CATORCE

Llegue a Castuera en uno de los camiones que se dedican al transporte de conchuela. De inmediato me encaminé a la hostería. Al pasar frente al Correo divisé al general, que entraba solo. Apuré el paso, pensado que tendría algo de tiempo y de calma para buscar a Bella.

No estaba a la orilla del mar. Miré las rocas: tampoco. Pregunté, entonces, al conserje si habría salido.

- No, señor ¿Le aviso a su pieza?

- Por favor.

- ¿Su nombre?

- Edward Cullen.

Hizo chasquear los dedos.

- Chico.

Se acercó un muchacho que limpiaba unos vidrios.

- Avisa a la señorita del 205 que don Edward Cullen la espera aquí abajo.

Aguardé. Empezó a parecerme que transcurría demasiado rato sin que Bella bajara. Eran mis nervios, sin duda. Busqué algún lugar apartado de la puerta, para que el general no me viera si llegaba entre tanto, mas fue innecesario: ella aparecía en ese instante al pie de la escalera.

- Edward.

- Hola.

- Hola, amor. Vamos.

Salimos rápidamente.

- ¿Cómo te atreviste a venir hasta…?

- Vi a tu padre en el Correo.

- ¡Me has dado un susto!

Llevaba anteojos ahumados. Le pregunté por qué, con un día sin sol.

- Por nada – replicó.

Me extrañó su respuesta. La noté intranquila.

- Es – agregó al cabo de unos instantes – que me di un golpe anoche, al cerrar la ventana de mi pieza. Me rasguñé un párpado: eso es todo.

- ¿Te curaste?

- No, amor. No valía la pena.

- Déjame ver.

- Después ¿Cómo te fue con el padre…, eh…?

- Rafael. Me fue mal.

- ¿No quiso?

- No quiso.

- ¿Qué razones te dio?

- Muchas. Y muy buenas. ¡Si hubieras visto que buenas razones! El, por lo menos, parecía encontrarlas estupendas. Me dijo que también había estado enamora, una vez, y que ya no. Y que conocía a otra gente que había estado enamora y que no veía, y que tal vez tampoco veía porque hacía una semana y no un año que nos conocíamos. Excelentes razones.

- Por favor, Edward, todo esto no tiene sentido.

- Lo que él dijo no tenía sentido.

- Pero lo diría en forma más coherente.

- Un poco más.

Lo expliqué, con la mayor imparcialidad posible.

- ¿No te ofreció ninguna esperanza?

- Si, una: me sugirió que tú y yo dejáramos actuar a la mano de Dios.

- ¿Y eso…?

- Eso es, ni más ni menos, lo que vamos a hacer. Vamos a dejar actuar la mano de Dios. Vamos a tener un hijo. Se lo vamos a pedir a Dios, que es quien los envía. Y vamos a casarnos, antes, delante de Dios. Ya lo he pensado – continué, entusiasmándome – Seme ocurrió mientras venia hacia acá, al pasar por la capilla del Alto, es que está en ruinas. Ahí, los dos delante de Dios, vamos a tomarnos mutuamente como marido y mujer. Si eso vale en una isla desierta, ¿por qué no ha de valernos a nosotros?

A Bella se la había iluminado el rostro.

- Sí - asintió – Nosotros, en el fondo, estamos en una isla. Estamos solos en una isla.

- No. Solos, no. Tenemos a Dios. Tenemos a la mano de Dios con nosotros.

Una especie de júbilo, de ebriedad inconsciente, se había apoderado de nuestros ánimos. Era como si no viéramos… Sí, como si, conformando lo que me dijera el padre Liam, no viéramos. Pero lo que veíamos era otra cosa que lo que él suponía. No estábamos cegados en cuanto al amor, sino – por vulgar que fuera la expresión – por él. Para nosotros no existían Jacob ni el general ni las convenciones sociales; nada. Parecía que hubiéramos elegido una manera más bella, más original, de casarnos, y eso era todo.

Nos separamos pronto esa mañana. Bella temía que su padre me viera, o que le extrañara su ausencia.

- Seamos pacientes ahora, amor.

- Sí.

- Son unos días. Después…

Nos abrazamos. Sentí latir su corazón en mi pecho. Pero ella quería terminar la frase:

- Después viviremos juntos. No habrá nada que nos separe. Ni tu garganta.

- Si, amor.

- Por eso, hoy…

- Si, amor.

La besé.

-…tenemos que…

- Si, amor.

Rió, dándose por vencida.

Quedamos en que nos juntaríamos a la mañana siguiente para pensar los detalles, y para que yo pudiera cuidarme entre tanto, y estar bien.

Era martes. Fijamos el jueves como día de nuestro matrimonio.

- ¿Piensas decirle algo a tu padre? – me preguntó Bella al momento de separarnos.

- No.

- Crees que no estaría de acuerdo.

- No. No es eso.

- ¿Qué es?

- No sé bien. Por una parte, no quisiera comprometerlo. Ni quisiera discutir con él, si es de otra opinión. O si sugiera que esperemos. Pero quizá lo más importante es que me gusta mantener esto como un secreto nuestro.

- Si – dijo.

Y al cabo de una pausa.

- Ahora, adiós.

Nos besamos.

- Hasta mañana.

En realidad, a pesar de ser efectivas las razones que diera a Bella para no hablar a mi padre del asunto, había más. En el fondo, temía que fuera un poco sacrilegio lo que íbamos a hacer. No era que tuviese la conciencia intranquila, ni que me asistiese siquiera la sombra de una duda sobre la legitimidad de nuestra decisión como tal. Mi vacilación no iba a la esencia del problema, a nuestro derecho. Pero – muy vagamente – intuía que papá podría juzgar sin el entusiasmo arrebatador con que juzgábamos Bella y yo, y podría, incluso, ver otra forma de hacerlo. Ello implicaría tal vez exponerse al fracaso, o resultaría menos poético.

Si, me preocupaba aun de eso: de la poesía de nuestra boda. ¿Y por qué no? ¿No piensan los novios corrientes en las flores, el coro, los adornos de la iglesia?

Mi padre se alegró al ver que, contra lo anunciado, había vuelto antes del almuerzo y ya a mediodía guardaba cama.

- Veo que te preocupas de tu salud – comentó.

- Quiero estar bien cuanto antes.

Sonrió.

- Y Bella te ayuda a ser juicioso.

- Si.

Hubo un momento de silencio.

- ¿Va a venir hoy?

- No. Tú sabes ya.

Asintió, grave. Y de pronto, iluminándosele el rostro:

- ¿Te gustaría – sugirió – que me viniera más temprano de la oficina y jugáramos unas buenas partidas de ajedrez?

- Sería espléndido.

- Dalo por hecho.

- ¿No se te atrasará el trabajo?

- No. No importa.

- ¿En que quedamos: no o no importa?

- Quedamos en que vengo. Y nos damos una sentada de ajedrez. Ah, pero te advierto: si no abres bien los ojos, voy a barrer contigo.

- Lo veremos.

- Lo veremos.