I'm not being honest, I'll pretend that you were just some lover.
Dependencia.
Si había una palabra para describir mi tormentosa y apasionada relación con Edward Cullen, era esa. Dependencia.
Desde el mismísimo día en que nos conocimos, no pudimos permanecer separados. Nos necesitábamos. Nos sentíamos incompletos al estar separados, y a pesar de que ambos éramos perfectamente conscientes de que lo que nos sucedía no era algo exactamente sano, no queríamos cambiarlo. Porque nos teníamos el uno al otro, y si sabíamos que íbamos a estar juntos para siempre ¿Porqué molestarnos en modificar algo que nos hacia felices?
Luego entendí porqué. Y de qué manera...
De repente anocheció, y el sol nunca más volvió a salir. Mi vida no era la misma. Yo no era la misma. Me faltaba una parte de mi, la mitad de mi corazón. La muerte de mi padre fue la última embestida que me dio la vida para hacerme caer.
Toqué fondo, y me costó cuatro años volver a salir a la superficie.
Ahora, el culpable de una de las causas de mi caída volvía a aparecer en mi vida. Perfecto, hermoso e invencible. Como siempre había sido.
Y todos los rencores volvieron a florecer, como hacía cuatro años. Me sentía abandonada, traicionada y engañada. Él había prometido no irse nunca de mi lago, había prometido que no me dejaría, cuales fuesen las circunstancias.
Pero rompió todas sus promesas. Quizás lo hizo pensando en conseguir un futuro mejor para ambos, pero el presente que teníamos era mágico e increíblemente perfecto, y él lo había arruinado.
Quería odiarlo. Intenté con todas mis fuerza odiarlo, pero todo el dolor y el resentimiento que sentía nacía del más profundo amor. Un amor que perduraría en el tiempo, que no podía ser reemplazado u olvidado.
Desearía poder decir que no sentí nada cuando volví a verlo, o que el rencor era mucho mayor que la nostalgia. Pero no fue así.
No pude más que echar a correr porque acababa de caer en la cuenta de que seguía amando a Edward Cullen como el primer día. Que lo necesitaba como siempre lo había hecho. Y me sentía patética por eso.
El único lugar en el que se me ocurrió ir fue al vestuario de damas, y me encerré en el primer cubículo que encontré, apoyando la cabeza contra la fría pared mientras intentaba regular mi respiración.
El teléfono celular vibraba en mi mano en señal de que estaba encendiéndose, y lo ignoré, guardándolo en el pequeño bolsillo de mis calzas de deporte.
Gruñí mientras me secaba las lágrimas de un manotazo, y sorbí torpemente por la nariz.
Edward estaba allí.
Y me había llamado hermosa...
¡Diablos, no! No estaba lista para enfrentarlo, no podía hacerlo ahora.
-Isabella.-Me tapé la boca con mi mano derecha cuando oí su voz. ¿Porqué no se iba y me dejaba en paz?-Vamos, no seas inmadura.
La rabia recorrió mi cuerpo de arriba abajo, y me crucé de brazos, con el ceño fruncido. Lo oí dar unos pasos más y suspirar.
-Bella, sal de ese cubículo y ven aquí. Debemos hablar y lo sabes.
-No tengo nada que hablar contigo.-Mascullé. Edward guardó silencio y cuando habló, su voz sonó más suave y conciliadora, como si estuviera hablando con un animal herido.
-Sabes que sí, nena.
Cerré los ojos, mientras el dolor volvía a repercutir en mí.
-No me llames así.-Susurré, mientras una solitaria lágrima se deslizaba por mi mejilla. Giré el rostro y me la sequé con el hombro.
-Bien, hablaremos sobre cómo voy a llamarte en cuanto salgas de ahí. Vamos...
-Este es el baño de mujeres, no puedes estar aquí.-Me quejé.
-Soy el dueño del gimnasio, puedo estar en donde quiera.-Masculló.
Abrí la boca, incapaz de creer que Alice me hubiera enviado allí.
Iba a asesinaría, iba a irme de su casa y prender fuego su ropa, iba a-
-Isabella, sabes que la paciencia no es uno de mis fuertes, si no sales ahora mismo voy a tirar la maldita puerta abajo.
-¡Oiga!-Evidentemente, una señora acababa de entrar al vestuario, lo había visto allí, y no estaba muy feliz al respecto.
-Señora, métase en sus asuntos.-Masculló Edward, y supe que estaba llegando al límite.
-¡Usted no puede estar aquí!
Oí a Edward suspirar, y me lo imaginé guardando las manos en los bolsillos de su pantalón y mirándola con una ceja arqueada.
-¿De veras? ¿Porqué no-
-Edward, basta.-Susurré desde adentro de mi escondite, y tragué saliva antes de destrabar la puerta y abrirla lentamente.
Me encontré con mi infernal cobrizo mirándome fijamente, parado a sólo unos centímetros de la puerta, y a una señora mayor, la que acababa de regañarlo, vestida con un equipo deportivo y rostro contrariado.
-Eso es.-Susurró Edward, tendiéndome su mano.
La ignoré y caminé fuera del cubículo, sin poder evitar oler su penetrante aroma a loción de afeitar y algo muy masculino y propio de él.
Salí pisando fuerte de los baños, y cuando estaba a punto de girar al final del pasillo para ir hacia la salida del gimnasio, Edward tomó mi brazo con fuerza y me arrastró en la dirección contraria.
-Suéltame, suéltame inmediatamente.-Mascullé, enterrándole las uñas en la mano que me sujetaba. No conseguí más que hacerlo bufar. Seguí revolviéndome, echando chispas, hasta que nos encerró en una pequeña oficina que pasaba desapercibida si no estabas muy atento.-¡Suéltame!-Chillé, zafándome de su mano y desplazándome hacia la otra punta de la habitación, hasta quedar de espaldas a un largo escritorio de madera.-¿Qué es esto?
-El despacho del encargado.
-¿Tuyo?
-Yo soy el dueño, no el encargado.-Respondió, antes de girarse y echarle llave a la habitación. Tragué saliva. Edward estaba enfadado. Nada bueno sucedía cuando él estaba enfadado.-¿Porqué huiste así de mí?
-Ese no es asunto tuyo.-Susurré, intentando ignorar la forma en la que todo mi cuerpo reaccionó cuando Edward comenzó a acercarse a mí. Intenté deslizarme hacia un costado, pero Edward me devolvió a mi sitió tomándome por el codo y me aprisionó entre su enorme pecho y aquel maldito escritorio.-Déjame, no quiero estar aquí.
-Tú y yo tenemos que hablar.
-No tenemos nada que hablar.
-¿Porqué huiste?
-Porque no quiero tener nada que ver contigo, ahora, ¡Déjame!
-Isabella.-Bramó, haciendo que dejara de revolverme entre sus brazos y sujetándome por la mandíbula con una de sus manos.-Vamos a tener esta conversación te guste, o no, asique será mejor si comienzas a cooperar.
-No puedes obligarme a hablar.-Mascullé, y Edward apoyó ambas manos sobre el escritorio, junto a mi cadera, y se inclinó hasta que su rostro estuvo a un pequeño milímetro del mío.
-¿Quieres apostar?-Susurró.
Volví a tragar saliva mientras un nuevo recuerdo se me venía a la mente. Cuando estábamos juntos, vivíamos apostando cosas, así fuera por la mayor idiotez del mundo. Era nuestro juego.
Negué con la cabeza, y mis ojos, inevitablemente, se llenaron de lágrimas.
Vi como, lentamente, los ojos de Edward se dulcificaban y alzaba una mano para acariciar mi mejilla.
-No llores, cariño.-Susurró, mirándome con ternura, y enfadada conmigo misma, eché el rostro hacia atrás para alejarlo de su mano.
Su tacto me hacía recordar tantas cosas que simplemente no podía soportarlo.
-¿Qué quieres, Edward?-Susurré. Él cuadró la mandíbula y bajó la mano.
-Verte.
-Ya me viste.
Edward suspiró, rodando los ojos.
-Han pasado cuatro años, Isabella, Cuatro años en los que no dejé de pensar en ti ni un maldito día. ¿Porqué no querías que sepa que volviste?
-Por esto.-Respondí, con la voz ahogada. Esta vez, cuando una lágrima se deslizó por mi mejilla y Edward la secó con su pulgar, no me aparté.-Porque es demasiado, Edward.
-Sé que lo es, pero no podías evitarlo para siempre...
-¿Porqué lo hiciste?
Los ojos de Edward se clavaron en los míos, y se mordió el labio inferior durante un segundo antes de susurrar.
-¿Irme?
Bufé.
-Sé porqué te fuiste. Hablo del edificio. ¿Porqué lo hiciste?
Edward suspiró mientras bajaba la mirada a mis labios. Lo tenía tan malditamente cerca, y lo único que deseaba en ese momento era abrazarme a él y no tener que soltarlo por años.
-Ya lo dije. Porque no he parado de pensar en ti en todo este tiempo, Bella. No pude hacerlo. Te he extrañado tanto.
-Tú me dejaste.-Lo acusé, entrecerrando los ojos mientras el llanto volvía a aflorar. Edward tragó saliva y asintió, enderezándose para secar mis lágrimas con ambas manos.
-Pensé que era lo mejor.-Susurró.
Volvíamos a lo mismo. El mismo principio. El mismo fin.
Me zafé de sus manos y me sequé las lágrimas de un manotazo.
-No me interesa. Te lo dije hace cuatro años y te lo repetiré, no quiero tener nada que ver contigo.-Mascullé, y Edward se enderezó mientras deslizaba sus orbes verdes por mi rostro.
-No lo dices en serio. Nunca lo dijiste en serio.
Respiré hondo, intentando controlar las lágrimas.
-Claro que lo hago. Edward, esto...-Mascullé, señalando mi rostro empapado en lágrimas.-No es nada comparado a lo que yo era hace tan solo cuatro años. Era un maldito fantasma, una sombra, Edward. Y no voy a volver allí ahora que logré salir. Ni por ti, ni por nadie.
-¿Y porqué crees que volverías allí?-Susurró, frunciendo el ceño. Negué con la cabeza, bufando.
-¿De veras no lo entiendes, Edward? Tú fuiste una de las razones por las que me hundí hace años. No volveré a darte ese poder sobre mí. No volveré a darle a nadie ese poder sobre mí.-Susurré, evitando reconocerme a mí misma que él seguía teniendo ese poder. Por más que intentara negarlo.
Edward espiró lentamente, ladeando la cabeza.
-Nunca quise lastimarte de esa forma, nena.
Arqueé una ceja, mordiéndome el labio.
-Pero lo hiciste.
Edward cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. En ese momento, con su traje algo arrugado y el rostro cansado, parecía más mayor, un hombre que cargaba una enorme mochila sobre los hombros.
-Lo siento.-Farfulló, en voz tan baja que casi no lo oigo.
Tragué saliva, desviando la mirada.
-Yo también.-Susurré, un segundo antes de rodearlo y salir disparada hacia la puerta. Di vuelta la llave torpemente antes de abrirla de un tirón y largarme, dejándolo de espaldas a mí, agarrándose el puente de la nariz entre los dedos.
Con las manos temblorosas, busqué mi bolso, que en mi rápida huida había quedado dentro del casillero abierto, y me lo colgué al hombro antes de salir pitando de allí.
Ni siquiera le devolví el saludo a Fred, que me miró con extrañeza cuando empujé la puerta de cristal con fuerza y salí a la calle respirando agitadamente.
Llegué al departamento un par de minutos más tarde, y lancé el bolso sobre el sillón antes de desplomarme sobre él.
Le eché una ojeada a mi teléfono celular, y me encontré con once llamadas perdidas de Alice, y otras cinco de Rosalie.
Perras.
Enfadada, dejé el aparato a un lado y recargué la cabeza sobre mis manos, apoyando los codos sobre mis rodillas.
Estaba temblando, pero estaba feliz por hacer sobrevivido a mi primer encuentro con Edward sin haberme lanzado a sus brazos. Era un gran avance.
Decidida a dejar de darle vueltas en mi cabeza a cada una de las palabras que había dicho, le marqué a Alec y me paseé nerviosamente por la sala hasta que contestó al tercer pitido.
-¿Nena? ¿Bells? ¿Cómo estás?
-Hola, nene.-Susurré, sintiendo que su voz lograba calmarme lo suficiente como para que me quedara parada frente a la ventana mirando la vista que se extendía frente a mí.-Estoy bien, ¿Y tú?
-No estás bien, lo noto, ¿Ves? Tres días en esa maldita ciudad y ya estás mal, cuéntamelo todo, ¿Debo ir hacia allá?
-No, Alec, tranquilízate...-Suspiré, recargándome sobre el marco de la ventana.-No sucedió nada...
-Isabella, nada de mierdas. Habla. Ya.
Bufé, y luego solté una risita.
-Te adoro, Alec.
-Ahora.
Solté un gruñido antes de hablar.
-Es Edward.
-¡Ese hijo de put-
-Alec, no.-Lo reñí, y luego suspiré.
-¿Qué te hizo?
-No me hizo nada. Él ha estado... Hizo cosas que yo...-Gruñí.-Cuando estábamos juntos delirábamos sobre qué haríamos cuando fuéramos mayores y tuviéramos dinero. Y ha echo algunas de esas cosas. Bueno, aunque sea una.-Susurré, incrédula.-Y hoy me lo encontré. En el gimnasio.
-¿Qué sucedió?
-Quiso hablar conmigo. Peleamos o... En realidad no. No estoy muy segura de qué fue.-Susurré, torciendo el gesto.-Me dijo que no pasó un día de estos cuatro años sin pensar en mí.-La línea se quedó en silencio y me mordí el labio.-¿Alec?
-Si.
-¿Y?
-Es un maldi-
-Bien, bien, ya sé qué opinión tienes sobre él, Alec.
-Bells, dime que no vas a dejar que te vuelva a lastimar.
-¡Claro que no!-Mascullé, frunciendo el ceño.
-Si alguna vez vuelvo a verte destrozada y me entero que fue él te juro que no voy a soportarlo más, lo asesinaría, Bella.
Suspiré, con una sonrisita.
-Lo sé, y estoy muy feliz por eso. Eres mi mejor amigo, nene.
Alec suspiró, y finalmente me respondió con un 'Y tú la mía, cariño.'
Luego de unos cuantos minutos más de charla, oí que alguien entraba en la casa, asique me despedí y me giré hacia Alice, que caminó dentro de la sala con una sonrisita arrepentida en los labios.
-Hola, Bells...
-¿Porqué me enviaste a ese gimnasio?
Alice suspiró.
-No fue a propósito, él no debía estar ahí, lo juro.
-Alice, ¿Porqué?
-¡Bells, no fue a propósito! Él casi nunca se aparece por allí, y llevo yendo a ese gimnasio por dos años, cuando me lo preguntaste fue lo primero que se me ocurrió pero luego caí en la cuenta, y no me hice ningún problema porque él seguramente no se aparecería por allí, pero luego se juntó con nosotros para almorzar y Jasper me leyó la conversación y el muy idiota lo dijo que voz alta y Edward ya sabía que estabas aquí pero le había prohibido aparecerse por el departamento, asique cuando se enteró que estabas en su gimnasio no pude evitarlo, se fue a buscarte y te llamé para avisarte pero no me contestabas y yo sé que debes estar muy enfadada conmigo, pero no quiero que-
-Al, Al, para.-La corté, pues había empezado a hablar tan rápido y a gesticular tanto que me mareó.-Creo que entendí algo...
-Perdóname, Bells, no fue queriendo, lo juro.-Susurró, esbozando un mohin y dando pequeños saltitos frente a mí.
-Bien, como sea, Al.-Mascullé, rodando los ojos, y Alice saltó sobre mí para abrazarme.
-¿Y qué sucedió?
Me encogí.
-Me encontró. Me encerré en el baño. Me hizo salir. Hablamos, lloré y me fui.
Alice gruñó.
-¿Te encerraste en el baño? ¿Qué tienes, Bella? ¿5 años?
Le fruncí el ceño.
-No supe qué otra cosa hacer.-Farfullé.
Alice rodó los ojos.
-¿Y?
-Eso. Me dijo que pensaba siempre en mí y le dije que nunca más podría volver con él. Fin de la historia.
-¿Y es cierto?
-¿Qué cosa?
-Que nunca más podrás volver con él.
Suspiré mientras apoyaba las manos sobre la encimera detrás mío y daba un pequeño saltito para sentarme sobre ella.
-Es cierto. No puedo hacerlo, Alice.
Mi amiga esbozó un mohin pero finalmente ladeó la cabeza.
-Ya lo veremos...
-Alice, soy terminante en esto. No quieras jugar a cupido conmigo y Edward porque no funcionará.
-Bien, bien...-Pude saber, por el tono de su voz, que no le había dado importancia a mis palabras.-Esta noche vamos a juntarnos a cenar, ¿Vienes?
-¿Él estará?
Alice suspiró, cruzándose de brazos.
-Sí.
-Entonces no.
-En realidad, no tienes opción.-Arqueé una ceja en su dirección y Alice se encogió de hombros.-Los chicos quieren verte, asique no aceptarán un no por respuesta. Tanto tú como Edward son parte del grupo, asique tendrán que aprender a lidiar con esto de verse constantemente.
-Alice, no iré, no quiero verlo, ¿Lo entiendes? Seguram-
-¿Jasper?-Alice había apretado el marcador rápido en su celular y se lo llevó al oído mientras me miraba escéptica.-Bells dice que no irá esta noche.-Con una mueca de suficiencia, Alice apretó el altavoz, y torcí el gesto cuando oí la voz de Jasper al otro lado de la línea.
-¡...Vendrá! Isabella Marie Swan, ¡No te escaparás de esta! No puedes huir de todo, niñita, y no lo harás otra vez, ¡Vendrás!
-¡Púdrete, Jasper Hale!-Grité, con una sonrisita.-¡Y no soy ninguna niñita!
Siempre había odiado que Jasper me llamara así, pero en esta ocasión eso solo me originó una sonrisa en la cara.
-Vendrás, así tengamos que llevarte arrastrando, ¿Comprendes?
Le rodé los ojos.
-Cuatro años y sigues siendo igual de insoportable.-Mascullé, sabiendo que era una total mentira. Jasper era el único sereno del grupo. Bueno, aunque sea solía serlo.
-Y tú sigues siendo una niña malcriada.
Solté una carcajada.
-Vete a la mierda.
-Te veo allí esta noche, enana.
-Adiós, cielo.-Canturreó Alice.
-Adiós, cariño.
Luego, mi amiga cortó la comunicación y se guardó el teléfono en el bolsillo trasero de sus pantalones.
-Irás. Así que ve a buscar algo para ponerte, es la inauguración de un restaurante de uno de los socios de los chicos.
-¿Muy formal?
-Ya encontraremos en punto justo.-Alice tironeó de mí hasta que me bajé de la encimera y entrelazó su brazo con el mío mientras se dirigía, dando saltitos, hacia las habitaciones.
A las ocho de la noche, ya estaba preparada.
Llevaba un vestido rosado cinco dedos por encima de las rodillas, y un bonito peinado recogido que Alice había pasado horas haciendo.
Lucía linda, y el maquillaje me había ayudado a ocultar las ojeras y mi palidez. Me colgué un chal al hombro antes de subirme al ascensor, mordiéndome el labio inferior.
A mi lado, Alice tecleaba rápidamente en su celular, canturreando alguna cancioncita pop bastante molesta.
-Jazz ya está abajo.-Me informó antes de guardar el teléfono en su pequeño bolso de mano color azul, que hacía juego con su vestido.-Adoro ese color en ti.
Le dediqué una sonrisita forzada.
-Tú te vez horrible.
Alice me golpeó con fuerza en el hombro y me quejé en el instante en que las puertas del ascensor se abrían, y ambas caminamos hasta la puerta del edificio, en donde un Jasper mucho más maduro de lo que recordaba nos esperaba, parado junto a un coche de alta gama cuya marca no supe reconocer.
-Hola, cariño.-Luego de besar a mi amiga, Jasper se giró hacia mí y abrió ambos brazos, sonriéndome fraternalmente.-¡Enana!
No llores, no llores, no llores...
Jasper era una de las personas más estables, equilibradas y serenas que había conocido. Siempre había sido la calma en medio de la tormenta que eran nuestras vidas. Una roca sólida en la cual encontrar apoyo cuando todo se complicaba.
Lo había extrañado horrores.
Di dos rápidos pasos adelante antes de rodearlo con mis brazos y aferrarme a él.
-Hale...-Susurré, mientras pestañeaba rápidamente para mantener aquellas malditas lágrimas en su lugar.
-Te hemos echado de menos, Isabella.-Susurró, con expresión grave mientras se apartaba de mí y tomaba mi rostro entre sus manos.-No volverás a irte así como así, ¿Comprendes?-Asentí, y Jasper depositó un beso en mi frente antes de inspirar hondo y soltar mi rostro.-No llores, que me harás llorar y sabes que luzco mal cuando lo hago.
Solté una risita, negando con la cabeza.
-Eres una perra sensible, Hale.
Jasper me desordenó los cabellos con una mano, y mierda, qué error.
Alice lo golpeó con fuerza, y lo regañó durante todo el viaje en coche, quejándose sobre lo mucho que había tardado en acomodarme los rizos de la manera correcta.
No pude hacer más que reír a carcajadas de las miradas de auxilio que me enviaba Jazz por el espejo retrovisor.
El restaurante en cuestión, Sang, se encontraba en una de las calles más transitadas del centro, y contaba con dos pisos de vidrio espejado y copas de cristal.
Era hermoso, muy hermoso y elegante. Tanto que me daba miedo tocar cualquier cosa por miedo a romperlo y tener que dedicar mi primer sueldo a pagarlo.
Una chica vestida con un bonito vestido rojo sangre y labios a juego nos llevó hasta nuestra mesa reservada, y debimos saludar a mucha gente en el camino.
Cuando estábamos a punto de llegar, una caricia casi imperceptible me rozó el cuello, y me paralicé en medio del salón, antes de girarme para encontrar a Edward allí, enfundado en un despampanante traje gris, mirándome con seriedad.
-Estás bellísima, Isabella.
-Para.-Mascullé, alejándome un paso para que dejara de tocarme el cuello.
Edward suspiró.
-Tendremos que vernos muy seguido asique será mejor que comiences a acostumbrarte a mi presencia.-Masculló, enfadado.
Le dirigí una mirada rabiosa antes de encoger un hombro.
-No tendré ningún problema con eso.
-Yo creo que sí lo tendrás.-Farfulló desafiante, sonriéndome de lado con una expresión traviesa en los ojos.
Cuadré la mandíbula y erguí los hombros, más enfadada aún.
-¿Porqué tendría algún problema? No eres más que un ex, podemos tratarnos como viejos amigos y listo.
Supe que al decir que no era 'más que un ex' lo había lastimado, pero se recompuso rápidamente y se inclinó sobre mi oído para susurrar.
-Vamos a ver quién finge mejor.
-Bien.-Mascullé.
-Bien.
Edward se alejó de mí y siguió caminando hacia la mesa, dejándome atrás.
Estaba tan enfadada.
Bien, mucho mejor.
La rabia era mejor que la nostalgia, las lágrimas y toda esa mierda.
Entrecerrando los ojos, di media vuelta y caminé detrás de él, sin poder evitar reparar en cómo su ancha espalda me tapaba toda la vista y me llevaba casi dos cabezas de altura.
Si quería jugar, lo haríamos.
Si algo había aprendido en aquellos cuatro años, era a fingir muy bien, porque muy pocas personas sabían diferenciar una sonrisa real de una falsa.
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¿La frase del principio? 'No estoy siendo honesta. Voy a prentender que sólo eras algún amante.'
Amo la frase, amo la canción, amo la banda. Y también amo esta historia. (Humildad ante todo), y espero que ustedes la amen también. JAJAJA ¿Les gustó aunque sea? ¿Sisisi? Muchísimas gracias por leerme y por sus hermosos reviews, graciasgraciasgraciassssss. Las amo. Fin del comunicado.
Un abrazo gigantesco, Emma.
