RECUERDEN QUE ESTA ES UNA ADAPTACION DE GRACIA Y EL FORASTERO, DE GUILLERMO BLANCO, CON LOS PERSONAJES DE STEPHANIE MEYER.

ESPERO LO DISFRUTEN! :D


DIECINUEVE

- Mañana – anuncio Bella – viene Jacob.

- ¿Por qué viene?

- Tú sabes.

- No. No entiendo. ¿No puedes decirle…?

Puso su mano sobre la mía para que no continuara, pero insistí:

- ¿No puedes decirle a tu padre que no quieres verlo?

- Amor, eso sería absurdo.

- ¿Cómo va…?

- Es decir: sería inútil.

- Dile, entonces…

- No, todavía no. No estamos seguros.

- Aunque no estemos.

- Edward, amor, no te impacientes. Es necesario esperar. Esperar, incluso, a que él mismo lo note. Si no – vacilo - … podría ocurrírsele…

- ¿Qué, un aborto?

Asintió.

- ¿Lo crees capaz?

- No por maldad, Edward. Entiéndelo un poco. El mira las cosas desde otro punto de vista.

Yo no quería entender. Estaba irritado. Una suerte de ceguera se había apoderado de mi. Veía, en la penumbra del cuarto, los rasgos suaves de Bella, iluminados apenas por las llamas del fuego que ardía en la chimenea. Ella, agotadas sus razones, me beso. Sus dedos empezaron a deslizarse fina, finamente, por entre mi pelo. Torno a besarme. Poco a poco fui ablandándome, comprendiendo – o no necesitando comprender -, y la magia volvió a descender sobre nosotros.

Le dije que había contado lo nuestro a mi padre.

- ¿Y qué opina?

- Esta con nosotros, desde luego. Pero tiene miedo. Es más…

- Edward, yo también tengo miedo.

- Amor, no amor. No tengas miedo. Por favor, no tengas miedo.

- ¿Tú no tienes?

- No – mentí – nada.

Permanecimos un rato en silencio. Son tan bellos, tan irremplazables los silencios, cuando constituyen un puente, y no un abismo o una zanja. El fuego de la chimenea había languidecido un tanto, y un vago, difuso destello amarillento danzaba sobre las piedras del muro y sobre el cuerpo de Bella.

- Esto es perfecto – murmure.

- Sí.

- Que sea posible tanta intimidad… Que cada cosa pequeña o trivial pueda tener ese… no se… Que haya esta comunión entre nosotros. Que la palabra nosotros sea absurda, casi, porque el plural es absurdo. Habría que inventar un nosotros especial para nosotros. Un nosotros en singular…

Bella sonrió.

- Hablas mucho - dijo - ¿No te gustaría quedarnos callados, pensando o sintiendo, no más, todo eso?

- Sí.

Pausa. En verdad era hermoso el silencio. Sin embargo, algo de disconforme se agitaba dentro de mí.

- Hemos tenido tan poco tiempo.

- Es cierto – repitió Bella -: hemos tenido muy poco tiempo.

Pero no volvimos a hablar, y nos dormimos así, abrazados, uno.

Nos despertó la lluvia, a medianoche. Llovía a cantaros. Bella se inquietó.

- ¿Cómo voy a llegar a la hostería?

Debe de haber algún paraguas por aquí. Yo te acompaño y después lo traigo.

Eso la calmo. Todo parecía tan fácil. Todos los problemas parecían hechos para resolverse. Nos levantamos, nos cubrimos cada uno con un chal, y reanimamos el fuego. Después nos acercamos al ventanal para mirar hacia afuera, a la lluvia. Durante largo rato permanecimos mudos, apoyados uno en el otro, pensando.

- Un niño – murmuro Bella.

Al principio no entendí, pero la ternura de su voz me dio la clave. Un niño. Si: yo no me habría detenido en eso: el niño sería una realidad en sí, no un simple medio. Un niño de carne y hueso, hijo nuestro.

- ¿Cómo ira a ser?

Llovía a cantaros afuera.

- ¿Qué prefieres tu que sea?

Vacile.

- Hombre – articule al fin -… o mujer, y que se parezca a ti.

- Será mujer – sentencio ella-. Después podremos tener hombrecitos. Serán divertidos: seriotes y trascendentales, como el papa – rio - ¿Cómo eras tu, de niño?

- Seriote.

- Así serán los nuestros.

Todo parecía fácil. Afuera llovía.

Afuera llovía a cantaros, en la noche.

Acá dentro, el fuego de la chimenea dibujaba con amor el perfil de Bella, recortándolo en la penumbra.

- Viviremos en Santiago.

- Pero en casa, no en departamento.

- Sí. Aunque sea chica, y aunque sea vieja, que sea casa, y con patio.

- Ojala con un árbol, o dos.

- Y con un jardín. Plantaremos zinnias, por ejemplo, para que dé siempre la sensación de que hay sol.

- ¿Cuáles son la zinnias?

- Son…

Todo parecía fácil. Afuera llovía, en la noche.

Aquella noche tuve una impresión extraña. Desperté, no sé a qué hora, y me sentía tan despejado, tan repentina y claramente despierto, que alcance a creer que habría amanecido. No era así, sin embargo: seguía oscuro en torno, salvo un par de brasas que agonizaban en la chimenea, y que se me antojaron los ojos de un gato negro, agazapado.

Continuaba lloviendo. Era, ahora, una lluvia cansada, persistente, estable. Ignoro cuanto duro, porque pase un largo rato pensando, analizando, sin fijarme en la lluvia. Mi alma oscilaba entre la dicha de tener a Bella a mi lado, de amarla, de que me amara, y un desbocado temor de lo que vendría.

De pronto volví de mi abstracción, como si el silencio de entorno me hubiera sobresaltado. No llovía más. El gato negro había desaparecido de la chimenea, o dormía. Por la ventana, amplia, se veía un gran cielo nuboso, y en un boquete, la luna, con algunas estrellas alrededor. Pero no alrededor: detrás. Muy atrás. Era curiosa la nitidez con que se percibía la distancia entre nosotros y la luna, entre esta y las estrellas.

Me sentí tan solo, tan pequeño, tan desvalido, tan débil – tan desesperadamente débil -, con esta novia mía, una pobre muchacha que ahora me inspiraba infinita lastima, lanzados a la ventura. Al vacío. Tuve la clara noción de asomarme a un abismo. Si, como aquellos sueños en los que miraba al interior de un pozo sin fondo, y luego me veía descender, descender, con plena, trágica conciencia de las tinieblas que me rodeaban, y en forma cada vez más vertiginosa. Mas, mas vertiginosa, hasta que el sueño se vuelve insoportable, y uno despierta con el corazón jadeante.

Tuve miedo. Habría dado cualquier cosa por estar cerca de mi padre en ese momento.

Mi padre. Después de unos minutos, cerré los ojos a la nada obsesionante de la noche, y me lo imagine.

Recuerdo que lo vi con tanta claridad cual si lo tuviera delante: su figura entera, algo encorvada; su cabello ya canoso; su rostro casi macilento, con los ojos tan animados – animados, en el, eran llenos de anima, de alma, no de ánimo -, tan vivaces y tan hondos y penetrantes. Y su cabeza grande, hermosa. El cuerpo no importaba: era un pedestal, como esos pedestales absurdos que sostienen las cabezas de los filósofos o de los músicos en las estatuillas de escritorio.

Lo recordé caminando en la mañana – alguna antigua mañana luminosa de domingo -, conmigo, con su hijo, con su amigo; su único amigo. Paseando junto al rio, su pelo noble agitado por la brisa, flameando con no sé qué de épico. Con cierta solemnidad socrática, tal vez. Solemne, sereno, un sol quieto en el rostro y una helénica paz en el andar, en el hablar, en el pensar.

Siguiendo su imagen; yendo, un poco, con el por la orilla del rio, me dormí de nuevo. Fue el, en verdad, quien me trajo la calma. Igual que en la niñez.


SI LES GUSTO NO DUDEN EN ENVIAR AUNQUE SEA UNA CARITA FELIZ :D