Aqui un nuevo capi... ojala lo disfruten y me dejen un lindo review! Saludos
Recuerden que los personajes son de S.M. y la historia de Guillermo Blanco.
TRECE
Mi padre no quería oír hablar de que me levantara al día siguiente.
- Sería una locura – protestó - ¿Has visto cómo está la mañana?
- Abochornada. Hará calor.
- Está nublado. Hace frío. No, Edward, es un disparate.
- Es que, papá…
- Mira – ofreció – si quieres, llamo por teléfono a la hostería de Castuera e invito a Bella y a Swan a almorzar con nosotros.
- No es posible.
- ¿Por qué? Si los invito a los dos…
- El general no querrá.
- ¿Por qué no?
- Porque no. Porque le ha prohibido que me vea. Bella se había comprometido con un teniente, un tal Jacob Black, y su padre insiste en que siga con él.
Se quedó pensativo.
- Eso es grave, tratándose de Swan.
- Sí.
- Me temo que no lograrán disuadirlo, si se le ha metido entre ceja y ceja.
- Es lo que supone Bella.
Volvió a callar.
- Escucha – habló al fin – No pretendo pedirte que me expliques ni me cuentes nada. Ya hemos conversado bastante sobre aquello de tu vida privada y de tu libertad. Ten por seguro, sin embargo, que en todo momento estaré contigo. Con ustedes. Abierto, dispuesto a ayudarles. No te digo que me pidas consejo. No sé, siquiera, si sabría dártelo. Pero si llegas a sentir que lo necesitas, no vaciles. Trataré de comprenderte, y creo que lo conseguiré.
- Eso no lo dudo.
- Nos parecemos en un defecto: los dos vivimos en las nubes, aunque yo tengo la ventaja de la experiencia, que siempre sirve. En fin: ve tú. Si hay algo que hablar con Swan, también puedes contar conmigo.
- Bella considera que sería inútil.
- Es muy probable. Tú verás. En cualquier caso, te insisto, dispón de mí. No te pregunto nada. Reflexiona, convérsalo con ella y resuelvan. Sé que no harás una locura.
- Gracias, papá.
Me miró y, como a su pesar:
- Me había hecho a la idea de que ella fuera tu mujer – murmuró – Parece tan lógico – hizo una pausa. Luego – No debería decírtelo. No debería darte alas, porque a lo mejor vas a sufrir una…
- ¿Crees que hace falta darme alas?
- No, me imagino – sonrió –Prométeme que serás prudente, que te cuidarás.
- ¿De qué?
- Del frío, del viento, qué sé yo… Porque supongo que será en vano tratar de impedir que te levantes.
- Gracias, papá.
- Me voy a trabajar ¿Volverás temprano?
- Sí. Antes de las seis estaré en cama.
- No vendrás a almorzar.
- No. Perdóname. Te he dejado tanto tiempo solo ahora último. Estas vacaciones…
- Estas vacaciones son tuyas. Tu vida es tuya. Lo demás son tonterías. Es absurdo vivir hacia atrás, hacia los antepasados, porque eso sería, en el fondo, desvivir.
Traté de agradecerle de nuevo, y no pude. Se dio vuelta, salió. Escuché sus pasos, luego, recorriendo el pasillo hacia la calle, y después yéndose, lentos, hasta desaparecer.
Me levanté a eso de las nueve y volé a la parroquia. El padre Liam bautizaba en ese momento, por lo que debí esperarlo en la sacristía. Me temblaban las manos, y una cosa como fiebre me oprimía la frente, cálida, pesada.
- Hola, chiquillo.
- Bueno días don Liam.
- ¿Qué te trae?
- Necesito hablar con usted.
Me miró.
- ¿Es urgente?
-Sí, don Liam.
- Acompañame, entonces, a tomar desayuno. Después tengo que salir al Bajo y no regreso hasta la tarde.
Pasé con él a su cuarto, que hacía de comedor, de escritorio y de dormitorio a la vez. Había un Cristo muy grande y muy sombrío colgado en uno de los muros. El sacristán entró con una cafetera, una taza, un platillo con dos trozos de pan.
- ¿Te sirves?
-No, gracias.
Salió el sacristán.
- Benjamín - llamó el sacerdote – si alguien viene, di que estoy ocupado. Que me esperen un rato, o dejen recado contigo.
El hombre asintió y cerró la puerta. Quedamos solos. Mientras vertía el café, sin alzar la vista, don Liam me preguntó:
- ¿Y? ¿Qué hay?
Aunque su voz era cordial, tuve miedo. Me arrepentía, ahora, de haber venido, de haber hecho abrigar esperanzas a Bella. Son embargo, se las había infundido y era preciso afrontar la situación.
Expuse nuestro caso tartamudeando, confusamente, yendo y viniendo en las ideas y en los acontecimientos.
De pronto me detuve, con la brusquedad con que se detiene un caballo desbocado. Comprendí que lo había dicho todo, que en realidad, para bien o para mal, no quedaba más.
- Don Rafael, queremos que nos case.
Don Rafael había olvidado su desayuno. Se puso en pie, se acercó a la ventana, volvió, volvió a ir hacia ella.
- ¿Lo han pensado ustedes bien?
- Si .repliqué, esperanzado.
- ¿Han tenido tiempo para pensar?
Vacilé.
- Ayer pasamos toda la tarde…
- Toda la tarde.
En verdad, sonaba absurdo para una decisión tan importante.
- Nos queremos… - proferí con esfuerzo.
Sonrió, paternal.
- Yo también estuve una vez muy enamorado, loco de ganas de casarme, y aquí me tienes.
- Si, pero…
- Pero tu caso es distinto ¿verdad? Todos los casos son distintos, y por eso todos tienen algo en común.
Comencé a desesperar de poder darme a entender.
- ¿Es el tiempo lo que a usted le preocupa?
- En parte. Hace apenas una semana que ustedes se conocen.
- ¿Y si hiciera un año?
- Si San Martín no hubiera muerto…
- No, es que ¿cambiaria eso las cosas?
- Desde luego, tú me habrías dado otras razones, otros argumentos.
- Ah. Usted cree que es cuestión de argumentos. No, don Liam, esto es la vida, no un debate escolástico.
- Los argumentos, Edward, si son justos, reflejan la vida.
- Yo le doy uno bien claro.
- Que se quiere.
Lo dijo en un tono bondadoso, mas a mí me sonó casi a burla.
- Sí – repliqué - ¿Usted ha oído otro mejor?
Se acercó a mí, y su tono no era ya antipáticamente paternal, sino sólo paternal. De padre.
- No he oído ninguno mejor, hijo. Muchas veces, no obstante, he oído, después del matrimonio, y de matrimonios pensados, no hechos a la carrera, éstos: "Me equivoqué, don Liam", "Estaba ilusionado, don Liam, y no veía", "Yo creí quererla, don Liam".
- Es que…
- Es que tú estás seguro de que ves, de que no te engañas. Estas seguro, incluso, de algo más difícil: de que ella no se engaña, de que ella no se arrepentirá; de que no se considerará, más tarde, arrastrada por ti a una situación sin remedio. Apenas la conoces, y estás seguro.
- Sí.
- Sí. Y yo puedo decirte que todos esos cuyas frases te he repetido, y que se casaron sin oposición de nadie, sin ocultarse ni precipitarse (te insisto porque es esencial), también habían estado seguros. Y no me negarás que, objetivamente, tenían más base para sentirse seguros.
Hubo unos instantes de silencio. No podía dejar de experimentar una reacción de antipatía hacia él, con sus brillantes silogismos retóricos. Me imaginé que le agradaba escucharse exponiéndolos, que pensaría: "¡Que bien me explico!"
- Padre – dije de pronto, quemando mi último cartucho, rompiendo la última barrera de mi timidez - ¿y si yo le asegurara que he sentido la mano de Dios empujándonos?
- ¿Cómo es eso?
Le conté. Le hablé de la magia, de las coincidencias.
- Eso – concluí – tiene que ser obra de Dios.
- Supongamos que lo es. Entonces, lo que a ustedes corresponde es esperar que la Providencia siga actuando. Tener fe y aguardar. A Dios no es posible forzarle la mano, Edward.
Yo lo escuchaba: hablaba en otro planeta. Perdía tristemente el tiempo con sus pobres, agudas razones. Me decía cosas que yo no entendía, que no podía entender, y ésa era su debilidad. Cosas que habrían sonado bien, quizá, en una clases de lógica o de derecho canónico, mas que no eran la vida. Frases. Palabras muertas, de muerte.
Palabras – pensé – que pretendían clavarnos a la muerte como a un leño podrido.
No le dije que no. Le dije que esperaría la mano de Dios. Se lo dije con toda ironía, y el sonrió, satisfecho. Paternal. Yo le sonreí también – filiar – y me vine.
