Chicos y chicas, se que no hay escusa que valga por todo este tiempo, asi que solo pedire disculpas y dire que recien hace 10 minutos, me di cuenta que tenia 3 capitulos listos que no he subido, asi que si se portan bien con los reviews, osea que si hay no se... unos 10 , en cuento salga el n° 10, publico el capitulo 8.
Exitos en la semana, y recuerden que esto es una ADAPTACION de Gracia y el forastero del gran Guillermo Blanco.
SIETE
Partí temprano a Castuera. Esta vez no encontré un camión que me llevase. En el Alto del Pinar me topé con el autobús, que venía hacia San Millán, a esperar el tren de la mañana. Había bajado una neblina espesísima, que apenas permitía distinguir los contornos de las cosas más inmediatas. Y los pinos eran fantasmas de pinos, los arbustos fantasmas de arbustos, la tierra entera una comarca espectral, de purgatorio. El camino, mas allá de una decena de pasos, parecía perderse en un abismo.
Abajo, hacia la playa, el mar – invisible – daba la impresión de un mar también fantasma, penando detrás de una cortina gris.
Anduve hacia el sur, igual que siempre. A medida que el día avanzaba, la niebla se tornaba ligeramente menos densa. Apenas. Mi alma era presa de sentimientos encontrados: la niebla siempre me anima un poco, me refresca, me infunde deseos de reír.
Pero Isabella no estaba conmigo.
Pero yo no me atrevía a ir a buscarla.
Sentía como si, al no vernos el día antes, se hubiera perdido todo ese maravilloso, sutil contacto que estableciéramos. Sentía que éramos de nuevo dos desconocidos - ¿Qué hacer frente a ella? – y que ahora el anillo resultaba absurdo, casi ridículo, en medio de las rocas. Tal vez Isabella lo hubiera recogido ayer luego e esperarme en vano.
Una masa de sombra comenzó a dibujarse en la niebla. Se hacía densa, avanzaba en dirección contraria a la mía. No quería creer que fuera Isabella, por no desilusionarme después. Sin embargo era ella.
- Isabella! – exclamé cuando pude distinguirla.
Vestía un traje sencillo, de color celeste, que caía con algo de majestad desde su cintura. Llevaba un pañuelo rojo atado al cuello, y esta combinación de colores, poco usual, confería a su figura un curioso atractivo.
- ¿Usted por acá? – dijo
La voz era fría, claro. Me corté. Las mil frases que soñara o soñara despierto anoche se hicieron añicos en mi mente, igual que si fueran otros tantos trozos de vidrio delgado. Un nudo me oprimió la garganta. Pensé que no era yo más que un niño; solo un niño metido en amores: en cosas de grande.
- Sí – murmuré.
Y observé que no llevaba el anillo, deseé besarle la mano en señal de gratitud. Besársela y llorar- sí: era un niño- y recoger a pedazos mis frases y decírselas, aunque fuese entrecortadamente, aunque no tuvieran mucho sentido.
- Vengo de las rocas – me explicó Isabella - ¿Recuerda el anillo que perdí allá el otro día? No me resigno a perderlo. Estuve buscándolo.
No supe que responder.
- Lo siento – agregó ella entonces – porque mi novio llega esta tarde, y… Bueno. Sería una lástima.
Estábamos ambos parados, un poco artificiales, frente a frente. Y de pronto dejé de sentirme niño y de sentirme indefenso y de sentirme sin recursos, y ataque con ira de animal herido, sin pensar en el sufrimiento propio, sino solo intentando hacer daño.
- Volvamos – ofrecí – Yo puedo ayudarle.
- Es muy amable. No me atrevo a…
- No se preocupe.
Marchamos callados hacia La Punta, y yo iba pensando que la amaba, que era absurdo este juego infantil de vanidades. Isabella, Isabella, Isabella: su nombre palpitaba igual que un latido en mi interior. Y su cabello, de nuevo flameando: y la falda de su traje flameando, siguiendo armoniosamente el ritmo de su paso.
- ¿Su novio es también militar? – le pregunté, casi sin saber lo que decía.
- Sí – replicó
- Claro
Este ''claro'' la hirió. Ya la pregunta la había herido - se recogió imperceptiblemente al oírmela - , y ahora note que apretaba las mandíbulas y que un fuego especial le brillaba en los, que eran bellos, pero ahora de otra manera. Quise agregar : '' Me lo imaginaba'', mas me contuve. Quedaba mejor asi. Mas sobrio. Y ella comprendía, de todas maneras.
Se desentendió de la mano que le ofreci al subir por las rocas. Era agil. Venia muy cerca detrás de mi, por mas que me apresurara.
- ¿Dónde fue, mas o menos? –
Yo sabia, sabia tan bien. El lugar era inolvidables, lo mismo que la escena. Estaba seguro de poder recuperar el anillo, y de que Gracia tambien hubiera podido, si de veras hubiese hecho el intento.
- No se. Por ahí, creo – indico
Baje.
- ¿Lo encuentra? –
Si, lo había encontrado, ahí, entre las piedras de una poza.
- Lo veo – replique – pero la marea esta muy alta, y no alcanzo a sacarlo.
Era cierto. Tal vez con un palo o un alambre, habría logrado cogerlo.
- Tendría que ir a buscar algo… - dije
Isabella llegaba a mi lado en ese momento.
- ¿No es capaz de llegar hasta ahí? – pregunto, con una sombra de desafio.
- Capaz, si. Lo que hay es que tendría que mojarme, y no me dan muchas ganas. Después de todo, yo no soy el novio. –
- No, claro. Aunque me parece que se ofreció. –
Iba a responder, mas me contuve. Y ella:
- No es capaz – insistió – No importa. Esta tarde…-
- No voy a hacerlo Isabella. No trate de picarme el amor propio, porque no soy un mocoso. –
Me miro burlona.
- ¿En que curso va? –
-¿Y usted? – retruque.
Pero sin esperar a que hablara, me meti en la poza y cogi el anillo. Isabella tenia, ahora, una expresión asustada.
- ¡Por Dios, como se mojo! –
- Tome. Aquí tiene. –
Jadeaba. No por el esfuerzo, sino de desesperación y de rabia. No sentía el frio. No sentía el agua que me empapaba hasta mas arriba de la cintura, y todo el brazo derecho.
- ¡Como se ha mojado! – repetía ella.
Y ahora no había sopresa, sino un toque nuevo, de suavidad, en su voz.
- Si – conteste mirándola – No se preocupe. –
Comencé a subir sin esperarla, y baje denuevo hasta la playa. Isabella me seguie en silencio, pensando quizás lo mismo que yo: que si hacíamos estas cosas era porque nos amábamos, y eso precisamente – el hecho de amarnos – las tornaba absurdad.
Al llegar abajo me volvi para observarla. No se había colocado el anillo. Eso podía significar un deseo de tregua, la confirmación no dicha de su promesa no dicha la vez anterior. Quise darle las gracias, o pronunciar cualquier frase que rompiera el hielo. No encontré ninguna.
- Pongaselo – ordene en cambio.
Ella fijo en mi sus ojos, que eran mansos denuevo, y profundos. Y su boca era la boca suave de Madame Henriot. Dulce. Tersa.
- Pongaselo – repeti, no obstante.
Pero Isabella era mujer, y una mujer sabe desentenderse de las ataduras de lo razonable, y revestir una situación de belleza. De magia. Sabe ser libre; de amor propio, de lógica, de tonterías.
Bellamente, Isabella arrojo el anillo a las olas, con una maravillosa naturalidad, como si yo le hubiera dicho eso. Como si se lo hubiera dicho sin necesidad, incluso.
- Animal – murmuro
Y yo comprendi que esto significaba ''te quiero''.
Me arrodille en la arena para coger su mano, y se la bebe, y no me importo que se me llenaran los ojos de lagrimas; al contrario: era tibio, era bueno llorar.
- No, no , no – rehusaba ella con risueña ternura.
Luego se puso a acariciarme el pelo con la otra mano; se inclino hasta quedar tambien arrodillada, hasta que nuestros labios se encontraron.
Fue un beso largo, en la playa, en la arena, junto al mar.
Era mi primer beso, y temblé un poco, con mezcla de miedo y emoción. Me sentía ahogar. El corazón – grande, duro, pesado – me golpeaba en el pecho.
Después la bese en las mejillas, en el cuello, de nuevo en las manos. No podía articular palabra, y ella, en tanto, murmuraba:
- Te quiero, te quiero, te quiero – en un susurro, interminable.
Sus dedos seguían enredados en mi pelo, acariciándome.
Ignoro cuanto rato transcurrió hasta que, como si despertara, ella recordó :
- ¡Pero si estas hecho una sopa! –
- No importa –
- Tienes que secarte y cambiarte-
- No. No importa. Despues. –
- Te vas a enfermar –
- No. No. –
- Es que… -
- No. –
Me defendia con la obstinación de niño encaprichado. Quería explicarle que hay tanto tiempo para secarse y cuidarse y para cambiarse de ropa, para ser juicioso, y que en cambio un milagro como este – esta intimidad que yo jamás conocería y que había venido de pronto: este amarse, estar amándose; este sentir, casi físicamente, el paso del amor a través de nuestras pieles – era único, y había que tratar de que se prolongase cuanto fuera posible.
Isabella insistia, sin embargo.
- Vamos, vamos –
Se levanto por fin, para obligarme a seguirla.
La imite, y nos fuimos andando, abrazados, playa abajo.
Yo no estaba dispuesto a ir a la hosteria, porque me habría dado veguenza que el general me viera en esa facha.
- Si – asintió ella, rápida – Es mejor que no te vea. –
Lo decía en un tono especial. Le pregunte por que, y me explicó:
- Se puso furioso ayer, cuando se entero de lo del anillo. ''¿Cómo pudiste perderlo?'', gritaba. Tu sabes el vozarrón que tiene. Y si el pregunta como, no es una simple exclamación. Es porque espera respuesta. Y la exige. –
- ¿Y que le contestaste? –
Aun me resultaba duro tratarla de tu.
- Que se me había caído. Que fue al meter la mano en el agua. Se enfurecio ''Pues lo vas a buscar''. Le insisti en que no había caso, que el asunto no tenia remedio.
Sonrió.
- Tal ves el creyo que lo único sin remedio era el anillo. A pesar de eso, cargo contra ti. ''¡Es ese mocoso Cullen!'', me decía. ''¿Para que sales con el?¿No tienes tu novio?''.
Callamos unos instantes.
- Si – rompí al fin - ¿ Que va a pasar con tu novio? –
- Esta tarde se lo dire –
- ¿Que? –
- Que te quiero, y a el no. –
Había comenzado a sentir frio. Me castañeaban los dientes, lo cual me humillo un poco. No debía de hacer una figura muy romantica, pensé. Cuando pasábamos frente a las primeras casa de veraneo se me ocurrió una solución.
- ¿Sabes? – explique a Bella ( como la llamaría de ahora en adelante, haciendo referencia a su nombre y su belleza) – Voy a tratar de entrar ahí. Esa casa esta sola, como la mayoría en esta época, y tiene una chimenea magnifica. El dueño es el señor Uley, un español de mucha plata, que ahora viaja por europa.
- Bueno – convino – algo tienes que hacer. No pues seguir asi. –
Nos desviamos, pues, y empezamos a marchar hacia el interior.
- ¿Y yo – inquirió Bella . que hago mientras estes ahí? –
Vacile.
- Me… Me puedes esperar un rato. –
- Mejor me voy a la hosteria. De aquí a que se te seque la ropa… -
- No – dije con un impulso repentino – Acompañame. Miras para otro lado y mientras conversamos. –
Al principio se resistió, mas por lo inusitado de la idea que porque esta le desagradara en si. No tardo en convencerse, y a poco andar hasta se mostro entusiasmada, cual si se tratara de un juego nuevo.
Me cole por la ventana del repostero, que no ofreció mayor problema, y le abri la puerta principal con una venia, riendo. Ella entro, tambien riendo. Reíamos por cualquier motivo. A un desconocido que nos observara le habriamos parecido muy tontos. Pero yo sabia que no lo eramos. Yo sabia que no lo eramos, y lo se ahora, firmemente.
Junte unos troncos y encendí fuego.
El salón de la casa de Uley esta en el segundo piso, para aprovechar mejor la vista. Tiene dos ventanales, uno en cada extremo. Por el del oeste se ven la playa, infinita, y el roquerio de Castuera. Por el del oriente, los cerros, los pinares, el camino de San Millán, serpenteando bellamente, o perdiéndose bellamente entre los pinos.
Bella observaba todo esto por entre las hendijas de las persianas, mientras yo me desnudaba y colgaba mi ropa frente a la chimenea. Me arrope con un chal.
- Ya puedes darte vuelta. –anuncie
Un estornudo puntuo mi frase.
- Por Dios, no te enfermes –
- No. –
- Es que no. –
- No. – le asegure sonriendo.
Se me acerco.
Se me acerco, seria, deliberada.
En sus ojos brillaba una chispa extraña, de magia o de misterio o de dicha, no se.
Y el beso que ahora me dio era deliberado tambien, y serio. Su mano se enredo de nuevo en mi pelo, y sentí su cuerpo esta vez, y ya no eran solo las dos bocas únicas, como en la playa, sino nosotros, integros, de pies a cabeza, y percibi la suave presión de su brazo en mi espalda. En silencio, en silencio, callados, en una eternidad serena, transportados, ebrios de un hechizo indecible, yo no encontraba que hacer con mis dedos, y la tocaba – sus mejillas, sus orejas, su cuellos – para cerciorarme de que era verdad.
Al cabo de un rato, nos sentamos sobre una gruesa alfombra que había frente a la chimenea, apoyando las espaldas contra el sofá, y nos besamos denuevo. Nos abrazamos, sin hablar. Habíamos cambiado tan pocas palabras y nos entendíamos tan bien. Nos adivinábamos , en cierto modo.,
Permanecimos, creo, mas de una hora asi.
Tuve frio. No me importo: nada – el frio, la niebla, el general, el novio – nada importaba ahora, sino este decubrimiento mutuo. Este hallazgo que trascendía lo normal. Desee hablar, decirle que nunca había besado a una mujer. Que su boca… Que su cabello…
Había tiempo.
- Tu ropa debe estar seca – murmuro Bella, por fin.
Estire el brazo; palpe mi pantalón, mi camisa.
- Si, ya están secos –
Bella se dio la vuelta.
- Vistete – me dijo - No vaya a hacerte mal quedarte asi. –
Comencé a ponerme las prendas con cierta renuencia. El bello momento se rompia: era preciso marcharse, ir a almorzar. Llegaría el teniente. Vendría la noche, el domingo quizás, sin vernos.
- ¿Qué hora es? –
- Las doce veinte –
Ambos nos sorprendimos. Nos cogimos de las manos, nos estrechamos de nuevo, largamente. Como si nos despidiéramos para una gran ausencia.
Afuera , la niebla había vuelto a caer, pesada, sobre la playa. Bella se lamento.
- No – objete – La niebla nos protege. Si estuviera despejado, no estaríamos solos. Mas de alguien, observándonos, vendría junto a nosotros, desde Castuera o desde los cerros. Incluso su padre.
Caminábamos a paso lento, a pesar de la prisa; ella apoyada en mi, y yo con una mano cogida de su cintura. En mi interior luchaba entre un deseo invencible de hablar y un deseo invencible de callar y disfrutar asi de cada instante.
Fue Bella quien rompió, al cabo, el silencio, aunque para decir algo muy diverso de lo que yo epnsaba:
- ¿Dónde vas a almorzar? –
No se me había ocurrido preguntármelo.
- En cualquier parte –
- Pero ¿encontraras que? –
- Si, no te preocupes. En el almacen hay pan, y charqui… chorizos. Ya vere. –
- ¡Si pudiera ir a la hosteria!
- Pero no puedo –
- No, no puedes –
- Ya veras – le asegure – que no me muero de hambre –
Ella sonrio vagamente.
Seguimos un rato callados. Su pelo me cosquilleaba, suave, las mejillas, y a menudo nuestros ojos se cruzaban en una mirada amplia, honda. Conociéndose.
- Nunca había besado a nadie – confese, casi sin saber lo que decía.
Bella no respondió.
Bajo la vista hacia la arena, y de pronto comprendi que esa frase mia – que era un tributo, pues equivalía a abrirle el mundo de mi dicha interior, a mostrarle la ingenuidad de mi adolescencia retraida – equivalía, tambien, un poco a un reproche: ella no podía afirmar lo mismo.
Quise explicarle esto, darle a entender que no importaba, que tenia derecho. Era yo el raro.
- Sonaria a redundancia decirte que me arrepiento de que en mi caso no sea igual – murmuro. Hablaba con gran lentitud – Pero en parte asi… y en parte no. Porque tu sabes ahora que es maravilloso besar, mientras yo acabo de descubrir que es maravilloso besarnos. Tu y yo… Y eso… -
No la deje terminar: allí, envueltos en la niebla, solos, nos besamos. Y el beso, la niebla, el roce suave de sus manos en las mias, conferían a todo, en efecto, la tonalidad de un hallazgo. Y supe que era maravilloso besarnos. Ella y yo.
