RECUERDEN QUE LA HISTORIA ES DE GUILLERMO BLANCO Y LOS PERSONAJES DE LA GRAN STEPHENIE MEYER :D

QUEDA APENAS 1 CAPÍTULO ASÍ QUE DISFRUTEN!


VEINTISÉIS

Una mañana de principios de septiembre, Rosalie, mi prima, fue a mi cuarto para avisarme que me buscaban, abajo.

- ¿Quién – pregunté -, a esta hora?

Recién terminaba de vestirme, y me disponía a partir al colegio.

- No la conozco – replico Rosalie -. Tiene aspecto de empleada. Bajita, pecosa, de…

- ¡Esme! – exclamé.

- ¿Sab…?

- Sí – murmuré apresuradamente.

No quería explicar a mi prima de quien se trataba, pero ella no demostró mayor curiosidad. Al salir, de paso, agregó:

- Daba la impresión de tener mucha urgencia en verte.

Me puse la chaqueta y eche a correr escaleras abajo.

Esme me esperaba en la puerta. Tenía los ojos enrojecidos, y se estremecía entera. Era evidente que había estado llorando.

- ¿Qué pasa? – inquirí, alarmado.

Su relato fue confuso. Intentaba, supongo, ir imponiéndome de la noticia poco a poco, mas con esto no conseguía sino aumentar mi inquietud, y a medida que ella daba sus piadosos rodeos, el miedo me cogía más, más fuerte.

Me hablo primero - ¡para que, para que!, ¡cómo habría deseado obligarla a concretar! – de las discusiones que a diario sostenían Bella y el general. Se iniciaban, dijo, desde temprano, se interrumpían a ratos y luego se reanudaban, en cualquier momento y con cualquier pretexto, o sin ninguno. Almuerzos y comidas transcurrían en un continuo intercambio de argumentos, cuando no en un silencio cargado de tensión. El general se dejaba llevar a menudo por la ira, aunque a veces también deponía su actitud violenta y autoritaria, para emplear un tono paternal.

- La señorita me tenía prohibido contarle todo esto, don Edward, así es…

- Sí, sí. Por favor, Esme, dígame que ha pasado.

- La discusión de anoche fue la peor. Empezaron como a las dos de la mañana, o más tarde. Habían tenidos visitas a comer. Don Jacob, también.

El había sido el último en marcharse. El general, con esa curiosa tendencia suya a satisfacerse con la sola proximidad física del teniente y Bella, se mostraba de buen humor. Cuando cayeron en el tema inevitable, se mostró en un principio afectuoso con ella. Suave. Trataba de persuadirla de que lo mejor que podría hacer seria "dejarse de niñerías" y "volver con Black".

- No es que yo quisiera escuchar, don Edward.

- No, no. Claro.

- Es que ellos seguían hablando como si no hubiera nadie cuando yo entraba.

Hizo una pausa.

- Después sí que escuche – dijo.

- ¿Cuándo?

La discusión se había desatado de nuevo, poco a poco. Se habían repetido las mismas razones, el haciendo hincapié, primero, en el futuro de Bella, en su bienestar, y ella protestando con suavidad. Luego el hablo de la palabra empeñada, del compromiso, de que había que ser recto para todo en la vida, porque una persona sin honor… Y ella, en otro plano, lejos, replicando que casarse sin amor era un falso cumplimiento de la promesa, y que no podía formar su hogar con un hombre como Jacob, a quien no la ligaba nada… Y el, a su turno, violento ya, impacientándose, gritando que una hija suya, que la decencia…

Yo lo veía, tras el relato de Esme. Imaginaba a Bella luchando por milésima vez contra la corriente y contra sus nervios desechos. El padre cada vez más inflexible, duro.

Al fin, Bella no pudo más, y lo dijo:

- Estoy embarazada, papa.

Así, escuetamente.

Y el general:

- ¿Qué?

Grito varias veces "que". Me era fácil imaginar estos "que", cada cual en un tono diverso: de perplejidad al comienzo, de incredulidad; y luego, por etapas, entendiendo, creyendo, convenciéndose, hasta llegar a la indignación; todo a través del mismo "que", repetido, farfullado, gemido, y luego la reacción final del hombre de honor:

- ¡Puta! ¡Puta cochina!

Estaban arriba ya, en el segundo piso, en el cuarto de ella, al que habían llegado sin interrumpir el dialogo. Esme escuchaba desde el vestíbulo las imprecaciones del general. Su voz ahogada, silbante. El silencio de Bella. El rumor de los pasos, en seguida, y en seguida, un tumulto, un como rodar de muebles, y Bella había aparecido en lo alto de la escalera. Huía.

- Yo no sé cómo tropezó o se enredó, don Edward, y se vino rodando hasta el suelo…

Y antes de que Nieves pudiera intervenir, el general asomo arriba.

- Vete adentro – ordeno a la mujer.

Ella obedeció, pero permaneció detrás de la puerta. Para espiar. Para espiar, porque esto escapaba a toda norma de sumisión, y no había patrones y sirvienta, sino tres seres humanos, uno de los cuales necesitaba ayuda y otro podía prestársela, aunque el tercero…

El tercero, el general, descendió peldaño a peldaño hasta quedar parado junto a su hija, que permanecía inmóvil. No inconsciente, explico Esme, sino "desalentada". Sin fuerzas, o sin animo, para erguirse.

- En eso la vi que sangraba.

- ¿Sangraba?

- Sí. Estaba en un charco de sangre, la pobre.

- Por Dios. ¿Entonces…?

Entonces, Esme había desobedecido francamente, y abriendo la puerta había ofrecido al general ir en busca de un médico.

- No – gruño él.

- Pero, señor, la…

- Vete adentro.

Nieves no había entendido. Un padre, haciendo eso. Yo si entendía.

Para el, esta era una oportunidad única: un hecho consumado, que pondría fin a ese otro hecho consumado frente al cual lo colocáramos su hija y yo. Al bastardo. Sería suficiente con dejar que la naturaleza siguiera su curso. Un aborto espontaneo – nadie tendría por qué enterarse -, lo libraría de la deshonra y dela humillación. Y Bella podría cumplir la palabra empeñada con Jacob.

- Adentro, Esme – repitió.

- Señor…

- Adentro.

Así, con voz plana, igual, como si toda capacidad de ira o emoción o desesperación lo hubiera abandonado.

- Después – agregó.

Estaba pálida. Nieve, fascinada, no pudo ir mas allá de la puerta, de nuevo, y desde allí los observo aun, inmóviles ambos, al parecer insensibles, en una trágica escena sin términos.

Al cabo de un rato largo, inmedible, Bella se movió.

Primero fue una mano, tanteando. Después alzo un hombro: trataba de incorporarse. Se arrastró dos o tres pasos hacia el pie de la escalera y ya no pudo más. No se quejó. No dijo una palabra. Su padre tampoco. Ni un gesto.

Esme no se contuvo. Saliendo por segunda vez de su escondite, cogió a Bella y la alzo. Mientras la conducía hasta su cuarto, oyó que el general marcaba un número en el teléfono y preguntaba por el doctor Whitlock. Deben de haberle contestado que no estaba ahí, pues luego de escuchar la respuesta pidió:

- Por favor, apenas llegue, que venga a casa del general Swan. Swan. Es un caso de urgencia.

Nieves sugirió llamar a la Asistencia Pública. Él se negó.

- ¿Y otro médico, señor?

No: Whitlock era el único de confianza.

- Tu no… Tu no… - trato de explicar.

- Entonces…

- Pero, Esme, por favor – la interrumpí - ¿Cómo esta Bella? ¿La vio el doctor?

- Cuando me vine, no había llegado todavía, don Edward.

El general lo había llamado cinco o seis veces, más y más inquieto. Al final – me explico la mujer -, la voz le salía llorosa de angustia. Iba a recurrir a la Asistencia Pública, cuando recibió un llamado del doctor Whitlock, para anunciarle que iba en camino.

- La señorita está mal, don Edward.

Tomamos un taxi. Yo no tenía suficiente dinero, pero Esme pago.

La casa era, en verdad, un castillo. Sombría. Me abrió el asistente, que me pregunto algo, mas no le conteste. No le oí siquiera. Subí hasta el segundo piso. El general continuaba allí, sentado en una silla a los pies de la cama, con una expresión espantosa en el rostro.

No me vio en un comienzo. Cuando me acercaba a Bella, sin embargo, le escuche murmurar maquinalmente. Una mezcla de sollozos y de quizá que ininteligibles palabras. No le preste atención, ni le hable.

Comprendía que Bella estaba muriéndose.

La encontré sobre el lecho, muy pálida. Y muy bella. Ignoro si me vio. Note que movía los ojos como al azar, y su vista paso por mí, para perderse más atrás, mucho más atrás. Creo que sonrió, apenas. Después, la vida se le fue, igual que se desprende el último trozo de neblina de una cumbre.