Hay chicas(os), sorry por la demora, pero desde el jueves que no me metia al pc porque este finde estuve ayudando a construir mediaguas'' en Penco, que es una comuna al lado del mar, a 20 min de donde yo vivo, que tambien fue afectada por el terremoto que hubo hace casi 2 mese aqui en Chile, yayer fue puro ponerme al dia con la U asi que recien tuve un tiempito ahora en la mañana ya que me suspendieron las clases de manejo, en fin, disfruten el capi, y muchas gracias a las que se dan 1 min para dejar un review.
Recuerden que la historia pertenece a Guillermo Blanco, un autor Chileno, y los personajes a S.M.
Un beso y un abrazo.
TRES
Debe ser imposible precisar cuándo empieza el amor. Trazar una línea. Imposible. Al principio es una cosa vaga, un cosquilleo sin motivo, un deseo efervescente de ser bueno y hacer a todos felices en torno. También una extraña tristeza, a ratos; una tristeza también sin motivos. Un deseo alternado de llorar y reír, y de hablar en voz baja; de cantar – yo , con mi oído de tarro – o de echar a correr hasta caer agotado.
Acababan de iniciarse mis vacaciones de invierno en esos días, y solo debía regresar a Santiago dentro de unas tres semanas. Mi padre estaba llegando tarde a casa. Don Aro y el trabajo lo retenían hasta la noche. Durante horas, me hallaba sin nada que hacer, fuera de leer, caminar, mirar.
Era dueño de mi tiempo.
A la mañana siguiente de conocer a Isabella, resolví ir a Castuera, a pie. Un curioso pudor me impulso a mentir a papá. Iría al Trapiche(feria de las pulgas), le dije. Almorzaría allí. Cogí dos panes, un trozo de queso de cabra y una manzana.
- Vas a pasar hambre.
- No, no importa. Compro algo.
- ¿En el Trapiche?
Me ruboricé.
- A…, a la ida, por el camino… Ya veré.
- Allá tú – sonrió
Y se dio vuelta. Me detuve un instante, queriendo explicarle que no, que iba a Castuera , mas me limite a articular:
- Hasta luego.
Y partimos, cada cual por su lado.
El aire, afuera, y el sol, me animaron muy pronto. Recuerdo que, a pesar de la prisa que tenia por llegar a Castuera, me eché a andar a tranco lento por el trozo de camino que va junto al río. Las garzas solemnes y blancas, volaban sobre la corriente, se posaban en los remansos, alzaban desde las piedras la frágil arquitectura de sus cuerpos.
Emepcé a subir, y el camino iba retorciéndose, metiéndose en el pinar, penetrando el silencioso verdinegro y húmedo del bosque. Arriba, al fin, terminaban los arboles. El cielo quedaba encerrado en dos brazos vegetales que se abrían a medida de mi avance, para entregarme más y más cielo a cada paso, y luego – cuando llegué a la cumbre – todo el cielo, y a mis pies el espectáculo radiante del mar: la caleta, las casas del balneario, la hostería.
Allá debía estar Isabella. Me pregunté cuál sería su ventana, si se hallaría dentro o habría salido a caminar. Se divisaba una figura solitaria – un punto – moviéndose apenas junto a las olas. ¿Sería ella?
Bajé, casi corriendo.
Aunque no puedo decir que ya la amara, todo en mi gritaba su nombre. No. No la amaba aún. ¡He encontrado tanto que amar, después, en ella! Tantos recodos que entonces no podía siquiera imaginar… ¿O sí? ¿O en la mirada blanda y profunda de Madame Henriot había yo entrevisto, adivinado, soñado, cada estrato de lo que el tiempo me iba a mostrar en Isabella, con una suerte de mágica arqueología? ¿De lo que Isabella iba a significar para mí?
Sin embargo, no la amaba. Amar es una integridad. Se está entero – él entero, ella entera – en el amor. Me entusiasmaba, claro, la idea de amarla. Me atría con la doble atracción de una aventura y un misterio. Casi de un peligro. Además, amar habría sido una salida para el encierro al que me condenaba mi timidez. Una especie de puente entre mi mundo privado y el mundo.
Pasé aquella mañana solo, en las rocas. Me entretuve en mirar una poza de camarones, luego un banco de erizos, luego en saltar de piedra en piedra esquivando el golpe de la ola. Después emprendí el regreso hacía Castuera, por la playa de las algas. Tenía sed. Serían las doce o más, y ya había consumido mis provisiones.
Entré en el almacén.
- Buenos días, Don Marco – saludé
- Buenos, Edward. ¿De veraneo?
- Sí – repliqué , sonriendo – Este invierno es un verdadero verano. He sentido calor en La Punta.
Pedí un refresco. Un agua mineral. Mientras me atendía, Don Marco miró por encima de mi hombro.
- ¿Señorita?
Me volví: era Isabella.
- ¿Como está? - me dijo, tendiéndome la mano - ¿Anda de paseo?
- Si…
Pidió lo que iba a comprar.
- ¿Piensa almorzar en Castuera?
- Almorcé
- ¿Y ya se va?
- No – contesté, después de vacilar un instante – Voy a quedarme en la tarde. Está tan agradable el sol.
- En realidad yo había invitado a mi papá a caminar por la playa, pero él, como buen militar, no perdona su siesta.
Habría querido invitarla a que fuéramos juntos, mas no me atreví se produjo un silencio mientras luchaba en vano con mi cortedad de genio.
- Son $120.-(ciento veinte pesos, valor antiguo, hoy en día con eso se compra un caramelo)
Isabella pagó, recibió su paquete.
- Hasta luego – me dijo.
Y ya al trasponer la puerta agregó:
- Quizá nos veamos. Creo que voy a salir, aunque sea sola.
- Ojalá – comenté
Y me quedé pensando que había resuelto mucho más audaz – y más tonto – este ''ojala'' que la obvia invitación que antes no me arriesgara a pronunciar.
Isabella vestía de blanco. La vi desde el momento en que bajó las gradas de la hostería hasta que, rectamente, se encamino hacia donde yo estaba.
- ¡Que agradable la brisa! – exclamó sin saludarme.
La miré. La miré por primera vez como miraba a Madame Henriot: como si la mirada no encontrara algo vivo, como sí ella no fuera a sentirla ni yo tuviera que dejar de mirarla. Como si ya nos amásemos, y no hicieran falta palabras que nos mantuvieran a prudente distancia.
Isabella echó a andar por la arena. La seguí. Se detuvo, se quitó los zapatos. Encontré que esto le confería una frescura y una belleza nuevas. La estilizaba también, no se por que. Las hadas, las ninfas, los seres ideales, parece que danzaran descalzos.
Nos fuimos por la orilla del mar. Ella alzaba un poco la voz para hablarme por sobre el ruido de las olas. Su pelo me rozaba las mejillas cuando nuestras cabezas se acercaban con el vaivén de la marcha.
Quisiera haber atesorado cada una de las frases que cambiamos. Pero las frases en sí, no son nada. Son frases. Son letras, aquí, en la libreta. ¿Y cómo traer el viento y el golpe del agua y la humedad salina del aire, y ella, y yo; el hecho tan simple y tan complejo de estar juntos, y la despreocupación, y el amor que iba naciendo o se adensaba o se hacía profundo?
En un momento habló de su novio. Había ido con él a tal parte, había hecho tal cosa con él… No sé.
Callamos. Los dos supimos que se había producido un hielo. Y la conversación varió. Sería imposible precisar qué, ni cómo: varió. No las palabras, tal vez. Tal vez las palabras, puestas en el papel, no revelarían gran cosa. Era algo sutil. Un brillo más tenue en los ojos de Isabella, una opacidad vaguísima en mi voz.
Observé, de reojo, que un anillo le ceñía el dedo. Ella sorprendió mi mirada, y el silencio adquirió mayor hondura.
Regresé por el camino de los cerros, con una incierta impresión de derrota. El anillo de Isabella se me aparecía idéntico en su significado al lienzo sobre el cual estaba el rostro de esa bella francesa de años atrás: al lienzo, a los años, a la muerte que de seguro era ya dueña de la real Madame Henriot, o a la vejez, que habría destruido la tonalidad feérica (referida a las has) de sus rasgos.
No volvería a Castuera: eso era un asunto resuelto. ¿Para qué? ¿Para alentar un sentimiento que terminaría por convertirse en una espina? ¿Para hablar del novio? Enrabiado, golpee con el pie, en un gesto de grotesco despecho. Un novio. La palabra me zumbaba en los oídos; daba vueltas, inmaterial, en mi mente. Era un remolino negativo. Novio, anillo, cuadro, tiempo: lo imposible.
No volver. No alimentar un apego que me haría sufrir. Quizá sí… Pero mi padre, antes, mucho antes, me había dado una doble respuesta para esto: ''No debemos rehuir lo que es duro solo porque es duro. Casi siempre vale la pena pagar el precio de una hora amarga, o de días, o meses amargos, a trueque de un poco de grandeza. Es curioso: se diría que una de las raras, de las únicas formas que tenemos de participar del espíritu, o de la divinidad, es a través del dolor. Los griegos calificaban de héroes a los hombres que se acercaban a los dioses por sus virtudes. Yo, sin embargo, creo que Edipo, Electra y Orestes estaban más cerca de es sobre humanidad ( y más cerca por el dolor) que el mayor de los héroes por sus méritos''.
No recordaba esto al bajar hacía San Millán, por la pendiente oriental del camino. Lo recuerdo ahora, y recuerdo también otras frases de mi padre: ''Alguien me parece, ha hablado de la vocación del dolor. Es cierto: esa vocación existe, y es lógica. Lo absurdo es creer que uno puede escapar al dolor, considerarlo un accidente. Lo más que se hará será tomarlo de soslayo, o huir del dolor serio, hermoso, para caer en una sucesión de otros, diminutos, que no dejan siquiera el consuelo de la grandeza. O aferrarse a una hilera de goces también diminutos, enanos. De goces que reducen la escala del hombre''.
