Oh, the boy's a slag, (the best you've ever had). The best you've ever had is just a memory.

-Bells, llegaron.-Cerré los ojos, soltando todo el aire que retenía en mis pulmones, y me acurruqué aún más bajo las mantas.-Bella, Alice fue a abrir la puerta. Debes salir de ahí.-Negué con la cabeza, aún sabiendo que Rose no me vería.-Bien, señorita, voy a entrar.-Anunció, y sentí la puerta abrirse, antes de que Rosalie se sentara junto a mí en la cama.- ¿¡Qué haces metida allí adentro!?-Escondí la cabeza aún más bajo las mantas, gruñendo-¡Isabella, sal de ahí!

Gemí cuando me destapó, y ella suspiró al ver que estaba vestida.

-¿Qué quieres?-Le gruñí, y ella arqueó una ceja.

-¿Fuiste vestida así a trabajar?

-¡No!

-Bells…-Rose arqueó una ceja, y suspiré.

-Quizás…

Rosalie suspiró y se puso de pie, con las manos en las caderas.

-Vamos, arriba, no puedes estar así.

-Estoy bien. Ustedes vayan a comer con ellos mientras yo me regodeo en mi sufrimiento.-Murmuré patosamente.

-¡Isabella, arriba!

-Bueno, bueno…-Mascullé, poniéndome de pie. Rosalie podía llegar a dar miedo cuando quería.

-Ve a ducharte, voy a dejar la ropa que te pondrás sobre la cama.

Bufé, pero le hice caso y me encerré en el baño.

Exactamente veinte minutos más tarde, abrí la puerta de mi habitación y me aventuré al pasillo, vistiendo unos jeans negros con zapatillas bajas, y una camiseta de los Yankees que había preferido por sobre la camisa que Rose había elegido.

Me paré antes de entrar en la sala de estar, y oí las risas de mis amigos y su charla despreocupada. Quería estar allí, entre ellos, riendo y haciendo de cuenta que nada había cambiado.

Pero era imposible. Porque me era imposible estar cerca de Edward ahora sin sentir como si me estuviera ahogando.

Inspiré hondo, y decidida a dejar de huir, caminé dentro de la sala y cinco cabezas se giraron hacia mí. Cuatro me sonreían. Una me observaba tan intensamente que parecía como si quisiera leerme el pensamiento.

-Bueno, ¡Asique decidiste aparecer!-Exclamó Emmett, poniéndose de pie.-Pensé que tendría que ir y arrastrarte hasta aquí.

Solté una risita, sin decir que Rose ya había hecho eso, y lo abracé, antes de saludar a Jasper, y finalmente, girarme hacia Edward, que se había puesto de pie y forzó una pequeña sonrisa.

Me puse de puntillas para rozar su mejilla con mis labios durante un breve instante antes de alejarme y dejarme caer en un lugar vació del sillón, lo más lejos posible de él.

-Y bien, ¿Qué tal su día?-Pregunté, esbozando una sonrisita, y el incómodo silencio fue roto por la charla incansable de mis chicas.

Unos cuantos minutos más tarde, me removí en mi lugar para alcanzar mi teléfono celular, que vibraba dentro de mi bolsillo trasero, empujando a Emmett en el proceso, que me empujó con más fuerza de vuelta. Lo golpeé en el hombro y él apoyó su mano en mi rostro, estirando el brazo. Chillé y le mordí la palma, y Rosalie nos retó como si estuviera tratando con dos niños pequeños.

Solté una risita y apoyé la cabeza en el hombro de mi amigo, que me rodeó los hombros con un brazo mientras yo abría la casilla de mensajes.

Tengo libre el próximo fin de semana. ¿Quieres que vaya? Porque yo quiero ir. -Alec

Sonreí, y me apresuré a teclear con rapidez para responderle.

¡Claro que sí! Ven, ven, ven. –Bella.

-¿Quién es Alec?-Giré el rostro y mordí el brazo de Emmett, que se quejó, alejándose de mí.-Sólo preguntaba, Isabella.

Solté una risita, negando con la cabeza, y volví a depositar mi teléfono dentro del bolsillo. Al levantar la mirada, me crucé con los ojos verdes llameantes de Edward, que cuadró la mandíbula.

-Es sólo un amigo.-Susurré suavemente, sin saber a quién le estaba respondiendo en realidad, si a Emmett, o a Edward.

Luego de eso, todo pareció volverse algo más tenso, y unos minutos más tarde decidimos cenar en la cocina, y sonreí internamente al darme cuenta de que entre nosotros todo seguía siendo igual de informal que siempre.

-¿¡Se acuerdan de nuestras noches de bolos!?-Chilló Alice en cierto momento de la noche, y gemí, tragando mi Chop Suey.

Odiaba los bolos. Los odiaba con todo mí ser.

-No, Alice, no…

Todos estallaron en carcajadas ante mi súplica, y ninguno pudo evitar recordar las múltiples vergüenzas que había pasado jugando a ese endemoniado juego.

-¿¡Se acuerdan de la vez que se cayó al suelo luego de lanzar la bola!?-Otra ronda de carcajadas. Esbocé un mohín.

-¡Oh, cállense ya!-Chillé, intentando parecer enfadada a pesar de la risa, y cerré la boca en cuanto mi mirada se cruzó con la de Edward, que me sonreía torcidamente desde la otra punta de la mesa.

Claro que recordaba esa caída. Por alguna extraña razón, luego de lanzar la bola mis pies se habían enredado, y caí al suelo en un golpe sordo, gimiendo cuando sentí todo el impacto en el trasero.

Sí, sí que había dolido. Edward me había levantado del suelo por detrás, y yo había girado en sus brazos para esconder mi rostro enrojecido en su pecho, mientras tomaba mi trasero con ambas manos. Él, sin ningún tipo de vergüenza, había reemplazado mis manos por las suyas, acariciándome suavemente hasta que dejó de doler.

Esos recuerdos parecían tan lejanos y tan cercanos a la vez.

-Bien, cambien de tema, idiotas.-Mascullé, volviendo a rebuscar mi celular cuando comenzó a vibrar.

-Bells está solicitada hoy…-Comentó Jasper, y Emmett subió y bajó las cejas, poniendo cara de idiota.

Les rodé los ojos y leí el mensaje.

Confirmadísimo. ¡El fin de semana eres toda mía! -Alec.

Oh, no, tú serás todo mío. Sólo recuerda traer calzado cómodo. –Bella.

No pensaba dejarlo descansar ni un segundo, iba a conocer toda la ciudad, de pies a cabeza, costara lo que costara.

Sonriendo, levanté la mirada para volver a cruzármela con la de Edward, que se había endurecido, y suspiré.

Me tendría que importar una mierda. Pero me era imposible.

Odiaba verlo molesto, o triste. Adoraba al Edward pícaro, el misterioso, el desafiante, hasta el sobreprotector. Pero nunca el triste. Edward triste era mi karma, una punzada en el pecho, mi corazón rompiéndose en mil pedazos.

Más que un par de miradas más y algún que otro comentario, la cena pasó sin muchos contratiempos, pero parecía que Edward no estaba de acuerdo con mi silenciosa petición de paz, porque cuando, luego de cenar y antes del postre, me dirigí al cuarto del baño, él me siguió, y se encerró dentro, conmigo, su rostro tenso y enfadado.

Tragué saliva y arqueé una ceja, intentando no parecer nerviosa, a pesar de que el estar en un lugar tan pequeño con él me estaba carcomiendo.

-¿Qué quieres? ¿Qué haces aquí?

-Tú y yo vamos a hablar.-Masculló, acercándose a mí.

-Ya hablamos suficiente. No quiero hablar más contigo.-Respondí en un murmullo, girándome para abrir el grifo y lavar mis manos.

-Pero lo harás de todas formas.-Gruñó, y me tensé cuando lo sentí tomar mi cintura entre sus manos, con fuerza. Estaba más enfadado de lo que parecía.- ¿Quién mierda es Alec?

-Un amigo.

-Dime la verdad.-Masculló, agachando el rostro para acercar su boca a mi oído.-Dime quién es.

-¡Es mi amigo!-Mascullé, enfadada, secándome las manos en una pequeña toalla celeste, e intentando soltarme de sus manos sin éxito.- ¿Qué mierda quieres, Edward?

-Quiero saber si alguien más te ha tocado, Isabella. Si algún bastardo se ha atrevido a poner un dedo encima de ti…-Lo sentí apretar más sus dedos contra mis caderas, casi haciéndome daño, y supe que estaba muy atormentado, casi a punto de perder el control ante la idea. -Que Dios me libre, si has estado con alguien más, juro por todo lo sagrado que lo encontraré y le arrancaré los ojos.-Farfulló contra mi oído, y, con los ojos llenos de lágrimas, observé en el espejo sus cabellos cobrizos y el tope de su cabeza.

-¿Ahora te importa?

-Responde a la maldita pregunta…-Susurró. -He necesitado saberlo desde que regresaste y no lo soporto más.

-No.-Susurré, casi imperceptiblemente, mientras una solitaria lágrima se deslizaba por mi mejilla.-No estuve con nadie más.

La presión de sus dedos disminuyó, y deslizó sus manos de arriba abajo por mis caderas, mientras levantaba el rostro para trabar su mirada con la mía en el espejo.

-¿No has estado con Alec Vulturi?-Susurró, casi suplicantemente, y comencé a negar con la cabeza, antes de caer en la cuenta de que había mencionado el apellido de mi amigo, y fruncí el ceño.

-¿Vulturi?-Susurré, ladeando la cabeza, mirándolo a los ojos a través del espejo para medir su reacción.

Su rostro casi que no demostró cambio alguno, pero lo conocía lo suficiente como para saber que había suspirado, sabiendo lo que se avecinaba.

-¿Cómo sabes su apellido?-Pregunté, girándome, hasta que todo mi cuerpo quedó pegado al suyo, y su rostro a sólo un centímetro del mío.

-Eso no importa…

-¿Cómo sabes su apellido?-Mascullé, sin dejar que me disuada. Edward suspiró, desviando la mirada.- ¡Dímelo!

-Simplemente lo sé, ¿Bien?

-¿Cómo? ¿Lo conoces?-Edward frunció el ceño y negó con la cabeza, antes de alejarse un paso de mí, bufando, y deslizando su mano derecha por sus cabellos, incómodo.- ¿Entonces qué?

-Bells, no es nada…

-¿Cómo lo sabes?

-¿¡Porqué es tan importante!?-Masculló, fijando su mirada en la mía, enfadado.

Sabía que una de las cosas que Edward odiaba era sentirse acorralado. Y era justo como lo estaba haciendo sentir en ese momento.

-Dime cómo lo sabes.

-Bien, esto se acabó-

-¿Acaso has estado siguiéndome? -Susurré, entrecerrando los ojos y recordando lo que Alice me había dicho hacía unos cuantos días. -¿Espiándome?

Edward tragó saliva, con la mirada perdida, y tardó un par de minutos en responder.

-Sólo quería asegurarme de que estabas bien.-Murmuró, y casi no lo oigo.

Pero lo hice.

-¿¡Me espiaste!?

-¿¡Qué se supone que debía hacer!?-Exclamó, frustrado. -¿¡Olvidarme de todo y seguir adelante como si nada hubiera pasado!? ¿¡De veras crees que podría hacer algo como eso, Isabella!?

-¡No tenías ningún derecho a enviar gente a vigilarme, Edward!

-¡Me importa una mierda! ¡Y claro que sí tengo el derecho!

-¡No, no es así!

-¡Sí lo es!-Exclamó de vuelta, tomándome por los hombros con fuerza, e inclinando su rostro hasta que estuvo a tan sólo un centímetro del mío.- ¿Y sabes por qué?-Masculló. Y sí, sabía la respuesta, pero él lo dijo antes que yo.-Porque eres mía. Fuiste, eres, y siempre serás malditamente mía. Y voy a protegerte siempre, te guste o no.

-No es cierto…

-Puedes negarlo todo lo que quieras, puedes pelear contra ello, cariño, pero muy en el fondo lo sabes.-Susurró, levantando una de sus manos hasta mi rostro, para acariciar mi labio inferior con dulzura. -¿Porqué no has podido estar con nadie más, si no? Sabes que es así. Sabes que eres mía y que nunca le podrías pertenecer a nadie más.

-No le pertenezco a nadie…-Susurré, mis ojos volviendo a llenarse de lágrimas, apoyando una mano sobre su pecho para alejarlo de mí.

Edward esbozó una sonrisita condescendiente, de esas que tanto odiaba, y tomó mi mano entre las suyas, alejándose un paso de mí.

-Si decir eso te hace sentir mejor, cariño, entonces hazlo…-Susurró, antes de inclinarse hasta que su boca quedó junto a mi oído.-Pero ambos sabemos la verdad aquí.-Luego de besar el lóbulo de mi oreja, dio media vuelta y se marchó, dejándome temblorosa, confundida, y muy, muy furiosa.

No volví a la cocina.

Cuando Rose vino a buscarme, preocupada por mí, le dije que tenía una terrible jaqueca y me quedé en ropa interior antes de meterme en la cama.

Tenía tantas ganas de llorar.

Pero no lo haría. No ahora, con él a tan solo una pared de distancia.

No pude conciliar el sueño inmediatamente, y giré en la cama durante una hora escuchando las amortiguadas voces de mis amigos, hasta que, a eso de las once de la noche, la puerta de mi habitación se abrió lentamente.

Cerré los ojos, con el rostro escondido tras una cortina de cabellos caoba, e intenté regularizar mi respiración cuando sentí el colchón hundirse junto a mis piernas, y la loción de mis pesadillas inundó mis sentidos.

No, no, Edward…

Sentí su mano despejar los cabellos de mi rostro, y acariciar mis facciones con mucha suavidad, una por una, como si estuviera tratando con una delicada muñeca.

-Pequeña…-Su voz sonó ahogada, agónica, y mi corazón se estrujó. Iba a llorar. Iba a largarme a llorar ahora mismo. Su pulgar acaricio mi labio inferior, y cuando lo oí suspirar, abrí los ojos. No se sorprendió al ver que estaba dormida, y siguió acariciándome lentamente.

Nos miramos en silencio, nadie dijo nada, pero al mismo tiempo nos dijimos todo.

Te amo. Te amo. Lo siento. Te amo tanto.

No tengo idea de cuánto tiempo nos miramos a los ojos, con su pulgar acariciando levemente mi mentón, y su mano apoyada sobre mi cuello, pero pareció una eternidad.

Deseaba levantarme, lanzarme sobre su regazo, enterrar el rostro en su cuello y llorar hasta que todo el dolor y el pasado desaparecieran. Pero no pude hacerlo. No pude desviar mis ojos de los suyos, verdes, eléctricos, llenos de arrepentimiento, de amor.

Finalmente, cerré los ojos cuando él se inclinó sobre mí. No sentí sus labios contra los míos, como esperaba, pero sí rozó con ellos mi frente, de un lado al otro, antes de besar mi coronilla, y suspirando casi imperceptiblemente, ponerse de pie.

No volví a abrir los ojos hasta que lo sentí salir de la habitación, cerrando la puerta tan suavemente como la había abierto.

Rodé hasta quedar boca arriba, con la mirada fija en el cielo raso mientras las lágrimas se deslizaban por mis sienes y se perdían en mis cabellos.

Todavía me ama. Me ama. Me ama tanto como yo lo amo a él.

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Corregí este capítulo porque de verdad que no podía vivir con el tremendo error que tenía (Si es que lo notaron, lo siento, y si no, pues mejor) Jajajaj. Esta es la historia en la que planeo concentrarme por el momento. Muchas gracias por seguir leyéndome a pesar de mi tendencia a esfumarme cada tanto.

Las quiero.