SEIS

Desperté de alba esa mañana. Estaba oscuro aun. Desperté con cierto cosquilleo de gozosa premonición, como cuando se tiene una grata noticia, o se espera algo excepcional que habrá de ocurrir en el día. Primero no supe la causa – a veces, de niño, solía abrir los ojos con idéntica sensación, aunque sin recordar todavía que era mi cumpleaños, o navidad - , hasta que, buscando en el memorial con el mismo afán regocijado de la infancia, de pronto me acorde:

Iría a Castuera, por cierto. Isabella me aguardaría en cualquier parte… Quizá nos encontráramos a mitad de camino. ¿No había arrojado el anillo al agua? ¿No había abandonado su mano en mi mano? ¿No me había mirado de un modo especial, en los ojos? Sí, iría a esperarme a medio camino. Y ahora hablaríamos. Ya no importaría que habláramos. Y el novio se habría acabado. Lo tarjaríamos, igual que se tarja una cifra mal hecha en un cálculo.

Pero hubo - ¿Por qué siempre hay? – un pero: mi padre me anuncio que debería tomar inventario en las casas del fundo de Don Aro.

- Pedí dos caballos – me explicó – para que me acompañes.

- Gracias – murmure, y me sentí sonrojar.

Una rabia inmensa hizo presa en mí. Pude haberle dicho que tenía otros proyectos, a sabiendas de que habría comprendido, mas calle, y le guarde rencor, como si me hubiera estropeado el día intencionalmente.

Salimos. Había amanecido gris. Cielo desabrido. La cabalgata hasta el fundo fue silenciosa, y mi ira no hacía sino acrecentarse ente el hecho de que mi padre la notaba y la achacaba a otras causas. O buscaba las causas.

Yo sabía que estaría pensando: ''Nos distanciamos. No somos los buenos camaradas de antes''.

Era tan absurdo. Tuve ganas de hablarle con cariño, y no, y cada vez que le dirigía la palabra era con la aspereza de mi murria. Si no, permanecía mudo, con todo el aspecto de ser presa de un tedio invencible. Recuero que mi padre trató, por ejemplo, de interesarme en una conversación sobre los versos de Jorge Manrique. ¡Sobre los versos de Jorge Manrique!

- El río de San Millán – comentó – se ve en realidad más viajo a medida que se acerca al mar. Pierde forma, se ensancha, va más lento. Decae. También se verifica a la inversa la metáfora, los ríos son, o tienen, vida…

Yo callaba.

- ¿Te parece a ti así? Inquirió.

- Sí – conteste, sin entusiasmo.

Y enmudecimos de nuevo.

- He vuelto a pensar – dijo más adelante – en la idea de viajar al sur para el verano. Creo que podríamos hacerlo, apenas des tu bachillerato.

- Es absurdo, papá-

- ¿Por qué? –

Se veía poco inteligente con ese entusiasmo tan repentino y tan evidentemente ficticio.

- Porque no puedes botar la plata. –

- No es notarla… - objetó, débil.

- Sí es. –

- La aprovecharemos tan bien. Será maravilloso. Yo recuerdo, por ejemplo, que el año…

- Antes de pensar en ir al sur, mira tu ropa. Mira la casa, que te da vergüenza cada vez que tienes que recibir a alguien.

No replico nada. Lo había herido en lo mas sensible, y me dolia hacerlo, y esto, de nuevo, agravo el nudo de rabia y angustia que me apretaba la garganta. Desee con desesperación que se mostrara molesto o enojado. Que me golpeara, incluso. Pero solo estaba herido.

Llegamos en silencio a las casas del fundo. Violentándose, mi padre sonrió a Don Aro.

- Vine con mi retoño – explicó, en tono que se me antojo de excusa – Le había prometido traerlo este año.

- Bien, muy bien – masculló, apresurado, Don Aro.

No le interesaba el asunto. Había quehaceres más urgentes:

- ¿Veamos, los barriles?

- Como no, Don Aro.

- Y el retoño, ¿ayuda?

Mi padre me dio una mirada casi suplicante.

- Si puedo servir… - dije.

Y él:

- Claro, claro que ayuda. Le servirá de entretención. Ven, muchacho.

Me irrito este ''muchacho'', que resultaba artificial.

Trabajamos todo el día. Almorzamos con Don Aro y Doña Sulpicia, que se sentían muy democráticos al recibirnos en su mesa. Papá se mostró torpe, poco menos que abyecto. Diríase que, en su nerviosidad por estar ahí, se olvidaba de sus modales, se le oscurecía la mente, perdía toda conciencia de sí.

- ¿Estudia el joven? – pregunto Doña Sulpicia.

- Si, va en sexto de humanidades – se apresuro a contestar mi padre -. Pedio un año el pobre, cuando tuvo pleuresía.

- ¿Tuvo pleuresía?, que terrible.

- Si, pero se ha repuesto bien. Ahora esta robusto y firme. El médico…

Doña Sulpicia, sin embargo, había perdido el interés. Daba la impresión de haber lanzado la pregunta como quien arroja una moneda a un pobre. Como ella arrojaría una moneda a un pobre: con una sensación ventosa de la propia bondad. Y libre de la menor emoción.

Sin oír casi las explicaciones de mi padre, la señora se volvió a su marido, y ambos hablaron sus cosas sin preocuparse mucho de nosotros, que permanecíamos escuchando, en un silencio oprobioso. Yo no. Yo no escuchaba: sentía hervir dentro de mi un furor que pugnaba por estallar, y de no ser porque el puesto de papa le era indispensable – nos era - , creo que habría dicho alguna grosería, o habría hecho algo violento.

Se me ocurrieron varias cosas: coger la jarra de vino y vaciársela por el escote a Doña Sulpicia. Lanzar un estrepitoso eructo, y luego pedir perdón cínicamente… para que se notara. Hacer gárgaras con el agua. Pedir repetición… Uno tras otro, los disparates pasaban por mi imaginación en una endiablada cadena, y el pensarlos me produjo tentación de risa, una risa nerviosa, que solo me fue posible reprimir haciendo heroicos esfuerzos.

Eso, por supuesto, no significo alivio para mi estado de ánimo. Terminado el almuerzo, sentía que aun me llenaba una mezcla de angustia, de rabia y derrota.

En la tarde conservaba todavía esperanzas de llegar a Castuera. Si estábamos en San Millán a eso de las seis – me decía – papá iba a pasar a la bodega, y yo partiría corriendo. O tal vez consiguiera tomar el autobús, y en un rato estaría allá.

No pude, claro.

A la seis, Don Aro – siempre democrático – nos invitaba a tomar té. Un té interminable, con muchos cálculos de cosechas, precios, ganancias, impuestos a la renta y otras necedades irritantes. El reloj, mientras, parecía que a propósito movía sus punteros frente a mi: cinco, diez, quince minutos; una campanada. Veinte, veinticinco, la media; dos campanadas.

Daban las siete cuando nos levantamos.

- Entonces, Cullen, llévese usted estos papeles, y a ver si alcanza a pasar algo en el libro ahora.

- Sí, Don Aro.

De regreso, no cabíamos palabra. O mi padre estaba por fin enojado, o había renunciado a sacarme de mi mutismo. Tal vez lo que pasaba era que comprendía, pensé. El siempre comprendía.

- Voy a quedarme hasta tarde en la oficina – me anuncio cuando entregábamos los caballos – Puede que no alcance a llegar a comer, tu come y te acuestas, no más.

- Bueno – murmure

En seguida, rompiendo el nudo que me oprimía la garganta, a falta de algo mejor, agregue:

- No trabajes demasiado –

- No – sonrió

Tonta como era, mi frase había deshecho el hielo. Es decir, el lo había deshecho.

- Yo saldré a dar una vuelta por ahí – anuncié - ¿Te importa si me demoro?

- Anda, anda no más –

Y tuve la certeza de que me comprendía.

Un camión me recogió por el camino, y me dejó a unos pasos de la hostería, en Castuera. Serian las ocho, o poco más. Apenas se veían luces en el pueblo. Las de la hostería, la fonda, los carabineros, otras dos o tres.

Mire hacia la playa: había una neblina que lo emborronaba todo. No, Isabella no debía de haber salido en una tarde así. Me asome a la hostería. Allí, sentados a la única mesa ocupada, se encontraban ella y el general. Trate de discurrir un pretexto para acercármeles, mas no se me ocurrió ninguno medianamente cuerdo.

''Quizá después salgan a tomar el fresco'', intente creer.

No fue así. Terminada la cena, ambos se levantaron y subieron. A los pocos momentos se encendió una luz en el segundo piso.

''Allí duermo'', pensé.

Se encendió otra.

''¿O dormirá allá?''

Espere un rato. Al cabo de unos cuantos minutos, la primera luz se apagó. ¿Sería la del general, que se dormía en el acto? No me lo imaginaba leyendo.

- Isabella, Isabella… - musité, en una especie de absurdo llamado.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas. Recordé que ella tenía un asomo de tristeza en el rostro, abajo.

La segunda luz se apago.

Sentí frío. Me marché. No sabía si estar triste, porque Isabella no me había visto y porque ella estaba triste, o si estar menos triste por esto, porque ella parecía lamentar no haberse encontrado conmigo aquel día.