RECUERDEN QUE LA HISTORIA ES DE GUILLERMO BLANCO Y LOS PERSONAJES DE LA GRAN STEPHENIE MEYER :D

QUEDAN APENAS 2 CAPÍTULOS ASÍ QUE DISFRUTEN!


VEINTICINCO

Hace un momento, con la mano cansada de escribir y la espalda adolorida, me levante de la mesita donde escribo. Descubrí que era de noche. A través de la casa de ejercicios, un gran silencio parecía unir las cosas, organizándolas en un todo de paz y de quietud.

Me escurrí – sí: un poco prófugo – por los pasillos, hasta el rustico parque interior. Sentí un gruñido de perro. Dos mastines se me acercaron, amenazadores. Hice chasquear los dedos, y no tardaron en venir junto a mí, moviendo los rabos, cordiales. Después de restregarse contra mis piernas durante unos instantes, partieron, agiles, en busca de un enemigo más real.

Camine bajo los árboles. Soplaba viento: ese viento estimulante, incitador, cuya grata humedad es anuncio de lluvia.

La lluvia y el viento me han producido siempre un sano placer animal. Una especia de plenitud indefinible, que ahora no experimente. Sobre el recuerdo de otras lluvias y otros vientos – paseos hermosos por la orilla del mar; paseos disparatados de estudiante, sin paraguas, por las calles mojadas de Santiago, empapándome y disfrutando de la libertad que me permitía hacerlo porque si – había un nuevo recuerdo, más próximo e intenso.

La estampa resurgió en mi memoria en tanto que caían sobre mí las primera gotas, y mientras, su golpe resonaba entre las hojas secas, en el suelo, sobre el follaje.

Fue un día de lluvia en San Millán.

Un día después de muchos días largos. Cada uno había sido interminable; cada uno hecho de cada una de sus horas, y cada hora de cada minuto, y cada minuto de cada segundo.

Y los segundos demoraban en pasar, arrastrándose, parejos, implacablemente iguales. Mientras mi padre iba al trabajo, yo me botaba, silencioso, en mi lecho. Sin hacer nada. Sin abrir ojos siquiera. Desde que me viniera de Santiago, no había pensado en el colegio, en el futuro, en nada. Cuando Clara salía de compras, me escurría a veces hasta el pequeño patio a tomar el sol en medio de los naranjos. Mas eso era cruel, porque me producía una extraña angustia ver un pájaro, o una hoja movida por la brisa, o una nube muy blanca.

Al regresar de la bodega, mi padre entraba sin hacer ruido y se quedaba por ahí, esperando a que yo fuera hasta él. O se iba a instalar a mi lado, inmóvil, sin hablar. Luego hablaba. Hablamos y callamos mucho en ese periodo, los dos, y nos dijimos muchas cosas. El, por cierto, trataba de animarme.

- Tienes que interesarte en algo – me decía – aunque te resulte duro.

Yo no quería mentirle.

- No sé, no sé – respondía

Esa tarde, y mientras mirábamos caer la lluvia, afuera, el observo que ya era tiempo de que volviera al colegio.

- Comprendo que hayas tenido que venirte, pero…

- No puedo – repliqué

- Sí, Edward. Si puedes, y es necesario.

Hacía meses, años quizás, que no lo escuchaba hablarme con esa firmeza.

- Es que…

No me expliques. No me expliques – su tono, ahora, era extremadamente bondadoso - ¿Crees que no entiendo? Hay cosas que son superiores a uno, si, y sin embargo es preciso afrontarlas. Si uno piensa, incluso, en vivir; en lo hondo y lo grande y lo terrible que es vivir, parece algo que está más allá de las fuerzas humanas. Cualquier vida. Hasta la más fácil. La posibilidad magnifica del paraíso: los dos extremos son sobrecogedores. No obstante, todos vivimos…

- Titubeo. En seguida:

- Cuando… tu madre… murió…

Poco a poco fue contándome. Lo que yo sabía, lo que había visto en el: el acabamiento interior, l angustia de seguir adelante, de tener que seguir, porque estaba yo. Ir a trabajar, ver gente, hablar de facturas y pesos. Hablar de cualquier cosa que no fuera ella, para esconderla detrás de una cortina de palabras triviales. No poder callar para ella, o hacerlo hurtando soledades, hurtando rincones. Guardarla secreta, suya; añorar el silencio. Sí, yo sabía…

- Es algo que he hecho, Edward. No te pido un heroísmo imposible. Es heroísmo, si quieres, pero es también posible.

- Para ti existía yo – murmuré.

Y él:

- Para mí existías tú…

Quise interrumpirlo, explicarle que para mí existía el, que no era eso. Alzo la mano.

- Ya se – dijo con una sonrisa – Para mí existías tú, y ese fue otro actor de angustias. Porque sin ti habría podido…

Dudo unos instantes, cual si buscara el matiz exacto.

- Perdóname… Sin ti habría sido libre de huir, de irme a alguna parte, lejos… Uno siempre desea estar lejos. Correr aventuras, quizá… Habría ganado tiempo… Y no: teniéndote a ti, no podía haber paréntesis. Era preciso ser fuerte a la fuerza. Dar la cara, donde mismo, y sin estimulo ninguno.

Yo sabía: donde mismo, con los mismos rostros, con la compasión de estos, con la suavidad piadosa de aquellos, que duelen más que la indiferencia o la torpeza.

Yo sabía, yo sabía.

- Entonces – musité - ¿Cómo quieres que yo…?

- Es distinto. En el colegio, nadie te hablara de lo tuyo. Podrás callarlo.

Que bien me entendía, en realidad. Pero no bastaba con eso. No se trataba de eso solamente.

- En tu última carta me hablabas de un retiro que iba a empezar el día 15 – prosiguió mi padre -. Si partes el lunes, llegaras justo a tiempo para asistir. Te hará bien. Será una incorporación indirecta al curso.

- Al retiro no iré.

No pareció sorprenderle mi brusquedad.

- No veo el motivo – replicó con calma.

- Ya no creo.

- Sí, lo sé.

Alcé la cabeza.

- ¿Cómo?

Luego, entendiendo:

- Ah, el padre Liam, de nuevo.

Asintió.

- Tenía que ser.

- Sí – dijo – tenía que ser. Me conto su última conversación contigo.

Pausa.

- ¿Y me sugieres, todavía, que vaya al retiro?

- Sí.

- ¿Esperas que me convierta?

- Eso vendrá después. Mucho después, seguramente. Pero en la casa de retiro tendrás paz y silencio… Y además… Edward, créeme: nadie puede ayudarte, sino… Dios.

Pronuncio Dios con esa subvoz con que modulaba las palabras solemnes.

- Papá – contesté – ya no creo en Dios. Se fue de mí. Se acabó, no existe.

Como un médico que confirma un síntoma, comentó:

- Te duele.

- ¿Qué?

- Dios.

Calló. Luego:

- Si duele, es porque está ahí. Aunque uno se siente furioso contra él, aunque le guarde rencor, o lo odie, no puede impedir que exista. No se odia la nada. El rencor y la ira son pruebas de que es real. Y el dolor es bueno, porque solo nos duele la mujer que no esta cuando somos capaces de quererla – vaciló otra vez ante la palabra solemne, y por fin la articuló: de amarla.

Moví la cabeza.

- Es inútil, papa.

- Si – convino -. Si sé que es inútil ahora.

Lo miré.

- Yo también perdí la fe en una época, Edward. Yo también, como tú, me sentí forastero en el mundo. Pero ningún forastero lo es siempre. A la larga, se es de allí donde se vive, aunque suene vulgar. Y no es vulgar. Es una verdad muy honda…

Siguió hablando. De cómo había vuelto a la fe, de cómo a su padre le había ocurrido algo semejante en su juventud, y parecía que esto de llamarnos Cullen no fuese un simple nombre sin mayor trascendencia, sino una misión. Cullen, peregrinos, buscadores de una fe más auténtica, siempre nueva.

Dijo tantas cosas. Fue elocuente: con una elocuencia tan poderosa y sincera como inútil. Rota la compuerta, las frases – solemnes o no, ya le daba igual – fluían ahora de sus labios con ese fuego y esa inteligente nitidez que desde niño me han atraído en él, y en los que hay algo de hechizo. Ahora, el hechizo era independiente de las ideas: era casi un espectáculo. Un placer estético. El que se siente, quizá, presenciando los ritos de una religión ajena.

Pero eran eso: ajenas, de otro idioma, estas bellas palabras suyas. Y yo no podía unir lo conmovedor de su elocuencia con la lógica de sus razonamientos. La lógica, fría, quedaba por su lado. Objetiva. Muerta. Y la emoción, vacía de contenido, venía a ser como un curioso juego de pirotecnia.

Insistió en que iba a volver a la fe.

- De pronto, cuando te sientas más lejos de Dios, se te abrirá la puerta. Sin que lo esperes, o sin que lo temas. Casi sin que te des cuenta. Es así. Va a ser así, aunque para eso hagan falta cinco, seis, diez años. Edward, yo nunca me he equivocado contigo, y ahora te aseguro esto: encontraras a Dios de nuevo. Y si: será un Dios nuevo para ti, más fuerte y tangible y… más tuyo.

Termino rogándome que viniese.

- Hazlo como un favor, para mí, impóntelo. Aunque te duela.

Por eso he venido. Sin iniciativa. Sin entusiasmo. Sin esperanza. Y si algo he buscado realmente aquí, ha sido el silencio, la soledad en compañía de la casa de ejercicios. Si algo he encontrado, fue a sí mismo, vacío.