RECUERDEN QUE ESTA ES UNA ADAPTACION DE GRACIA Y EL FORASTERO, DE GUILLERMO BLANCO, CON LOS PERSONAJES DE STEPHANIE MEYER.
ESPERO LO DISFRUTEN! :D
ESTE CAPITULO TIENE MUCHO DE OPINION RELIGIOSA, ASI QUE LEANLO CON LA MENTE BINE ABIERTA, SON SOLO OPINIONES DE LOS PERSONAJES.
VEINTIDOS
Parado en el puente carretero mire pasar el tren en que iba Bella. No la vi. Las ventanillas desfilaban con una precipitación confusa, a demasiada corta distancia para permitirme percibir algo más que un torbellino de fulgores y sombras que se alternaban vertiginosamente.
Emprendí el retorno paso a paso. Luego me arrepentí, di media vuelta y comencé a adentrarme por la alameda que conduce a las viñas. En el cruce, al llegar de nuevo al puente oí que me llamaban: era el padre Liam.
- Hola, muchacho.
No sé por qué, su saludo lozano de siempre me pareció distinto de siempre. Menos hondo. Menos franco.
- Buenos días – replique.
Detuvo su vieja, destartalada bicicleta, y se me acerco.
- ¿Cómo te ha ido?
- Bien, gracias.
- No te pregunto en ese sentido.
- Estoy bien, padre.
Curiosamente, el "padre", aquí, nos separaba. Ponía una barrera fría entre ambos.
- Me guardas rencor.
- No.
En verdad, no se lo guardaba. Era algo más complejo. Don Liam había desaparecido, en parte, para mí. No era ya el sacerdote amigo, sino un sacerdote conocido.
Anduvimos un rato en silencio – el siguiéndome – hasta llegar al extremo opuesto del puente. Allí, don Liam apoyo su bicicleta en la baranda y me detuvo.
- Espérate. Conversemos un momento. Ni tú ni yo tenemos apuro.
No respondí.
- ¿Qué has pensado de lo que me consultaste el otro día?
- Nada.
- Edward.
- Usted fue muy claro, padre. No había más que pensar.
Me portaba hosco sin premeditación. Era que no me salía. Que no sabía de qué modo hablar a este nuevo personaje. A este desconocido que oyera tantas confidencias mías. Cuando las personas se vuelven distantes, es igual que si estuvieran físicamente lejos, y lo que uno les habla no es más de lo que podría decirles a gritos, de un lado al otro del rio. El murmullo de la confidencia desaparece.
- Edward, tú me guardas rencor, y no sabes que tienes más motivos de los que crees. Y, al mismo tiempo, ni lo uno ni lo otro es motivo.
Le conté a tu padre nuestra conversación.
- Ya sabía.
- Bueno, eso es un alivio.
- ¿Alivio?
- Sí: me gustan las cartas sobre la mesa… aunque la expresión no resulte muy evangélica.
Pausa.
- ¿Por qué crees que lo hice? – rompió al fin.
- No sé.
- ¿Ni te interesa?
- Sí... – replique sin ganas.
- No te interesa. Sin embargo, yo estoy obligado a decírtelo. Desde luego, tenía terror de que ustedes cometieran algún disparate irreparable…
Me encogí de hombros.
- Ya estará tranquilo.
El no contesto. Parecía meditar su próxima jugada. Como un ajedrecista.
- ¿Por qué crees que los sacerdotes nos preocupamos del bien? ¿De qué la gente obre bien? ¿Por qué nos pagan o nos mantienen para eso? ¿Por guardar las apariencias? ¿Por habito? De hábito hay quizás una buena parte, aunque reconocerás que es un hábito noble. Sin embargo, no es eso. Es como empezó el hábito. El medico se habitúa a curar, pero el hecho es que cura. Es su oficio, y eso es lo importante. Nuestro oficio es el bien. Este pensamiento es lo único, casi, que lo consuela a uno cuando la rutina empieza a penetrar. Cuando la misa pierde un poco lo sobrenatural, y la confesión se torna monótona, y uno empieza a ver las caras de las beatas a las que da la comunión… En fin, tú me entiendes. En ese naufragio de la poesía del sacerdocio subsiste siempre una verdad: es posible dar consejos, guiar, iluminar. A veces parecemos intrusos. A veces somos intrusos. Si uno ve a un hombre hundiéndose en un pantano. ¿No debe, acaso, ser lo bastante intruso para cogerlo de un brazo y sacarlo? ¿Aunque el otro no lo pida? ¿Incluso aunque no lo desee?
Enmudeció de pronto, y permanecimos así largo rato.
- Bella y yo vamos a tener un hijo – rompí al fin, sordamente.
- Lo sabía.
- ¿Lo sabía?
- No. Me lo imaginaba.
Otra pausa.
- Don Liam.
- Di.
- ¿Usted podría casarnos?
No contesto. Después:
- ¿Por qué lo hiciste, Edward?
- No veíamos ninguna alternativa. Usted se negó…
- No podía dejar de negarme.
- ¿Y ahora?
Pausa.
- No fue así no más, don Liam. Subimos a la capilla del Alto, y ahí nos ofrecimos mutuamente, delante de Dios. ¿Aca…?
- Yo podría casarlos – interrumpió - pero eso que han hecho…
- ¿Qué? ¿El hijo?
- El hijo es un pecado. Lo otro es sacrilegio.
- No don Liam. Lo hicimos con tanto… respeto. Con unción.
Movió la cabeza, parecía confundido.
- ¿Tu creías realmente que te estabas casando, en forma valida?
- Sí.
- ¿Y por qué me pides ahora que los case?
- Le pido que ratifique nuestro matrimonio. ¿No lo hacen así los náufragos?
- ¡Los náufragos! – repitió. Luego – Edward, muchacho, ¿estás loco?
- No, padre. No.
- Pero ¿No entiendes? ¿No ves…?
Se detuvo. En seguida cambio de ángulo:
- ¿Quieres que te reciba esto en confesión?
- Confesarme seria tal vez un sacrilegio. Yo no me siento en pecado. ¿De qué podría confesarme? Y, además, si llegara a creer que era un pecado (un pecado objetivo, concreto, no se), jamás conseguiría arrepentirme de haberlo hecho. Y una confesión sin arrepentimiento no vale de nada ¿no?
- Escucha, Edward: puede que no te arrepientas nunca de haberlo hecho. Es decir, de haberla querido, de esa falsa boda, del hijo que has engendrado en ella. Pero debes entender que has quebrantado la voluntad de Dios, y comprendiéndolo, de eso, de quebrantar la voluntad de Dios, debes arrepentirte.
- Es que si Dios…
- No lo digas. Te prohíbo que lo digas.
- no he buscado yo esta conversación, padre.
Movió la cabeza, como negando. Como abrumado.
- No lo digas – repitió, y ahora su tono era humilde.
- ¿Qué diferencia hay entre pensarlo y decirlo? Y lo pienso deberas: si Dios no acepta esto…, esto tan puro, tan genuino…, entonces Dios… ¿Usted entiende a un Dios infinito en quien no quepa concebir una deviación de la letra, no del espíritu de sus mandamientos?
- Si, lo entiendo – afirmo, con un vigor nuevo –. Entiendo a un Dios que nos da su ley y que va a pedirnos cuentas. Entiendo a un Dios que nos has puesto en el mundo para ser nuestro caprichoso arbitrio, para satisfacer nuestros apetitos, para dar vueltas sinuosas y oscuras. Entiendo a un Dios, que es el Camino, que es la Verdad. Pero no entiendo que podamos, como tú pretendes, salirnos del camino y pedir luego a ese camino que pase por donde están nuestros pies.
Me cogió de un brazo, y siguió, vehemente.
- No podemos forjar una mentira y pedir a Dios que la reconozca por verdad. Eso no existe, eso es vano, Edward. Es retorico. Y no hay derecho a dar origen a un ser, a una persona, tu hijo, para obtener un fin indirecto. Y yo sería malo y seria duro y seria todo lo que piensas que soy, si te hablara de otra manera. La verdad no es de algodón se asemeja más a la roca eterna, en la que encontramos sólida base y refugio bueno. O contra la que nos estrellamos, tarde o temprano. Y aunque ahora, en la vida, lograses salir con la tuya, después… No. No es posible, Edward… Ni siquiera…
Lo deje. Salí corriendo. Me lance a campo traviesa, para que no me siguiera. Cuando me detuve, al cabo de un rato, en el fondo de la pequeña quebrada, lo vi, de pie todavía en el camino, mirándome. Me llamo. Sentí que los odiaba, a él y su camino y su lógica, y quise decirle: "¿Ve? Usted está en su recto camino. Yo estoy junto al río, y esto es grande y es bello, y aquí está la vida".
