ME DEMORE UNOS POQUITOS DIAS MAS PERO AQUI ESTOY :P, AUNQUE CREO QUE NO PODRE ACTUALIZAR EXACTO CADA 7 DIAS DE AQUI EN ADELANTE ASI QUE PARA QUE SEPAN, PERO NO DUDEN QUE LA HISTORIA DE AQUI A FIN DE AÑO TERMINA, Y SOLO QUEDAN 10 CAPITULOS :)
RECUERDEN QUE LA HISTORIA NO ES MIA, ES DEL MARAVILLO GARCIA MARQUEZ :D
ESPERO DISFRUTEN ESTE CAPITULO Y YA SABEN.. CUALQUIER COSILLA ME DEJAN UN LINDO REVIEW :D
DIECISIETE
Me quede solo de nuevo, de nuevo esperando. Bella me había dejado su chal para que me abrigara, mas no sentí frio. Soplaba, despacio, un extraño viento tibio, como de tierra adentro, o de sequía. No era un viento nocturno tampoco, sino diurno. Recordaba al que, a las horas de siesta, baja desde el interior costino con su recuerdo de costrones, de suelo herido por la sed.
El viento, la noche, la espera, contribuyeron a ponerme nervioso. Imaginaba la casa de Uley y lo que habría de ocurrir en ella, y por primera vez – unido a todas mis demás sensaciones – experimente el deseo físico de Bella. Aunque trate de apartarlo, su punzada persistía dentro de mí. No porque fuera nada violento. Era, más bien, medroso: un deseo que temía al mero hecho de existir.
Existía, no obstante, y era limpio, y esto me sorprendió un poco.
Recuerdo que en un instante me asalto el impulso de huir de la responsabilidad terrible que me estaba echando encima. Después… No sé. Evoque a Bella. Repetí su nombre en la soledad oscura, contra el ruido de cristal que hacían las olas al estrellarse en la aren. Luego rece algo, ignoro por que causa. Seria para agradecer, para pedir ayuda a Dios. O seguridad. Para desahogarme, como quien canta.
Me pasee unos minutos, hasta entrar en calor, y por fin me senté en la playa.
- Edward!
Me di vuelta con cierto sobresalto: no la había sentido venir.
- ¿Te asuste?
No era eso. Era… Sí: aunque no me sorprendía que viniera, no que fuera ella quien venía, no pude dejar de percibir el contraste entre su figura serena, normal – de tan cada día, tan sin dramatismo-, y mi deseo, o el problema de nuestra ida a la casa de Uley. Era como haber pensado algo absurdo, y enfrentarse a la lógica.
- No – repuse.
Me costaba hablar. A ella no.
- Tal vez te aburriste.
- No – volví a contestar.
Bella vestía un abrigo ligero, con cinturón sobrepuesto. Se acercó, me beso, me cogió la mano, y comenzamos a andar. Iba a la casa de Uley. Ni ella ni yo lo dijimos, ni ella ni yo habíamos tomado esa dirección, mas íbamos allá. Y era Bella quien lo hacía, sutil, sutilmente.
Quise hablarle, quise besarla, quise… No: íbamos a la casa de Uley. Estábamos entero en ello.
Note que llevaba aun las flores silvestres que en la tarde colocara en su pelo. Desee preguntarle si se las había quitado y vuelto a poner, o había comido con ellas delante de su padre, si su padre… Desee preguntarle si el general dormía cuando ella salió. ¿Había tomado medicamentos, calmantes?
No dije nada. Íbamos a la casa de Uley.
Encendí la chimenea, y Bella se sentó junto a mí, con algo de animalito: callada y tibia y viva y quieta. Yo no sabía qué hacer. Trate de buscar, mientras, un tema de conversación. Cualquier trivialidad. Al mismo tiempo, intuía que si hablaba iba a postergarlo, a hacerlo más difícil todo.
Hable, no obstante:
- ¿Cómo quedo tu padre?
Bella, que contemplaba inmóvil las llamas, se volvió a mí, me miro a los ojos, y dijo solo:
- Te quiero.
Y ya no hablamos más.
Con el corazón golpeándome desbocado en el pecho, la bese, largamente. Sentí que el deseo tornaba a mí, unido siempre a un extraño temor y a un vértigo extraño, de amor, no se: de felicidad, de alegría. No sé. Y era el mismo deseo limpio de ella, tan natural y tan sano y tan simple, y el vértigo fue cogiéndome igual que una nueva, arrebatadora magia.
Tendidos en la alfombra, contemplábamos ahora el fuego, que se había extinguido casi en la chimenea. A ratos se oía el chisporrotear de alguna brasa, deshaciéndose. Quise reavivar las llamas, pero ella me detuvo con la mano.
- Deja – murmuró.
Y luego de una pausa:
- No hace frío.
Eran las primeras palabras que pronunciaba, después. Sin razón, me extraño que su voz sonara igual, y no me atreví a hablar por miedo de que la mía hubiera cambiado. Bella hablo de nuevo:
- Podrías abrir las persianas. Hay luna afuera.
- Sí – contesté.
Y me levante y abrí las persianas. Me volví a ella. La luz blanquecina iluminaba su figura y la hacía más bella. Le confería la belleza de una inusitada obra de arte. Una mezcla de danza, inmóvil; de escultura, viva; de pintura, en relieve.
Me recosté a su lado, la bese.
¿Cómo evocar esos momentos?
¿Cómo revivirlos?
Nos dijimos algo. No recuerdo que más era algo que nos parecía maravilloso, virgen: unas frases que nadie había dicho, en un idioma que antes no existía, que era nuestro solo.
Después callamos, y el silencio era también nuevo y mirifico, y nuestro.
Por fin nos venció el sueño, suavemente.
Desperté muy temprano. Bella dormía aun, a mi lado. Tranquila, callada: como un animalito. Me incorpore sobre un codo para besarla, pero me arrepentí. Era tan hermoso, tan sereno, su sueño.
La mire.
Su cuerpo, además de hermoso, me pareció misteriosamente virginal. Me pareció que la virginidad era algo más profundo que el mero hecho de no haber conocido varón, y que Bella era todavía más virgen, y seguiría siéndolo. Que poseía una virginidad más completa ahora. Una virginidad que se había perfeccionado con nuestra unión.
Virgen era una palabra tan bella. Siempre me había preocupado que al casarse con la mujer a quien uno ama hubiera que arrebatarle ese don, y perderlo uno mismo. Aquel día me di cuenta de que no era así. De que, en cierto modo, las virginidades de Bella y mía se habían fusionado, simplemente, y eran una sola virginidad amplia, que nos abarcaba a ambos.
Su cuerpo, era puro, no pecaminosos, como siempre creí, en mi retraimiento, que sería un cuerpo desnudo.
- ¿Te gusto?
La voz de ella sonó apenas, quieta: na parte del silencio. Diríase que su pregunta había flotado hacia mí, escrita en el aire. No me sobresalte. Mirándola de frente:
- Sí – repliqué.
Bella sonrió.
- Tengo frio.
La cubrí con un chal, y luego con el abrigo que ella trajera puesto.
- ¿No te da vergüenza que te haya visto?
- No.
Pausa.
- No, Edward – insistió -. No, amor. No tendría sentido.
- No.
- ¿De veras te gusto?
- De veras.
- Me refiero a mi cuerpo.
- Sí.
- Al principio me avergonzó un poco que estuvieras mirándome. Pero después pensé… Me gustó, en cierto modo, ya que lo hacías. Es…
No termino la frase. Luego:
- Mi papa dice que soy demasiado flacucha.
- Que sabe el. Tal vez en sus tiempos se usaran las señoras rosadas y regordetas.
Reímos.
- ¿Qué pensabas mientras yo dormía?
La bese.
- No, ¿Qué pensabas? – insistió.
Se lo conté. Le conté todo. Me era más fácil hablarle, a mí, el cohibido, el corto de genio. Y ella comprendió.
Nunca dejaba de comprender.
De nuevo había que despedirse. La piel de Bella era de suavidad tan nueva para mí. Una suavidad viva, que me transmitía cierto flujo extraño al tocarla. Abrazados junto a la chimenea, que yo había vuelto a encender, mudos, unidos, uno, nos despedimos.
El sol ya había salido.
- Le diré a mi papa que fui a misa, si ha despertado cuando llegue.
- ¿Vamos a vernos esta tarde?
- En la noche. Seamos cautos.
- ¿Aquí?
- Aquí.
Me quede perplejo un segundo, y Bella sonrió. Mirándome, con un ligero rubor en las mejillas, apartando la vista, me dijo:
- Tenemos que volver.
Yo no entendía por qué teníamos que volver. No me atreví, sin embargo, a preguntarle.
- Tenemos que volver – repitió Bella.
- Bueno… - articulé.
Y ella:
- Tonto. No sabes… Una vez puede…
La cogí y la bese, con mucha suavidad y con mucha ternura.
- Sí, amor – murmuré.
Ella sonrió.
- Tonto – volvió a decir -, tonto.
ESPERO HAYAN DISFRUTADO ESTE CAPITULO... LA HISTORIA SE PONE DE AQUI EN ADELANTE MAS Y MAS BELLA
RECUERDEN QUE TODAS LAS QUE ESCRIBIMOS AMAMOS LOS MENSAJITOS... Y YO COMO BUENA ESCRITORA (EN ESTE CASO ADAPTADORA NO MAS) HAGO MI TAREA Y DEJO UN REVIEW CADA VEZ QUE LEO UN CAPITULO DE UNA HISTORIA :D
