RECUERDEN QUE ESTA ES UNA ADAPTACION DE GRACIA Y EL FORASTERO, DE GUILLERMO BLANCO, CON LOS PERSONAJES DE STEPHANIE MEYER.

ESPERO LO DISFRUTEN! :D


VEINTE

Ese sábado despertamos más temprano, y decidimos ir juntos a misa.

- Nuestra primera misa de casados – comentó Bella.

Había salido el sol, y la iglesia estaba acogedora, limpia, grata. Al salir, ambos nos sentíamos alegres. Encontré absurdas mis angustias de la noche anterior.

- Si nuestro hijo es hombre, le pondremos Víctor – afirmé.

- ¿Víctor?

Había cierta protesta en la interrogación de ella.

- Si, y si es mujer, Victoria.

- Victoria es bonito, pero Víctor… ¿Por qué se te ocurrió Víctor?

- Para que venza. Para que ya desde el nombre sea un vencedor. Para que no tema, porque de mucho temer parece que uno atrajera la derrota.

- ¿Y tú? ¿Tú temes?

- No – mentí de nuevo

- Y te llamas Edward, ¿Y te sientes derrotado?

- No – mentí por tercera vez – Al contrario.

- ¿Ves? No es cuestión de nombres.

En la tarde llego Jacob. Vimos venir el taxi que lo traía por el camino enlodado, serpenteando cerro abajo.

- Se acabó amor.

- ¿Y esta noche?

- No me atrevo…

- Ven.

- Es que Jacob…

- Ven, Bella.

Pensó un instante.

- Sí. No sé a qué hora, pero iré. Espérame en la casa.

- No, aquí.

- Va a hacerte mal.

- No.

- Se juicioso, Edward.

- No.

- No vengo, entonces.

- Sí, si vienes.

- Testarudo.

- Te quiero.

- Adiós.

- Te quiero.

- Y yo a ti, adiós.

- Adiós

Regrese en el mismo taxi a San Millán. Mi padre estaba inquieto.

- Tuve que aferrarme mucho a tu sensatez para tranquilizarme un poco – dijo – Pero con esa lluvia, no podía dejar de imaginarte hecho una sopa en medio de la noche.

Si, pensé, y no habría pegado los ojos pensando.

- Siento que te preocuparas. En realidad, dormí bajo techo, y hasta con chimenea encendida.

Le conté, entonces, como había discurrido el recurso de usar la casa de Uley. Mientras lo hacía, me di cuenta de que esta era una enorme confidencia, y me regocijo el haber podido entregársela con tanta naturalidad. Me alegro, también, que no mostrara indicios de que le chocaba la intrusión.

¿Sería, de nuevo, porque confiaba en mi sensatez, o seria porque no deseaba añadir su reproche a mis problemas?

Cenamos temprano, y él me acompaño hasta las afueras del pueblo. Había una luna amarilla, grande, que fue siguiéndome desde atrás, entre los pinos.

Bella apareció muy tarde. La tertulia, con Jacob, había sido larga, en el cuarto del general. Jacob se había portado amable, con un aire entre paternal y perdonador que sacaba de sus casillas a Bella. Llego a tratarla de Bellita. Esto me hizo reír. Pero ella estaba molesta.

- Volví a decirle que me dejara tranquila. Que no había ninguna razón para que viniera.

- ¿Y qué te contesto?

- Ya te he dicho que llego comprensivo. Contesto lo mismo que el otro domingo: que ya pasaría; que después, de viejos nos reiríamos juntos de todo, él y yo.

- ¿No te…?

- Si. Estábamos sentados en el comedor cuando hablamos de eso. Me levante y lo deje. Quise irme a mi pieza, pero mi papa me oyó subir y me llamo desde la suya. A los diez minutos llegaba Jacob con eso de Bellita. ´

El general, cosa rara, se hallaba de buena. Al parecer, su dolencia iba cediendo, y su falta de sutileza hacia que se conformara con la aparición física del teniente y con el exterior aplomo de este hacía gala. No se mencionó el matrimonio, ni nada que se relacionara con el asunto. Jacob, por desgracia, tenía unas largas historias de cuartel que contar, y las fue narrando en detalle, con gran interés de parte del general.

- Vieras. Les dio para un cuarto de hora el que Jacob sorprendiera a un pobre conscripto de guardia sin cartucheras. Yo los oía y me parecía estar en una pesadilla, presenciando una escena absurda y desesperante. Como en las pesadillas, cuando uno quiere correr y no puede, yo quería salir, discutir… cualquier cosa. Teníamos tanto de importante entre… Y no; ellos seguían con sus menudencias, "Sin cartuchera, civil; sin cartuchera, el paisanote. Bombero. Burrero". Jacob repetía todos esos terminachos de clisé que se usan en el ejército, y que cada uno emplea como si los hubiese inventado. Y como si valiera la pena inventarlos. Y mi papa se los celebraba como si el mismo no los hubiera oído miles de veces y dicho otros miles…

Habíamos llegado a la casa de Uley. "La casa", según la llamábamos ahora. Que era, un poco, igual que decir: "nuestra casa". O nuestro hogar.

Le puse un dedo en los labios. Me miro.

- No sigas, amor. Aquí no entran ni tu padre ni el teniente.

- No – sonrió – Nadie.

- Ni Uley. Tú y Yo.

- Y Victoria.

Debe de haberse sonrojado al decirlo, pero en la oscuridad, la luna solo dejaba ver la blancura suave, humilde, de su sonrisa.

Humilde, sí: en todo esto había una gran humildad de Bella. Una entrega humilde, una femineidad humilde, que se aceptaba – renovando la aceptación de la capilla del Alto – con la modestia de una doncella medioeval frente a su marido, su hombre, su señor.


ESPERO LES HAYA GUSTADO :D