Bueno chias, no hay forma de disculparme despues de tantos meses sin actualizar. No es por escuzarme pero la verdad es que en la U apenas he tenido tiempo este segundo semestre, menos mal que ya lo termine. Y bueno, mi chico que me dejo asi que me daba un poco de pena leer la historia para ir transcribiendoña. Pero en fin,aqui esta el siguiente capitulo. Espero lo disfruten y me hagan feliz con un pequeño review con quejas o alabos. Ahora actualizare mas seguido, todas las semanas como mucho.

Espero sus comentario.

Un beso y un abrazo.

PD: Recuerden que los personajes son de S.M, y la historia pertenece a Guillermo Blanco.


CINCO

A las seis de la mañana nos encontrábamos todos en pie, arreglando la casa. Mientras Carmen pulía las bandejas de plaqué y los candelabros, mi padre y yo cambiábamos de lugar los muebles, disimulando rincones desdorosos, alguna tabla hundida, un rasgón del empapelado. Parecía que el pobre miraba por primera vez nuestros cuartos escuálidos y sombríos. Y era que por primera vez los veía con ojos ajenos, de afuera. Con los ojos del general.

- Tuve que invitarlos – repetía, entre excusándose y tratando de conformarse – Había que cumplir. Pero sin hacer los arreglos…

´´Los arreglos'' era un tema mitológico al que volvía de tiempo en tiempo. El no lo sabía tal vez, mas esos arreglos no se harían jamás. Jamás se resolvería a hacerlos. Era que, aparte de los inconvenientes de orden práctico – falta de dinero, de calma, de orden mental-, había en la casa algo que cuadraba con él, conmigo, con el recuerdo de mamá. Un algo vago, aunque misteriosamente bello y profundo.

- ¡Por Dios esta alfombra!¡Y ese cojín!

- Vaya, papá, no te preocupes. Son cosas antiguas. Tienen mucho más valor que unas de esas cosas modernas sin gusto a nada. Tienen personalidad.

Mi padre reía en medio de su inquietud.

- Sí, personalidad y polilla. Sobre todo polilla.

Me invadió un sentimiento cálido, de ternura, hacia él.

Éramos, pensé, un par de náufragos ordenando nuestra isla para recibir una inesperada visita.

No quise abrir la puerta. Dejé ir a Carmen. Lo primero que oí fue la rotunda voz del general.

- Buenos días, ¿Aquí vive Carlisle Cullen?

- Sí señor…; sí seños general – contestó Carmen aturdida.

Ella no había visto nunca a un general.

- Pasen por favor – agregó-. El caballero no ha llegado, pero el niño está en el salón.

´´Niño'' y ''Salón'' eran términos tan inversamente desproporcionados, que me profujeron una mezcla de vergüenza, rabia y casi angustia. Además, me irritaban unas eses y unas dees nuevas que aparecieron en el habla de Carmen.

- Ah, cómo estás muchacho?

- Buenas tardes – saludé

Isabella no me dijo nada. Me tendió la mano en silencio, de una manera especial, pensé; lenta, pero con una lentitud de apenas fracciones de segundos.

-Siéntense- les invité-. Mi padre aparecerá de un momento a otro.

Nos sentamos. Se produjo una pausa algo tirante, que rompió el general.

-Harto muertos estos pueblecitos.

Yo me sentía un poco agresivo. Quería demostrarles, a Isabela y a él, - a Isabella sobre todo-, que no era un niño y que no me importaba que esta pieza no fuera un salón.

- ¿Porqué muertos? – objeté-. Sin duda que son tranquilos…

- Con la tranquilidad de la tumba. No se ve a nadie… La gente pasa encerrada, por lo que parece… Si hay gente. Y se divisan pocos autos, comercio flojo. Nada. Nada que hacer. Ninguna diversión. Nada.

- Eso depende de cada uno. A mí jamás me falta que hacer: tenemos bonitos paisajes, la playa es agradable, están las ruinas españolas. Y, por último, con un buen libro…

En ese momento llegaba mi padre.

- Tu chiquillo es un pequeño filósofo – comentó el general.

Decía ''un pequeño filósofo'' como quien dice ''un pequeño holgazán''.

- Sí, es todo un filósofo-

Mi padre pronunció la frase con cierto orgullo risueño que me halagó, aunque luego me produjo bochorno, pues recordé que Isabella estaba presente.

- Haría falta un regimiento aquí.

- Hombre, Dios nos libre – protestó papá

Pero su amigo no recogió el guante, creyendo que se trataba de una broma.( es como decir que no hiso ningún comentario, no tomó en cuenta lo dicho)

Pasamos al comedor, mi padre se veía corrido, poco dueño de sí. Una mirada el general en redondo agravó las cosas. ¡Cómo habría deseado yo poder prestar a papá una ayuda en aquellos momentos! Salvarlo, rescatarlo de su absurda tribulación. Nos sentamos. A mi silla le flanqueaba una pata, por lo que debí pasar la mayor parte del tiempo en una sola, tiesa e incómoda postura, evitando cualquier movimiento.

Sin embargo, no estaba a disgusto. Me agradaba ignorar a Isabella y, no sé porqué, sabía que ella lo notaba. ''Toma, para tu novio'' gruñía en mi interior, con cierto gozo de chico taimado. Ofrecía el vino o el pan primero al general, luego a papá y al final a ella. ''Usted no es la dama en esta mesa; es la niña''.

¡E Isabella entendía, entendía, lo habría jurado! Cada matiz.

La conversación, después, fue un poco tensa. Mi padre seguía inquieto, demasiado consciente de sus actos y sus gestos. Pensaba, de seguro, en que debía marcharse ya al trabajo, que llegaría tarde, que Don Aro…

- ¿Estudia tu hijo? – inquirió el general

- Sí, humanidades, este año termina –

- Ajá, un hombre hecho y derecho –

Pausa.

Miré a Isabella de reojo. Observaba un retrato de mi madre que había sobre una repisa. Me habría gustado – no sé porqué – decirle que mi madre era hermosa, mucho mas de lo que ahí podía apreciarse, y que era inteligente y era buena. Pero eso habría resultado fuera de lugar. Además, yo apenas había conocido a mamá, en realidad.

Mi falta de costumbre de beber vino a la hora de almuerzo hizo que me vinieran una modorra invencible y una especia de mareo; como estar en el aire, y sueño, sueño, sueño.

Habría pagado por dormitar un rato.

- ¿Qué se cuenta en Santiago? –

La pregunta, tan frívola, no parecía salida de labios de mi padre.

- Ahí están las cosas, igual. Suben los precios, hay desorden, mala administración. Ya no existe autoridad para nada –

- Um – asintió papá distraído.

Yo creo que en ese momento le era indiferente que hubiesen o no autoridades en el país. O que subieran o no los precios. Cualquier cosa que no fuese su inquietud por regresar a la oficina, y por hacerlo sin aparecer amedrentado frente a su amigo el general.

La charla se arrastro unos minutos más, penosamente, y al cabo mi padre se excusó por verse obligado a dejarnos.

Alegó que tenía un asunto urgente esperándole.

- El esclavo del deber – se mofó su huésped poniendo, sin querer el dedo en la llaga.

- Sí, si – comentó el, en tono que se me antojo de abyecta sonrisa.

Luego les ofreció mi compañía hasta Castuera. Aunque era innecesario – más bien un gesto de excesiva cortesía - , Isabella y el general aceptaron.

- Claro – convino este – que venga y tome un poco de aire de mar. Le hará bien, porque esta pálido.

Transformaba la gentileza de mi padre en una especie de favor hacia nosotros, pensé. Como si el aire de mar le perteneciera.

El automóvil de Benjamín despojo de cualquier encanto a nuestro viaje: saltaba a causa de los baches y de sus propias, intrincadísimas fallas mecánicas, y era preciso sostener una verdadera lucha para defenderse de los resortes que emergían, amenazadores, de los asientos.

Por fin llegamos. El general se alegro desproporcionadamente, porque él – decía- era hombre muerto sin su siestecita. Yo me disponía a estrecharle la mano y despedirme, para regresar a San Millán en auto. Isabella, no obstante, me susurro de paso al bajar:

- Quédese –

Nada más: ''Quédese''.

Vacile. En los ojos de ella campeaba la misma quieta, intemporal invitación que había en los de Madame Henriot.

- Parta, no más, Benjamín – resolví- Yo me iré después.

El general remontaba ya las gradas de acceso a la hostería.

- ¿Van a dar un paseo por la playa, Bella? -

- Sí, papá –

- No te atrases a la hora del té. Y acompáñanos tú, si quieres, muchacho. –

Respondí vagamente. Me molestaba su tono protector, y no sabía que hacer respecto a Isabella.

Ahora no estábamos sino Isabella y yo solos. Y era una soledad especial, honda, porque ella me había dicho ''quédese'' en la forma en que se dice un secreto. Éramos cómplices de este estar juntos.

Igual que la vez anterior, ella se echo a andar, simplemente.

Caminamos una, dos, tres cuadras, sin despegar los labios. Me hallaba a un tiempo desconcertado y pleno del gozo algo pérfido de que disfrutara durante el almuerzo, pero no se me ocurría de que hablar, e imaginaba que ella interpretaría mi silencio como una actitud deliberada –comparable a una frase dura- , o , mejor aún, como simple tedio.

- Lléveme a las rocas – me pidió de pronto.

Sin razón, me enorgulleció que lo expresara así. ''Lléveme''. Me sentí más fuerte. Hombre.

Y cuando comenzamos a trepar y yo le ayude, fue cual si antes no hubiera tomado su mano. Nunca. Habría prolongado por una eternidad cada segundo. En un momento nos quedamos de pie sobre el rellano, muy cerca uno del otro, nuestros costados tocándose apenas, el pelo de Isabella cosquilleándome, su respiración y la mía fundiéndose.

Cerró los ojos. Inmóvil. Inmóviles.

Cinco o diez minutos debieron pasar. El corazón me latía desmandado, con angustia. Lo percibiría incluso ella, pensé.

Y pensé: ''No me importa: la quiero''.

Cinco, diez minutos. Quizás más.

Isabella abrió los ojos, se volvió a mí. Tenía una expresión muy seria. Sentí que me sumía en sus pupilas, y que eso me producía vértigo.

Un ave marina graznó en lo alto.

Isabella alzo la vista, cual si el ave tuviera una enorme importancia. La bajo, luego. Pausadamente. Seguí su mirada, que se detuvo en el anillo. Pausadamente lo cogió con la mano izquierda, lo retiro de su dedo y lo arrojo al mar, que bullía a nuestros pies. En seguida se volvió otra vez a mí.

Reino un silencio nuevo, breve, que ella rompió para decir:

- Vamos –

Y como yo permanecí inmóvil:

- Ayúdeme – agregó

¿Sabría lo importantes que eran para mí esas tres palabras: quédese, lléveme, ayúdeme?

Me tomo de la mano y comenzamos a bajar. Eso fue todo aquel día.

No. No fue eso todo. Son esenciales las pequeñeces. Parece que pudiera prescindirse de ellas, y transcurre el tiempo y hasta la más intima minucia cobra significación. Y uno siente la avaricia de las que se pierden, de esas que se han ido sin piedad de la memoria, y de las que se van yendo, cayendo en el camino.

Pero nunca se puede volver. No es lógico volver.

Nos fuimos andando en silencio por la playa. Al llegar a la hostería, nos despedimos de la forma en la que nos habríamos despedido ayer, u hoy, si es que no hubiese sucedido nada. Si no hubiese un anillo metido en un resquicio entre las rocas.

Sólo hubo un detalle:

- ¿Nos veremos mañana? – preguntó

- Sí – repuse

No fijamos hora ni lugar de encuentro. Daba igual: nos parecía inevitable encontrarnos.

Y ni ella ni yo recordamos la invitación que me hiciera su padre a tomar el te. Fue una suerte. Habría resultado absurdo charlas trivialidades después de aquello increíble, casi mágico, que ocurriera en La Punta.

Pero ya en ese breve trecho se había acumulado un verdadero tesoro de hechos pequeños. De esos que ahora busco con acuosidad de anticuario, y para los que esta abierta esta libreta.

Mientras duro el descenso entre las rocas, por ejemplo, no nos soltamos las manos. Ya abajo, por espacio de unos segundos, seguimos así. No me daban los nervios. Tenía miedo de la situación, de Isabella, de mi mismo…

Afloje los dedos y su mano se fue lentamente.

Íbamos callados, y eso, de nuevo, nos hacia cómplices. Cómplices en lo que no decíamos. En lo que no podía expresarse. Y en el no decir, tampoco, lo que no valía la pena.

Era grato no hablar. Lo contrario habría sido destruir un poco el momento. O , por lo menos, adelantarse a lo que debíamos hablar más tarde, abriéndonos paso hacia ello – de seguro – a través de una maraña de trivialidades. Los dos sabíamos que la tarde era hermosa, que el mar poseía en esos instantes cierta especial majestad, que había una placida armonía en el aletear calmo de las gaviotas que pasaban – como todos los atardeceres – rumbo al norte.

Lo sabíamos. ¿Para que ponerlo en palabras, entonces?

Y el que fuera innecesario hacerlo también nos unía. Porque, por tácito acuerdo, nos encaminábamos hacia los diálogos que habrían de venir, los necesarios, dando un rodeo más hondo que el de las frases. Decirnos ahora que nos amamos habría sido absurdo, superficial. Había que esperar, y era mejor hacerlo en silencio.

Cuando ella volvió a quitarse los zapatos, se apoyo en mi brazo. No tenía para que. Era una especie de ratificación, algo que habría costado mucho formular en palaras, y las palabras nunca habrían sido sutiles. Se apoyo no para no caer, sino porque el gesto expresaba esa nueva intimidad nuestra.

Dos o tres veces rio, y sus carcajadas eran claras. Y eran mas – apenas un poco mas – de lo que correspondía. Un ápice. Una minucia. Un detalle. Pero el viento era un detalle. Pero el mar era un detalle. Pero las aves eran un detalle, volando con toda la grandeza y la solemnidad de la creación hacia sus refugios de la tarde.