Stop the world, I wanna get off with you!

Me desperté con la hermosa sensación de haber dormido por muchas, muchas horas. Hacía tiempo que no me sentía tan descansada, y estiré mis piernas soltando un pequeño gemido de felicidad.

Abrí lentamente un ojo, y luego el otro, soltando un bostezo mientras iba reconociendo de a poco la habitación de Edward, con sus techos altísimos y la cama que parecía no tener fin. Estaba sola, en el centro, desnuda y tan relajada que no deseaba moverme nunca más.

Luego de unos cuantos minutos durante los cuales logré reunir la fuerza de voluntad necesaria, me deslicé de la cama hacia el baño. Cepillé mis dientes con un cepillo que supuse sería el de Edward, acomodé todo lo que pude mis desordenados cabellos y me enfundé en una camisa celeste y unos bóxers grises de Edward, dejando el vestido pulcramente doblado en la esquina de la cama.

Supuse que ahora debería salir a buscarlo, y haciendo memoria, caminé por el gran pasillo hasta llegar a las escaleras de servicio, por donde bajé hasta llegar a la cocina.

Parecía aún más inmensa así de vacía, y mordisqueé mi labio inferior pensando a dónde debería dirigirme ahora. Lo último que deseaba era perderme en aquella casa que parecía tener incontables pasillos, salones y escaleras. Y para colmo de males, no tenía idea de dónde se encontraría mi teléfono celular, o Edward.

Ya que estaba por allí, hurgué en la cocina hasta que di con una heladera plateada en donde estaba guardada gran parte de la comida que había sobrado de la fiesta de anoche. Con una sonrisa de satisfacción, complací a mi lado más glotón mientras tomaba un par de pequeños bombones de crema con distintos sabores, que debían haber sido parte del postre que me había perdido.

Caminé fuera de la cocina con uno en cada mano, mientras le daba un mordisco al que sostenía en la derecha, y daba pequeños pasitos a través del pasillo que derivó en el salón principal de la casa, al que daba la inmensa puerta de entrada y que anoche había servido de pista de baile. Y allí sí que me topé con vida humana otra vez.

Seis pares de ojos se giraron a mirarme, sorprendidos y curiosos, todos desparramados por el gran salón, y parecían estar limpiando los restos de la fiesta. Mientras un delatador rubor se esparcía por mis mejillas, caminé hacía la muchacha que se encontraba más cerca de mí y le sonreí levemente.

-Hola, buenos días.

-Hola…-Me saludó, intrigada, mientras sostenía quieta la mopa en sus manos.

-¿Puedo hacerte una pregunta? –Ella asintió y miré a mí alrededor, sonriendo nerviosamente ante las miradas del resto de los presentes. -¿Sabes dónde puedo encontrar a Edward?

-¿Edward?

-Sí, Edward, cabello cobrizo, como de este alto… -Respondí, elevando una mano por sobre mi cabeza para señalarle la altura del por ahora desaparecido cobrizo.

-Oh, sí, ¿El Sr. Cullen?

-Eso, él, sí. –Asentí, con una sonrisa, y la chica me dedicó una sonrisita pícara mientras el entendimiento se instalaba en sus bonitos ojos castaños.

-Debe estar en su estudio, es subiendo esa escalera, hasta el segundo piso. –Indicó, señalando hacia la escalera principal a la izquierda del salón. –Por el pasillo derecho, tres puertas.

-Bien, entendido. –Le sonreí antes de dirigirme hacia la escalera con rapidez. -¡Gracias! –Grité, sobre mi hombro, mientras subía los interminables escalones casi corriendo y ya muerta de vergüenza.

Oí un par de risitas ahogadas a mis espaldas y corrí aún más rápido, prometiendo asesinar a Edward por no haberme dejado indicaciones.

Cuando llegué a la tercera puerta, golpeé dos veces con el codo antes de darle otro mordisco a la delicia que sostenía en la mano derecha, y sonreí cuando lo oí responder distraídamente.

-Pase.

Arreglándomelas, bajé el picaporte con el brazo y luego empujé la puerta con el pie, quedándome parada en el marco, inspeccionando la estancia.

Edward se encontraba desnudo de la cintura para arriba, de pie junto a un gigantesco escritorio de algarrobo, con la cadera apoyada en el mismo y la mirada clavada en la pantalla de una MacBook, hasta que reparó en mí y deslizó su mirada por mis piernas desnudas, mientras su ceño fruncido se alisaba lentamente, y esbozaba una sonrisa que me quitó la respiración.

-Hola, hermosa.

-Hola, Sr. Cullen. ¿Se puede saber a qué se debe que me haya despertado sin usted a mi lado y sin ningún tipo de indicación sobre cómo guiarme en tu pequeño castillo?

Edward sonrió aún más, mientras comenzaba a acercárseme.

-Cuando te dejé dormías como un oso. Pensé que lo harías hasta que regresara. Lo siento, cariño. –Le quité importancia con un encogimiento de hombros y me llevé a la boca el último pedazo de crema que me quedaba en la derecha. Edward me miró con una ceja arqueada y se acercó aún más mientras reparaba en lo que sostenía en mi mano izquierda. Soltando una risita, rodeó mi cintura con sus brazos. –Sigues siendo una pequeña gordinflona, ¿Verdad? –Susurró, travieso, y le fruncí el ceño.

-¡Oye! –Advertí, estampando mi pegajoso dedo índice en sus labios, para callarlo. –No estoy gorda, voy al gimnasio, ¿Sabes?

-Fuiste dos veces, cariño.

-Pero no estoy gorda. –Refunfuñé, enfadada. –Y si no te gusta que tenga un trasero, puedes ir a buscar a alguna de esas raquíticas de anoche que desaparecían debajo de esos vestidos.

Edward soltó una carcajada, mientras deslizaba sus manos hacia abajo, hasta abarcar la totalidad de mi trasero y apretarlo cariñosamente.

-Tu trasero es el más bonito que he visto en mi vida.

-Sí, claro. –Mascullé, comiéndome de un bocado el bomboncito de crema que me quedaba, sin dejar de fruncir el ceño.

Edward soltó una risita, volviendo a apretar mi trasero.

-Es el trasero más espectacular que he tenido el placer de ver. Y el más suave. Sí, definitivamente es el más hermoso trasero que he visto.

-¿En serio?

-Por supuesto que sí. Adoro tu trasero.

-Bien. –Susurré, apoyando mis dedos pegajosos sobre su pecho desnudo. –Yo también adoro el tuyo.

-Me parece justo. –Susurró Edward, con una sonrisa ladeada, antes de inclinar la cabeza para besarme.

El resto de la mañana se pasó en un santiamén. Desayunamos, respondí a los mensajes desesperados y ansiosos de Alice, Rosalie y Alec, nos dimos una ducha y volvimos a hacer el amor antes de que me volviera a enfundar en mi vestido, negándome terminantemente a salir a la calle envuelta en una camisa de hombre.

-La caminata de la vergüenza. –Susurré, mientras levantaba la mano en la que sostenía los tacones hacia los chicos de limpieza, que seguían allí, y con la otra sostenía la falda del vestido para no pisarla.

Edward soltó una risita, mientras abría la puerta de entrada y me guiaba con una mano en mi baja espalda.

-La caminata de la vergüenza sucede cuando pasas la noche con un completo desconocido. Esto es todo lo contrario. Casi podrías decir que esta casa es tuya.

Casi entro en shock ante la inmensidad de esa declaración, y mi única reacción fue soltar una carcajada incrédula.

-Oh, rayos. Claro, sí, Edward. –Murmuré irónicamente, y decidí cambiar de tema cuando lo vi dispuesto a refutar. –Alice va a volverme loca en cuanto llegue. Y no quiero ni pensar en Alec.

Lo vi cuadrar la mandíbula mientras yo subía al lado del acompañante del Volvo gris que nos esperaba en la puerta, y se contuvo hasta estar él dentro del vehículo para contestarme con voz cortante.

-No es de su incumbencia.

-¿Te refieres a Alice? –Susurré, haciéndome la desentendida.

-Me refiero a tu amiguito. –Masculló, poniendo en marcha el coche, y rodé los ojos mientras soltaba una risita.

-Pensé que ya habíamos tenido esta conversación.

-Nunca la tuvimos.

-Alec es sólo un amigo, Edward. –Susurré, poniéndome el cinturón de seguridad mientras salíamos a la calle.

-¿Y para él tú qué eres?

-Su mejor amiga. –Respondí, con mucha seguridad. –Nunca sucedió nada entre nosotros, y nunca sucederá. Él me ve como si fuera su hermanita menor, te lo aseguro. Cielos, Edward, anoche lo envié a coquetear con una chica, y probablemente haya terminado quién sabe dónde con ella. Y él sabe lo que siempre he sentido por ti. Nunca podríamos mirarnos de otra forma. –Terminé, girándome a mirarlo con una sonrisita y vi que estaba algo más calmado.

-¿Lo que siempre has sentido por mí? –Preguntó, distraído y dedicándome una miradita rápida de reojo.

-Que siempre te he amado. –Susurré tranquilamente, deslizando mi mano por su mejilla. –Desde el primer día.

Edward sonrió y tomó mi mano con la suya para llevarla a sus labios y depositar allí un beso.

-Y yo a ti, cariño. Te he amado siempre.

Aparentemente, Edward había comprendido la naturaleza de mi relación con Alec, porque no volvió a mencionar el asunto, y la conversación tomó otros cursos en nuestro viaje de vuelta a la ciudad.

-¿Cada cuanto vienes a Staten Island?

-La mayoría de los fines de semana. Los chicos suelen venir también. Emmett está obsesionado con la piscina.

-No la vi.

-Está en el parque detrás de la casa. Podemos volver el fin de semana que viene, si quieres.

Asentí, contenta, pues había adorado aquella casa y la tranquilidad que transmitía.

Cuando llegamos frente al departamento de Alice, me giré hacia Edward y escondí mi rostro en su cuello.

-¿Cuándo vuelve Alec a Maywood?

-Esta tarde. –Contesté, mordiéndolo juguetonamente. Lo sentí sonreír.

-Ven a dormir a mi casa esta noche.

-¿Eso quieres?

-Claro que sí, Bella.

Sonreí contra su cuello antes de apartarme.

-Bien, iré.

-Dios, eres tan fácil. –Susurró en broma, y lo golpeé en el pecho soltando una carcajada.

-Idiota. –Me acerqué para besarlo, y Edward deslizó sus labios sobre los míos durante unos segundos. –Te amo.

-Te amo, preciosa.

Luego de tomar mis zapatos y mi pequeño bolso, le di un último beso rápido antes de bajarme del coche y caminar hacia la entrada del edificio, en donde el portero me sonrió divertido. Lo saludé y seguí mi camino hacia el elevador, sonriendo como una tonta.

Solté los zapatos y el bolso junto al sillón de la sala de estar, y caminé silenciosamente hacia la cocina. A pesar de eso, al entrar me encontré con dos pares de ojos que me miraban fijamente.

-Buenos días…

Alice estalló en carcajadas, dando saltitos alrededor de la isla de la cocina mientras venía hacia a mí.

-¡Estoy tan malditamente feliz! –Solté una risita ante su entusiasmo, mientras me dejaba abrazar.

-Gracias Alice, pero no me voy a cazar ni estoy embarazada.

-¡Pero han vuelto! Estoy tan feliz.

-No sé si hemos vuelto… -Susurré cuando me soltó, encogiéndome de hombros. –No hablamos de volver a ser novios.

-Pero lo serán, es obvio, Bells.

-Si tú lo dices. –Me giré hacia Alec, con una ceja arqueada. –Hola…

-Hola, Isabella.

-¿Dónde has dormido? –Alec mantuvo mi mirada sin decir ni una palabra, hasta que una pequeña sonrisita comenzó a dibujarse en su rostro traviesamente, y solté una carcajada. –No tienes idea, ¿Verdad?

-Tomé un taxi esta mañana y le dije la dirección del departamento de Alice, pero no sé dónde estaba metido. –Solté una carcajada, apoyándome sobre la encimera. -¿Y tú dónde dormiste?

-Digamos que yo nunca dejé la fiesta… -Susurré, y Alec rodó los ojos mientras Alice soltaba una risita.

-¿Vas a volver con él? –Preguntó y supe que la idea no le agradaba para nada.

-No puedo hacer otra cosa, Al… Lo amo. No puedo dejar de hacerlo.

-Espero que estés tomando la decisión correcta.

-Yo también.

Luego de almorzar, dormimos un poco y charlamos otro tanto, hasta que se hizo la tarde y bajé con Alec a la calle para despedirme de él.

-Vuelve pronto, ¿Sí? Yo también iré a Maywood a visitarte.

-Te tomo la palabra, cariño.

Suspiré mientras veía su coche marcharse, sabiendo que lo extrañaría muchísimo.

A eso de las 7, me encontraba con Alice tiradas sobre su gigantesco sillón mirando una antigua película romántica, cuando mi celular comenzó a vibrar sobre la mesita de café, y atendí luego de leer el nombre de Edward en el identificador de llamadas.

-Hola, guapo.

-Hola, cariño, ¿Estás en el departamento de Alice?

-Sip.

-Pasaré a buscarte en un rato, ¿Te parece bien?

Sonreí.

-Fantástico.

-Te veo. Adiós, amor.

-Adiós, cariño.

-Es increíble. –Susurró Alice en cuanto corté la llamada. –Pasan de ladrarse como perros a ser todo amor y ternura.

Solté una risita mientras me levantaba del sillón.

-Iré a dormir a su casa.

-¿Trabajas mañana?

-Sí, supongo que iré desde lo de Edward. ¿No te molesta quedarte sola? –Grité desde el pasillo mientras me dirigía a mi habitación.

-Claro que no, llamaré a Jasper. –La oí gritar de vuelta, y me apresurar a guardar algo de ropa, mi cepillo de dientes y un par de cosas más en un pequeño bolso. –Bells, Jazz dijo algo de que tú estás organizando nuestras vacaciones, ¿Es cierto?

Rodé los ojos cuando volví a entrar en la sala, pero asentí.

-Edward se presentó en la agencia hace unos cuantos días para eso. Estaba tan enfadada…

Alice soltó una carcajada.

-Ese chico no tiene arreglo. ¡Pero esto es genial!

-De todas formas no sé si podré ir, Al. Recién comienzo a trabajar en la agencia, no tendré muchos días de vacaciones.

-Oh, arreglaremos eso de alguna forma.

Arqueé una ceja en su dirección.

-Ustedes están tan acostumbrados a hacer lo que se les venga en gana que parecen haberse olvidado de que en el mundo real las cosas no son así. –Dije, mientras tomaba mi teléfono celular de la mesa, y Alice soltó una risita.

-Puede ser, pero es divertido. –Respondió con una sonrisita, y negué con la cabeza, divertida, mientras leía un mensaje de texto de Edward que decía que ya estaba abajo.

-Edward está aquí, nos vemos mañana.

Luego de despedirme de Alice, bajé, y al salir del edificio inspiré hondo el fresco aire de la noche. Edward estaba junto al Volvo, sonriendo, y estiró una mano hacia mí mientras me acercaba.

-Hola, pequeña.

-Hola, mi amor. –Susurré, abrazándolo durante unos cuantos minutos.

La sensación de paz que invadía mi ser me era un tanto desconocida, y por primera vez en mucho tiempo, sentía que al fin volvía a estar en mi lugar.

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¡Espero que les haya gustado! Sé que tardé un poco, sobre todo para ser que estoy de vacaciones, pero estas vacaciones están resultando ser bastante más movidas de lo que pensaba.

Muchas gracias por leerme y por dejarme sus comentarios, adoro saber qué les pareció el cap.

Las quiero un montón.