Chics, aqui les dejo un nuevo capi, esta vez me demore menos.
Recuerden que la historia pertenece a Guillermo Blanco y los personajes a SM. Saludos y Disfruten la historia ( y ojala me dejen un review jijijiji )
ONCE
Mi padre se preocupo desorbitadamente.
-¡Por Dios, por Dios! – Repetía – ¡Como te fue a venir esto!
- No es nada serio, papá.
- Vaya que nada serio. Tú has tenido pleuresía. Cualquier cosa de estas puede afectarte y hacerte retroceder.
- No llegara a tanto.
- Ojala.
Por la tarde vino el médico. Me trato en forma jovial.
- ¿Qué barbaridad has estado haciendo chiquillo?
- Ninguna, doctor. Me moje un poco en las rocas, en Castuera, y…
- Y te quedaste así.
-Si…
-Durante horas.
-Si…
- Y esperabas librarte de la pulmonía
-¿Pulmonía? – intervino mi padre.
-No. No tanto… Salvo que el joven siga haciendo merito.
Y volviéndose a mí:
-Pero no lo harás, ¿no es cierto? Tienes que cuidarte. Cama, reposo y nada de disparates es la orden del día. Ni baños ni audaces exploraciones en las rocas, ni paseítos desabrigados por la orilla del mar. Calma y antibióticos ¿Esta claro?
- Si, doctor.
- No te gusta la idea.
- No, doctor.
- Menos te gustaría una enfermedad grave, supongo.
Asentí con la cabeza. Pensaba en Bella.
- ¿Cuánto tiempo tendré que guardar cama? – pregunte
- Depende. Dos o tres días si no te baja la temperatura. Si te baja y eres razonable, tal vez baste con uno. Una cosa sí: mientras haya una punta roja en la garganta, usted se me queda apernado al colchón, jovencito. Sin apelación.
- Si, si doctor –exclamo mi padre – Pierda cuidado.
Salieron. Me arrecio la fiebre. Desde el muro, como una imagen de Bella, el retrato de Madame Henriot me contemplaba con su sonrisa que no era sonrisa, son su suavidad, con la dulzura intraducible de sus ojos.
Cuando desperté eran las nueve de la noche. Mi padre permanecía sentado a los pies del lecho, observándome. Note en el no la expresión preocupada que le viera antes, sino una tibia cordialidad.
-¿Quién es Bella?
El corazón me dio un vuelco.
- La hija de tu amigo –replique después de una pausa – Del general.
- Supuse que sería ella.
- ¿Qué seria ella que?
Sonrió.
- La nombraste mucho mientras dormías.
Debo de haber enrojecido, pues me vino un calor insoportable a la cara.
- Perdona si te he preguntado… No debí escucharte…
- No me importa – replique simplemente.
Vacilo unos instantes. Luego:
- Es que no quisiera jamás resultar intruso en tus cosas. Siempre he respetado tu derecho a la vida privada. Te lo reconocí desde que eras muy niño, y no me he arrepentido. Por eso, si alguna vez te hago una pregunta o toco un tema que signifique violar ese derecho tuyo, basta con que me lo digas, y no insistiré. En realidad, tenía un poco de miedo ahora…
- Que absurdo, papa, y que manera de tomar a la solemne algo tan sencillo. No somos extraños.
- No. No es eso. Aun entre los mejores amigos, aun entre marido y mujer, existen hechos, pensamientos, detalles, que se yo, que uno prefiere guardarse, no hay ocultación en eso. A veces son minucias, cuyo verdadero valor son simbólico: representan una prerrogativa preciosa de todo ser humano, de mantener un resquicio intocado. Solo eso. Pero eso es de una significación tremenda. Ahí residen la dignidad y la libertad del hombre.
- Si. Te entiendo.
- Por eso, no te preocupes por lo que oí, ni te esfuerces para contarme. Cuando necesites, bueno. O cuando quieras.
Callamos un momento.
- Papa – articule.
- ¿Qué?
- Quiero hablarte de Bella.
- Bien – dijo, serio y a la vez acogedor. – Cuéntame.
Trate de encontrar palabras, mas no era fácil. Me enredaba. Debo de haber resultado harto poco coherente. Y, sin embargo, se que el me entendía, que tal vez esta incoherencia si ayudaba, mejor de lo que podría haber sido cualquier lógica, a mostrarle completa la realidad de las cosas.
- Suena ridículo – termine – pero me da la impresión de que lo que ha pasado entre ella y yo ha tenido algo de mágico. Es absurdo, es…
-No – me interrumpió – No es absurdo. Al contrario.
Comenzó a dar vuelta, despacio, despacio, a los dos anillos de viendo de su mano izquierda. Era un gesto característico suyo cuando quería hablar de algo muy serio.
- No sabes lo que me alegra – continuo – ver que tu mismo has descubierto la magia de la vida. Los cuentos de hadas no son simples mitos. A lo mas, exageran. Puede que elevarse por el aire o atravesar paredes sea imposible. No importa. Eso no es lo esencial en los cuentos de hadas, ni es lo más hermoso que hay en la magia. Lo esencial es que existen fuerzas o influjos superiores a l lógica cuotidiana. Ajenos a ella.
Hizo una pausa.
-¿Volar? Cualquiera puede volar, en avión. Pero no se ha inventado la máquina capaz de hacer que el espíritu y el cuerpo se torne ingrávido, y que uno no los sienta y se sienta, de hecho, volando. ¿Y que es más importante: volar sin sentirnos o sentir que se vuela? La verdadera experiencia, lo que uno experimenta verdaderamente, es lo segundo. Esa es, en el sentido más hondo, la verdad. Tu verdad, mi verdad: la verdad privada, exclusiva, de cada cual. El prodigio efectivo es el que está hecho de uno. El resto no cuenta. Creo que alguien ha dicho que las hadas no aparecen (nosotros decimos "no existen") porque no las merecemos. Porque las hemos asesinado con la Ciencia, la Experimentación, la Estadística y toda esa serie de ídolos modernos, cuya dimensión hemos exacerbado en forma grotesca.
A pesar de mi fiebre, lo escuchaba lleno de interés, pues estas cosas eran lo nuestro – nuestra mitología o nuestra teogonía – eso que se había transformado en el clima de nuestra existencia. Y nos eran comunes y nos eran amables y nos unían.
- La magia, entonces, existe – prosiguió mi padre – Y no es absurda. No es lógica tampoco. Esta libre de esas trabas. Está por encima.
Cayó de nuevo. Pensaba. Después de unos instantes sonrió, como a una idea interior.
- Esta bien Bella. Me gusta para ti. Es fina. Tiene algo especial. Lo note desde el primer día.
Le indique el retrato de Madame Henriot.
- ¿No la hallas parecida?
- Si… Sí, claro. Claro que se parecen.
Sonrió de nuevo.
- Como que la presentías.
- No sé. Pero eso también es mágico ¿no?
- Si – murmuro
Su voz, sin embargo, se había tornado grave. Me hablo muy serio ahora:
-Yo sé, que es en vano, que cada uno ha de tener su propia experiencia, y que la vida hay que vivirla, no aprenderla. Que nada se anticipa, que casi nada esencial se prevé. A pesar de eso, quisiera advertirte, hijo: la magia no es excitable. Debes estar preparado para perder a Be…
Quise protestar y me contuvo con un gesto.
- Espera. Tal vez no pierdas a Bella. Tal vez solo pierdan, ella y tú, la magia. Pero puede que las pierdas las dos. Es tan difícil que un primer amor… No sé. Ojala tengas suerte. Ojala esta advertencia no resulte sino resabio de amargura de un hombre cansado.
Tenía, en realidad, un aspecto de cansancio.
- Me consta – agrego – que es inútil prevenirte. Pero ¿Quién no gritaría al que se embarca en un cascaron de nuez y se mete en mar violento? Aunque no le oigan, aunque no entiendan su idioma, uno grita. Y tú, por cierto, no entiendes ahora mi idioma. Te hablo muy lejos con esta palabrería inútil.
- Con eso – dije – se habría evitado más de algún naufragio. Pero también se habría podido impedir que Colon se alejara de Palos en 1492.
Me cogió de una mano. Lo note angustiado casi.
- Solo quisiera evitarte sufrimientos. Y no puedo decirte ''No sufras''. Eso carece de sentido.
- Y, además, te contradices. Tú me has enseñado que el dolor eleva y redime, y que en él hay belleza. Que es grande.
- Si – reconoció. – Tienes razón. Yo he dicho eso. Lo que pasa es que uno es valiente en esas cosas para sí, y cobarde para los demás.
Lo mire fijamente. En aquel instante estábamos tan cerca uno del otro como jamás lo habíamos estado.
- ¿Y tu querrías que yo perdiera la magia de todo esto, a cambio de librarme del riesgo de sufrir, o aun de la certeza de sufrir?
- No – replico, ronco y como a su pesar – No. Eso no.
