OCHO
En el almacen de don Marco compre unos trozos de charqui y un par de manzanas. No tenia hambre ni sed: solo esa deliciosa inquietud del espíritu, esa alegría que no puede expresarse en palabras y que a veces produce sensación de ahogo.
Me fui a la playa a comer mis provisiones.
La marea estaba baja. Algunos hombres recorrían las rocas en busca de mariscos. Recuerdo que sentí un impulso de afecto hacia ellos, sin saber bien porque. Y sentí ganas de acercármeles, para compartir su frio y el tedio de su faena, para tratar de ennoblecer sus actos rutinarios con alguna frase de aliento. Abrirles los ojos a lo que había de aventura en esto que no representaría para ellos sino un que hacer.
No lo hice, por cierto. Yo nunca hago esas cosas.
Ah, no quería pensar en nada. Aun percibía en los labios –igual que un contacto, que un pulso: viva, presente, actual – la huella de los labios de Bella.
Al cabo de un largo rato de espera, la vi salir de la hosteria y correr hacia mi.
- Mi papa – jadeo – quiere que lo acompañe al correo. Creo que va a ser imposible que nos veamos en el resto de la tarde.
- ¿Y su siesta?
- No va a dormir siesta. Lo tiene muy nervioso algo que pasa en Santiago, en el Ministerio. Y ha citado el taxi para las tres y media. A esa hora iremos a San Millán, para esperar a Jacob.
- ¿Jacob?
- Sí.
- Pero a la vuelta… Una rato…
Bella miro hacia la hosteria.
- Debo irme, Edward. Mi papa asomara de un momento a otro. Tal vez en la noche… Tal vez después de comida… ¿Me esperaras?
- Voy a quedarme todo el tiempo aquí. Sal cuando puedas.
- Si – prometió – Oye ¿y tu frio?
- Nada.
- ¿De veras?
- De veras.
- Adios.
La retuve.
- ¿Cuál es tu ventana?
Sonrió.
- La tercera de la izquierda. Si no puedo venir cerrare un postigo.
- Trata de poder.
- Claro. Detesto a Jacob.
- Pobre. Será la ultima vez.
- Te quiero.
- Y yo a ti. Mucho. Siempre. Tenlo siempre presente.
Se marcho. Su andar era airoso, liviano, y su cabello se balanceaba gráficamente a cada paso.
Mientras ellos iban al correo y regresaban, yo me puse a caminar en un breve trecho, primero de norte a sur y luego a la inversa. Pensaba. O no pensaba: mi mente era presa de un extraño remolino, en el que las ideas eran alternadamente alegres, desesperadas, o eran como susurros, y luego como gritos, o como carcajadas, o como disparates, o como plegarias.
Repetía el nombre de Bella, una y otra vez, y le hablaba en mi interior.
'' Ven. Vuelve. Te quiero''.
En seguida me reia de mi mismo. Desdoblándome, percibía el ridículo de mi actitud.
Luego me imaginaba al novio, el teniente, con un bigotito de teniente, con una gorra ladeada de teniente. Jacob. Era, tambien, nombre de teniente. Me daba el lujo de ser generoso: tenia lastima de el. No tardaba, no obstante, en comprender que esto tambien era disparatado.
Trate de orar, aunque mi estado de animo pedia volar, sumergirme bajo las olas. Algo que hablara de prodigio.
Experimentaba, de pronto, una inmensa, arrebatadora sensación de gozo – ¡era maravilloso tenerla, saber que me amaba, y tan sencillamente!; ¡era maravilloso que existirá! -, y después sobrevenía una angustia indefinida: en verdad tenia tanto que perder.
Porque esto –amar, salirse de si – era la vida, y yo siempre le había temido a la vida. Quizá si por lo que la vida le había hecho a mi padre. Quizá si pensaba en el y en mama, y todo lo que el construyera en torno a ella antes de que ella muriese, y que se derrumbo, con la muerte, igual que un castillo de naipes. O peor: que no se derrumbo, sino solo dejo de ser, y fue cual si nunca hubiera sido. Ni proyectos, ni ambiciones, ni esperanzas. Nada.
Quizá.
Segui paseándome. Estaba como afiebrado. Me dolia la garganta. A ratos, un frio duro me calaba los huesos, de alto a bajo, y me castañeaban los dientes. Una suerte de mano calida me aprimia las sienes y el cráneo.
Mas tenue, persistía la niebla en torno.
Se juntaron muchas aves marinas cuando salieron los mariscadores. Graznaban, destempladas, estas bellas, siniestras aves de rapiña, que esperaban los despojos. En el roquerio cercano a la terraza, una gaviota muy limpia cogió un cangrejo, levanto el vuelo y lo dejo caer sobre las piedras. Mientras descendia a recoger el pequeño cadáver despanzurrado, otra se acerco a disputárselo. Sus graznidos atrajeron a dos, tres , cuatro mas.
Sepuleros blanqueados: las palabras saltaron bruscamente en mi memoria. En verdad había algo de farisaico en la alba hermosura externa de estos pajaros.
Su batalla me deprimió. Habría querido dispararles, herirlos de muerte. El cangrejo, destrozado con macabra astucia, me inspiraba dolor. No ya compasión, dolor. Fue en vano que tratara de decirme que eso era natural, que la realidad era asi; que el cangrejo, a su vez, habría cometido otros pequeños crímenes de acuerdo a su naturaleza. Estos crímenes diarios que forman el engranaje sobre el cual marcha la vida.
Una tristeza extraña se apodero de mi. Puede que no fuera solo por el cangrejo. Puede, incluso, que no tuviera nada que ver con el. No se.
Bella y el general regresaron del correo casi en el mismo momento en que aparecia el taxi de Alex a buscarlos. Observe qye ella oteaba en derredor para encontrarme con la mirada, y pensé hacerle un seña, mas en ese instante su padre la llamo desde el interior del automóvil. Bella subió y partieron.
Me hallaba aterido cuando el auto reapareció tras una esquina. La niebla lo tornaba borroso, y una pequeña nube de polvo ayudaba a conferirle cierta presencia espectral.
Me aproxime un poco. Quería ver a Bella, aunque fuera de manera fugaz.
El primero en descender, después de Alex, fue el teniente. Era agil, esbelto, cortes: teniente. Si bien llevaba anteojos ahumados, de un modelo ajeno a su rango, el bigote y la gorra eran los que correspondían. Abrió la portezuela trasera y afrecio el brazo a su novia. Luego ayudo al general, que refunfuñaba protestas contra el taxi.. luego se ocupo de la pequeña maleta que constituía su equipaje. El general había pagado entre tanto.
Bella y yo cambiamos una larga mirada. Sus ojos brillaban, y en su boca percibi la sombra de una sonrisa, que yo entendía y ella sabia que yo entendía.
- ¡En fin! – suspiro Jacob – llegamos!
El general comento:
- Es un camino de los mil demonios, este. Deberían pavimentarlos.
Entraron.
Pensé en el camino. Lo recorrería con ella, me dije, apenas pudiera. Y no en un vehiculo, sino andando, caminando bajo los arboles, siguiendo las sinuosidades, las curvas, los rincones. Le explicaría que era un resto de nuestro pasado colonial: un camino sin prisa, igual que el pasado; bueno para mirar en torno y para holgar.
De nuevo me castañeaban los dientes. Un escalofrio invencible me recorría el cuerpo con enojosa persistencia. Fui hasta ek boliche de don Marco a tomar una cerveza. Detesto la cerveza, pero me hizo bien beberla. Pedi otra.
- ¿No será demasiado?
- No – replique – No se preocupe, que no pienso emborracharme. Lo que pasa es que tengo frio. Me di un remojon en las rocas.
- Deberias volver a San Millan entonces. No esta el dia muy bueno para esas gracias.
- Es cierto. Ya pronto me voy.
Bebi, casi con heroísmo, hasta la ultima gota de la segunda cerveza. En seguida compre un par de chocolates y me despedi de don Marco.
- Cuidese – me grito mientras salía.
- Sí, claro – conteste.
Aunque no podía dejar de agradecerke su atención, me molestaba su exceso de oficiosidad. Se me antojaba, en cierta manera, como si se entrometiese en el secreto que guardábamos Bella y yo. Como si – al darse por enterado del remojon que me diera en las rocas – hubiese atisbado o intuido la escena del anillo.
Mire la hora: eran mas de las seis y media.
Si ella lograba salir , no seria antes de las diez. ¿Qué hacer entre ahora y las diez? Pase frente a la hosteria. Ahí, en el comedor, Bella, su padre y el novio tomaban te. Volvieron a incomodarme con mis pocos años y mi poco dinero, y el poco aplomo que ambas cosas me daban.
Porque si yo fuera un hombre hecho y derecho – me decía, casi reprochándome el no serlo podría entrar, saludar, pedir algo y entablarles conversación. Podría ofrecer un cigarrillo al teniente… Pero yo ni siquiera fumaba. Me sentí infantil.
Al cabo de un rato me di media vuelta y me marche.
Anduve por la playa, a la deriva, mas no tardo en darme frio. Junte, entonces, un monton de algas y ramas secas, como había visto hacer a los mariscadores, y trate de encenderlas golpeando dos trozos de roca para que produjeran chispas. No consegui nada. Para ayudarme, busque unos papeles viejos, y después de largos minutos de esfuerzo logre contar con una fogata bastante agradable. Era una delicia sentir el calor penetrándome poco a poco, celula a celula, por el cuerpo.
El fuego y el continuo movimiento que debía hacer para procurarme con que mantenerlo me desentumecieron.
Casi no me di cuenta cuando cayo la noche. Tuve hambre, mas no quise irme de allí, por si Bella venia entre tanto. Comencé a mirar hacia el lado de la hosteria, a pasearme de un punto a otro. Pasaría, asi, media hora, o una hora. Por fin, la ventana de ella – la tercera de la izquierda – se ilumino. La niebla solo me permitia divisar un cuadrado amarillento, borroso, oero en el crei distinguirla. Luego la luz torno a apagarse.
Junte algas de nuevo para reavivar mi fogata.
Ignoro cuanto tiempo transcurrió, después, hasta que la vi, su vestido blanco acercándose, concretándose, cobrando presencia; su rostro emergiendo de la sombra con cierta solemnidad, tiñiendose de la magia rojiza de las llamas: los ojos oscuros, brillantes; la boca embalsamada por una semisonrisa interior; el paso elástico; las manos caídas a ambos lados con soltura, con elocuencia, como ofreciéndose o como ofreciéndome algo.
Al principio no pude moverme. Era tan bello el momento. Permanecimos unos segundos estaticos los dos – Bella se había detenido – con la fogata en medio, mirándonos.
- Hola – murmuro.
Me le acerque, toque su cara, apenas , con la punta de los dedos.
- Hola – respondi.
Nos apartamos hacia la orilla del mar.
Mientras avanzábamos paso a paso por la arena humeda, Bella me explico que Jacob había subido a bañarse, y el general estaba ya en cama. Al parecer, no se sentía muy bien.
- Sin embargo, tendras que irte, Edward.
- ¿Por qué? ¿No podemos pasearnos un rato?
- No. Si mi papa me llama…
- ¿Qué importa? Le inventas después cualquier cosa.
- No, amor, me voy.
- No.
- Si. Se juicioso.
- No.
- Es tarde.
- No.
- Mañana, cuando…
- No.
(Como borrar el recuerdo de sus labios, tan suaves; de sus manos, tan suaves; de su cuello, tan suave; de su pelo, tan suave. Como olvidarme de su voz, suave, en la noche; de su manera de decir ''amor'', de decírmelo a mi, cual si hubiéramos inventado la palabra. O de su manera de decirme ''Edward'': un secreto, una consigna entre los dos.)
Besándola, la conduje al camino. Yo quería mostrarle el camino. Me fui con ella por el caminon nocturno. Arriba, la luna entre los arboles, las copas de los arboles reunidad arriba en fantástico aquelarre.
( - Perdoname – le rogue – , pero no puedo ofrecerte otro decorado mas original: la misma luna que han manoseado tantos poetas y tantos enamorados… Hasta los pinos son…
Y ella:
- Me gusta tu luna y tus pinos.
Y con eso, con es toque – ''tu luna'', ''tus pinos'' – los hacia únicos, los redimía de todas las vulgaridades que antes soportaran.)
Y el viento, quieto: solo una brisa. El viento cuchicheaba, sutil, entre las ramas.
Bella:
-Amor…
Yo callaba ahora, hechizado, besándola lenta, lenta, lentamente.
- Amor, es tarde.
- No, no.
- Es que si, amor. Mi…
- No.
Y no nos separábamos. Parecía que no íbamos a separarnos nunca. O que nos separaríamos inmediatamente. Y parecía, después, que habíamos estado juntos tanto tiempo, y, a la vez, solo un instante. Al fin huyo:
- Hasta mañana.
La alcance, la retuve. Luego:
- Anda – le dije, no dándome espacio para arrepentirme.
