You sit and try sometimes but you just can't figure out what went wrong.
Estaba en un club la primera vez que lo vi.
Era un lugar bastante oscuro y desvencijado, pero lo habíamos hecho nuestro porque nos dejaban estar allí a pesar de ser menores.
Tenía 15 años, y no me consideraba para nada una niña. En realidad, había sido increíblemente independiente desde los 14.
Íbamos por nuestro tercer Martini junto a Alice cuando lo vi.
Entró en el bar junto a Jasper, el chico con el que Al andaba tonteando, y Emmett, un amigo, a quien mi otra mejor amiga, Rosalie, odiaba con todo su ser.
Llevaba una chaqueta de cuero negra, como no, y unos jeans oscuros. Tenía las manos en los bolsillos y estaba frunciendo el ceño a algo que Jazz le decía antes de soltar una carcajada.
Era perfecto.
Lucía como un chico malo, pero su rostro era el de un maldito ángel. Era simplemente hermoso.
Me lo presentaron un par de minutos más tarde, y en medio de mi semi-embriaguez, lo saludé con una risita estúpida y un abrazo. Él soltó una carcajada y me apretó contra él durante unos minutos, antes de devolverme a mi lugar.
Edward tenía 19 años, y en un principio, sólo me vio como una chiquilla divertida y bastante bonita.
Yo, desde el primer momento, supe que era suya.
Unos cuantos meses más tarde, él me contó que también lo supo. Supo que le pertenecía cuando, cerca de las cinco de la mañana, me llevó en brazos hasta mi casa, porque estaba demasiado borracha como para poder caminar más de dos pasos sin tropezarme y mis amigas habían desaparecido como por arte de magia.
Mi padre estaba de guardia esa noche, por lo que Edward no tuvo problemas en rebuscar las llaves de casa en mi bolso y cargarme hasta mi habitación, en donde me depositó sobre mi cama antes de quitarme los tacones, cubrirme con las mantas y acariciar levemente mi mejilla.
Había rechazado a dos rubias de infarto para hacerse cargo de mí y traerme a casa sana y salva.
Porque era suya. Y lo sería para siempre.
Solté un sollozo y me cubrí el rostro con la almohada.
Probablemente, haberme pasado todo el día de ayer dando vueltas por la ciudad y yendo a lugares que significaban algo para mí no había ayudado a controlar mis pesadillas.
Pasar frente al lugar en donde había visto a Edward por primera vez no había sido fácil, pero había logrado controlar el pánico. El viejo bar ahora estaba convertido en un bonito café con mesas en la acera y una concurrida clientela. La zona en general se había modernizado, ya no era tan…Oscura y llena de peligros. Parecía un lugar mucho más familiar.
Hoy era mi primer día de trabajo.
Giré la cabeza hacia el reloj. Eran las siete y veinte de la mañana. Mi horario empezaba a las ocho asique tenía tiempo de sobra.
Me relajé en la ducha y me tomé un gran desayuno mientras leía la nota que Al había dejado sobre la heladera. Ya se nos había hecho costumbre eso de las notas.
¡Feliz primer día de trabajo! Espero que te vaya muy bien y que tu jefe no sea un imbécil. ¡Te veo por la tarde!
Salí a la calle un par de minutos más tarde, y me tomó poco tiempo llegar hasta el edificio en el que se encontraba la agencia, en donde Jacob Black, mi nuevo jefe, me estaría esperando.
Respiré hondo mientras miraba hacia el edificio, echando la cabeza hacia atrás, y guardaba mis lentes de sol dentro de mi bolso.
Nueva vida, nuevo trabajo.
-¿Isabella?
Bajé la cabeza para encontrarme con un morenazo frente a mí, sonriéndome ampliamente.
Hola, jefe…
-¿Jacob?
-¡Bienvenida!
Mierda. Jacob no era nada como me lo imaginaba. Sí, por teléfono tenía una voz gruesa y agradable, bastante sugerente. Pero en persona había superado todas mis expectativas.
Un alto, musculoso y moreno pilar se alzaba frente a mí, vestido con una camisa azul y unos jeans grises, luciendo una sonrisa de infarto.
-¡Muchas gracias!-Susurré, y le sonreí, a lo que él respondió ampliando su sonrisa y tendiendo una mano hacia la entrada del edificio.
-Sígueme.-Caminé junto a él hasta la entrada, en donde me abrió la puerta para que pasara primero, saludando a un guardia de seguridad. Era de la misma altura que Edward, por lo que mi cabeza sólo llegaba hasta su pecho. Adorable.-Te daré una identificación para que pases sin problemas en cuanto lleguemos arriba, ya hemos preparado tu escritorio.
Asentí, y Jacob comenzó a explicarme el funcionamiento de la agencia mientras subíamos hasta el quinto piso del edificio.
Éramos sólo cuatro empleados además de él, y mayormente se trabajaba armando paquetes turísticos para todo aquel que lo deseara.
Me encantó el lugar en cuanto entré. Era una habitación grande con cuatro escritorios, un ventanal enorme con una preciosa vista de la ciudad detrás de dos de ellos y todas las paredes tapizadas en fotos, folletos y enormes paisajes de diferentes partes del mundo.
Al final de la habitación habían dos puertas cerradas, una iba al baño, la otra, a la cocina, y junto a ésta última había un arco sin puertas, que daba paso a una habitación más pequeña, el lugar de trabajo de Jacob.
Tres de los escritorios estaban ocupados por dos muchachas y un hombre, que me miraron con curiosidad cuando entré, dejando de hacer lo que tenían entre manos.
-Bella, estos serán tus compañeros de trabajo.-Jacob colocó una mano en mi espalda y caminó hacia el centro de la habitación conmigo.
Me sentía como la alumna nueva que se integraba a mitad de año. Totalmente descolocada, aunque no incómoda.
-Muchachos, ella es Bella Swan, Bella, te presento a Ángela, Bree y Riley. Chicos, sean amables.
Supe que Riley era gay en cuanto se levantó y caminó hacia mí con los brazos extendidos.
-¡Bienvenida a la hermandad!
Solté una risa mientras lo abrazaba, antes de saludar a las dos muchachas que también se habían levantado.
-¿La hermandad?
Jacob rodó los ojos, y puso una expresión de no tengo idea de por qué esta gente trabaja para mí.
-La hermandad de los agentes del turismo.-Terminó Bree, dándome un beso en cada mejilla y sonriendo hasta que se le marcaron dos adorables hoyuelos en las mejillas.
-¡Ahora nos podremos llamar los cuatro fantásticos!-Chilló Riley, saltando en su lugar, y Ángela sacudió la cabeza.
Parecía que la locura del lugar estaba bastante equilibrada. Bree y Riley no paraban de dar saltitos y hablar cosas sin sentido, y sólo había que ver cómo estaban vestidos, puros colores chillones y accesorios, para darse cuenta de su personalidad, mientras que Ángela y Jacob eran más serenos y hasta lucían algo resignados.
-Te lo explicaremos, hasta ahora éramos los Ángeles de Charlie, y Jacob era Charlie, pero se quejó tanto que decidimos sacarlo del grupo en cuanto la nueva llegara.-Me informó Bree mientras se sentaba sobre su escritorio, aplastando un par de papeles en el proceso.
-No te olvides de quién te paga el sueldo.-Farfulló Jacob, caminando hacia el único escritorio virgen del lugar, en donde sólo descansaba un block de notas, un teléfono y una notebook.-Tu lugar de trabajo.-Me anunció.
-¡Sí!-Una enorme sonrisa se dibujó en mi rostro mientras corría hacia mi escritorio. Me había tocado junto a la ventana.
-Es una de las nuestras.-Oí susurrar a Riley mientras volvía a su escritorio, y Bree soltó una risita.
Jacob sacudió la cabeza mientras me veía sentarme en mi silla giratoria.
-Tú primer encargo es este.-Me informó, señalando un cuadradito de papel azul que estaba pegado en mi escritorio, con un nombre y un número de teléfono.-Laura Conrad, me llamó ayer desde Washington, quiere hacer un viaje a Nueva York con su marido el mes que viene, Junio. Investiga todo lo que necesites, llámala para ver cuáles son sus intereses y arma el paquete, ¿Bien?
-Perfecto.-Respondí, poniendo en marcha el computador y sonriéndole. Jacob me sonrió, asintió y caminó hacia su despacho.
-Sexi, ¿No?-Me giré hacia Riley y solté una risita.
-Ya lo creo.-Susurré en respuesta, y choqué la mano que tenía en el aire frente a mí.
-Está soltero.-Me informó, y levantó y bajó las pestañas exageradamente.- Ve por él.
Solté una carcajada, negando con la cabeza, y me concentré en lo que tenía entre mano.
Me pasé las siguientes horas llamando a Laura Conrad, averiguando qué deseaba hacer en la ciudad y armando un paquete de viaje.
Llamé a hoteles, líneas aéreas, centros turísticos para averiguar precios y estaba en medio de una llamada con una empresa de recorridos turísticos por la ciudad cuando vi a mis tres compañeros de trabajo levantarse de sus escritorios y hacerme señas.
Corté la llamada unos minutos más tarde y los miré intrigada.
-Es la hora del almuerzo.-Me informó Ángela, tomando su cartera.
Frunciendo el ceño, le eché una miradita a la pantalla del computador para descubrir que eran las doce y cuarenta del mediodía. No tenía idea de en qué momento se me había pasado el tiempo.
-Oh…
-Iremos a un restaurant de por aquí cerca, ¿Vienes?
Asentí mientras apagaba la notebook y cerraba el block de notas, antes de tomar mi bolso.
-Vamos.
Adoré de inmediato a mis compañeros de trabajo. Ángela, a pesar de ser la más recatada de toda, era sumamente inteligente y respondía rápidamente a las pullas de Riley y Bree, que se la pasaban bromeando y riéndose.
Me tensé cuando pasamos caminando junto al edifico E.J.E. Inc., la empresa de los chicos, y maldije internamente al notar que quedaba a sólo una cuadra y media de mi trabajo.
Edward estaba allí adentro…
Eché una mirada hacia arriba, estudiando el enorme edificio de cristales espejados, y suspiré.
-Imponente, ¿No?-Dirigí mi mirada hacia Ángela mientras seguíamos caminando, y asentí levemente con una sonrisita.-Es uno de los edificios más lindos de la ciudad, le pertenece a…-Ángela frunció los labios y luego bufó.-No me acuerdo de sus nombres. Son un grupo de capitalistas de riesgo, muy jóvenes. Siempre salen en página 6.
-¿De verdad?
-Claro que sí. Son el sueño de cualquier mujer. Guapos, forrados, ¡Y usan trajes!
Solté una carcajada, mientras Riley y Bree, delante de nosotras, nos miraban con curiosidad.
-¿Qué es tan gracioso?-Inquirió Riley, mientras entrabamos en un bar a unos cuantos metros del edificio de Edward, y nos sentábamos en una mesa para cuatro.
-Tu cara.-Susurré, antes de abrir el menú.
Riley jadeó, sorprendido, llevándose una mano al pecho antes de inclinarse sobre la mesa para señalarme con un dedo.
-Tú…-Me acusó, y arqueé una ceja, con una sonrisita.-Me caes bien.
Solté una carcajada y Riley se enderezó en su silla, antes de que todos ordenáramos nuestro almuerzo.
Mientras esperábamos y charlábamos sobre el trabajo, recordé que no había chequeado mi celular desde esta mañana, y lo rebusqué en el bolso.
Tenía tres mensajes en el buzón de entrada, y los abrí uno por uno.
¿Cómo va ese primer día? ¡Iré a casa de Alice para que cenemos juntas hoy! Y creo que se nos unirán los chicos… No te molesta, ¿Verdad? –Rosalie x.
¿¡Cómo va tu primer día de trabajo, nena!? Ya te extraño. Llámame en cuanto tengas tiempo, no te conviertas en una neoyorkina desaparecida. Te amo. –Alec.
Buenos días, Bella. Espero que tengas un buen día en tu nuevo trabajo. Te veré esta noche. –Edward.
Me quedé sin aire al leer el último mensaje.
¿¡Cómo tenía mi número de teléfono!?
No recordaba habérselo dado. No, definitivamente, no lo había hecho.
-¿Bella? ¿Estás bien?
Pestañeé, levantando la mirada del celular para fijarla en Bree.
-Disculpa, ¿Decías?
-Te preguntaba de dónde vienes…
-Ah, soy de aquí pero me mudé a Maywood hace unos cuatro años.
-¿Y porqué volviste?
Sonreí nerviosamente.
-Extrañaba Nueva York… Y a mis amigos.
-¿Y por qué te fuiste?-Inquirió Bree otra vez.
Ángela le echó una mirada de reproche.
-Bree…-Advirtió, y solté una risita.
-No es nada… En realidad, lo hice porque mi padre murió y… La ciudad me traía muchos recuerdos. Necesitaba alejarme.
-Oh, lo siento…-Riley me tomó la mano sobre la mesa y le sonreí.
-No es nada. Fue hace muchos años.
Luego de eso, desviamos la conversación hacia temas menos peliagudos, como los supuestos kilos de más de Riley y su obsesión por los rubios, y aproveché para responder los mensajes de Rosalie y Alec, pero no pude responder el de Edward.
¿Qué podía decirle? ¿'Gracias'? ¿'Púdrete'?
Suspiré, negando con la cabeza y guardando el teléfono celular en el bolso, decidida a pasar aunque sea un maldito almuerzo sin pensar en él.
Cuarenta minutos más tarde, los cuatro salimos del restaurant con el estómago lleno y una sonrisa en el rostro.
Estábamos caminando de vuelta hacia la oficina cuando sentí mi bolso vibrar, y me paré en medio de la acera para rebuscar mi teléfono celular.
Alice llamando.
-¿Bella?
Levanté la mirada hacia Riley y le mostré el teléfono.
-Sigan, los alcanzo en un momento.
Bree levantó ambos pulgares hacia mí y les sonreí antes de contestar a la llamada.
-¡Al!
-¡Bells! ¿Cómo estás?
-Bien, volviendo al trabajo, ¿Tú?
-En el trabajo, acabo de terminar de almorzar. ¡Necesito un favor enorme!
-Dime.
-¿Sabes que trabajas a sólo una cuadra de los chicos?
Suspiré, mirando hacia mi derecha.
-En realidad, estoy parada frente a su edificio, Al…
-¡Eso es genial!
Torcí el gesto. Esto no me olía nada bien.
-¿Porqué?
-El tonto de Jasper se ha olvidado el teléfono celular en su departamento, y necesito decirle algo pero no puedo contactarlo de ninguna forma.
-¿Has llamado a su oficina?
-¡Sí, pero su secretaria me dijo que salió! Casi nunca sale de su oficina, asique estoy segura de que está tonteando por allí con Emmett, lo hacen siempre, necesito que lo encuentres. Estoy a punto de quedarme sin batería en el teléfono, Bells, entra y dile que necesito que recoja las cosas que dejamos en la casa de su madre, ya se ha olvidado dos veces. ¿Lo recuerdas? ¡Lo que dejamos en casa de su ma-
La llamada se cortó, y miré el teléfono horrorizada.
No, no iba a entrar allí adentro, no lo haría.
Quizás, si ponía como excusa la hora… No, todavía me quedaban treinta minutos del almuerzo, no era una excusa creíble.
Gemí, mordiéndome el labio, y finalmente, bufando e insultando a Alice entre dientes, me encaminé hacia la puerta del edificio.
Un guardia me miró con curiosidad, pero no me detuvo, asique crucé las puertas giratorias y entré en el lujoso lobby.
Increíble. Parecía que estos chicos hacían todo a lo grande, sí o sí. Todo allí era puro vidrio, desde la estatua del centro hasta el escritorio circular de la recepcionista.
Tragando saliva, y sintiendo que estaba pisando territorio enemigo, caminé hasta la recepcionista rubia e impecable estrujándome los dedos.
-¿Hola?
-Buenos días, ¿Qué puedo hacer por ti?
-Esto… Estoy buscando a Jasper. Jasper Hale.
La chica arqueó una ceja perfectamente depilada de manera casi imperceptible, y me sonrió algo condescendientemente.
-¿Tienes cita?
-No, hmm… Somos amigos.
La chica sonrió y asintió.
-Claro que sí, pero no puedes verlo sin cita.
Sabía que presentarme allí y pedir ver a uno de los tres dueños de la empresa era como ir de visita a la Casa Blanca y pedir ver al presidente. Imposible. Y tonto.
-Es que realmente somos amigos, por favor, llámalo, lo verás…
La chica suspiró, y noté que ahora su sonrisa era forzada mientras sus ojos mostraban exasperación.
-No puedes verlo sin una cita. Lo siento.
-Pero-
-Lo siento. No.
Eso había sido grosero.
Frunciendo el ceño, se me ocurrió una idea, y rebusqué mi teléfono en mi bolso, preguntándome a quién podría llamar para cerrarle la boca a esta exasperante recepcionista.
Probé con Emmett, pero el desgraciado me mandó al buzón de voz, y gruñí.
Me indigné todavía más al ver la mirada sobradora de la recepcionista.
-¿Quieres algo más?
-Ver a Jasper.
-Vas a obligarme a llamar a los guardias…-Advirtió, con una sonrisa de arpía en el rostro.
No lo pensé más.
Abrí el mensaje que Edward me había enviado y marqué su número.
-Haz tus llamadas afuera, llamaré a seguridad…
-¿Bella?-La voz de Edward al otro lado de la línea sonaba sorprendida, y esperanzada. Cerré los ojos levemente antes de aclararme la garganta y hablar.
-Estoy en el lobby de tu edificio. Necesito que vengas a buscarme.
-¿Qué?
-Tu recepcionista no me dejará pasar.-Mascullé, dirigiéndole una mirada de odio, y la chica arqueó una ceja.
-¿Estás aquí?
-¡Edward, ven!
-Espérame.
Lo había pillado por sorpresa, lo sabía. Y también a la recepcionista, que comenzó a titubear al escuchar el nombre de mi… De Edward.
Me crucé de brazos y nos observamos fijamente durante minutos, en los que no aparté la mirada de ella, mientras me observaba obstinadamente.
-Bella…-La voz de Edward sonaba agitada… Y feliz.
Me giré a mirarlo y sentí que estaba a punto de echarme a llorar.
-Hola.
-Hey…-Edward se acercó y me acarició la cabeza con lentitud, sonriéndome.-Creo que acabas de alegrarme el día.
Tragué saliva, desviando la mirada, y me encontré con la de la recepcionista, que nos miraba con los ojos abiertos como platos.
-Te dije que los conocía.-Mascullé, y la chica jadeó.
-Lo siento, señor Cullen, no sabía-
-De ahora en más, cada vez que la veas aparecer, la dejarás subir de inmediato, ¿Entendido?-Ordenó, su voz cambiando increíblemente a cómo se había dirigido a mí un segundo antes.
-Claro que sí, sí, señor.
La chica lucía aterrorizada. No pude evitar sonreírle socarronamente antes de girarme hacia Edward.
-¿Subimos?-Me preguntó, y asentí.
-Sí.
Suspiré cuando tomó mi mano y caminó hacia el ascensor llevándome con él.
Ninguno de nosotros dijo nada mientras subíamos hasta el piso más alto, y caminábamos hacia su oficina.
Tendría que decirle porqué estaba aquí, tendría que buscar a Jasper, decirle lo que dijo Alice y largarme de allí.
Pero no pude hacerlo.
Me sentía muy cómoda allí. Tomando su mano. Mi estómago se estrujaba y el corazón me latía a mil kilómetros por hora, pero no deseaba apartarme de él.
Caminamos junto a sus dos secretarias, sí, dos secretarias, que me miraron con el ceño fruncido y una expresión de perplejidad en el rostro.
-No me pasen ninguna llamada.-Ordenó Edward, sin detenerse, mientras me llevaba detrás de él hacia su oficina.
Sólo me soltó para cerrar la puerta, y caminé dentro de su espacio de trabajo con un suspiro. Era tan… Él. Había un trozo de Edward en cada rincón de la habitación.
Desde los sillones de cuero negro, los muebles oscuros, el amplio ventanal y las fotos en blanco y negro de la ciudad que decoraban las paredes blancas.
El escritorio era inmenso, y lleno de papeles, además de una computadora increíblemente moderna sobre él.
-Es lindo.
-Gracias.-Lo oí susurrar, y me giré hacia él con los brazos cruzados.-Me tomaste por sorpresa.
-Lo noté.-No pude evitar sonreír. No era muy común ver a Edward, el gran Edward Cullen, confundido o fuera de lugar. El siempre era el amo y señor de todo, siempre manejándose a su antojo y sabiendo qué hacer.
Menos ahora. Menos conmigo.
-¿Qué haces aquí, Bells?-Susurró, acercándose a mí, y ladeé el rostro para que no viera las lágrimas que brillaron en mis ojos.
Jadeé cuando, al deslizar la mirada por las fotos de la ciudad, me encontré con una muy familiar.
Me alejé de él hasta que llegué a la fotografía, y deslicé mis dedos temblorosos por el cristal que la cubría.
-Edward…-Susurré, sin poder controlar las lágrimas.
Lo sentí detrás de mí, apoyando su mentón sobre mi cabeza.
-Lo sé.
Era una foto nuestra. De nuestra época más feliz.
Yo tenía diecisiete años, y estaba riéndome como una descosida mientras él tomaba mi cabeza entre sus manos y me observaba con adoración. Estábamos parados en el centro del Time Square.
Alice había tomado esa foto. Estábamos tonteando por la ciudad y ella no dejaba de molestar con su nueva cámara. Siempre había adorado esa foto.
Si no se le prestaba mucha atención, parecería sólo una foto de mucha gente en el Time Square, nada importante. Pero si se observaba bien, se notaba cómo el foco estaba en nosotros, en mí, riéndome, y en él, sosteniéndome entre sus brazos.
-¿Cómo lo haces?-Susurré, llevándome una mano a la boca mientras las lágrimas corrían libremente por mis mejillas.
-¿Qué cosa?-Susurró, y sentí su cálido aliento contra mi cabeza mientras me sostenía por la cintura.
-Ver esto… Todos los días.-Sollocé, sin desviar la mirada de la fotografía.-¿Cómo haces para verla todos los días sin… sin…
-No lo sé.-Susurró, cuando no pude terminar mi oración.-Supongo que duele menos si no lo ignoras. Si lo recuerdas.
Solté otro sollozo.
Yo había tirado todo. Lo había dejado todo. No tenía ni un maldito recuerdo de Edward Cullen.
Bueno, eso no era del todo cierto. Todavía tenía escondida aquella primera carta que me escribió.
"Te amo". Eso era todo lo que decía sobre aquella vieja entrada del cine. Esa había sido la primera vez que me lo dijo.
Era lo único que no había podido tirar, pero lo mantenía guardado bajo pilas de cosas, para no tener que encontrarla nunca.
Edward me hizo girar en sus brazos y me estrechó contra él, con fuerza, besando el tope de mi cabeza.
-¿No lo extrañas? ¿No nos extrañas, nena?-Susurró, y me estremecí en sus brazos.
-No tienes idea…-Sollocé, aferrándome a su camisa.
-Perdóname, por favor. Por favor…
-Edwa-
-¡Oye, no sabes lo que nos enteramos!
Me separé de Edward de un tirón, jadeando al saber que si no hubiera sido por la ruidosa entrada de Emmett y Jasper, le hubiera dicho que sí. Que lo perdonaba. Que lo amaba.
¡Qué idiota eres, Swan!
-Oh, hola… Nosotros… ¿Deberíamos irnos?-Emmett lucía divertido, y Jasper, por otro lado, incómodo. Aún más incómodo se sintió cuando Edward respondió con un rotundo 'Si', y yo con un 'No'.
Edward me miró con el ceño fruncido, y respiré entrecortadamente al ver que tenía los ojos enrojecidos. Edward nunca lloraba. Nunca.
No, no, no…
Tragué saliva y me sequé las lágrimas.
-Jasper, Alice dice que tienes que recoger… ¿Las cosas que dejaron en casa de tus padres?
Jasper frunció el ceño, y luego pareció entender de qué hablaba porque abrió los ojos como platos y se golpeó la frente con una mano.
-¡Mierda, me olvidé!
-Sí, eso dijo ella…-Mascullé, antes de colgarme bien mi bolso y aclararme la garganta.-Bueno… Me voy.
-Bella-Me solté de la mano con la que Edward me había sujetado y negué con la cabeza.
-Debo volver a trabajar.-Mascullé, saliendo a toda prisa de la oficina, y del edificio.
Llegué a la agencia justo a tiempo, y mis tres compañeros me dirigieron una mirada curiosa.
Les sonreí temblorosamente, les dije que no se preocuparan y volví a enfrascarme en mi trabajo.
Mi vida se estaba complicando cada día más. Ayer, luego de visitar la tumba de mi padre, estaba tan malditamente desecha que no pude parar de pensar, ¿Cómo haría para seguir adelante ignorando a Edward? No tenía las fuerzas suficientes. Ni siquiera estaba segura de querer hacerlo.
Me dolía el cuerpo, y el corazón, luego de ver esa foto. Éramos tan malditamente felices.
¿En qué momento se arruinó todo? ¿Qué sucedió?
Él se fue.
Yo no pude tolerarlo. Y todo se acabó.
Sorbí por la nariz, dispuesta a dejar de pensar en eso por el resto de la tarde, dispuesta a olvidar que sólo dentro de unas horas, estaría cenando con él.
.
¡Buenas tardes! No sé si lo notaron, pero este capítulo sí que me salió más largo de lo normal, ¿No creen? Jajaja, creo que se los debía por no actualizar muy seguido. Estoy de vacaciones, y pensé que como tengo más tiempo libre escribiría más. En realidad, sucedió todo lo contrario. Me la paso durmiendo, ¡No puedo dejar de dormir! Pero bueno, dejé de hacerlo por unas cuantas horas para escribir este chapter. En el próximo las cosas se van a poner más interesantes, y probablemente la visita de un amigo de la castaña ponga las cosas patas para arriba en esta ciudaddddd. ¡Espero que les haya gustado! Muchas gracias por todo. Un beso gigantesco.
¡Emma!
(La frase de allí arriba: "A veces te sientas y lo intentas, pero no puedes entender qué fue mal".)
