada y estimadisima esposa, no quiero improperios aquí, ¿Entendieron? — todos y cada uno de ellos, asintió mecánicamente como si fuera el peor de los tiranos y de hecho, lo era si se lo proponía — Muy bien — giró sobre uno de sus talones — Siganme, necesito un whisky — lo hicieron sin rechistar.
— Son como niños — acotó la doctora Irene entre risas — Que gusto me da verla sanas, chicas —
— Y nosotras a tí, querida — acotó la ex Condesa, después de saludar a la Gran Duquesa — Por cierto, ¿Dónde está Daven, Gaia? —
— ¿Daven? — miró alrededor y no estaba por ninguna parte — ¡Oh! ¡Dios! — pensó que había cargado con él — ¡Lo deje en el coche! — levantó su falta y comenzó a correr hasta allí.
— No hay remedio con ella — su hermana estalló a carcajadas — Entre su padre y su madre, de pura suerte esa criatura podrá crecer sin trastornos mentales —
— Pues, si Nicholas puedo hacerlo teniendo dos padres que se odian a muerte — levantó los hombros, indiferente, su pequeño se encontraba dentro de Laurel, ya que había llegado unos días antes a pasar las vacaciones con Irina — Cualquiera puede —
— Tienes razón, mi querida prima — entrelazó sus brazos — Tienes razón — caminaron hasta la mansión — Por cierto, tengo algo que contar —
— Lo sabemos, linda — mencionó la Gran Duquesa a su diestra — Las predicciones de Mamma Paska fueron la pura verdad —
— ¡Sí, como ella dijo! — su hermana regresó a trote cargando con su pequeño hijo, había escuchado apenas la conversación sobre su amiga gitana — Nuestro destino está escrito en la palma de la mano y puedo cambiar —
