You've got that face that says: 'Baby, I was made to break your heart'.
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Solté una carcajada, echándome hacia atrás, hacia sus brazos.
-¡No puede ser cierto!
-Juro que lo es.-Respondió Edward con una risita.
Mi novio desde hacía ya tres años estaba sentado detrás de mí, con sus piernas a cada lado de su cuerpo, mientras acariciaba con la punta de sus dedos mis piernas dobladas.
-Edward, eso es ridículo.-Susurré, apoyando la cabeza sobre su hombro. Él giró el rostro para besar mi sien y sonrió.
-Lo sé.
Ambos nos quedamos en silencio durante un segundo, disfrutando de la soleada tarde de primavera, disfrutando de poder estar solos, ser nosotros mismos, no tener público ni nada que nos perturbara.
-¿Qué tendrá este edificio?-Susurré unos minutos más tarde, haciendo referencia a la construcción abandonada sobre cuyas viejas escalinatas estábamos sentados.
Era una zona tranquila del Harlem sobre el bulevar Frederick Douglass, casi sin nada de tráfico. Ese edificio había estado vacío desde que teníamos memoria, pero había algo en él que adorábamos. No importaba cuánto camináramos por la ciudad, siempre terminaríamos sentados allí, bajo la sombra de aquella enorme construcción.
Quizás fuera por su arquitectura ecléctica, llena de molduras y diferentes referencias de variados períodos en el tiempo. Era hermoso e imponente, aunque triste.
-No tengo idea.-Susurró Edward, y sonreí mientras miraba hacia arriba.
-Tiene alma.-Susurré finalmente, y lo sentí sonreír contra mi mejilla.
-¿Un edificio con alma?
-Sí, tiene alma.-Respondí.- ¿Sabes qué deberíamos hacer?
-¿Qué cosa?
-Restaurarlo. Cuando seamos mayores. Lo compraremos y lo restauraremos.-Murmuré, y Edward asintió.
-Bien, lo restauraremos.-Estuvo de acuerdo conmigo.-Pero necesitaremos mucho dinero.
Me encogí de hombros.
-Lo conseguiremos.-Sonreí, girando el rostro hacia él.-Lo podríamos pintar por completo de blanco, quedaría tan bonito.
-Blanco, bien.-Edward asintió, mirándome con los ojos brillantes.- ¿Y qué nombre le pondríamos?
-¿Nombre? Mm…-Me acomodé mejor en sus brazos, mientras ladeaba la cabeza, pensativa.- Swan's.
-Eso suena a cadena de comida rápida.-Susurró Edward, y fruncí el ceño mientras me giraba en sus brazos para golpearlo en el brazo.
-¡Oye!-Me quejé.- ¡Claro que no suena a cadena de comida rápida!-Suspiré, levantando el rostro hacia arriba para mirar el edificio.-Será un lugar muy elegante.
Edward tomó mi barbilla entre sus dedos, acariciando mi labio inferior con la punta de su pulgar.
-Entonces se llamará Swan's.
Asentí con la cabeza y sonreí, volviendo a mirarlo cuando una idea se me vino a la cabeza.
-¡Y el logo será un bonito cisne, allí!-Señalé hacia la entrada del edificio, el lugar en el cual debía estar escrito el nombre.
-¿Y qué haríamos en este edificio?-Preguntó Edward, mirándome con una sonrisa brillando en su rostro.
Definitivamente, mi novio era el hombre más apuesto del mundo.
-Oh…-Me mordí el labio, y él tiró de mi barbilla hacia abajo suavemente haciendo que me lo soltara.- ¡Un hotel! ¡Y tendrá uno de esos graciosos techitos redondos que hay en las puertas de los edificios costosos! Sí, un hotel.-Edward frunció la nariz y me encogí de hombros, mirándolo con actitud desafiante.- ¿Qué más?
-Un edificio puede ser muchas cosas, cariño.-Le fruncí el ceño y él me sonrió con dulzura.- ¿En serio? ¿Un hotel?-Asentí tercamente y Edward suspiró.- Entonces será un hotel.
Sonreí ampliamente y me tiré hacia adelante para tomar su rostro entre mis manos y besarlo.
-Te amo, te amo, te amo.
-Eres una consentida, enana.
-Dime que me amas.
-Te amo con todo mi ser, Isabella.
Solté un grito mientras me sentaba de golpe en la cama, respirando agitadamente.
Miré a mi alrededor, sin terminar de reconocer el lugar en el que me encontraba y salté de la cama. Las sábanas se enredaron en mis piernas y caí al suelo de un golpe sordo.
Gruñendo, me puse en pie y me sequé de un manotazo las lágrimas que me corrían por las mejillas.
Desde que todo había sucedido, mis pesadillas consistían en momentos felices. Momentos felices que no volvería a vivir nunca más.
Hice un bollo las sábanas que se arremolinaban a mis pies y las lancé sobre la cama.
Estaba en casa de Alice. Ayer había llegado a Nueva York. Eran las diez de la mañana.
Intenté regular mi respiración y luego de unos segundos, caminé hacia el baño, pasándome el dorso de la mano por mi hinchada nariz.
Hacía bastante que no soñaba. El uso de somníferos había ayudado mucho, pero dentro de los cambios que estaba haciendo con mi vida, había decidido abandonar las pastillas y enfrentarme a los sueños.
Y diablos, era duro.
Me di una ducha rápida antes de enfundarme en unos jeans y una playera y caminar hacia la cocina.
Alice no estaba, y despegué una nota de la nevera, volviendo a pegar el imán con forma de pizza con la cual estaba sujeta.
'Si te levantas y no estoy, es que me fui al trabajo. Siéntete como en tu casa, porque estás en tu casa. Vuelvo a las cinco, ¡Un beso, nena!'
Suspiré y dejé la nota sobre la encimera. Me pasé la siguiente media hora aprendiéndome dónde se encontraban las tazas y cómo funcionaba la cafetera, y cuando por fin terminé de consumir mi dosis de cafeína diaria, me dediqué a terminar de desempaquetar mis cosas.
Me llevó un par de horas acomodar mi ropa, escuchando música de fondo y tarareando mis canciones favoritas hasta que todo estuvo en su lugar.
No traía muchas cosas, asique cuando me vi desocupada al mediodía, y como realmente no tenía ninguna intención de cocinar, tomé mi bolso cruzado, guardé allí el teléfono móvil, algo de dinero y mis llaves y salí a la soleada primavera de Nueva York.
Almorcé a tres cuadras del departamento, en un pequeño bar tranquilo en una zona no muy transitada.
Tenía toda la tarde para hacer lo que se me ocurriera, asique decidí vagar por la ciudad a mis aires. No había cambiado demasiado, hasta por un momento llegué a pensar que nunca me había largado.
Suspiré cuando, inconscientemente, me encontré caminando frente a mi antigua escuela secundaria. Hunter College High School era una típica escuela secundaria, un lugar al que por momentos había llegado a odiar.
Para una adolescente revoltosa que sólo quiere salir de juerga, el estar constantemente escuchando regaños por parte de sus maestros era un maldito karma, pero debía admitir que al fin y al cabo muchas de las lecciones aprendidas allí habían servido.
Mordiéndome el labio, decidí seguir con mi recorrido y leyendo la dirección que llevaba anotada en el celular, caminé hasta el que sería mi nuevo trabajo. Era un edificio del Harlem sobre la 135 con sus buenos años encima, pero bien mantenido. Según mis notas, la oficina de NYTourism se encontraba en el quinto piso, pero no me animé a entrar y me limité a observar el edificio desde afuera antes de girarme y seguir caminando calle abajo.
Llegué a la esquina y levanté la mirada de la acera para leer a qué calle había llegado.
Me quedé de piedra cuando leí el cartel que me indicaba en donde estaba parada. Frederick Douglass Boulevard.
No pude hacer nada cuando mi lado masoquista salió a la luz, y como una bala salí disparada hacia la derecha, hacia donde, ya sabía de memoria, se encontraba nuestro edificio.
Un hombre de traje chocó contra mí, pero no me importó y seguí caminando apresuradamente entre la marea de gente. En unos cuantos años, aquella zona se había convertido en un lugar demasiado concurrido.
Tuve que echarle una segunda mirada para poder reconocerlo.
Cuando lo comprendí, tuve que apoyarme contra la pared del edificio que tenía a mis espaldas para no caer redonda al suelo.
Al otro lado de la acerca, el Hotel Swan's se burlaba de mí con sus paredes perfectamente blancas y su toldo color rojo tan típico de los hoteles pijos.
El logo del hotel era un cisne.
Maldito. Maldito, Edward Cullen, ¡Maldito seas!
Me tapé la boca con una mano, incapaz de hacer más que observar con los ojos como platos hacia aquel infame hotel, en donde un botones impoluto abría la puerta de un coche costoso para alguna mujer rica que acababa de volver de compras.
Solté un gemido, queriendo salir corriendo, queriendo gritar, queriendo encontrar a Edward y golpear su perfecto rostro de chico malo.
Quería morirme allí mismo.
Pero no lo hice.
Me recuperé. Poco a poco, recuperé la tranquilidad, cerré los ojos, me giré y me alejé. No volví a girarme. No le eché ni una mirada más a Swan's.
-¡Buenos días, compañera de piso!
A las cinco y veintitrés minutos de la tarde, Alice entró saltando al departamento, cargando con un bolso tamaño jumbo y una bolsa de papel con el logo de Starbucks en ella.
-¡Roomie!-La saludé, balanceando mis pies en el taburete frente a la isla de la cocina en el cual había estado sentada por una hora.-Bienvenida a casa.
-Tengo muffins de banana, sólo para ti.-Dijo, dejando la bolsa frente a mí y guiñándome un ojo.
Solté una risita y abrí la bolsa, sacando de adentro mi comida favorita en todo el mundo.
-¡Como amo estas cosas!-Susurré luego de darle un mordisco, y Alice depositó un latte frente a mí antes de darle un trago al suyo.
-¿Sucedió algo?
Fruncí el ceño y la miré con los ojos como platos.
-Claro que no, ¡Estoy perfectamente!
-No te creo. ¿Nunca te dijeron que tus ojos son de lo más expresivos?
Bufé. Sí que me lo habían dicho.
-Estoy bien.
-Cuéntame, Bells.-Murmuró, y le di un trago a mi latte, intentando dilatar el tiempo.
Finalmente, suspiré, dejando el vaso de cartón sobre la encimera, y la miré con ansiedad.
-Hoy vi el Hotel. Swan's.
Alice se mordió el labio y asintió, comprensiva.
-Nos contó de qué iba cuando lo restauró. Fue hace dos años. Se convirtió en uno de los hoteles más famosos de la ciudad.
-Era malditamente increíble y yo…-Suspiré, desviando la mirada y pestañeando rápidamente para evitar que se derramasen mis lágrimas.-Pensé que ya no le importaba.
-Estabas equivocada. Te adora y creo que lo hará toda su vida.-Cerré los ojos con fuerza y solté un gemido.-Y hablando de eso…
Abrí los ojos y alcé la mirada hacia Alice.
-¿Qué?
-Jasper se enteró que estás aquí.
-¿¡Qué!? ¡Alice!
-Bueno, Bells, me trajo a casa e iba a subir pero le prohibí hacerlo y pues… ¡Es Jasper! Me conoce demasiado bien.-Alice bufó.-Primero pensó que estaba escondiendo alguna especie de amante aquí arriba y se enfadó y tuve que decírselo. No sabes lo que me costó impedirle que subiera.
-Para este momento Edward ya debe saberlo.
-Viven conectados entre ellos, al igual que nosotras tres. De seguro lo sabe desde que entré aquí.
Solté un gruñido.
-No creo que venga.
-Creo que sí va a hacerlo.
-Al, veamos las cosas con claridad. Es Edward Cullen, uno de los hombres más poderosos de la ciudad, ¡Del país! Si hubiera querido encontrarme antes, sólo hubiera tenido que mover un par de hilos y ¡Listo! Tendría frente a sí mi teléfono, dirección y hasta el nombre de las personas con las que me rodeaba. Pero no lo hizo, lo cual quiere decir que… Ya no le interesa. Pero de todas formas no entiendo porqué hizo lo del hotel.
-Bueno, sobre eso de mover un par de hilos… Con Rose tenemos una teoría.
Le di otro mordisco a mi muffin y la miré impasible.
-Soy toda oídos.
-Creemos que ya lo hizo. Que sabe dónde has estado, pero no fue hacia ti porque estaba esperando a que tú estuvieras lista para volver.-Alice alzó una mano para impedirme hablar cuando abrí la boca para interrumpirla, y continúo.- Bells, no sé qué sucedió hace cuatro años durante aquella llamada telefónica. Sólo sé que Edward dejó de ser él mismo luego de hacerla. Vino con la intención de encontrarte a toda costa y luego de eso ya no… No decía nada. Fue muy difícil aquí también, ¿Sabes? Logramos sacarlo del pozo, igual que Alec hizo contigo, pero eso no quiere decir que él te haya olvidado. Con Rosalie estamos seguras de que todo lo que hace, lo hace por ti.
-Alice, eso no puede ser cier-
-Lo es. Él no nos dijo nada, sabes que es bastante introvertido, pero hemos estado captando las señales.-Susurró, con los ojos entrecerrados. Le rodé los ojos y Alice se encogió de hombros.-Ha estado preparando todo para cuando tu estuvieras lista y volvieras.
-¿Cómo es que estaban tan seguros de que iba a volver?
Alice ladeó la cabeza y me sonrió condescendientemente.
-Porque no podía ser de otra forma, Bells.
Esa noche no pude dormir por más de dos horas seguidas. Me acosaban los sueños sobre Edward y yo sentados en la cocina de mi casa riendo, besándonos, cenando con mi padre, de las fiestas, los tragos, los excesos, las resacas, las llamadas, las peleas, las reconciliaciones, mi primera vez con él, mi última vez con él.
Eran las once de la mañana cuando por fin me levanté de la cama, y me dije a mí misma que si no quería empezar mi trabajo con el pie izquierdo tendría que comenzar a levantarme más temprano.
Abrí la ventana para dejar entrar el sol y decidí que debía organizar mi nueva vida.
Trabajaría desde la mañana hasta las cuatro de la tarde, asique me vendría bien comenzar a buscar otras actividades para ocupar mi tiempo a la tarde.
Más te vale anotarte en el gimnasio… Me recordé, mirando hacia mi estómago.
Siempre había sido de contextura delgada, pero cuando se me iba la mano con los muffins de banana, mi trasero llegaba a adquirir un tamaño considerable.
'¿Vas a algún gimnasio?' Fue el mensaje de texto que le envié a Alice mientras me preparaba un almuerzo rápido.
'Dos cuadras hacia la izquierda. CGim, es genial.' Fue su respuesta, terminé de almorzar antes de ir a cambiar mi ropa por algo más… deportivo.
Nunca había sido demasiado deportista, tampoco. Sólo me encargaba de hacer lo justo y necesario para no terminar rodando, y fin de la historia.
Luego de calzarme una ligera remera blanca y unas calzas pegadas al cuerpo, además de mis zapatillas de deporte, tomé mi bolso y salí a la calle.
Como era de esperarse, una cuadra antes del gimnasio había un Starbucks, y simplemente no pude evitar caer en la tentación.
Entrar al gimnasio comiendo un muffin en tu primer día seguramente no era un buen comienzo, pero no me importó, aquellas mierdas eran simplemente deliciosas.
-Hola, vengo a inscribirme.-Le informé al chico del mostrador, y él le echó una miradita al último pedazo de muffin que sostenía entre los dedos y luego a mí, antes de dirigirme una sonrisita y asentir.
-¿Qué quieres hacer, linda?
-Ya sabes, la cinta y esas cosas.
-Musculación.
-Oh, no, no quiero músculos.-Negué fervientemente con la cabeza, y el chico me dirigió una mirada divertida mientras soltaba una risita.
-No, se llama musculación al espacio libre del gimnasio. Hay cintas, bicicletas fijas y muchos más aparatos para ejercitarte. La otra opción son las clases de Pilares, Aeróbica…
-Oh, no, haré musculación.
-Muy bien, dime tu nombre, linda.
Torcí el gesto. Siempre había detestado cuando un desconocido me llamaba por algún apelativo cariñoso, pero decidí restarle importancia y le dicté todos mis datos a medida que él los iba rellenando en la computadora.
-Bien, ¿Vas a tomar ahora tu primera clase de prueba?
-Sí, por favor.
-Ven por aquí.-Fred, como supe que se llamaba por el cartelito de su remera, me condujo a través de un amplio pasillo, señalándome en dónde estaban los baños, los vestuarios, los saunas, y finalmente, el gimnasio.
No pude evitar soltar un silbido cuando entré. Ahora entendía por qué salía lo que salía. Era el gimnasio más grande que había visto, y los aparatos lucían tan nuevos que me daba miedo tocarlos.
-Él es Tayler, el entrenador. Ve a hablar con él y te indicará que plan debes seguir.
-Claro, gracias.-Le sonreí a Fred y luego de guardar mi bolso en un casillero, me acerqué a Tayler.-Tienes que indicarme que plan voy a seguir.-Le informé en cuanto se giró hacia mí.-Oh, y hola. Soy Bella.
Tayler arqueó una ceja divertido, con una sonrisita bailando en su apuesto rostro moreno antes de tenderme una mano.
-Tayler, un gusto Bella. Y pues, bien, ¿Qué quieres lograr?
Luego de informarle que lo único que quería era poder comer sin engordar, Tayler me preparó el famoso plan y me mandó a calentar en la cinta durante veinte minutos.
Está demás decir que a los siete minutos creía estar a punto de morir.
De alguna forma, logré hacerlo hasta el final, y también sobreviví a las pesas, los abdominales, el ejercicio de los glúteos y a la bicicleta fija.
Por fin terminé con el maldito ejercicio a las cuatro y media de la tarde, y luego de despedirme de mi entrenador, caminé pesadamente hacia los casilleros y tomé mi bolso.
Sentí el teléfono sonar dentro, y lo rebusqué con tanta suerte que cuando por fin lo encontré, lo saqué de un tirón y lo mandé volando por los aires.
El pobre aparato se estrelló contra el casillero 115 y cayó al suelo en un desparramo de pequeñas piezas de plástico. Por un lado la tapa, por el otro la batería, y así.
-¡Menuda mierda!-Chillé. Una hora y media de abdominales, y ahora debía agacharme para juntar todo aquel desastre.- ¡Carajo, carajo, carajo!
-¿Nunca te dijeron que no es lindo ver a una mujer insultar?
Mi mundo se paralizó en ese instante.
Mi visión se volvió roja.
Ni siquiera necesitaba levantar la vista del suelo para saber que se trataba de él.
Edward se agachó, enfundado en un costoso traje Armani, y recogió las pequeñas partes de mi teléfono móvil antes de rearmarlo con eficiencia y tendérmelo.
-No me malinterpretes. Eres hermosa por más que jures como un camionero.
Me mordí los labios, sin poder despegar la mirada de él, sintiendo como el pozo dentro de mi pecho se hacía lo suficientemente grande como para tragarme entera.
Edward seguía siendo el mismo. Pero no.
Parecía una persona nueva.
Pero no había dejado de ser él.
Su rostro era más anguloso, más serio, frío, pero a pesar de todo, escondía una emoción muy intensa detrás de aquella máscara. Una emoción tan intensa como la mía.
Lo sabía porque lo conocía demasiado bien.
Y estaba segura de que mi rostro mostraba todo lo que el suyo intentaba disimular. Dolor, anhelo, deseo, odio, amor. Tanto amor.
Estaba más alto. O quizás solo fuera el traje que lo hacía lucir increíblemente imponente.
Era tan malditamente guapo que las piernas me temblaron y pensé que me caería al suelo en ese mismísimo momento.
Su rostro invitaba al pecado. Tenía el tipo de rostro que te advertía a gritos no acercarte, porque saldrías lastimada. Pero al mismo tiempo te engatusaba para que te acercaras más, para que hicieras lo que él quisiera.
Edward no despegaba sus eléctricos ojos verdes de los míos. Siempre había adorado sus ojos.
-Hola, Bella.-Susurró un segundo más tarde.
No. No podía hacer aquello.
Esto sí que era demasiado.
Sólo atiné a arrancarle mi móvil de las manos antes de echar a correr.
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Segundo capítulo, escrito en solo un par de horas, algo no muy normal en mí. Pero es que esta historia, bueno, estoy algo obsesionada con ella, asique no se sorprendan si la actualizo muy seguido. Oh, y por si no lo notaron, le cambié el nombre, simplemente porque el otro no… No me gustaba. ¿Los nombres de los capítulos? Son canciones de los Arctic Monkeys , los amores de mi vida. (Sí, estoy obsesionada con la música), la frase de arriba de todo pertenece a la canción que lleva el mismo nombre que este capítulo. Pensé en ponerla en español, pero no me gustaba como quedaba, asique si no entienden lo que dice, esta es la traducción:
Tienes ese rostro que dice: 'Nena, fui hecho para romper tu corazón'.
(En realidad es una chica, pero en este caso lo apliqué a Edward, asique… lo traduje así) Y que más… Mm, creo que nada, más que gracias, GRACIAS, por sus reviews, y por leerme.
Las adoro. ¡Un beso gigante a todas! Emma.
