RECUERDEN QUE LA HISTORIA ES DE GUILLERMO BLANCO Y LOS PERSONAJES DE LA GRAN STEPHENIE MEYER :D
QUEDAN APENAS 3 CAPÍTULOS ASÍ QUE DISFRUTEN!
VEINTICUATRO
Fue un domingo lluvioso, mas no con la lluvia violenta, algo épica, de San Millán, sino con una cortina de agua leve pero penetrante.
Busque a Bella al entrar en la iglesia: no había llegado. Casi al empezar el evangelio, cuando comenzaba a temer que no sería el lado derecho, o no sería esta la misa, o-peor-que ella no había conseguido arreglárselas para venir, la vi de reojo arrodillarse junto a mí.
- No me mires – murmuró, apresurada, antes de que me diera cuenta de quién era.
- ¿Por qué?
- Ahí detrás está el asistente
- ¡Que ridiculez!
- Sí
Pausa.
- Te traje una carta.
Me la pasó. Iba a rasgar el sobre cuanto ella me detuvo:
- No la abras ahora.
- ¿Por qué?
- Después.
Un sacerdote de voz muy potente comenzó a predicar, casi encima de nosotros. Lo hacía con gran entusiasmo, indignado, parece, con los males del mundo. No pudimos hablar mientras él lo hacía. Entretanto, el padre que oficiaba la misa siguió adelante, como si ambos se hubieran puesto de acuerdo para abreviar nuestro encuentro.
- Edward…
- ¿Si?
- Es solo cuestión de esperar.
- ¿Estas segura?
- Sí.
- Te quiero.
Nuestras miradas se cruzaron fugazmente.
- Te quiero – murmuro, también ella.
- ¿Qué ha pasado en estos días?
- Lo veras en la carta.
- ¿Malo?
- Si…No. Ya no importa.
Apenas pudimos cambiar unas pocas palabras más, antes del final de la misa. Bella se despidió durante las últimas oraciones:
- Adiós, amor.
- Hasta pronto.
- Sí.
- ¿El domingo?
- Sí. Ten paciencia.
- Te quiero.
- Sí – dijo.
Y se marchó. Alcance a divisar, brevemente, su abrigo azul, mientras salía.
Edward:
Antes que nada, te quiero, te quiero con toda el alma. Léelo bien, porque no alcanzo a escribirte más. Estoy apurada. A punto de salir a misa, mi papa me ha dicho que tengo que ir con el asistente y no podremos hablar casi nada.
Tu hijo está muy bien, puedes sentirte orgulloso. La vida ha sido un poco imposible, pero la esperanza ayuda mucho. Mi papa esta furibundo, tanto que a veces temo que pueda enfermarse. Por momentos me siento flaquear, aunque después pienso que debemos ser firmes, pues nos falta menos. Tratare de escribirte en la semana y de mandarte la carta por correo o con la sirvienta; si te la mando con ella, escríbeme tu cuatro letras. Si no, el domingo nos veremos con el favor de Dios.
Te quiero.
BELLA
Espere en vano esa semana. Al domingo siguiente, le lleve una larga carta. Ella me entrego otra, muy breve.
- ¿Por qué me escribiste tan poco?
- Estaba apurada, no pude.
- Pero toda la semana sabias…
- Sí, amor.
- ¿Entonces?
- No pude.
- No entiendo.
- Es que… te había escrito una y la rompí.
- ¿Por qué?
Vaciló.
- Eran cosas absurdas. Estaba deprimida.
- ¿Qué ha pasado?
- Nada. No te des vuelta.
- Explícame, por favor.
- No puedo, Edward.
- ¿Me escribirás de nuevo, mañana, más largo?
- Si, si encuentro como.
- ¿Mañana?
- ¿Por qué tiene que ser mañana?
- Para que me cuentes lo que decías en la otra carta.
- No vale la pena.
- Si vale.
- Amor, eran tonterías.
- No importa.
- Estaba des…, deprimida.
- Lo que sea. Quiero saber. Tenemos que saber, los dos. Todo. Vaciló.
- Toma – murmuro, al cabo -: aquí esta esa carta. No la rompí, pero debí romperla. Recuerda que ya no pienso lo mismo. Que ya no importa. No…
Se le quebró la voz.
- ¡Edward – exclamó –, te quiero!
- Sí, amor.
- Ten paciencia. No te desesperes.
- No. no hay razón para desesperarse.
- Y rompe esta carta.
- ¿Por qué?
- Porque yo quiero. Te la entrego con esa condición. Que la rompas. Y que trates de olvidarte de ella, de pensar que eso ya pasó. ¿Me prometes?
- Bueno.
- No ''bueno''. Sí.
- Sí.
- Adiós.
- Hasta el domingo.
- Sí, amor.
- Escríbeme, antes.
- Esta vez, sí. Adiós.
La carta de Bella era, en realidad, desesperada. No le cabía ya duda de que en ella se estaba gestando nuestro hijo. Me anunciaba casi con júbilo que ese día - sábado – había sentido mareo y nauseas. Otras, decía, necesitan esperar mucho más, pero para ella el anuncio del ángel había venido pronto, aunque en esta forma algo prosaica.
Me daba la impresión de que al principio trato de hacer alegre la carta, y luego no pudo.
En el segundo párrafo, la desesperación estallaba en forma incontenible. El general sometía a Bella a una presión permanente, cuotidiana. Se paseaba de largo a largo de la sala, obligándola a escuchar sus reproches y sus advertencias y sus baladronadas. "Ya verás quién es tu padre", y todo eso. Bella se sentía como un conscripto que le hubiera faltado el respeto, o peor: que hubiera cometido algún inconcebible acto de traición.
El general tenía una mentalidad tan rígida, se quejaba ella, que era iluso soñar siquiera en que pudiese comprender. Le había dado razones, con toda paciencia, y con tanta suavidad y tanta humildad como le fue posible. Había ensayado todos los medios. "Y ahora tengo miedo, Edward".
Sí, yo lo veía. Era tan claro. Era ese miedo de entrañas, tremendo y ciego, que me roía también a mí.
Bella temía por ella misma y por su padre. Había ocasiones en que él se ponía rojo, y no le salía palabra, y entonces, cualquier cosa podía ocurrir. Que se muriera, o la matara. "Tengo miedo, Edward". Hasta que recibí la carta siguiente, esta frase me quemaba por dentro. Me quito el sueño esas dos o tres noches. Me sentía cruel, ruin, permitiendo que ella se sufriese en esa forma, sin ser yo capaz de hacer nada para liberarla.
Porque no era capaz. Apenas si lo era – de nuevo – de idear planes absurdos, escapadas o escenas que sabía que nunca tendrían lugar.
Gabriel, amor:
Yo no debí entregarte esa carta; fue tan injusto de mi parte, amor, perdóname. No volveré a flaquear. Y no me costara no flaquear porque ahora he visto que fui una niña y que tal vez me deje sugestionar por el aspecto de melodrama de todo esto y quise ser la damisela lánguida y débil que cuadrara con el dramón.
Me muero de ganas de tejer algo para Victoria. Perdóname, amor, pero estoy segura de que será Victoria, no Víctor. Después tendremos un hombre para que se llame Víctor si quieres, y para que sea igual a ti. Sobre todo, para que sea igual a ti.
Mi papa me deja más tranquila ahora. Sigue sin comprender y sin imaginarse nada, pero parece que él también se ha cansado de tanta palabra de más. De vez en cuando viene Jacob y es igual que si fuera una conocido cualquiera (él se porta así, muy discreto y cortes además) y sin embargo, no lo puedo soportar. Pobre. Los dos hablan de sus cosas de cuartel y eso le ayuda a mi papa a pasar las horas y olvidarse en parte de este dramón en el que ha elegido hacer el papel de villano.
Estoy leyendo Platero y Yo, por quinta o sexta vez. Me lleva tan lejos, que me parece estar contigo en Castuera o en San Millán o incluso en la capilla del Alto. Volveremos allá apenas podamos, ¿no es cierto? Y aunque sea por unos días nos sentiremos libres y con los pies bien en el aire, sin amarras ni problemas.
Hasta el domingo, amor. Se muy prudente, yo creo que Iturra (Iturra es el asistente) no sospecha nada, pero no está de más precaver.
Te quiero, amor, Edward.
Bella
