RECUERDEN QUE ESTA ES UNA ADAPTACION DE GRACIA Y EL FORASTERO, DE GUILLERMO BLANCO, CON LOS PERSONAJES DE STEPHANIE MEYER.
ESPERO LO DISFRUTEN! :D
VEINTIUNO
El teniente estaba en la puerta de la hostería cuando regresamos de misa. Al principio se mostró turbado, luego furioso -con una furia helada, tensa- y enseguida recordó que era comprensivo.
- Buenos Días, Isabella – saludó.
- Buenos Días – respondió ella.
Y volviéndose a mí:
- Entra – me dijo.
Hubo una pausa mientras Jacob y yo entendíamos.
- Isabella – intervino el.
Su voz, ahora, era seca, teñida de dureza. Ella lo miro con aire de interrogación.
- Tu padre va a bajar de un momento a otro.
Bella siguió mirándolo, como si esperase algo, como si no entendiera la amenaza un poco infantil – de niño despechado – que insinuaba la frase. Jacob se puso rojo, aunque no hablo. Paso medio minuto infinito, al cabo del cual ella me cogió del brazo y me condujo, resuelta, al comedor.
- Tomaremos desayuno juntos – anunció.
- ¿Y tu padre?
- Esperemos – declaró, con una sonrisa – que no llegue mientras. Pero yo no puedo seguir siendo prudente, amor. Me desespera esa actitud posesiva de Jacob. Es más de lo que me dan los nervios.
Nos sentamos. Tenía miedo. Con un esfuerzo extraordinario logre mantener la vista apartada de la escalera. Comí sin apetito, no sé qué. Unos buñuelos, creo. Y café. Tal vez pan con mantequilla, pues Bella me preparo unas tostadas.
El general no bajo.
Mientras salíamos, Jacob se cruzó con nosotros. Entro en la hostería a paso de carga, con la evidente intención de denunciarnos al padre de Bella, y con la furia redoblada por el chasco de que este no hubiera aparecido para sorprendernos.
Bella había abandonado toda cautela, en verdad. Era yo, ahora, quien trataba de portarme sensato, luchando entre el deseo de estar con ella y el temor de que sucediera algo que después lamentaríamos.
Mis cautas razones se estrellaban con una resistencia invencible, y, por momentos, me daba la impresión de que Bella se había dejado arrebatar por una suerte de torbellino de inconsciencia. O de fatalismo.
Pero era más que eso. Más que dejarse arrebatar, se negaba a pensar o a medir consecuencia. La suya era posición activa, no pasiva, y parecía obedecer a cierta fría determinación. Fatalista, si, y eso era lo que me atemorizaba.
Fuimos a la casa de Uley.
Bella insistió en que dejáramos las persianas abiertas, y el sol inundo el cuarto, tibio y dorado, jugando sobre la piel mate de ella, sobre su pelo rojizo; penetrando por instantes en sus ojos pardo, casi negros, que adquirían la misteriosa transparencia del agua de pozo.
Bella reía. Reía mucho. Me besaba de una manera nueva, con exuberancia más de juventud que de amor. Cual si la vitalidad la rebasara. De pronto interrumpía, no obstante, su bullir jubiloso y se detenía a acariciarme, ahora solo con ternura. Con una lenta, deliberada, profunda ternura.
Llego la una, luego la una y media, y ella no quería irse a almorzar. Casi a las dos partió.
- Así estaré lo menos posible con Jacob – decía.
- Si, pero tu padre se pondrá furioso.
- Sí.
Este si era el mero reconocimiento de un hecho, de una realidad a la que no asignaba mayor trascendencia.
Cuando resolvió marcharse, me dio un beso muy largo, en el que vibraba no ya la juventud, ni esa exuberancia alocada, ni la simple ternura, sino el amor. Hondo. Integro. Puso después los labios junto a mi oreja y murmuro:
- Algo me dice que tu hijo viene en camino.
Me conmovió que le llamase "mi hijo".
- ¿Estas segura?
- Claro que no, tonto. Es un presentimiento.
- Alguna base has de tener.
- Base, no… Siento como un soplo, o como la sombra de un soplo, que me corre por dentro… no podría explicarte… Dicho, suena ridículo.
- No suena ridículo.
Pausa.
- Ojala – dije.
- Ojala. Y adiós, que es tarde.
- Cuídate, amor.
- Sí, adiós.
Eran cerca de las doce de la noche cuando Bella vino, al fin, a reunírseme.
- Edward, por Dios, he sido tan torpe.
- ¿Por qué? ¿Qué paso?
- Nada, no sé. ¿Estabas inquieto?
- No importa. Por favor, cuéntame que…
Había sido una escena terrible, durante el almuerzo. O, mejor dicho, a la hora de almuerzo, porque ninguno de los tres almorzó, en realidad.
El general esperaba a Bella en la puerta de la hostería.
- Suba inmediatamente a su pieza – le ordeno.
Se le reunión allí muy pronto, en compañía de Jacob, al que obligo a estar presente. Jacob se veía incomodo, avergonzado de su papel.
- ¿Quieres decirme que significa todo esto? – inquirió el general.
- Significa, papa, que no voy a casarme con Jacob. Que no puedo casarme con él.
- ¿Ah, no? ¿Ah, no?
Pareció que iba a golpearla, más la voz del teniente lo contuvo:
- Mi general…
Por una vez, Bella trato de conciliar:
- Papá, no pienses que estoy desafiándote. Es que no podría. No puedo. Data cuenta de que es mi vida entera, y…
- Pero ¿Qué te has imaginado? ¿Quién eres tú para echar pie atrás? ¿Una suelta cualquiera? ¿Tu vida? ¿Y tu palabra? ¿Qué dices de la palabra que…? ¿Tu vida? ¿Y quién te crio? ¿Y quién te viste y te alimenta? ¿Te has ganado tú tu vida, para darle vuelta como una veleta, al capricho? ¿Sabes, siquiera, lo que te conviene? ¿Y tu palabra? ¿No tienes decencia…?
La ira lo ahogaba. Bella, en cambio, era dueña de una extraña mezcla de frialdad y ofuscamiento.
- No me imagino nada, papa. Sé que la ley ni la iglesia te permitirá casarme a la fuerza, de modo…
- ¡Que ley ni que nada! ¿A tu padre le vienes a tirar la ley por la cara? Yo te voy a demostrar quién soy. ¡Leyes!
Bella insistió aun. A pesar de la actitud discreta del teniente – o quizás un poco por eso mismo, porque se portaba gentil – su presencia la irritaba, y le impedía pensar, siquiera remotamente, lo que sería aconsejable.
- Tú puedes empujarme hasta el lado del Registro Civil, o hasta el pie del altar – dijo – pero una vez ahí, seré yo quien conteste. Y a Jacob le contestare siempre que no.
- Bella, te…
- Por favor, Jacob.
- Si es ese joven Cullen…
Aquí estallo el general:
- A ese pinganilla lo arreglo yo. Te juro que si lo veo contigo, lo mato.
El teniente sonrió:
- No exagere, mi general. Yo ya le sacudí la ropa una vez, y…
Bella se hallaba casi fuera de sí, aunque al mismo tiempo seguía dominándola una helada serenidad, más exterior, más aparente que real.
- Están como dos malos de opereta, derrochando baladronadas. Si algo le pasa a Edward…
- Usted se calla.
- Papa, no soy una niña.
- Se calla. Y se queda aquí. Y me atiende a Black.
- Si Jacob tiene una gota de dignidad, no me buscara de nuevo.
El general no podía hablar. Rojo, desencajado, se aproximó a Bella.
- Déjela, mi general. Déjela que medite, que se tranquilice.
- Estoy tranquila y he meditado muy bien.
- ¡Isabela! – rugió el padre.
- Vamos, mi general. Bajemos un rato a la terraza – intervino Jacob.
El general vacilo. Luego:
- Sí, por favor.
Tartamudeo algo más, hizo ademan de salir, se detuvo, vacilo. Por fin, con la voz trémula, ordeno a Bella que hiciera las maletas.
- Nos vamos mañana mismo a Santiago. Usted, Black, que parte antes, resérvenos los pasajes, por favor.
Bella termino de contarme esto sollozando. Nos acercábamos ya a la casa de Uley.
- Fue culpa mía, Edward. Pero no podía dominarme.
- Claro, amor.
Tenía un nudo en la garganta. Las lágrimas de ella, y este repentino término de la breve felicidad que habíamos disfrutado me abrumaban. Dominándome, la enlace por la cintura y trate de reconfortarla.
- Yo también me iré a Santiago. Mañana temprano arreglare las cosas.
- Es que allá será imposible vernos.
- ¿Por qué?
- Mi casa es un castillo. Y es seguro que van a vigilarme cada segundo.
Entramos. Nos sentamos, como siempre, aunque ahora por última vez – y pensando, sintiendo hasta en la última carne que era la última vez – en la alfombra frente a la chimenea.
- Ya encontraremos un medio. No te desanimes. Por lo demás, será cuestión de un tiempo.
Esto la ilumino.
- Sí – dijo – Sí, Edward. Lo siento dentro. Podría jurar, casi, que es eso.
- ¿Mi hijo?
Sonrió.
- Tu hijo.
Aquella noche fue de inquietud y de angustia. Apenas dormimos, sobresaltados por nuestras inquietudes. Nos preocupaba, además, la necesidad de que Bella llegara a tiempo a la hostería. El tren partía a las ocho y cuarto de San Millán, mas eso significaba que – a pesar de su reumatismo – el general se levantaría a eso de las seis o seis y media, si no antes.
A las cuatro, Bella insistió en partir.
- ¿Has pensado en cómo nos veremos en Santiago?
- Mira: los domingos voy a misa de nueve, en San Francisco. Búscame ahí. Al lado derecho, adelante. Mi padre no va, pero supongo que no me impedirá ir.
- Faltan seis días – proteste.
- En el mejor de los casos – ahora ella se mostraba razonable – No seamos impacientes, Edward. Ayúdame a ser cautelosa. Ya ves lo que pasa, si no. Lo que necesitamos ahora es disimular todo lo posible, y tener paciencia.
Me incline:
- Si – conviene – Tengamos paciencia. Es un periodo de prueba.
- Y después la vida entera.
- La vida entera.
Arreglamos la casa. La casa. La dejamos tal cual la encontráramos. Uley nunca adivinaría nada. Cerramos las persianas, bajamos, nos fuimos.
No hablamos una palabra en el trayecto. Al llegar a la hostería, nos besamos largamente, una y otra vez, con dolor, con desesperación, hasta que Bella, de pronto, se desprendió de mí y echo a correr. Como espantada. Como si huyera de mí. Como si me odiara.
ESTE CAPITULO ES UNO DE MIS FAVORITOS, ESPERO LES HAYA GUSTADO :D
